[R-P] [E. Lacolla] La democracia blindada

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Dom Jun 22 13:38:17 MDT 2008


La democracia blindada
Enrique Lacolla

Los expedientes institucionales para filtrar la opinión y para
prevenir los choques más brutales de intereses, se están convirtiendo
en una muralla que sofoca la libre expresión de la voluntad popular.

El jueves 12 de junio se produjo un acontecimiento que no concitó
demasiada atención, pero que resulta significativo de los rumbos que
toma la actualidad internacional o, mejor dicho, de las tendencias
reales que la recorren por debajo y que diseñan, cuando tienen
ocasión, un rechazo categórico al modelo globalizador neoliberal,
agresivo y militarista que se manifiesta a nivel de gobiernos.
Convocado a un referéndum para aprobar o no el Tratado de Lisboa, el
pueblo irlandés dijo No con una contundencia que expresa mucho
respecto de los humores que habitan, incluso a los integrantes del
mundo desarrollado, respecto de las tendencias dominantes que ejercen
el poder en el orden sistémico.

El Tratado de Lisboa, firmado por todos los miembros de la Unión
Europea (UE), debía substituir a la fallida Constitución Europea,
signada en 2004. Sus términos implican que la UE tendrá personalidad
jurídica propia para establecer acuerdos internacionales a nivel
comunitario. La mayoría de los Parlamentos europeos refrendaron el
tratado y en otros esa medida está en proceso; pero, en el ejercicio
de democracia directa dispuesto en Irlanda, el resultado fue negativo.
El 53,4 por ciento de los irlandeses votaron No, y el Sí, pese a la
masiva campaña de prensa que respaldaba esa opción y al respaldo
oficial, recaudó sólo el 46,6 por ciento.

La reacción de los diversos gobiernos europeos fue disímil, pero en
general tendió a indicar que el Tratado de Lisboa en su forma actual
es inviable. Aunque los gobiernos de Londres, Berlín y París tratarían
de aislar a la isla y forzarla a convocar un nuevo referéndum, en el
cual se le recordaría al pueblo irlandés que ha salido de su endémica
pobreza gracias a su incorporación, en su hora, a la Comunidad
Económica Europea, otros gobiernos no comparten esa actitud, que
contiene los clásicos elementos de extorsión y chantaje que suelen
caracterizar a la conducta de las potencias cuando tratan con naciones
menores. De construirse de esta manera, la tan trompeteada democracia
como factor decisivo para la integración del bloque quedaría en agua
de borrajas. Y esto, todavía, es una piedra difícil de tragar para
unas corporaciones políticas que hacen gala de sus sentimientos
liberales y que por cierto pueden buscar otras maneras de soslayar el
obstáculo.

Lo significativo es que el caso irlandés fue uno en los cuales se ha
optado por el método del referéndum para arribar a una decisión
referida a una cuestión mayor de gobierno. Ya en otras ocasiones la
apelación a este tipo de expedientes en el marco comunitario había
resultado en un rechazo de la propuesta oficial. Como consecuencia de
esto los mecanismos del nuevo tratado apelaban, salvo en el caso de
Irlanda, a consignar la decisión a los poderes institucionales de los
gobiernos consagrados por el pueblo. Esto es, a la democracia
representativa, mientras que en Irlanda se recurrió a la democracia
directa. Es decir, a una apelación a la voluntad popular no mediada
por el parlamento.

En la actualidad, el vaciamiento ideológico de la política resulta en
su puesta al servicio de un modelo sistémico planificado como una
aplanadora. Este modelo busca la concentración de la ganancia y la
estructuración de un proyecto que cancele o reduzca la seguridad
social, avanzando en políticas militares de intervención de parte de
las potencias mayores respecto de las áreas que disponen de vitales
reservas estratégicas.

Semejante curso de acción proyecta sobre el planeta una sombra
ominosa. La democracia, en su versión institucional, se estaría
convirtiendo en un expediente válido solamente para saltearse la
voluntad del pueblo. La apelación directa a este, al menos en las
cuestiones que suponen un compromiso a futuro de magnitud insondable,
parecería una forma de soslayar, de tanto en tanto, esta deformación
de la democracia.

Cuando se ha hecho tal cosa, los resultados han tendido a ir en contra
de los objetivos del sistema dominante. En el caso irlandés los
motivos del rechazo pueden haber sido varios, pero es probable que los
fundamentales pasaran por la percepción que detrás de la jerga
burocrática del texto del tratado se esconden las políticas que
intentan construir una super Europa embebida de doctrinarismo
neoliberal. Esto es, privatizaciones de los servicios públicos,
disminución de los derechos laborales, liberalización del mercado y,
lo último pero no lo menos importante, probable involucramiento del
país en una política que tiende a militarizar a Europa para hacerla
jugar un rol más activo en la misión de "poner orden" en el díscolo
espacio de un Tercer Mundo en vías de recolonización.

El instinto popular ha aprendido a desconfiar de las supercherías de
un discurso encerrado en cláusulas herméticas para quienes no conocen
las reglas del juego. Quizá el pueblo no alcance a distinguir la letra
chica de los contratos rimbombantes sobre la democracia, pero sabe que
detrás de las grandes palabras hay un vacío tras el cual se oculta a
su vez el núcleo duro del pensamiento neoconservador.

Las reformas contempladas en el tratado incluyen la figura de un nuevo
presidente para el Consejo Europeo, el fortalecimiento de una política
exterior comunitaria y la eliminación del veto nacional en diversas
áreas. Para un país de tradición católica y que se ha aferrado a
principios neutralistas en el amplio espectro de los conflictos que
recorrieron el siglo XX, la posibilidad de verse sometido a
disposiciones que pueden legalizar el aborto, incidir sobre los
impuestos y vulnerar el estatus de país neutral, resulta poco
apetecible.

Irlanda no ha puesto el tema de la Unión Europea en crisis, sino más
bien a la concepción que debería inspirar a esta. Se trata de un hecho
auspicioso y que debe ser bienvenido.

La retórica del cambio

¿Qué pasaría si en Estados Unidos este sistema referendario se colase
a propósito de algunos asuntos de interés colectivo, como la reforma
de la seguridad social y la intervención en Irak? Nada parece estar
más lejos de la realidad, sin embargo. El senador Barack Obama,
candidato a la presidencia por el partido demócrata y enfático
propagandista de un cambio abstracto, que todos pueden imaginar acorde
a sus propios deseos, no parece estar en disposición de avanzar mucho
en este sentido. Desde luego, el tema de la seguridad social ha sido
su caballito de batalla, como lo fue de la senadora Hillary Clinton,
su oponente en la carrera a la candidatura, pero en todo lo referido a
la política exterior su actitud, hasta el momento, está en rigurosa
concordancia con los preceptos inculcados por la doctrina de la
seguridad nacional seguida desde hace más de medio siglo por los
gobiernos norteamericanos y codificada por Zbygniew Brzezinski.

Las declaraciones de Obama ante el lobby sionista agrupado en el AIPAC
(America Israel Public Affairs Committee) son transparentes en este
sentido. "Haré todo lo que esté en mi poder para impedir que Irán
consiga armas nucleares… Y con todo, quiero decir todo". Juró que no
hablaría con Hamas (paradójicamente el gobierno de Tel Aviv estaba en
negociaciones para hacerlo, cosa que redundó en la frágil tregua que
se ha establecido en Gaza) y terminó afirmando que "Jerusalén
permanecerá como la capital indivisa de Israel".

Esto último, probablemente, se ha debido a un exceso de buena voluntad
del candidato demócrata, pues semejante pretensión ha desaparecido
sigilosamente hasta de las consignas oficiales del gobierno hebreo.
Todo el mundo sabe que no habrá proceso de paz posible si el Monte del
Templo, uno de los lugares santos del Islam y uno de los símbolos más
importantes del nacionalismo de los palestinos, no se transfiere a la
soberanía a estos últimos.

Estas afirmaciones pueden ser anecdóticas y estar referidas a las
necesidades de campaña, en especial después de que los asesores de su
rival Hillary apelaron a la difusión de rumores sobre la presunta
confesión musulmana de Obama; pero en general denotan una actitud de
claro respeto a las grandes líneas de la política de Estados Unidos en
el mundo. Sus declaraciones contra Chávez y el régimen cubano también
así lo demuestran.

Así, pues, ¿de qué cambio nos hablan? Resulta evidente el vigor del
blindaje legal del sistema basado en una oligarquía partidaria y en
una manipulación orquestada de la opinión pública. El único expediente
para penetrar esa coraza es, como lo ha sido en algunas ocasiones
críticas del pasado, el recurso a la democracia directa. Claro que
este no puede ejercerse en forma permanente y a propósito de cualquier
cosa; pero, ante el carácter elusivo y resbaloso de ciertas
confrontaciones, recurrir a él no parece desaconsejable. La voz del
pueblo, expresada en libertad, debería ser irrebatible e inatacable.

Y ya que estamos, y dado que la presidenta de los argentinos ha
decidido renunciar a un atributo del poder ejecutivo y referir al
parlamento el tema de las retenciones al agro (que mejor cabría
denominar derechos de exportación), ¿por qué no poner más bien el
asunto en manos del pueblo, primera víctima de la extorsión generada
por el lock out empresario? Un referéndum convocado y resuelto en
forma rápida (ha habido tres meses para interiorizarse del asunto)
podría aventar todas las dudas y deslegitimar definitivamente un
proceder extorsivo que ha tomado a la nación como rehén.

(Visite mi página web: www.enriquelacolla.com)

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Néstor Gorojovsky
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