[R-P] Más cosas locales pero es que estoy en campaña...

carola chavez tongorocho en gmail.com
Lun Jun 2 20:31:36 MDT 2008


Ceniciento y los siete enanos.

Un cuento de hadas electoral.



Había una vez una isla no muy lejana en la que gobernaba, desde hacía
más tiempo del que nadie puede soportar, un malvado hechicero. En ese
pedazo de tierra toda rodeada de agua, tal como la describió otro
hechicero cuya maldad solo era opacada por sus rebuznos desfachatados,
vivían un muchacho llamado Ceniciento y sus dos hermanastros. También
moraban allí, por supuesto, los pobladores de la isla con sus
mascotas, sus lanchas y sus partidos políticos.

Ceniciento era un muchacho muy trabajador. Se pasaba catorce horas
diarias haciendo su trabajo de manera impecable. Desde hacía algunos
años a Ceniciento se le encargó coordinar un trabajo vital dentro de
la isla, vital como quien dice de vida o muerte. Su misión: llevar
salud a los pobladores más pobres y a los menos pobres también.
Ceniciento era doctor.

 Sus hermanastros también trabajaban, pero, al contrario de
Ceniciento, tenían unos cargos públicos muy importantes y no se
cortaban de alardear del poder que dichos cargos les conferían.

Un día llegó una invitación para un baile, entre los asistentes al
mismo se escogería al gobernador de la Isla. Muchos quisieron ir y
como era un baile público, muchos supieron que la oportunidad se las
estaban sirviendo en bandeja y acompañada con tequeños.

Los hermanastros, apenas se enteraron, corrieron a sus aposentos para
seleccionar sus mejores galas, repasar sus mejores mañas y anunciar la
buena nueva a sus amigotes vía celular.

Los amigotes de cada uno de los hermanastros, que a veces se llaman
socios y otras aliados, empezaron a tejer unas hermosas redecillas que
ellos debían usar en el baile y que habían de hacer que éstos
destacaran sobre el resto de los aspirantes.

Como los hermanastros no se llevaban bien entre si, y sus amigotes
menos, se generó una competencia de redecillas que se hacían cada vez
más elaboradas y más vistosas.

A todas estas, Ceniciento seguía ejerciendo su trabajo vital, sin
atreverse a soñar siquiera en poner un dedo del pie en la pista de
baile. Pero sus amigos, que se llaman siete enanos, no porque sean
siete, sino porque al lado de los amigotes de sus hermanastros eran
muy pequeños, insistían en que lo querían ver bailar.

Ceniciento accedió porque sabía que tenia un buen son, por lo que
creía que, aunque no ganara, los enanos no se sentirían defraudados,
ya que él movería los pies con más estilo que es mismísimo Fred
Astaire.

Los siete enanos felices ante la expectativa de ver a su Ceniciento
bailar, empezaron recorrer cada caserío de la comarca, y, cual alegres
juglares, empezaron a regar la buena.

Pronto Ceniciento y los siete enanos sintieron el poderío de los
hermanastros quienes, sin ningún pudor, les restregaban en las caras
aquellas elaboradísimas y costosas redecillas.

Conscientes de que contra eso no podían competir se dedicaron seguir
haciendo lo único que podían hacer: Ir con Ceniciento a todos lados,
hablar con cuanta gente se les cruzara por los caminos y sacar
fotocopias en blanco y negro con la foto Ceniciento y un pequeño pero
completo mensaje para que la gente se acordara de una cara que era
inolvidable. Y es que olvidé mencionar que la sonrisa de Ceniciento si
la ves una vez, ya no puedes vivir sin quererla volver a ver.

La rivalidad entre los hermanastros tomaba proporciones desmesuradas,
el malvado hechicero se relamía porque él sabía que solo la unidad
entre sus futuros contrincantes sería capaz de derrotarlo, por lo que
se acurrucó, plácido, en su trono abrazado a su gallo mágico que ponía
huevos de oro.

Así llegó el día del baile. Algunos moradores de la isla cayeron en
las redecillas, muchos a mi modesto parecer, otros salieron de sus
casas a aplaudir al doctor Ceniciento que sin zapatos de cristal, sin
redecillas carísimas, su labor bien cumplida y su sonrisa adictiva,
había despertado conciencias y había traído una esperanza hace mucho
tiempo perdida.

Aplaudimos los enanos, aplaudimos tanto como los enanos podemos
hacerlo y logramos junto a Ceniciento llegar de terceros en el
concurso de baile. Los hermanastros incrédulos se preguntaban en qué
fallaron, ¿cuándo había cambiado la gente de su comarca insular? ¿por
qué si siempre habían sabido vender su futuro a cambio de unas monedas
de latón, hoy aplaudían como enanos eufóricos al insignificante
Ceniciento?

Porque lo vimos bailar sin dar un traspiés, sin meter una sola
zancadilla, sin hundir ninguno de sus hermosos codos en el costillar
de persona alguna. Ceniciento bailó como hace todo lo que hace, de
manera impecable, alegre, sin perder la sonrisa por más que le
dolieran los pies.

Ceniciento, junto a sus desconcertados hermanastros, esperan una
decisión final, tal como los estipulaban las reglas del baile, si los
tres primeros recibían más o menos la misma cantidad de aplausos,
irían a demostrar en la capital qué hizo o qué dejo de hacer cada uno
para merecer o desmerecer la candidatura a gobernador.

El malvado hechicero estruja con angustia a su gallo de los huevos de
oro, los pobladores de la isla esperamos que en la capital sepan ver
lo que vimos aquí, que vean a Ceniciento bailar, que vean como ha
bailado toda su vida... es que si tienen buena vista podremos vivir
todos rojos rojitos para siempre.

Y colorín colorado este cuento no se ha acabado...


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