[R-P] [E. Lacolla] Dialécticas del presente

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Jun 26 07:17:54 MDT 2008


[En esta su etapa terminal, el modo de producción capitalista revive
el debate entre Malthus y Ricardo sobre el papel de las clases
ociosas, solo que a un nivel planetario y con potenciales
consecuencias catastróficas. N.G.]

Dialécticas del presente

Por Enrique Lacolla

/Una especie de maltusianismo que no dice su nombre parece presidir
las acciones de los conductores del sistema vigente en el mundo. Pero
su pretensión de inmovilizar la historia puede  redundar, por el
contrario, en su aceleración catastrófica./

En un mundo no precisamente calificado por su benevolencia, pese a la
continuada cháchara en torno de los derechos humanos, la dignidad de
los pueblos "originarios" y el ataque a la pobreza, una nueva medida
se ha venido a sumar a los ataques que socavan, en el plano de lo
real, a ese mascarón de proa propagandístico. El parlamento de la
Unión Europea (UE) acaba de emitir una "Directiva del retorno" que
criminaliza a los inmigrantes indocumentados y ordena su
encarcelamiento en el caso de que sean detectados y desoigan la
intimación a retirarse del suelo al que han ido a parar, generalmente
en busca de condiciones de vida algo mejores de las que disfrutan en
sus países de origen. Las penas pueden variar entre 6 y 18 meses de
prisión efectiva, seguidas de deportación inmediata.

Es al menos paradójico que naciones que se han derramado sobre el
resto del mundo blandiendo la cruz y la espada o con ejércitos y
flotas que aseguraron su predominio a lo largo de siglos a través de
la explotación y la subordinación colonial o semicolonial; y que
además descomprimieron sus propias tensiones sociales con el
desplazamiento de masas de inmigrantes hacia mundos nuevos donde
existía la promesa de unas mejores condiciones de vida, es paradójico,
digo, que ahora se encierren en una caperuza blindada que niega acceso
a millones de seres que proyectan realizar, a la inversa, la última
parte de ese recorrido.

No seamos ingenuos, sin embargo. Esta es la historia del desarrollo
del capitalismo. Que ha producido episodios atroces, transformaciones
revolucionarias y un indudable avance de la humanidad, pero que hoy
parece estar agotando sus posibilidades progresivas y sólo puede
volverse sobre sí mismo para asegurar el principio básico de su
dinámica –la concentración de la ganancia– aun a costa de sofocar las
oportunidades de desarrollo del conjunto humano y de abroquelarse,
erigiendo muros entre su prosperidad y la miseria de los demás. E
incluso poniendo en práctica este principio dentro en su propio seno,
pues, ¿qué otra cosa que ciudadelas de una sensualidad que no se
preocupa sino de sus propios quehaceres son los countries y los
barrios cerrados que instalan su privilegio en medio o en las afueras
de las ciudades donde millones de sus habitantes pugnan contra la
inseguridad y la precariedad del trabajo? Este egotismo no se siente
seguro, sin embargo, como no se siente seguro el primer mundo frente
al piélago de contradicciones que lo acosan desde afuera.

Frente a la presión que empuja desde abajo, el sistema dominante
desentierra el principio maltusiano que indica como raíz de todos los
males al crecimiento indiscriminado de la población, en especial en
los países o sectores más necesitados. Esto puede ser en parte cierto,
pero es irrelevante si se lo ve con los ojos de quienes carecen de lo
más elemental, son oprimidos y padecen tasas de mortalidad
incompatibles con la evolución científica y tecnológica del presente.
Parecería haber una relación estricta entre la devastación
neocapitalista y la marea de los nacimientos que se configura como un
arma para resistir y, quizá, algún día, vencer la opresión por el mero
peso demográfico. Un personaje de una excelente película de Lina
Wertmüller, Pascualino siete bellezas, anticipaba algo de esto al
reunirse con su familia luego de su horrible peripecia en la guerra y
el läger nazista: "Multipliquémonos, es la única manera de impedir que
nos destruyan". O palabras al mismo efecto.

En estos momentos, esa afirmación sombría y a pesar de todo
combatiente, es el mejor escudo que se puede interponer ante la locura
desatada del sistema que nos incluye. Ante las políticas de
restricción de la natalidad y su indiscriminado apoyo de parte de las
organizaciones progresistas, cabe exigir una elaboración pensante del
cuadro que las involucra, y entender la funcionalidad que tienen en el
proyecto global que apunta a inmovilizar la historia. Pues "el fin de
la historia", tal como lo imaginó Francis Fukuyama, no es otra cosa
que la condensación conceptual de esta necesidad práctica que tiene el
sistema.

No se trata de discutir sobre la legalidad del aborto, por ejemplo,
sino de entender cómo, en ciertas y determinadas circunstancias, la
regulación de los nacimientos, una norma racional y positiva, puede
convertirse en un medio para confirmar un estatus quo contra el cual
se revuelven las tres cuartas partes de la humanidad.

La aceleración reaccionaria

Ahora bien, aquí surge otra paradoja. Para llevar adelante su proyecto
de estancamiento de la historia, al imperialismo no le queda otro
recurso que acelerarla. Y al apresurar perversamente el trámite de su
dominación global, el sistema puede arrastrarnos a un vórtice donde sí
se puede, eventualmente, extinguir la historia, aboliéndonos a todos
en un desastre infinito.

Es necesario cobrar conciencia de la naturaleza fútilmente demoníaca
de este proyecto para oponérsele con consecuencia, rebatirlo y, en
última instancia, abolirlo, aboliendo a las fuerzas que lo promueven.
Pero esto no se puede conseguir sin tomar conciencia de los elementos
que lo califican, lo mimetizan y lo mueven en un escenario global cada
vez más recorrido por los canales de información y desinformación que
se manejan desde diversas partes del espectro social.

Los tropiezos de la embestida neoliberal y la caída de la URSS
generaron una dinámica muy rápida. Por un lado, la devastación que
generó la primera impuso un freno a sus estragos en algunos países.
Aunque un poco como en el caso del fuego que se extingue porque no
resta nada por quemar. Algo de esto ocurrió en América latina al
terminar la década de los '90; mientras que en la misma Europa las
resistencias que levantó en un mundo laboral sindicalizado y de larga
experiencia, detuvieron o mejor dicho ralentizaron su marcha. Pero no
por esto dicho proyecto ha dado el brazo a torcer. La caída del bloque
socialista y la dilución, por un tiempo, de la amenaza militar que
este suponía, liberaron el brazo armado de Estados Unidos y
persuadieron a sus socios de la UE, que eran más o menos renuentes a
la iniciativa, a plegarse servilmente a esta.

Coordenadas

Por estos días, dos son las coordenadas principales por las que ese
propósito se mueve. Las dos están estrechamente asociadas y se
justifican mutuamente. Por un lado está el aliento a la balcanización
del globo, incentivando los separatismos nacionales allí donde existen
Estados que no se pliegan obedientemente al dictado de Washington,
tarea muy bien complementada el sabotaje económico y los embargos, en
casos particularmente resistentes. Por otro, como lo demuestran las
intervenciones militares, el uso desembozado de la fuerza bruta.

La coartada moral para fomentar esos separatismos es el derecho a la
autodeterminación de los pueblos, aun cuando eso implique abolir
sistemas políticos que, en relación al estereotipo de la democracia,
están más cerca de este que quienes ha designado Washington para
sucederlos. Tenemos así que en Afganistán, por ejemplo, se conspiró
para demoler un sistema que intentaba modernizar al país, y se lo
suplantó por el de unos guerreros feroces, los Talibanes, sobre los
que poco después cayó el anatema de Occidente, en razón de un
oscurantismo que tenía el mal gusto de no plegarse automáticamente a
las miras norteamericanas.

Si en esos lugares existen reservas de materiales estratégicos de
primer orden y/o esos puntos representan enclaves geopolíticos
determinantes para la instalación de Estados Unidos en la cúspide del
poder mundial, su destino está sellado. Tarde o temprano recibirán la
atención de la flota, la aviación y el cuerpo de marines de Estados
Unidos. Irak es ejemplar en este sentido.

La realización de estos planes, actualmente en marcha, requiere
enormes inversiones, una presión constante, una desinformación
sistemática y un cinismo perfecto, que sólo el usufructo ilimitado de
la fuerza puede tornar viables. Por supuesto que esa sobreexcitación
acarrea problemas mayores al sistema, problemas que pueden hacer que
este se devore a sí mismo. La desmesurada hinchazón del presupuesto
militar acarrea desinversión en las industrias para el consumo; la
globalización sostenida por el mero apetito de la ganancia precariza
el empleo en las mismas metrópolis; el desorden financiero que resulta
de una economía descentrada y atenta a la especulación antes que a la
producción, empuja al caos en un mundo interconectado de forma
instantánea en base a transacciones automáticas; y las aventuras
militares en el exterior, que no siempre se pueden vehiculizar a
través de aliados locales o de fuerzas mercenarias, pueden generar
contrachoques psicológicos que conmuevan el sistema. Amén de que
pueden terminar generando respuestas del mismo tipo que acaben con el
mito de la invulnerabilidad de los Estados Unidos.

Por el momento, sin embargo, el proceso sigue su marcha. El aliento a
los separatismos, ya practicado con éxito en Europa oriental con la
desmembración de la ex Yugoslavia, y el de la ex URSS, con la
aparición de las repúblicas caucásicas, las bálticas y Ucrania, han
puesto en situación terriblemente incómoda a Rusia; mientras que el
Medio Oriente y el Asia central son los escenarios del despedazamiento
de Irak, la fractura del Líbano, el azuzamiento de los odios
confesionales y las matanzas étnicas, tras los cuales se mueven las
manos de los servicios de inteligencia occidentales. Es decir,
básicamente, de la CIA y del Mossad israelí.

Mientras tanto, Irán espera su turno.

Mirando al Sur

En América Latina, en respuesta a las iniciativas sudamericanas por
configurar la unión del subcontinente, que por primera vez empieza a
visualizarse no como una proposición abstracta sino como una política
de Estado, Washington ha comenzado a desplegar toda la parafernalia
mediática y militar que antecede a las intervenciones activas. El
relanzamiento de la Cuarta Flota, destinada a servir en aguas del
Caribe; el plan Colombia, la negociación con el presidente colombiano
Álvaro Uribe por la instalación de una base militar en la frontera del
estado venezolano de Zulia, de gran riqueza petrolera, regido por el
único gobernador opuesto a Hugo Chávez y decidido promotor de la
autonomía o la secesión de esa región; la incentivación de los
movimientos autonomistas en el Oriente boliviano –favorecida por la
torpeza del presidente Evo Morales y su vicepresidente Álvaro García
Linera, que con sus proyectos autonómicos de corte indigenista dieron
letra a la oligarquía que controla los recursos de la media luna
boliviana donde se acopian las mayores riquezas del país–, todos estos
factores se entrecruzan en una complicada maraña de malas intenciones.

Presumir que Barack Obama, si llega a presidente, va a dar un giro a
estas políticas es ilusorio. No sólo por las más recientes
declaraciones del candidato demócrata a propósito de Venezuela y Cuba,
sino sobre todo porque la política exterior norteamericana está
pautada desde hace mucho tiempo y discurre sobre carriles que, si no
son fijos, sólo admiten desvíos que no los aparten de su meta final.
La ecuación de Zbygniew Brzezinski en torno del dilema de Estados
Unidos en el sentido de ejercer una dominación global o un liderazgo
global es, para quienes no forman parte de las naciones privilegiadas,
una ecuación vacía. El proyecto se llama dominio, y sus matices sólo
pueden percibirlos y aprovecharlos quienes están dentro del equipo
llamado a ejercer esa facultad, mientras que al resto del mundo apenas
le resta encontrar los nichos que hasta cierto punto protejan a los
países más débiles, u oponerse activamente a ese proyecto a través de
su propio peso militar y económico. Rusia, China y la India forman
parte del posible club opositor a esa démarche occidental.

El tiempo que falta para el final de la administración George W. Bush
será decisivo para saber hacia que lado penderá, por ahora, la
balanza: si hacia el "liderazgo" o hacia la "dominación". "Todas las
opciones están sobre la mesa" respecto a Irán, se ocupó de volver a
remarcar el presidente Bush en ocasión su reunión con la canciller
alemana Ursula Merkel en fecha tan próxima como el 11 de junio pasado.
El recorrido de los últimos meses de la gestión Bush, por lo tanto,
plantea una incógnita acuciante, a pesar de lo que dijimos antes en el
sentido de que la política imperial no va a renunciar a sus objetivos.
Pues la forma de asumir estos en tan apretado lapso, puede acarrear la
supervivencia o la extinción de cientos de miles de vidas humanas en
los próximos meses.

Sería una forma de reinterpretar a Malthus.



(Visite mi sitio: www.enriquelacolla.com)

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Néstor Gorojovsky
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