[R-P] (PSI).- LAS SOMBRAS DEL ODIO Gabriel Fernández

José María ingcavalleri en yahoo.com.ar
Mar Mar 25 08:05:24 MDT 2008


BUENOS AIRES, 25(PSI).- LAS SOMBRAS DEL ODIO (Un
artículo filosófico, a raíz de la protesta
agropecuaria, sobre la insatisfacción en el ser
humano) por Gabriel Fernández *.

        La potencia del clamor empresarial
agropecuario para no repartir siquiera un rastro menor
del gigantesco excedente obtenido durante los años
recientes no resultaría tan intensa si no contara con
algunos puntos de apoyo interesantes en otras franjas.
Como para demostrar que las cosas han cambiado, pero
no tanto, la articulación política en su derredor
guarda un vínculo estrecho con la gestada durante las
tétricas jornadas de 1955 y, en menor medida, con la
conocida en 1976.

         Las cuatro entidades agropecuarias han
dispuesto un lock out salvaje como respuesta a una
sociedad que les brindó la posibilidad de crecer hasta
niveles insospechados merced a la aplicación de un
tipo de cambio favorable, y al sostenimiento de la
exportación como actividad privada con la limitadísima
intervención estatal que implica el cobro de
impuestos. Acompañan la protesta con cortes y piquetes
cuyo derecho de autor radica en el otro extremo
social.

         Libertad de pensamiento

         La Voz del Patrón resuena firme en zonas
presuntamente liberadas del clientelismo; las capas
medias altas, con sus comercios, profesiones liberales
y empresitas prósperas, ladran a coro contra la
corrupción y estiman que "nada puede hacerse con un
gobierno sucio" al cual le exigen que deje de cobrar
impuestos a los poderosos para garantizar de ese modo
la libertad, la transparencia y los anhelos
individuales de los jóvenes emprendedores de la vieja
oligarquía.

        Haciendo gala de un sutil troskismo de
derechas, como ha sabido indicar un gordo dirigente
social, la Federación Agraria Argentina entona, a la
usanza del boom folklórico de los 60, que "quien no
cambia todo, no cambia nada". Entonces, mientras
propone reformas, instauración de Juntas Reguladoras y
progresión impositiva, se moviliza raudamente contra
el gobierno en defensa de la Sociedad Rural Argentina.


       Y, casi sin eufemismos, buena parte del
justicialismo distanciado de los Kirchner, estima que
este no es su problema. Con el gesto habitual de la
ortodoxia menos consciente, sigue desplegando su
búsqueda de asimilación a aquellas familias de cuño
conservador para las cuales el peronismo no es otra
cosa que la encarnación del Mal en la Tierra. Estos
sectores se mostraron inermes en el 55 y cómplices en
el 76; ¿qué habría de importarles el problema que vive
esta "zurda" de Cristina, que encima anda por ahí
revolviendo asuntos del año 75?

        En tanto, la izquierda -salvo contadas
excepciones- incluyendo a no pocos periodistas de
medios alternativos, ha resuelto la cuestión
ironizando sobre "la señora presidenta" con un tonito
propio de un notero bobo de la revista Rolling Stone,
de esos que se sienten modernos y transgresores porque
consiguen de garrón una entradita para el Quilmes Rock
Festival, donde bandas muy agresivas molestan a la
señora canosa que con su peinado batido corre a cerrar
la ventana. Todos muy rebeldes. 

          El Frente Mediocre

         ¿Podemos abandonar por un instante las
características político sociales del Frente del 55
redivido? Si, podemos, y nos asentamos entonces en
nuestros devaluados adjetivos: en realidad los une la
mediocridad. Las fajas que hemos señalado, y algunas
más que se irán haciendo un lugar a lo largo de este
artículo, configuran un mapa de la medianía cultural
argentina, cuya esencia no es otra que la necesidad de
quedar bien ante los múltiples códigos a través de los
que se expresa La Voz del Patrón. Quedar bien. Ser
reconocido por los Viejos, esos que siempre fueron
gorilas sin llegar a tener propiedades de valor.

         La movilización masiva del pueblo argentino
en el año 2001, impulsada desde tiempo atrás por un
movimiento social dinámico generado por las
privatizaciones menemianas, permitió transformar el
clima político e imponer un puñado de medidas para
potenciar el crecimiento en los tiempos cercanos.
Entre otras cosas, se rompió el esquema de la
convertibilidad -impedía producir y exportar-, se
dispuso una moratoria de la deuda externa -medida de
fuerza que mejoró las negociaciones posteriores- y se
condicionó a las autoridades económicas para que no
actúen explícitamente contra el país. 

        La hondura de esa movida no alcanzó para
reconfigurar el panorama económico y convertir a la
Argentina en una nación industrial, independiente y
socialmente justa. Pero insertó el razonamiento en la
gestión estatal y eso fomentó la vinculación con
América latina: en lugar de establecer una política
externa consistente en enviar dinero hacia el Norte,
nuestro país entabló relaciones beneficiosas con las
cercanías regionales y se lanzó a un comercio
internacional que trascendía las instrucciones
centrales. 

        Como la gran ecuación del poder no se rompió,
debido a esas limitaciones, la oligarquía -¿se acuerda
que el término era considerado arcaico?- mantuvo una
preeminencia sólida y creciente, amparada ahora en
ganancias extraordinarias obtenidas por un comercio
externo voluminoso. Los muertos de diciembre del 2001
permitieron el alza del poder adquisitivo del conjunto
de las clases populares, y también los beneficios de
quienes hoy están realizando una salvaje medida semi
golpista. 

        Cada momento de esplendor en las algaradas
conservadoras tiene un referente político de fuste. Y
así como en alguna instancia fue Ricardo Balbín el
vocero republicano más empinado y locuaz, hoy ese
lugar es ocupado por Elisa Carrió. Conocedora a fondo
de los principios vitales innegociables de las capas
medias, de esos por los que vale la pena dar la vida,
Carrió persigue a Cristina para averiguar las marcas
que dan lustre a su vestuario y las comenta en voz
alta, como si estuviera en la peluquería cuando se
enciende el runrun del secador.

         Cómplice de su público, la más hermosa
integrante del Poder Judicial durante la dictadura,
sugiere "mirá esta morochita, hija de un chofer
tripero de un pobretón barrio platense, cómo anda
haciéndose la gran señora, ocupando un lugar que otras
merecemos naturalmente". Y los aplaudidores de la
tenacidad oligárquica y de la combatividad de sus
frentes de masas, lloran hacia sus adentros porque
ganan más, viven mejor, pero tienen que comprar
versiones menores de carteras, perfumes y pilchas
mientras la que te jedi viste los originales. Y qué
injusta es la vida.

         El otro punto de apoyo de la medida sudorosa
y heroica promovida por la Sociedad Rural y sus
satélites está en el mismo gobierno. En un
funcionariado de segunda línea con los mismos
preceptos y aspiraciones medianas, que "analiza" por
lo bajo la necesidad de no irritar a los poderosos y
de aflojar en todo lo que sea posible para mantener el
equilibrio de fuerzas. Son los que se espantan cada
vez que un sindicato o un movimiento social manifiesta
su apoyo al oficialismo y señalan -con grandes teorías
comunicacionales que ocultan con palabrerío La Voz del
Patrón- la necesidad de despegarse socialmente, para
"quedar bien".

         ¿Quién dibuja el horizonte?

         A decir verdad, el FBI con su armado
valijero, los Estados Unidos con su presión
colombiana, y la oligarquía local con su negativa a
pagar impuestos, han reposicionado como peronista a un
gobierno que arrancó vacilante, con ganas de tender
puentes hacia Arriba y hacia el Norte, y sin
perspectivas inmediatas de resolver los problemas de
la enorme masa de votantes populares que lo catapultó
a la continuidad. 

        Fíjate en movimientos -dicen en el prostíbulo-
y por sus actos los conoceréis -dicen en la iglesia-:
ambas frases significan lo mismo y a ellas nos
atenemos.

        En los próximos tiempos el gobierno argentino,
si desea persistir y si anhela insertar al país en el
proceso de continentalización en marcha, necesitará
que esas multitudes, además de votarlo, cierren filas.
Para eso tendrá que rediseñar su política energética y
minera, mejorar el nivel de ingresos en las zonas
desfavorecidas, ocuparse con más fruición de temas
elementales como la vivienda, la salud y la educación.
Tendrá que hacerlo, si no desea que campee el
escepticismo ante la propaganda liberal. 

        Pero este panorama, dividido entre la
descripción del presente y las perspectivas futuras,
no invalida una serie de interrogantes filosóficos que
vale la pena formular a esta altura del partido, tras
observar el comportamiento de los mayores
beneficiarios de los cambios surgidos en la Argentina
durante el Siglo XXI. Tal vez el más importante se
refiera a la presunta inevitabilidad de contar con el
rechazo, precisamente, de quienes crecen durante un
proceso popular.

         Los diez años míticos del Peronismo original,
las muchas décadas de Revolución Cubana, el actual
proceso vivido en la Venezuela Bolivariana, entre
otros ejemplos, nos muestran cómo los profesionales
que acceden a una cultura de excelencia se retoban,
cómo los comerciantes que aumentan sus ventas se
indignan, cómo los empresarios que producen más y
obtienen nuevos mercados se vuelven estentóreos
opositores, cómo las señoras que visten mejor se
ofenden, cómo los señores que empiezan a viajar más
cómodamente se clavan puñales, cómo los muchachos que
viven con holgura denuncian injusticias aterradoras. 

        Puede decirse que el ser en sí del ser humano
no es otra cosa que la insatisfacción. Que el
horizonte se aleja cuando vamos andando. Y cosas así.
Pero también es cierto que los procesos populares
proteccionistas e industriales en Europa y Estados
Unidos gestaron capas medias orgullosas de sus
nacionalidades e inclusive de sus Estados. Parece que
la cosa es por acá; da la sensación que el problema
está latente en América latina y que en nuestro país
cobra una energía singular. 

        Pensemos juntos, jauretcheano lector: ¿qué es
lo que lleva al bolichero de la otra cuadra a hablar
irrespetuosamente de una mujer que, como Cristina, es
respetuosa con su ingreso y su cultura? ¿qué es lo que
lleva a ese bolichero a respetar dirigentes que, como
los del agro, se burlan de su configuración física,
racial, cultural, y nada aportan a su despliegue
económico? Las respuestas también pueden ser
preguntas: ¿la necesidad de asimilarse a la cúspide
social? ¿el placer de repetir frases que sienten bien
en un entorno semejante? ¿el gusto de situarse por
encima de modestos clientes? ¿la bronca por el ascenso
de hombres y mujeres de semejante condición? 

         Hay más preguntas, y Manual de Zonceras por
medio, ya hay algunas respuestas. Pero no está demás
pensar en el asunto e intentar debatir sobre el mismo.
Sobre todo por estas horas, cuando miles de personas
en todo el país se están movilizando porque dicen
repudiar el golpe de Estado de 1976, dicen repudiar
además las otras asonadas cívico militares, dicen
estar de acuerdo con la democracia y dicen que Nunca
Más deben ocurrir cosas así. 

         Quien esto escribe también dice todo eso; y
como del dicho al hecho hay más que un trecho,
resuelve seguir cuestionando activamente a José
Alfredo Martínez de Hoz y toda su estirpe. Y sus
planes. Y sus intereses. Porque estima que si no se
plantea claramente ese aspecto de lo ocurrido, la
repulsa adviene vacua, etérea. Todo se confunde y
aparece como bandera el discurso de Eduardo Buzzi:
"vamos a seguir peleando con toda la fuerza, porque ya
no tenemos nada que perder".

         Se trata del presidente de la Federación
Agraria Argentina. Hacemos la aclaración, porque tal
vez algún lector infiera que semejantes palabras se
originan en el castigado espíritu de un dirigente
cartonero, de algún referente de los pibes de las
autopistas, de un abanderado de los desheredados de la
tierra. 

          La tierra. ¡Qué tema en nuestro país! ¿No?
¡Y nosotros hablando de filosofía!. (* Director de La
Señal Medios / Director Periodístico Revista Question
Latinoamérica).- XXX




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