[R-P] LA DERECHA JOVEN DE LANATA
maría Sola
mariadelsola en gmail.com
Lun Jun 23 20:01:46 MDT 2008
Cuando digo que dejen a los gorilas pastar en paz...me refiero a que
sus viejos argumentos son previsibles y aburridos, reaccionarios y
racistas es facil discutirles y ya a nadie conmueven.
Esta gordita treintañera de jeans y cara lavada con un look
antipopular pero vanguardista que proviene del estilo de la oposición
cubana, critica al cine argentino porque consigue fondos sociales
europeos . Si el cine argentino sobreactúa lo social para conseguir
fondos, los blogueros como ella sobreactúan lo reaccionario y
consiguen premios como los mejores blog del universo y esas cosas.
Con el mal humor y la fobia a los pobres y a los que los defienden ,es
una especie de Baby Etchecopar de los jóvenes cool.
Una arpía con estilo ...
De un blog en Crítica Digital.Copio
La peleadora.Caro Aguirre
La verdad de la milanesa
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Desde hace un poco más de una década, el cine argentino arrasa en los
festivales internacionales. Se lleva varios premios, consigue
financiación y se exhibe en salas comerciales al lado de Indiana
Jones. Sin embargo, acá en el país, a pesar de que los productores lo
nieguen, con suerte llegan a cubrir la inversión inicial. Algunas
ganan un poco de dinero cuando se editan en DVD, pero la mayoría,
créanme, no llena la sala ni los miércoles a la noche a mitad de
precio. Y digo "algunas" y "los miércoles" para no parecer tajante. En
la mayoría de las películas deben sobrar asientos incluso en la avant
premier.
Salvo algunos de casos aislados (porque para ser sinceros, esos casos
aislados son muy buenos), las películas argentinas son siempre así:
En las comedias, por ejemplo, la familia debe ser de clase media baja
o directamente pobre, vivir en el conurbano y nunca, pero nunca,
llegar a fin de mes. La madre lo debe gritar varias veces durante la
película. Debe agarrar un repasador, indignada, y gritar que no tiene
plata, que los precios están por las nubes o que el pan es demasiado
caro y no lo pueden comprar. Ningún personaje bueno debe tener aire
acondicionado (el aire acondicionado es de garcas); en el cine
argentino los personajes nobles tienen pelopincho y ventilador.
En el jardín trasero, el hijo mayor debe haber construido una casita
sencilla, de material, en la que tiene que pelear a los gritos con su
esposa rolinga porque el bebé está enfermo y no tienen dinero para
remedios. Debe haber presencia de mate, algún personaje viejo y gordo
en batón, un poco de cumbia o chamamé, una adolescente que le pide
plata a la madre y un padre fletero, mecánico, vendedor ambulante que
hace lo que puede. Y no debe faltar una fiesta central. Una fiesta
pobre pero muy alegre con mesas de caballetes, manteles de hule, una
torta deformada, guirnaldas hechas a mano y mucha, pero mucha gente
mal vestida.
Si, en cambio, la película es un drama, los personajes serán
exclusivamente inmigrantes de países limítrofes, empleados de clase
baja oprimidos por un jefe muy cagador (que antes interpretaba Arturo
Maly o Carlos Roffe), delincuentes juveniles incomprendidos y adictos
al paco, una mucama inocente que se enamora, un pueblerino con
ilusiones destrozadas por una multinacional insensible. Debe haber al
menos una pensión, un primo delincuente que vive un pueblo lejano,
cuatro perros muy flacos, una casa con el frente a medio terminar, un
indígena, una adolescente embarazada, un intendente muy chorro y una
escena en la que unos amigos revuelven sus bolsillos juntando dinero
para comprar una cerveza.
El drama más sensiblón o de protesta social explícita, en cambio, debe
tener una escenografía del interior del país, abogados sin escrúpulos,
un trabajador muy inocente y simple que es estafado, una comerciante
barrial muy víbora, carnicería con cortinas de tiras de pvc, gritos de
un cuarto a otro. Alguien debe ir a la cárcel y ser violado o golpeado
con brutalidad. (Esa escena se filmará sin excepción). Y debe haber
una escena de sexo horrible que intenta ser dulce (puede incluir
lesbianismo inocentón) y una secuencia entera que tenga metáforas
sobre la dictadura con una canción de Victor Heredia a modo de
excentricidad.
Los personajes malvados deben ser todos iguales. Serán dueños de una
oficina muy pulcra en donde se cogen a la secretaria, una turra
bárbara que interpreta Leticia Brédice. Deben estar siempre en Puerto
Madero, ser amigos de algún diputado y tener un auto oscuro con
vidrios polarizados. Deben ser, además, maleducados, distantes,
pedantes y estúpidos. Y la esposa del malo debe ofrecer cenas llenas
de lujo en las que se burla de la mucama o del chofer. (La mujer es
Elizabeth Killian o Thelma Biral, y siempre es borracha y usa corte de
pelo carré).
Ya no existen (y me alegro) las épicas nacionalistas sobre próceres
escolares, comedias para toda la familia con Fernando Siro y
Landriscina o dramas intimistas con goteo tardío de la nouvelle vague.
Graciela Borges (salvo para ridiculizarla como una borracha absurda),
Graciela Dufau, Selva Alemán, Marta González se quedaron, de repente,
sin trabajo. Los únicos que se salvaron fueron Manuel Antín, que puso
una Universidad y Enrique Liporace, que como siempre hace de
comisario, todavía puede llevarse preso —sin ningún motivo, por
supuesto— a algún pobre y molerlo a palos en un calabozo con otros
policías con bigotito y cara de cagador.
Hoy en día filmar películas con personajes de clase alta es un crimen
frívolo e insensible, pero además es un delirio comercial. Si alguien
quiere escribir una historia sin pobres debe que pedirle financiación
a Zambia, porque a Francia (que es quien pone la plata) no le interesa
ver como el personaje se compra un televisor. Francia quiere ver como
un pobre mira la tele por la vidriera de Falabella mientras el
estómago le cruje de hambre. La BBC y el Channel 4 invierten siempre y
cuando haya folclore tercermundista. Quieren ver desaparecidos,
romances proletarios, niños que revuelven la basura, mucamas
maltratadas, dictadores corruptos, estudiantes asesinados, y —miren
qué gracioso— inmigrantes que cobran cuatro pesos y no pueden pagar la
pensión.
Y está muy bien. Cada autor es libre de filmar lo que quiere y de
financiarse como pueda. Si el precio que hay que pagar para filmar es
que nadie del elenco tenga dientes, a pagar. Pero yo tengo que
decirlo: no soporto más el cine de pantalones agujereados. No soporto
más el maniqueísmo absurdo de pobres buenos y ricos malos. No soporto
más el cine de denuncia lleno de golpes bajos. No soporto más esta
competencia nacional entre directores para ver quién filma al más
carenciado de todos.
Ya es alevoso, es a propósito. Parece que la gracia es filmar como
viaja una familia de mil seiscientos miembros en un fitito y no
subirlos a un micro y contar una historia real de gente que —pobre o
no, es circunstancial— sufre, se ríe, tiene problemas o supera una
traba.
Yo les digo algo. Si veo una película más sobre un trabajador humilde
que no hizo nada y un jefe o un policía o un político que lo humilla,
me tiro de palito por la ventana. Estoy harta de ver lo mismo una y
otra vez. La mitad de las películas argentinas son una misma saga
infinita y monocorde sobre gente que no llega a fin de mes.
¿Quieren ser novedosos? ¿Quieren ser transgresores? ¿Quieren romper
todos los moldes, hacer algo que nunca se haya hecho, deslumbrar a sus
espectadores? Hagan algo. Filmen, por ejemplo, a alguien almorzando.
Nada más. Solo un hombre y su milanesa. Pueden mostrar como la cocina,
la condimenta, lava los platos. Incluso cuando come frente al
televisor. Eso sería una verdadera revolución cinematográfica. Eso le
daría un respiro al cine, agregaría volumen, matices. Alguien
almorzando.
Porque yo les aseguro algo. Después de trescientas películas sobre
pobres, si los espectadores argentinos llegan a ver a alguien que sí
tiene para comer en una película nacional, no van a entender nada. Van
a mirar la pantalla muertos de miedo y se van a tirar al piso,
desencajados, como aquel día de 1895 que los hermanos Lumiere
proyectaron por primera vez como llegaba el tren
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