[R-P] [G. Ibáñez] Las cacerolas de Barrio Norte
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Mar 26 15:35:15 MDT 2008
LAS CACEROLAS DE BARRIO NORTE
Por Germán Ibañez
Miembro de la redacción de la revista Desafíos
En la noche del 25 de marzo, volvieron a resonar las cacerolas en
algunos barrios porteños y en ciudades del interior del país, pero
poco tuvieron que ver con aquellas jornadas de protesta ciudadana que
eclosionaron finalmente en diciembre del año 2001. Por entonces, miles
de pequeños ahorristas con sus depósitos confiscados confluyeron con
todos los sectores sociales que desde mucho tiempo antes venían
manifestando su repudio a las políticas neoliberales que enajenaron el
patrimonio nacional y aumentaron exponencialmente la pobreza. Ahora,
luego de algunos años de crecimiento económico que recompuso el
ingreso de la parte acomodada de las clases medias y disminuyó los
índices de pobreza y desempleo, suena nuevamente el repiqueteo de las
emblemáticas cacerolas. ¿Cómo se explica esta protesta de una clase
media favorecida objetivamente por las políticas económicas impulsadas
por el "kirchnerismo"?
La interpretación que aparece de manera más inmediata es la que parece
esbozar las leyendas escritas en algunos carteles de los que se
manifestaron: "estamos con el campo". Claro que en los cánticos de la
jornada, y las respuestas que dieron algunos participantes ante las
preguntas de los cronistas que cubrieron la protesta, aparecen otras
causas: el "autoritarismo" y la "soberbia" de la Presidenta Cristina
Fernández (y su cónyuge y antecesor en el cargo, Néstor Kirchner). Son
dos cosas distintas, y conviene preguntarse por ambas.
¿Qué significa "estamos con el campo"?
Lo primero es precisar quiénes están con el campo; sin desmedro de que
en integrantes de otros estratos sociales exista simpatía por la
posición asumida por las dirigencias ruralistas, lo que la jornada de
ayer mostró es a la clase media acomodada de Belgrano, Palermo y otros
barrios porteños manifestándose en sus zonas residenciales o marchando
a Plaza de Mayo. Insistimos en que son sectores favorecidos por la
política económica vigente; sin embargo ahora asumen una pública
oposición al gobierno nacional aduciendo "solidaridad" con los
productores agropecuarios.
En realidad, esta historia es vieja: la recurrente sumisión ideológica
de las clases medias acomodadas al patrón cultural establecido en la
vieja Argentina agropecuaria. Durante el apogeo del Estado oligárquico
y del modelo agro exportador de economía abierta que encadenó nuestro
país a los imperativos económicos de Gran Bretaña, se consolidó una
cosmovisión cultural que reflejaba los intereses de los grandes
terratenientes de la Pampa húmeda. Fue la era del "progreso", heredera
de los conquistadores del "Desierto" (¿desierto?) y de los
positivistas sin fe en el pueblo pero encandilados con Europa. Los
políticos conservadores y los intelectuales orgánicos de la
oligarquía, los grandes diarios, la Universidad y la escuela,
construyeron la visión de un país "exitoso", gracias a la
potencialidad de su producción agropecuaria, claro que ocultando el
aplastamiento de las insurgencias gauchas en las represiones cruentas
de la presidencia de Bartolomé Mitre, y el marginamiento de las
multitudes trabajadoras, criollas e inmigrantes. Un principio fue
establecido y divulgado entonces con insistencia, hasta convertirlo en
sentido común: el Estado no debía intervenir en la economía, pues eran
los propios actores económicos los que asegurarían la "prosperidad"
del país.
Sin embargo, pronto aparecieron las voces de quienes cuestionaban el
status quo oligárquico: una República sin soberanía popular, sin
autodeterminación nacional, sin distribución de la riqueza (justicia
social). En esa dirección se orientaron el naciente movimiento obrero
y partidos políticos de vocación popular: primero el radicalismo de
HipólitoYrigoyen y luego, y más consistentemente, el peronismo. Se
trataba de redistribuir la riqueza, y de ampliar los horizontes
productivos del país asegurando una mayor independencia económica
frente a las grandes metrópolis del Norte; para eso había que buscar
la riqueza adonde estaba. Y el Estado, ampliado democráticamente por
la irrupción de los movimientos populares, se transformaba en el
instrumento para reorientar la renta nacional y favorecer un mayor
desarrollo económico. Especialmente el peronismo, entre los años 1946
y 1955, que intentó aprovechar la extraordinaria renta agraria para
financiar el crecimiento industrial y sostener su política social:
pleno empleo, aumento de la parte de los asalariados en la riqueza
nacional, alta tasa de sindicalización, extensión de los derechos del
trabajador (inclusive en la Carta Constitucional).
Esa distribución de la renta nacional, fue resistida furiosamente por
los terratenientes, que condenaron abiertamente la "intervención del
Estado" en la economía; eran los mismos intereses que durante la
crisis de los años '30 instrumentaron el intervencionismo estatal para
salvar sus propiedades. Allí quedó claro que ese sector social
considera un "abuso confiscatorio" cualquier intervención del Estado
que no tenga como fin "salvarle las papas" en las crisis o asegurarle
las máximas garantías de rentabilidad sin ninguna contrapartida de
responsabilidad social.
Para dotarse de una base de masas acudieron entonces, y después, a la
cosmovisión instaurada durante los "años gloriosos", y señalaron al
enemigo: la política "estatista" que esquilmaba a los verdaderos
creadores de la riqueza y sostenía la "demagogia" peronista. Las
clases medias más acomodadas, socializadas en esa visión del mundo, se
acoplaron a la posición oligárquica, y aplaudieron la caída del
"tirano demagogo". La sensibilidad "democrática" de esas clases medias
no era herida por la violencia abierta de la Revolución Libertadora,
con sus fusilamientos, persecuciones políticas, torturas generalizadas
y detenciones arbitrarias. El intervencionismo "desmedido" fue
denunciado entonces, y se procuró restituir la parte de la riqueza que
le tocaba a los "verdaderos productores": es decir a los
privilegiados, que ya no eran solamente la vieja oligarquía vacuna
sino también la nueva burguesía industrial.
El Estado intervino en la economía, a despecho de la ideología
liberal, claro que para sostener la "rentabilidad" de los poderosos;
así se sucedieron "Patrias contratistas" y "Patrias financieras"
apoyadas siempre en gobiernos dictatoriales con infinitas excusas a
mano para postergar el reparto equitativo de la riqueza. De Martínez
de Hoz a Cavallo, los Ministros de Economía ponderaron las virtudes
del mercado y condenaron la aberración del estatismo, pero siempre
instrumentaron al Estado para asegurar el marco jurídico –político de
las grandes ganancias de los más poderosos empresarios, incluyendo los
terratenientes, los "inversores" extranjeros y los acreedores
internacionales. De distribuir la riqueza…nada.
Para que estas políticas tuvieran un mínimo de consenso y asegurar la
"gobernabilidad", fue necesaria la gran sangría popular de la última
dictadura militar (¿es necesario recordar nuevamente a Martínez de
Hoz, de familia terrateniente, en la máxima conducción económica?), y
la poderosa orquestación mediática que, al retorno de la democracia,
no cejó de insistir con que "el Estado es mal administrador". De esta
ideología es tributaria la clase media acomodada porteña, que acaba de
votar a Macri porque no quiere ver cartoneros, y que se "solidariza"
con el campo mientras murmura contra la negrada piquetera. ¿Se
solidariza con los productores rurales? En realidad, no se solidariza
con nadie fuera de ella misma. Lo que sucede es que repite, una vez
más, el viejo patrón oligárquico antiestatista: el gobierno no debe
meter la mano en el bolsillo de los "verdaderos productores". Esa es
la cuestión. "Estamos con el campo" significa: estamos contra
cualquier gobierno que meta la mano en las "justas ganancias" de los
actores privados, y sobre todo si aduce como argumento la distribución
de la riqueza. Ese es el argumento "demagógico", se alarman, y ya
imaginan a la negrada recibiendo prebendas "por no hacer nada", lo
cual nos lleva a la segunda causa de la jornada cacerolera del 25 de
marzo.
¿Un gobierno autoritario?
Es curioso como se fue generalizando en las clases medias acomodadas
la idea de un presunto "autoritarismo" de los gobiernos de Néstor
Kirchner y Cristina Fernández. Si eso fuera cierto ¿cómo llamar
entonces al gobierno de De la Rúa, que dejó más de veinte muertos en
las calles antes de retirarse, o al gobierno de Duhalde, bajo cuya
gestión cayeron asesinados los militantes sociales Maximiliano Kosteki
y Darío Santillán? Ni que hablar de las dictaduras terroristas. En
realidad, la acusación de "autoritarismo" no se sostiene en ninguna
avalancha represiva, sino que ha sido divulgada concienzudamente por
los grandes medios de comunicación, en virtud de cierto "estilo"
blindado de la pareja gobernante. Tal vez la derecha económica,
política y mediática agradecería que estos últimos gobiernos se
aviniera a negociar amablemente su proyecto de país con ellos.
Entonces hablarían de "grandes acuerdos democráticos", de "políticas
de Estado" y archivarían los argumentos maliciosos sobre la soberbia y
el autoritarismo presidencial. Ser "democrático" es cumplir con el
mandato popular, no transar el programa de gobierno en las roscas con
la oposición, bajo la amable tutela de los operadores políticos de los
grandes medios.
La clase media acomodada salió anoche a repudiar el "estilo de
gobierno" que los diarios, radios y programas de televisión afirman
que cultivan la actual Presidenta y su antecesor. El gobierno, en boca
de la principal mandataria, salió a reafirmar su posición: ¿es eso más
autoritario que el lock out que desabastece de productos básicos, o
que la especulación de algunos vivos que hacen subir los precios? Debe
darse un gran debate nacional acerca del problema agropecuario: la
concentración de la propiedad de la tierra, el crecimiento exponencial
del cultivo de soja, el desmonte de bosques, la explotación de la mano
de obra asalariada rural, el desplazamiento y marginación de pequeños
campesinos y comunidades originarias. No fue eso lo que la clase media
acomodada de la Capital Federal quiso plantear con sus cacerolas, sino
una oposición ideológica y política al actual gobierno nacional, al
que acusa de "autoritario", repitiendo como loros lo que difunde la
derecha mediática.
Tal vez quiera un gobierno que le asegure altos ingresos sin asumir el
costo de distribuir la riqueza, que no es otro que el de enfrentar a
los poderosos que se niegan a recortar sus ganancias. O un gobierno
sin "piqueteros" oficialistas, que contaminan con el tufo de una
negrada que quiere recibir dádivas sin trabajar. Ayer la chusma
plebeya y el aluvión de los cabecitas negras, hoy la mugre de los
cartoneros y la negrada piquetera, esos son los nombres del prejuicio
de una clase media que naturaliza la "justa ganancia de los verdaderos
productores" y abjura de la ardua tarea retomar el desarrollo nacional
con autodeterminación y justicia social. Y para hacerlo no hay oro
camino que recortar las ganancias de los que más tienen. Este gobierno
debería ser juzgado por si se acerca o no a una más justa distribución
de la riqueza, no por un presunto "autoritarismo" que es solo el
nombre actual de un viejo prejuicio antiplebeyo.
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Néstor Gorojovsky
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