[R-P] El papel de Argentina en la crisis alimentaria mundial actual

Norberto Mollo nmollo en arnet.com.ar
Lun Jun 2 11:03:56 MDT 2008


El papel de Argentina en la crisis alimentaria mundial actual

Luis E. Sabini Fenández

Desde hace aproximadamente un año se estima que por lo menos en 37 países se 
han registrado trastornos sociales por la enorme carestía de los alimentos. 
Fundamentalmente la duplicación repentina y a veces la triplicación de los 
precios al consumidor de los dos alimentos más básicos de la humanidad, el 
arroz y el trigo, han desatado manifestaciones callejeras de indignación y 
protesta que en algunos casos, como Haití, ha significado el asesinato de 
gente hambrienta, significativamente a manos de fuerzas de ocupación 
extranjera.

Los porqués del hambre mundial
Se mencionan varios factores como desencadenantes de tales incrementos en el 
mercado mundial: alguna sequía gigante, el aumento de consumo indio y chino, 
la presencia en concurrencia de los bio-agro-necrocombustibles que disputan, 
ahora para los autos, las tierras para cultivo de alimentos para humanos, la 
economía-casino, que se ha ido desarrollando cada vez más, dedicada a 
compras-a-futuro, método que indudablemente es muy proclive a la 
especulación y que por lo tanto empuja a los alimentos (y a todos los 
productos) a un alza constante, enloquecida, ajena a la vieja estructura de 
costos.
Hablando de las secuelas del hambre en el mundo, Martín Caparrós en un 
artículo motivado por una visita suya al África, "Gracias al hambre 
(Etiopía, 21/5/2008)", aparecido en el boletín-e Comcosur (Montevideo, 
25/5/2008) aporta una valiosa mirada al problema mostrando el no del todo 
elegante papel que le cabe a la Argentina en la coyuntura del hambre 
generalizada y provocada no por la ausencia de alimentos sino por su 
carestía.
Caparrós señala crudamente que "nosotros, los argentinos, vivimos del 
 hambre". Y reseña el grado brutal de hambre que existe en varios países, 
una enorme cantidad ubicados en lo que se llama el África negra, que proveen 
el mayor caudal de una estadística que habla de 25 mil seres humanos muertos 
al día; "son más de mil por hora, 17 por minuto". Caparrós insiste con datos 
que procuran hacer conciencia sobre algo que resulta bastante alejado de la 
cotidianidad argentina (aunque en el invierno anterior pasamos 
mediáticamente por la muerte por hambre y desnutrición de varios miembros de 
etnias originarias en el norte argentino).
"Va de nuevo", nos dice Caparrós: "son, en los diez segundos que usted tarda 
en leer esta frase, mi estimado, tres hambrientos menos. En un país como 
Etiopía, con 75 millones de habitantes, hay 15 millones que están todo el 
tiempo al borde de la hambruna. A veces caen: entonces vemos 42 segundos 
terribles en la tele, chicos raquíticos con panzas como globos, madres 
ramitas secas estirando la mano como quien ya no espera [.]."
Caparrós va más allá y describe implacable el proceso de ensimismamiento 
que, pese a Internet y a la globalización comunicacional, parece afectar a 
la Argentina: "el mundo es una máquina hipercompleja e integrada, por más 
que los argentinos actuales hayan decidido hacerse tanto más provincianos 
ciegos que sus padres y olvidarlo: hacer como si no existiera. O, por lo 
menos, como si no importara."
El hambre no es joda. Las cifras transcriptas lo testimonian. En Haití se 
han hecho "populares" una galletas de tierra arcillosa cocida que por ser 
salobre engaña el estómago de los haitianos más empobrecidos. Alguien pescó 
"el negocio" con unas tierras del centro del país, zona de Hincha.
En Somalía, la crisis golpea por muy distintos lados: hay un gobierno 
establecido mediante ocupación, igual que en Haití, desconocido por muchos, 
una crisis monetaria en parte incentivada por la falsificación de la moneda 
nacional y una suba de precios tal que en un año se duplicaron los que menos 
aumentaron y se cuadruplicaron los que más. A fines de 2007 se estimaba en 
un 20% a la población (diez millones de habitantes) en situación de 
hambruna, en marzo, con el encarecimiento, un millón más de pobladores cayó 
en la indigencia y se teme la caída de otro millón de sufrientes en lo que 
resta del año. Mientras tanto, EE.UU. bombardea regularmente el país so 
pretexto de luchar contra algo, pero con la precaución de no poner pie en 
tierra después del "tropezòn" sufrido en su último desembarco. Ningún país 
puede funcionar si entre un tercio y la mitad de su gente pasa hambre de 
modo estructural, sostenido.
En Haití o en Somalia vemos claramente los daños, la destrucción brutal, que 
la occidentalización, la modernización, provoca en sociedades ajenas, 
subalternizadas.

El papel de Argentina

Caparrós desnuda el mecanismo de esa ganancia argentina sobre la base del 
hambre mundial. Por su importancia lo citaremos in extenso:
"Y nosotros ganamos con esos aumentos. Nos hacemos los boludos, no queremos 
verlo: nuestra prosperidad le está costando carísima a millones y millones 
de personas. La Argentina salió de la crisis gracias al aumento del precio 
de los granos: por estos precios, millones se mueren de hambre. O sea: las 
ganancias tan legítimas por las que discuten encarnizados los presidentes K 
y el campo producen sufrimientos espantosos. No digo que sea a propósito. 
No, por favor. Nosotros pasábamos por ahí cuando los chinos decidieron 
empezar a comer y las leyes del mercado hicieron que los precios subieran y 
las leyes del mercado hicieron que millones no pudieran comprar más comida y 
se murieran pero a mí por qué me miran, yo hago mi trabajo, yo defiendo lo 
mío y trato de venderlo lo más caro posible porque así son las leyes del 
mercado y yo justo estaba ahí, qué culpa tengo."
Y bien: la situación real es todavía más espantosa, mucho más espantosa que 
lo ya descrito por Caparrós. No es exactamente que "nosotros pasábamos por 
ahí" como aquel que ve luz y entra.. Queda en pie el deslinde radical con 
toda teoría conspiracionista según la cual los sojeros hambrean, cuando en 
realidad lo único que quieren es hacer negocio.
Una corrección, empero, basada en dos precisiones: primero, que los sojeros 
no sólo quieren hacer negocios sino además hacer como que hacen obra, patria 
o como usted quiera llamar a sus proyectos de ogros filantrópicos, bastante 
opuestos a los soñados por Octavio Paz, y segundo porque el origen de este 
escabroso rol que juega hoy Argentina no es tan argentino como parece.

Argentina made in USA

Dennis Avery ha sido por años un alto funcionario del USDA, Ministerio de 
Agricultura de EE.UU., y se presenta como "analista agrícola Senior del 
Departamento de Estado". Con la candidez característica de tanto 
estadounidense explica en la introducción a su libro Salvando el planeta con 
plásticos y plaguicidas, que estaba  "escribiendo otro [libro] que trataba 
sobre la importancia del libre comercio para la agricultura estadounidense." 
Su última frase es reveladora de toda una política: preservar el suministro 
de víveres por parte de EE.UU. a países que vayan perdiendo así su soberanía 
alimentaria.
Claro que siempre con las mejores intenciones: frente a una sequía por 
ejemplo, ir en auxilio con la ley 480, regalar cereales un año, dos, y 
cuando los agricultores locales no puedan ya no recuperarse de la sequía 
sino de la competencia con los granos introducidos "solidariamente" por 
EE.UU. con precios de dumping, es decir, cuando se ha logrado debilitar la 
soberanía alimentaria y se ha "desarrollado" la dependencia ídem, entonces 
sí, iniciar el negocio con precios en alza.
EE.UU. se ha especializado, usando los alimentos como arma geopolítica en ir 
estableciendo en tantos países como sea posible el régimen que Devinder 
Sharma con lucidez ha caracterizado como "del-barco-a-la-boca": la población 
tiene que aguardar lo que va llegando al puerto para poder comer. Mayor 
esclavitud alimentaria es difìcil de imaginar. Sobre  todo porque, durante 
milenios, todos los pueblos aprendieron a alimentarse a sí mismos. Razón 
elemental: si no lo hacían, no sobrevivían.
Observemos, al pasar, que el libro cuya introducción hemos estado glosando, 
Salvando el planeta con plásticos y plaguicidas, tiene un título que es de 
por sí toda una plataforma ideológica y estratégica.
La teoría económica del eurocentrismo encontró una superación científica a 
aquella vieja, tra-dicional, soberanía alimentaria: la ley de las ventajas 
comparativas por la cual cada comarca, cada estado, debe dedicarse 
exclusivamente a lo que mejor produce; esa optimización económica permitirá 
agrandar la torta mundial de productos y por lo tanto permitirá que todos 
reciban más. Oh, maravillas de la  ciencia económica.
Como sabemos, para los ideólogos, cuando la realidad choca con la teoría 
peor para la realidad. Y así hoy tenemos un mercado más globalizado que 
nunca, adaptado a la "ley" de las ventajas comparativas como nunca antes 
estuvo el planeta, y sin embargo, cosa curiosa, hay casi mil millones de 
seres humanos que se acuestan con hambre cada día o que ni duermen por el 
hambre o que literalmente mueren de hambre. La dependencia alimentaria 
tensiona y hace sufrir cada vez a más gente.
En la introducción ya citada dice Avery que su tarea desde el Hudson 
Institute es "comunicarles a los productores agrícolas [estadounidenses] que 
ellos podían ayudar a alimentar al Asia."  Tal vez porque los indios y los 
chinos jamás aprendieron a alimentarse. paradójico para tratarse del 
continente por lejos más poblado del orbe; bastante más de la mitad de la 
población humana mundial vive, se alimenta, se ha alimentado por milenios, 
en Asia.
Obviamente, la pretensión de que EE.UU. alimente al mundo es un poco 
excesiva. Pese a sus excelentes praderas y extensión, no alcanza.

Argentina y EE.UU.: gran tándem con piloto automático ¿o yanqui?

Pero el señor Avery tiene sus soluciones. Que en rigor, debemos entender 
como políticas públicas de EE.UU. puesto que Avery es todo menos un líbero, 
un marginal o un intelectual autónomo. Por Avery nos enteramos de los planes 
que tiene el USDA para la India. ¿El Ministerio de Agricultura de EE.UU. 
confeccionando la política de la India en su zona rural? Es indudable que 
ese Ministerio piensa por todos nosotros, dios no nos libra ni nos guarda. 
Avery nos informa de los planes que a mediados de los '90 tenía el USDA para 
el campo indio, compuesto entonces por unos 500 millones de campesinos: 
reducir esa población, rural,  a 50 millones en diez años. Esto, para 
modernizar el país, consigna sagrada si las hay.
Es curioso el afán bienhechor de ciertas presencias. En el siglo XVIII, por 
ejemplo, Inglaterra desmanteló prácticamente toda la actividad textil india 
(para favorecer la propia) y logró así postrar al país en un estatuto de 
vasallaje.  Cuando el subcontinente indio sufre todavía la secuela de 
aquella "ayuda", a fines del s. XX, es EE.UU. el que quiere "ayudar" ahora a 
la India desmantelando toda su estructura agraria. Hasta donde sabemos, el 
plan del USDA no se ha concretado, al menos con la radicalidad presentada 
por Avery: en el 2002, la población rural india todavía superaba a su 
población urbana (totalizando la población del estado más de mil millones de 
seres humanos).
¿Qué papel desempeña Argentina en la teoría de las ventajas comparativas, a 
la que son tan afectos los voceros del clan sojero argentino?
Avery nos lo señala bastante claramente. Nos lo señalaba así en 1995, en el 
momento del despegue de la soja transgénica en Argentina y las consiguientes 
cosechas que van a ir estableciendo un récor cada año sobre el anterior. 
Cuando el conocidísimo jurisconsulto y hombre de derecha Carlos Menem 
desmantela todos los organismos públicos del país y entrega la política 
agraria a Monsanto, que es como decir, relaciones carnales mediante, a 
EE.UU. Nos comenta Avery: "Solamente en EE.UU. y Argentina hay suficiente 
superficie fuera de producción (debido a políticas oficiales) como para 
alimentar a otros 1500 millones de personas." (ibíd., p. 123)
Avery nos muestra así como se unen las praderas norteamericanas y las pampas 
argentinas en una política mundial.
El horror que escudriña Avery a lo largo de su libro es a la "política de 
autoabastecimiento de alimentos". Es decir que haya más y más sociedades 
venciendo la pesadilla del-barco-a-la-boca. Porque eso perjudicaría. a 
EE.UU. y a Argentina. Con semejante política "quedarían torpemente ociosas 
más de 40 millones de hectáreas de las mejores tierras agrícolas del mundo 
ubicadas en países como EE.UU. y Argentina, y se obligaría al mismo tiempo a 
los productores agrícolas de Asia a roturar hasta el último rincón de tierra 
disponible." (ibíd., p. 286).
Las explicitaciones de Avery nos permiten visualizar mejor el papel de 
Argentina en la política mundial de alimentos llevada adelante por EE.UU.
En EE.UU., cuando en 1999 un grupo de objetores a los trámites de aprobación 
de las técnicas transgénicas lleva a los tribunales a la FDA y 
transitivamente a Monsanto y otras corporaciones por el ejercicio de métodos 
considerados viciados (o viciosos) para tales aprobaciones, el presidente de 
EE.UU., a la sazón Bill Clinton, establece el  fast track, para dar el visto 
bueno a los alimentos transgénicos sin tantos miramientos legislativos ni 
judiciales. El argumento fue lapidario: tales alimentos constituyen parte de 
"la seguridad nacional de EE.UU." De más está aclarar que Clinton no hace 
referencia alguna a la seguridad nacional. argentina. El golpe de mano de la 
Casa Blanca constituye una excelente demostración de cómo se conciben los 
alimentos como arma.

Alimentos como armas de destrucción masiva

Un arma de destrucción masiva, como bien los definiera Paul Nicholson, de 
Vía Campesina. "Los alimentos son mucho más que una mercancía. [.] La 
política de ayudas en EE.UU. y Europa, orientada a la exportación, es 
destructora de la capacidad productiva  [.] la revolución de la 
biotecnología ahonda los procesos de exclusión [.] la producción agraria se 
está concentrando en unas pocas regiones del planeta. Se destruyen las 
economías locales y el mundo rural se empobrece [.]."
¿Suena conocido? Es exactamente la situación argentina. Aquí se concentra la 
producción, se acentúa la exclusión, porque los monocultivos "industriales" 
constituyen una agricultura sin agricultores (un tractorista por cada 500 
ha. de soja alcanza). Y allí detrás, ¡pica el USDA planeando el mundo entero 
y a sus pies!
Con lo cual, aquel sano rechazo a las interpretaciones conspiracionistas que 
ilustrara Caparrós necesita un ajuste: hay conciliábulos, hay resoluciones 
que pasan por encima y afuera de la gente y que marca profundamente sus 
destinos. Que las hay, las hay.
Por eso, hay que darle una vuelta de tuerca a lo explicitado por Caparrós. 
Es todavía peor. Somos "los elegidos" para hambrear al mundo (y de paso 
hambrear un poco adentro, pero poco, porque en Argentina corre guita, mucha 
guita).
Y el gobierno, los gobiernos, hasta ahora, contentos. Porque administraban 
una masa excedente, producto de la exportación, como pocas veces antes.

Sojización: por fin mala palabra

No sabemos porqué, en un momento, en marzo de este año, este gobierno K, 
descubrió la sojización. Que lleva por lo menos diez años. Pero sí sabemos 
que gracias a esa focalización, empezamos a socializar unas cuantas 
verdades.
Ya no se puede tapar el cielo con un harnero. Algo que por una década, 
gracias a una oportunista ceguera, funcionó. Tal vez podamos empezar a 
pensar nuevamente. Eppur si muove.

Luis E. Sabini Fernández es Docente de la Cátedra Libre de Derechos Humanos, 
Facultad de Filosofìa y Letras de la Universidad de Buenos Aires, periodista 
y editor de la revista semestral futuros del planeta, la sociedad y cada 
uno. 




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