[R-P] CARTA ABIERTA/3: La nueva derecha - SON LOS QUE HOY ESTAN EN LAS CALLES DE LA ARGENTINA

Ezequiel Beer ebeer en telecentro.com.ar
Lun Jun 16 18:51:03 MDT 2008








La nueva derecha
En el texto que aquí se publica, el espacio conformado por más de 1500 
personas de la cultura, la educación, las ciencias y las artes vuelve a 
pronunciarse sobre la actual situación política. Ahora examina el 
surgimiento y las características de una "nueva derecha", un actor social 
que se piensa "contra la política", que "reclama eficiencia y no ideología" 
en defensa de "los poderes existentes".

¿Cómo se puede reclamar la nacionalización del petróleo cuando la lucha que 
se despliega es contra una medida progresiva de índole impositiva? ¿Cómo se 
puede llamar a la lucha contra la pobreza con aliados que expresan las capas 
más tradicionales de las clases dominantes? Algo ha sucedido en los vínculos 
entre las palabras y los hechos: un disloque. Los símbolos han quedado 
librados a nuevas capturas, a articulaciones contradictorias, a emergencias 
inadecuadas. Ningún actor político puede declararse eximido de haber 
contribuido a esa separación. Las situaciones críticas obligan a preguntarse 
qué palabras les corresponden a los nuevos hechos. Entre las batallas 
pendientes en la cultura y la política argentina, está la de nombrar lo que 
ocurre con actos fundados en una lengua crítica y sustentable. Sin embargo, 
hoy las palabras heredadas suelen pronunciarse como un acto de confiscación. 
Cualquier cosa que ahora se diga vacila en aportar pruebas de su 
enraizamiento en expectativas sociales reales. Parece haber triunfado la 
"operación" sobre la obra, el parloteo sobre el lenguaje.
"Clima destituyente" hemos dicho para nombrar los embates generalizados 
contra formas legítimas de la política gubernamental y contra las 
investiduras de todo tipo. Una mezcla de irresponsabilidad y de milenarismo 
de ocasión sustituyó la confianza colectiva. "Nueva derecha" decimos ahora. 
Lo decimos para nombrar una serie de posiciones que se caracterizan por 
pensarse contra la política y contra sus derechos de ser otra cosa que 
gestión y administración de los poderes existentes. Una derecha que reclama 
eficiencia y no ideología, que alega más gestión que valores -y puede 
coquetear con todo valor-, que invoca la defensa de las jerarquías 
existentes, aunque se inviste miméticamente de formas y procedimientos 
asamblearios y voces sacadas de las napas prestigiosas de las militancias de 
ciclos anteriores. Esa derecha impugna la política como gasto superfluo y 
como enmascaramiento, pero es cierto que la impugna con más dureza cuando la 
política pretende intervenir sobre la trama social. Tiene distintas 
inflexiones: desde la ilusoria eficiencia empresarial del macrismo hasta el 
intercambio directo de dones y rentas imaginado en Gualeguaychú, sin Estado, 
ni partidos, sólo con golpes de transparencia contra lo que llaman 
obstáculos.
Transparencia social imposible, como no sea bajo un régimen coercitivo, que 
expresa su desprecio hacia la política como capacidad transformadora, como 
intervención activa sobre la vida en común. De ese vaciamiento son 
responsables, también, los profesionales de la política que priorizaron sus 
propios intereses mientras sostenían un discurso de lo público. Demasiado 
tiempo vino degradándose el lenguaje político como para que no surgieran 
mesianismos vicarios y vaticinios salvadores que en vez de redimir el 
conocimiento político son el complemento milenarista del espontaneísmo soez. 
La nueva derecha viene a decir que eso no está mal y que se debe llevar a 
sus últimas consecuencias, disolviendo la instancia misma de la política. Es 
fundamentalmente destituyente: vacía a los acontecimientos de sentido, a los 
hechos de su historicidad, a la vida de sus memorias. Por eso atraviesa 
fronteras para buscar terminologías en sus antípodas. Es una nueva derecha 
porque, a diferencia de las antiguas derechas, no es literal con su propio 
legado sino que puede recubrirse, mimética, con las consignas de la 
movilización social.
La nueva derecha puede agitar florilegios de izquierdas recreadas a último 
momento como préstamo de urgencia o anunciar compromisos caros a las luchas 
sociales de la historia nacional, sea Grito de Alcorta, sea la gesta de Paso 
de los Libres en 1933, sean las asambleas de 2001. Es una nueva derecha 
veteada de retazos perdidos, pero no olvidados, de antiguas lenguas 
movilizadoras. Condena el vínculo vivo de las personas y las sociedades con 
el pasado, llamando a un ilusorio puro presente que podría desprenderse de 
esas capas anteriores. Lo hace, incluso, cuando trae símbolos de ese pasado, 
sujetándolos a relaciones que los niegan o vacían. Cita al pasado como una 
efemérides al paso. Será jauretcheana si cuadra, aplaudirá a Madres de Plaza 
de Mayo si lo ve oportuno, dirá que adhiere a Evo Morales si se la apura, y 
no le faltará impulso para aludir a los mayos y los octubres de la historia. 
Mimetismo bendecido, tolerado: es la nueva derecha que ensaya el lenguaje 
total de la movilización con palabras prestadas. Procede por expurgación y 
despojo, restándole a la realidad algunas de las capas que la constituyen y 
presentando en una supuesta lisura la vida en común. En ella no hay espesor, 
diferencias, desigualdades, violencias ni explotación; ella habla del 
 "campo", trazándonos un dibujo bucólico de pioneros esforzados de la misma 
manera que considera la pobreza y el hambre como desgracias naturales o como 
penurias redescubiertas para sostener una mala conciencia de escuderos 
novedosos de los poderes agrarios tradicionales.
En la nueva derecha reina lo abstracto, pero con la lengua presunta de lo 
concreto: precisamente la que hablan los medios de comunicación. A la trama 
moral de las acciones la tornan escándalo moral, denuncismo de sabuesos que 
dejan saber que las sospechas generalizadas sobre la vida política son 
instrumentos que pueden sustituir un pensar real. En ella se trata de 
reivindicar la honestidad de los ciudadanos-consumidores, su espontaneidad 
expresiva ante las manipulaciones de la vieja política; transparentar es su 
grito, mostrar un supuesto lenguaje sin espesura es su lema. Sin obstáculos, 
sin pliegues. Sus lenguajes apuntan a vaciar de contenido historias y 
memorias de la misma manera que buscan desmontar cualquier relación entre 
universo reflexivo-crítico y política transformadora. Devastación del mundo 
de la palabra en nombre de la brutalización massmediática; simplificación de 
la escena cultural de acuerdo con la continua mutilación de la densidad de 
los conflictos sociales y políticos.
La nueva derecha es ahora un conjunto de procedimientos y de prácticas que 
se difunden peligrosamente en las más diversas alternativas políticas. La 
aceptación de que la escena la construyen los medios de comunicación lleva a 
un tipo de intervención pública tan respetuosa de ese poder como sumisa 
respecto de las palabras hegemónicas. Hace tiempo que los estilos 
comunicacionales habituales recurren al intercambio de denuncias como una 
cifra moral, que parece menos un proyecto compartible de refundar la 
política en la autoconciencia pública emancipada que en la circulación de un 
nuevo "dinero" basado en un control de la política por la vía de un 
moralismo del ciudadano atrincherado, temeroso, ausente de los grandes 
panoramas históricos. Moralismo de estrechez domiciliaria, pertrechada, 
víctima de miedos construidos y de oscuros deseos de resarcimiento. Es un 
viaje que parece no tener retorno hacia la espectacularización de una 
conciencia difusa de represalia. Es un recelo que va quedando despojado de 
contenidos, como no sean los parapetos medrosos de un pensamiento 
consignatario. Todo lo que implica la misma incapacidad para descubrir que 
lo que llaman "opinión pública", que en ciertos momentos de la historia es 
un acatamiento a lo que habla por ella más de lo que ella balbucea de sí 
misma.
La nueva derecha se inviste con el ropaje de la racionalidad ciudadana, 
adopta los giros de lenguaje y los deseos más significativos de una opinión 
colectiva sin la libertad última para ver que encarna los miedos de una 
época despótica y violenta. Un intenso intercambio simbólico viene a sellar 
así la alianza entre la nueva derecha, los medios de comunicación 
hegemónicos y el "sentido común" más ramplón que atraviesa a vastos estratos 
de las capas medias urbanas y rurales del que tampoco es ajeno un mundo 
popular permanentemente hostigado por esas discursividades dominantes.
Lo que sucede en Bolivia, quizás el escenario más complejo de la región, 
debe alertarnos. No porque sean equivalentes los fenómenos sociales y 
políticos sino porque el tipo de confrontación que las derechas bolivianas 
despliegan advierten sobre cuánto se puede decidir no respetar la voluntad 
popular, aun apelando a frenesís plebiscitarios. En la Argentina no estamos 
ante un escenario de esa índole, pero sí asistiendo a la emergencia de 
nuevos fenómenos políticos reactivos y conservadores, que atraviesan 
partidos políticos populares y organizaciones sociales. Todo trastabilla 
ante la cuerda subterránea que tienden las nuevas derechas. La señora 
cansada del conflicto, el locutor de la noche harto de la refriega, el 
pequeño rentista fastidiado de las listas electorales que había votado. Las 
nuevas derechas ejercen su señorío como una forma de desencanto, llamando al 
desapego generalizado. El ser social, por fin saturado de las dificultades 
de una época, llama bajo su forma reactiva a no pensar la dificultad sino a 
refugiarse en la desafección política, en el módico mesianismo al borde de 
las rutas. Proclaman que actúan por dignidad cuando son economicistas, y son 
economicistas cuando demuestran que ésa es la nueva forma de la dignidad.
Atraviesan así toda la materia sensible de este momento de la historia 
nacional. Su frase predilecta, "no me metan la mano en el bolsillo", hace de 
los actos legítimos de regulación de las rentas extraordinarias de la tierra 
una ignominiosa expropiación. Trata un bien nacional, como la productividad 
del suelo, como cosa meramente privada. Otras frases reiteran: "Está loca", 
e incluso se ha escuchado en la televisión de la noche de los domingos: "Es 
satánico". Se interpreta la intervención del Estado en el mercado en la 
clave de una psiquiatría obtusa de revista de peluquería, de chistoso de 
calesita o de pitonisa de boudoir. Menos se dice "hay que matarlos", pero 
aparece en los añadidos que publican algunos periódicos cuando termina la 
redacción de sus propios artículos y comienza la carnicería opinativa en un 
anonimato electrónico sediento de desquite. ¿Ante quién?, ¿para qué? No le 
importan las respuestas a una nueva derecha que recobra el linaje de las más 
impiadosas que tuvo el país. Ha soltado la lengua, pero aprendió a decir 
primero "armonía" y diálogo", mientras no ocultan la sonrisa sobradora 
cuando escuchan que se les dice: "¡Y pegue, y pegue!".
Se considera una redención el uso del lenguaje más incivil del que se tenga 
memoria en las luchas sociales argentinas. Con impunidad lo han tomado, con 
rápido gesto de arrebatadores, del desván de los recuerdos y de las 
historias de gestas desplegadas en nombre de un ideal más igualitario. En un 
sorprendente movimiento de apropiación para travestirla en su beneficio, han 
movilizado la memoria de los oprimidos en función de sostener el privilegio 
de unos pocos, vaciando, hacia atrás, todo sentido genuino, buscando 
inutilizar una tradición indispensable a la hora de restablecer el vínculo 
entre las generaciones pasadas y los nuevos ideales emancipatorios.
Es una operación a partir de la cual se definen las lógicas emergentes de 
esa nueva derecha que no duda en reclamar para sí lo mejor de la tradición 
republicana y democrática; es una nueva derecha que no se nombra a sí misma 
como tal, que elude con astucia las definiciones al mismo tiempo que 
ritualiza en un mea culpa de pacotilla sus responsabilidades pasadas y 
presentes con lo peor de la política nacional, bendecida por frases 
evangélicas que llaman oscuramente a la vindicta de los poderosos que 
aprendieron a hablar con préstamos del lenguaje de los perseguidos. Lo han 
hecho en otros momentos cruciales de la historia nacional. La nueva derecha 
inversionista ha comenzado por invertir el significado de las palabras. ¿Por 
qué no lo harían ahora?
Ante eso, es necesario recuperar otra idea de política, otro vínculo entre 
la política y las clases populares, y otra ilación entre hechos y símbolos. 
Si la nueva derecha reina en una sociedad mediatizada, una política que la 
confronte debe surgir de la distancia crítica con los procedimientos 
mediáticos. Si la nueva derecha no temió enarbolar la amenaza del hambre 
(como consecuencia de su desabastecedor plan de lucha), otra política debe 
situar al hambre, realidad dramática en la Argentina, como problema de 
máxima envergadura y desafío a resolver. Es cierto que, visiblemente, hoy no 
son muchos los que aceptan enarbolar blasones de derecha. Hay que buscarla 
en todos los lenguajes disponibles, en todos los partidos existentes, en 
todas las conductas públicas que puedan imaginarse. Los pendones que la 
conmueven pueden ser frases como éstas: "La nueva nación agraria como 
reserva moral de la nación". Es el viejo tema de las nuevas derechas y la 
identificación, también antigua, de patria y propiedad, de nación y posesión 
de la tierra. Es el concepto de reserva moral como liturgia última que 
sanciona tanto el "fin del conflicto" como un tinglado modernizante que no 
vacila en expropiar los temas del progresismo, pero para desmantelar lugares 
y memorias. Es una gauchesca de bolsa de cereales como acorde poético junto 
al horizonte del nuevo empresariado político. Podrán leer a la ida el Martín 
Fierro y a la vuelta los consejos de Berlusconi.
Los nuevos hombres "laboriosos", persignados fisiócratas, se indignan porque 
hay Estado y hay vida colectiva que se resiste a vulnerar la vieja atadura 
entre las palabras y las cosas. Pero esto ocurre porque la materia 
ideológica, con sus venerables arabescos y citas célebres, ha quedado 
deshilvanada, reutilizada en rápidos collages de las nuevas estancias 
conservadoras del lenguaje. ¿Cómo descubrirlas? Su localización es la 
ausencia de nervadura social, pues se trata de desplegar para la Argentina 
futura una nueva cultura social con un único territorio, el de las rentas 
extraordinarias que desea percibir una nueva clase, interpretando 
estrechamente las graves necesidades alimentarias del mundo. Parecen 
campesinos, parecen chacareros, parecen pequeños propietarios, parecen 
hombres de campo protagonizando una gesta. Pero no son ilusiones estas 
nuevas creaciones políticas de indesmentible base social nueva. Sin los 
tractores embanderados, brusca señalización del paisaje que atrae por la 
carencia de todo matiz, de todo signo mediador. La nueva clase teatraliza 
una rebelión campesina, pero traza un nuevo destino conservador para la 
Argentina. Marcha con vocablos fuera de su eje, en una combinación 
entremezclada que pone en escena la fusión entre formas morales de revancha 
y captura jocosa de los símbolos del progresismo social.
Asistimos a un remate general de conceptos. Nociones tan complejas como la 
de "patria agraria", "Argentina profunda", "nuevo federalismo", han 
resurgido de un arcón honorable de vocablos, cuando significaron algo 
precioso para miles y miles de argentinos para salir hoy a la luz como 
mendrugo de astucia y oportunismo. Como en los posmodernismos ya 
transcurridos, vivimos la sensación de que en el reino de los discursos 
políticos e ideológicos "todo es posible de darse". Las palabras parecen las 
mismas, pero se han dislocado bajo una matriz teleteatral y un recetario de 
cruces de saltimbanqui, legalizados por la escena primordial de cámaras que 
infunden irrealidad y deserción de la historia en sus recolecciones 
vertiginosas. Un nuevo estado moral de derecha surge del neoconservadurismo 
que reordena los valores en juego, luego de que ha tramitado un liberalismo 
reaccionario y un modernismo que propone conceptos de la sociedad de la 
información para hacerlos marchar hacia un nuevo consenso disciplinador y 
desinformante.
Un nuevo sentido común producido por los tejidos tecnoinformativos nutre así 
el círculo de captura de imágenes y discursos. Se habla como lo hace la 
llamada "sociedad del conocimiento", y ésta habla como lo hacen previamente 
quienes ya fueron tocados por la conquistada neoparla que insiste en estar 
"fuera de la política", pero munidos de jergas sustitutivas de la 
experiencia pública. Hasta el modo de ir a los actos políticos es puesto 
bajo la grilla admonitoria de un juez del Olimpo que dictamina los momentos 
de supuesta "falsa conciencia" de miles de conciudadanos que no poseerían la 
legítima pasión espontánea de los refundadores del nuevo federalismo sin 
historia, sin Estado, sin instituciones, sin sujeto. El descrédito de lo 
político comienza por destituir a las masas populares y sus imperfectas 
maneras, para hacer pasar por buenas sólo las supuestas movilizaciones 
pastoriles roussonianas, efectivamente multitudinarias, que mal se sostienen 
bajo las diversas modalidades del tractorazo, más amenazante que bucólico.
Una república agroconservadora despliega entonces sus banderas de "nuevo 
movimiento social". Tienen todo el derecho a expresarse, pero el examen 
democrático del gigantesco operativo que han emprendido debe ser también 
interpretado. Se trata de sustituir un pueblo que consideran inadecuado con 
otro vestido con galas de revolución conservadora. Hay suficientes ejemplos 
en la historia del país y en las memorias constructoras de justicia para 
decir que no lo lograrán.
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