[R-P] [E. Lacolla] El peronismo y el campo
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Sab Jun 14 08:40:54 MDT 2008
El peronismo y el campo
Por Enrique Lacolla
Se insinúa un arreglo del conflicto con el agro. Se insinúa, apenas.
El tema de fondo, sin embargo, sigue en pie: el modelo de país, y las
dudas sobre la decisión o la fuerza que tiene el único estamento del
espectro político –el que está en el gobierno; de la oposición mejor
no hablar- en el sentido de tomar al toro por las astas y tratar
promover un cambio que termine con la anarquía creciente que nos
invade.
Por estos días como consecuencia del lock out agrario, ha vuelto
ponerse sobre el tapete una presunta antinomia entre el campo y el
peronismo, el único movimiento de masas que, con todos sus defectos y
contradicciones, puso en algún momento en tela de juicio el modelo
sistémico forjado por la organización nacional.
Creo que este planteo (el peronismo enfrentando hoy al campo) surge
sin embargo de un malentendido. Dicho malentendido se basa en
identificar al gobierno actual con el movimiento original que en la
década del '40 y principios de los '50 ensayó un cambio de veras
profundo de los datos que habían configurado Argentina como país. Lo
que se manifiesta aquí, más allá de las evidentes y fuertes
diferencias que pueden discernirse entre los actores de esta puja, y
en la cual yo me decanto por el gobierno, es la punta de un iceberg.
Apenas un indicio del conflicto secular que ha opuesto a una casta,
con una Nación como proyecto.
Este último aun no está definido por el gobierno de Cristina, que
sigue respetando las grandes líneas del modelo neoliberal de saqueo
consolidado por el menemismo; por lo tanto, mal se puede argüir que
estamos ante un choque frontal entre dos tipos de país. Pero es
cierto, en cambio, que en esta confrontación se perfilan los elementos
de ese debate. Esto es positivo, pues debería forzar a los estamentos
políticos a hablar de lo que realmente importa.
No se percibe, sin embargo, por ahora, una voluntad genuina de
hacerlo; ni de parte de la oposición, que se enanca en discursos
destructivos, superficiales y solapadamente golpistas; ni del lado del
gobierno, que sigue soslayando los datos fundamentales del debate al
poner el tema de quién se queda con una porción de la renta
diferencial agraria, tan solo en relación a una redistribución de esta
en tareas como la asistencia social, la educación y las comunicaciones
rurales, muy importantes en sí mismas, pero que no van al centro de la
cuestión.
Este centro es la construcción de una Argentina industrial, dueña de
sus rentas y asociada al Mercosur. Pero, para que esto funcione, el
asunto no pasa sólo por poner un límite al egoísmo desenfrenado de los
grandes y medianos productores, que enloquecen cuando les tocan un
céntimo de las suculentas ganancias que extraen del cultivo de la
soja; pese a que esta es pan para hoy hambre para mañana, ya que
amenaza la fertilidad de las pampas y arrasa el bosque nativo. El
asunto pasa también, sobre todo, por quienes están detrás de ellos,
por los grandes monopolios que se han adueñado, por compra o
arrendamiento, de más del 50 por ciento de la superficie cultivable
del país y que son, o eran, gravados por el gobierno en igual medida
que los medianos y pequeños productores. Sobre un total de 300.000
productores (hace unos años había más del doble), los más importantes
son las empresas transnacionales, que detentan la mitad de la tierra y
arriendan gran parte del resto. Se apropian de gran parte de la renta
agraria, tercerizan las exportaciones, fijan los precios que pagan a
los medianos y pequeños productores; gambetean al fisco y monopolizan
la comercialización de insumos.
Más grave aún: la distorsión a la que nos referimos –quien tiene más,
tributa proporcionalmente lo mismo que quien tiene menos- es
extensible de manera mucho más espectacular y destructiva al conjunto
de las actividades económicas de envergadura. No se grava la renta
financiera, ni se cobra tributo a las exportaciones de mineral que
efectúan las transnacionales mineras –es más, se subsidia a estas-; no
sólo no se intenta renacionalizar el petróleo sino que se renuevan
concesiones que consienten a las empresas privatizadas exportar crudo
sin efectuar un reintegro al Estado que esté acorde al aumento del
combustible en el mercado internacional y a las fabulosas ganancias
que cosechan en este; no se debate la deuda externa y no se plantea
una reestructuración de las comunicaciones que pase por la
reconstrucción de la red ferroviaria. En cambio se proyecta un
emprendimiento faraónico –el tren bala- que incrementará la deuda y
podrá ser usado sólo por pasajeros de alto nivel adquisitivo. Todo
esto implica la carencia de un proyecto industrializador y tecnológico
que asocie la expansión fabril a la política de defensa. Argentina es
hoy un país prácticamente inerme en medio de una situación
internacional que se ensombrece día a día.
Se ha perdido y se está perdiendo un tiempo precioso: el que va del
repudio al modelo neocapitalista que se produjo en América latina a
fines de la década pasada, y una previsible contraofensiva del
Imperio, que estima a esta región del hemisferio occidental como su
patio trasero y que ha contado siempre con complicidades locales de
gran peso económico que le allanaron el camino.
La relación del Estado con el campo no tiene por qué ser mala. La
renta agraria, derivada de la muy favorecida naturaleza del campo en
nuestro país, ha sido y sigue siendo una fundamental fuente de
riqueza. Pero esta riqueza debe garantizar no sólo el confort de
quienes detentan la tierra, sino que también debe ser usada como
elemento de promoción para el conjunto de la sociedad, como de alguna
manera lo fue entre 1946 y 1955, con el Iapi y si mal no recuerdo la
Junta de Nacional de Granos.
La prosperidad del campo debe insertarse dentro de un programa de
desarrollo que abarque al conjunto de las actividades del país; se
preocupe de imponer un impuesto progresivo a la renta y explore las
maneras de salir del atolladero de una deuda externa ilegítima, que
ronda los 200.000 millones de dólares. Este año nuestro país debe
pagar creo que alrededor de 15 mil millones de esa moneda para servir
sus intereses. Pero aun con esta rueda de molino al cuello Argentina,
si se lo propusiese, podría lanzar un interesante programa de
desarrollo. Para ello, el único instrumento válido es el Estado.
Ahora bien, para encarar esta ruta hay que tener inteligencia
estratégica, resolución y ser ajeno al tejemaneje de influencias y
prebendas. ¿Podrán nuestros dirigentes acceder a esos atributos? Por
ahora, no pasa nada. O pasa demasiado, pues quienes dirigen el
gobierno parecen no haber estado siquiera estar en condiciones o en
disposición, cuando era tiempo, de liberar las rutas de presencias
intrusivas y extorsivas. Esperan ganar por cansancio, parece. Pero, ¿y
si la sociedad se cansa primero?
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Néstor Gorojovsky
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