[R-P] [E. Lacolla] Nunca segundas partes fueron buenas

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Jun 4 05:07:32 MDT 2008


[Con demora, porque grandes y pequeñas ocupaciones nos han impedido
actualizar nuestros reenvíos. Esto fue difundido el sábado por Radio
Nacional Córdoba (cuya programación parece muy superior, en muchos
casos, a la de su par de Buenos Aires). Pero no pierde actualidad por
un atraso de algunos días.]

Nunca segundas partes fueron buenas

Por Enrique Lacolla

De forma desvaída la actual confrontación entre el gobierno y el
"campo" recuerda la lucha entre el establishment y la primera época
del peronismo.

No es un espectáculo agradable el que ofrece Argentina en estos
momentos. Puestos a elegir entre los exponentes del "campo" –medianos
productores agrarios extrañamente asociados a los pool de la soja y a
la Sociedad Rural- y el gobierno que defiende su derecho a practicar
una política de retenciones que, eventualmente, podría moderar el
modelo neocolonial de dependencia de la soja transgénica, puestos
frente a esta disyuntiva, decimos, optamos por el gobierno. Pero tal
cosa no puede decirse sin hacer hincapié en el hecho de que este
modelo de monoproducción ha sido estimulado por las autoridades desde
mucho tiempo atrás y que los exponentes del actual régimen no han sido
extraños a esa política.

Pero también debemos remontarnos a la historia. Hay un aire vagamente
conocido que discurre en la incipiente unidad opositora fraguada en
torno del lock out del campo y que tuvo una expresión conspicua en el
acto realizado al pie del monumento a la Bandera, en Rosario.

¿A qué recuerda esta insólita coalición entre los bien provistos
productores de la pampa gringa, la Sociedad Rural, los partidos
tradicionales, la Sra. Elisa Carrió, el PST y una variedad de
grupúsculos de izquierda?

Recuerda a la Unión Democrática, de infausta memoria, que en 1945 y
principios de 1946 cohesionó en un frente contra natura a radicales,
demócrata-progresistas, socialistas, conservadores y al Partido
Comunista, todos de acuerdo para cortar el paso y abatir, si fuera
posible, la experiencia populista que tenía al por entonces coronel
Juan Perón como referente indispensable de un proyecto para la
transformación del país.

Pero, como suele decirse, nunca segundas partes fueron buenas. Ni los
opositores al actual gobierno ni éste tienen la pasión que rondaba
entonces por las calles. En especial el gobierno, que se ha dedicado a
administrar pacatamente, mezquinamente, una ocasión histórica que
requería de una energía y de un proyecto que hasta aquí brillan por su
ausencia. La catástrofe causada por el "capitalismo del desastre" en
las últimas décadas del pasado siglo en América latina, generó una
actitud de rechazo que pudo ser explotada en nuestro país para
restablecerlo de acuerdo a las pautas de un plan industrialista. No se
lo hizo, se contemporizó y hoy nos vemos enfrentados a una oposición
heterogénea pero movida por un básico resentimiento gorila, frente a
un gobierno carente de respuestas y propiciador de diálogos de sordos.

De alguna manera asistimos a la contraposición de dos concepciones
falsas y simétricas del país: la de los que quieren que no cambie
nada, y la de los que desearían que todo cambiase sin hacer nada.

Se juega además con los equívocos. Nadie va a discutir que nuestra
sociedad tiene una fuerte compulsión integradora, y que los hijos y
nietos de los inmigrantes se nacionalizaron a una velocidad récord.
Pero de ahí a envolverse en banderas argentinas y a tocarse con
chambergos aludos, para proclamar desde sus 4 x 4 que son la columna
vertebral que habría fundado y sostenido a la nación, hay un largo
trecho. En realidad este país fue hecho con "sangre de gauchos",
primero en las luchas por la independencia y después con su bárbaro
exterminio por cuenta de quienes se vestían con las ropas de una
presunta civilización para introducir un modelo de país que
distorsionaba gravemente su estructura. Para estos exponentes de la
civilización fraguada a punta de rémington, no convenía asumir el país
sino modelarlo de acuerdo a sus intereses y preferencias. Eligieron
entonces cambiarlo, pero no de acuerdo a su naturaleza, sino
subsumiendo a la población nativa bajo un aluvión inmigratorio que no
sólo debía llenar los espacios vacíos del territorio, sino que debería
haber cambiado para siempre la fisonomía de sus habitantes.

Este país es elástico y pudo resistir el choque, hasta digerir a los
nuevos pobladores y hacerlos parte de su sangre. Pero las trazas de la
colisión, del choque originario, permanecieron y, asociadas a la
tradición antipopular y despectiva respecto de la población nativa,
generada por la tradición de la clase dominante, terminaron por
germinar en un racismo que no dice su nombre, pero que impregna a
buena parte de nuestras clases medias.

Eso sí, ese racismo no se expresa en rechazo a los pobladores de todos
los orígenes que provinieron de fuera, sino en un resentimiento sordo
hacia los herederos de la vida criolla: contra la emigración interior
que formó los cordones proletarios en torno de las grandes urbes, que
en su hora nacionalizaron al enclave portuario y que hoy, rechazados y
abandonados como restos, como deshechos del naufragio neoliberal,
prestan su apoyo a un gobierno que, mal que bien, ha incrementado la
capacidad de empleo y los está integrando –lentamente, es cierto- a la
dignidad del trabajo.

Ese racismo gravita en la evolución de discusiones que giran,
evidentemente, y van a girar más de aquí en adelante, en torno de
intereses contantes y sonantes, alrededor de un tema que no se puede
negociar a partir de criterios estrechos. Lo que está sobre el tapete
son las retenciones móviles en los mercados a futuro. Los agraristas
pretenden que no haya retenciones de ningún tipo. Ven la posibilidad
de una desmesurada ganancia en la medida en que se prevé un incremento
muy importante de los productos primarios, en buena medida inducida
por la decisión de algunas potencias en el sentido de producir energía
basada en esos productos. Esto es, de generar biocombustibles.

La incidencia de este tipo de producción en el alza de los precios de
las commodities va a ser doble: por un lado habrá un incremento
inducido por la mayor demanda, y por otro el aumento estará
determinado por el hecho de que, al aumentar las superficies cubiertas
con el fin de producir elementos destinados a la generación de
energía, se reducirá el espacio dedicado a la producción de alimentos
y su escasez hará subir a su vez los precios.

Que el gobierno quiera controlar esa peligrosa dinámica, nos parece
muy justo. El cambio que se viene no puede quedar librado a los
caprichos del mercado. Como el titular del Plan Fénix, el Dr. Abraham
Gak, ya lo ha dicho, el país tiene una urgente necesidad de producir
un desacople entre el costo interno y externo de los productos
primarios. Múltiples gobiernos en el mundo practican las retenciones y
a nadie se le ocurre objetar el derecho que tienen para hacerlo. El
Estado está para eso, para controlar la distribución del ingreso. En
Argentina, cuando un gobierno opera a favor de las grandes
concentraciones de poder, desde la prensa y los medios no se escuchan
protestas. No dicen ni pío, en una palabra. Pero cuando el Estado
intenta jugar un poco como factor compensador de la balanza, la
histeria se apodera de los conglomerados económicos y los medios la
trasvasan a una información muy orientada a su favor, camuflada de
independencia de criterio. Basta observar la jerarquía fotográfica
otorgada a la manifestación de Rosario y la prestada al acto en Salta,
el domingo pasado, sin hablar de la titulación y los contenidos de los
informes y análisis que se destinan a exponer el conflicto, para
comprender lo que pasa.

Como dijimos, Argentina no está ofreciendo un espectáculo agradable.
Avidez, apetitos desmesurados, incapacidad para pensar en grande con
una consecuente elusión de los temas fundamentales y un egoísmo
monumental de parte de los productores agrarios, parecerían ser los
rasgos predominantes. Y, por favor, que no nos vengan a hablar, a
propósito de este conflicto, del país federal y de la rivalidad entre
Buenos Aires y el interior. Lo que hay es una lucha por la torta,
entre un gobierno que sabe que si abandona su función primaria de
control social y de balance entre las clases, se lo van a llevar
puesto, y una oposición incoherente y desmandada, lista a subirse a
cualquier plataforma que le asegure un mínimo de atención pública. El
respaldo que acuerda esta oposición a los señores del dinero y de la
tierra, demuestra cuál es su rol efectivo.


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Néstor Gorojovsky
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