[R-P] Control de precios Zaiat

Fernando lavayén fernando.lavayen en gmail.com
Sab Mayo 3 10:05:46 MDT 2008


Control de precios
La anécdota Moreno


Por Alfredo Zaiat

Existieron muchas experiencias de control de precios en la historia 
económica mundial. Algunas fueron exitosas, otras inicialmente fueron bien y 
terminaron mal, y no pocas fracasaron. Pero en todas esas iniciativas había 
un objetivo de bienestar general, con intereses políticos y prevenciones en 
el frente económico, para la preservación del poder adquisitivo de los 
sectores más vulnerables de la sociedad. El Imperio Romano, la Revolución 
Francesa, la Alemania de Hitler y Estados Unidos siendo potencia hegemónica 
del siglo XX, entre muchas otras tentativas en diversos países y modelos 
económico-sociales, dispusieron en algún momento una estrategia de control 
de precios. Argentina tiene bastantes antecedentes en esa cuestión. Cada 
caso tiene su particular contexto histórico, político y económico que 
explica la determinación de transitar ese camino, reflejando la complejidad 
que encierra esa materia y, por lo tanto, que advierte para cuidarse de 
abrazarla con fundamentalismo así como también de descartarla sin 
miramientos.
Como existieron suficientes ensayos a lo largo de la historia en casi todos 
los regímenes políticos conocidos, la evaluación sobre una estrategia de 
control de precios, que en sí misma es un componente de una política de 
ingresos, no es tan sencilla como hacen en forma tan tajante representantes 
de la ortodoxia y del conservadurismo local. Los determinantes de los 
precios de la economía son un tema lo suficientemente complicado como para 
pensar que lo puede resolver una sola persona que colabora, al parecer con 
satisfacción, para construir una imagen de rechazo. O, en el otro extremo, 
sostener que todo debe quedar librado a las inocentes fuerzas del mercado. 
También ha sido bastante estudiado y analizado que resulta una ilusión 
suponer que el control o congelamiento puede extenderse indefinidamente en 
el tiempo. En general, los hacedores de la política económica se entusiasman 
con la posibilidad de mantener sin cambios variables que les incomodan. Del 
mismo modo, muchos fantasean con un escenario sin conflicto social, siendo 
una de las expresiones la tensión de los precios. Como se sabe, factores 
internos y externos impactan en una sociedad, lo que resulta de una dinámica 
que requiere tanto de flexibilidad en la utilización de las herramientas que 
brinda la economía como firmeza en las convicciones. Por eso mismo, los 
especialistas hablan que el control de precios es necesario en una primera 
etapa de un proceso convulsionado, para luego pasar a una estrategia más 
sofisticada en base a una política de administración de precios.
En el amplio menú de experiencias, se destaca una por la calidad del 
responsable que la lideró como también por el país donde se implementó. John 
Kenneth Galbraith, uno de los más grandes economistas del siglo pasado, fue 
el encargado del control de precios en Estados Unidos en el período de la 
Segunda Guerra Mundial. Su tarea y su experiencia, que fue exitosa, la 
reflejó en el libro A Theory of Price Control, publicado en 1952 y reeditado 
en 1980 bajo el nuevo título A Theory of Price Control: The Classic Account. 
Respecto de esa obra, Galbraith afirmó que "pienso que la mayoría diría que 
es el mejor libro que he escrito. La única dificultad es que cinco personas 
lo leyeron. Quizá diez. Me convencí de que nunca tendré el reconocimiento de 
los economistas técnicos que ponen una energía enorme para ignorar lo que he 
escrito".
El profesor Salvador Treber, en un artículo publicado en el diario La Voz 
del interior, en mayo de 2006, se introduce en esa experiencia y explica que 
en 1941 Galbraith fue "convocado por el presidente Franklin Delano Roosevelt 
para administrar los precios internos, y aprendió que los libros e 
ideólogos -en línea con las reacciones de monopolios y oligopolios- harían 
fracasar la misión si admitía limitar el control a un cierto número de 
artículos seleccionados". Treber precisa que el enfant terrible de Harvard 
"pronto comprendió que debía transgredir ese axioma liberal -casi una 
herejía por aquellos tiempos- y no vaciló en extenderlo a todos los bienes 
comercializables". Señala que "contra los pronósticos agoreros, el éxito fue 
total y ello le generó gran prestigio y respetabilidad. Consiguió mantener 
así los precios internos en un nivel inferior al 2,0 por ciento anual, pese 
al incesante incremento de la demanda y los altos índices de ocupación que 
acompañaron al período". Y concluye que "lo que sus colegas consideraron 
casi un 'milagro' inexplicable; para él era apenas una gran lección que le 
advirtió sobre la necesidad de someter todo al examen de resultados 
verificables".
Pese a ese exitoso trabajo de Galbraith, que tuvo un profundo efecto en la 
evolución del pensamiento económico, la corriente de la no-intervención en 
los mercados ha ignorado esa triunfante injerencia del Estado. El control de 
precios no emerge de esa experiencia como un fin en sí mismo, como vaca 
sagrada, sino como una imprescindible herramienta de una política de 
ingresos, ingrediente esencial de una estrategia económica destinada a 
combinar el empleo con un grado razonable de estabilidad. Para ello los 
problemas de la economía deben ser abordados incluyendo el contenido 
político, o sea el poder económico. Si se decide eliminarlo en el análisis, 
la economía queda lejos de la relación con el mundo real. Los especialistas 
que desconocen esa íntima vinculación están acompañando, conscientes o no, 
al poder económico en la descalificación de la utilidad de los controles de 
precios. En los hechos, convalidan la determinación de precios en 
condiciones de no-competencia.
Galbraith se refirió a esa cuestión en un presentación magistral, en la 85º 
reunión de la Asociación Económica Norteamericana, en Toronto, Canadá, el 29 
de diciembre de 1972, que denominó El poder y el economista útil. En una de 
las partes de esa exposición, el autor de La sociedad opulenta señala que 
"dado que el poder interviene en forma tan total en una gran parte de la 
economía, ya no pueden los economistas distinguir entre la ciencia económica 
y la política, excepto por razones de conveniencia o de una evasión 
intelectual más deliberada". Para agregar que "la economía no se convierte 
en una parte de la ciencia política. Pero la política sí debe convertirse en 
parte de la economía".
Respecto a los controles de precios, Galbraith explicaba en esa presentación 
que "hay muchas razones que aconsejan que los economistas acepten lo 
inevitable de los controles de salarios y precios. Ello ayudaría a que los 
políticos dejasen de suponer que los controles son algo malo y antinatural y 
por lo tanto algo temporal que debe abandonarse en cuanto parezca empezar a 
funcionar. Esta es una actitud poco favorable para el desarrollo de una 
administración sensata. También haría que los economistas considerasen la 
forma en que los controles pueden funcionar y en que el efecto sobre la 
distribución del ingreso se vuelva más equitativo". Y como si fuese una 
referencia a la actual situación argentina, el economista que falleció en 
1996 a los 97 años aconsejó que "la expectativa inflacionaria se convirtió 
en una parte de los cálculos de las empresas y los sindicatos. La crisis y 
la expectativa subsisten aún. Los controles son necesarios hasta que 
desaparezcan esos factores".
El debate sobre los precios en Argentina no es el anecdótico Guillermo 
Moreno, como hábilmente lo pone en el centro de la escena la ortodoxia y el 
sector empresario y como torpemente lo hace el Gobierno. La clave pasa por 
estructurar una intervención eficiente en el proceso de formación de 
precios, un efectivo control en los precios finales y, en definitiva, una 
política de ingresos consistente. En esa instancia puede ser que no sea 
suficiente un solo Moreno, sino que sean necesarios varios Morenos más, con 
la sutil diferencia de que tendrían que ser eficaces en su tarea.
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