[R-P] Obama (2 de 3)

hhmanzolillo hhmanzolillo en yahoo.com.ar
Sab Jul 26 19:01:47 MDT 2008


PARTE DOS DE TRES

George Bush y John McCain no tienen una 
estrategia para el éxito en Irak sino sólo para 
permanecer allí. Dijeron que no podíamos 
marcharnos cuando la violencia aumentó pero dicen 
que no podemos marcharnos cuando la violencia 
disminuye. Rechazan presionar a los iraquíes y se 
mantienen inflexibles, en tanto que etiquetan 
cualquier calendario para un cambio de frente de 
nuestras tropas como "rendición", a pesar de que 
Irak debe pasar a manos de un gobierno soberano, 
no a un enemigo terrorista. Sus objetivos se 
centran indefinidamente sobre las tácticas a 
desplegar dentro de Irak y no tienen en cuenta 
una estrategia más amplia, más allá de las fronteras de Irak.

En algún momento hay que tomar una decisión. No 
vamos a hacer de Irak un lugar ideal ni tenemos 
recursos ilimitados para tratar de hacerlo. No 
vamos a matar a cada simpatizante de al Qaeda, 
eliminar cada rastro de influencia iraní o erigir 
una democracia impecable antes de que nos 
marchemos. El general Petraeus y el Embajador 
Crocker me reconocieron ésto cuando declararon en 
abril pasado. Es por eso que el recurso de hablar 
de “rendición” es parte de una retórica falsa 
usada para justificar una política fracasada. En 
realidad, no será posible el éxito total, es 
decir, la victoria, con un acto en donde el 
enemigo rinda sus armas. El éxito que podemos 
alcanzar es dejar en Irak un gobierno que tome la 
responsabilidad de su futuro, un gobierno que 
evite conflictos sectarios y que asegure que la 
amenaza de al Qaeda, hecha retroceder por 
nuestras tropas, no aparezca de nuevo. Es un 
objetivo alcanzable si nos abocamos a un plan 
abarcador que impulse a los iraquíes a ponerse en pie.

Para lograrlo, a nuestros militares les daré una 
nueva misión en mi primer día de gobierno: 
finalizar esta guerra. Permítanme ser claro: en 
la retirada debemos tener un cuidado extremo, que 
es lo que no tuvimos cuando nos metimos allí. 
Podemos cambiar de frente sin peligro a nuestras 
brigadas de combate en 16 meses. Lo haríamos en 
el verano de 2010, un año después de que las 
Fuerzas de Seguridad Iraquíes estén preparadas 
para hacerse cargo de la situación. Es decir, 
dentro de dos años y más de siete años después 
del comienzo de la guerra. Luego mantendremos 
allí una fuerza residual para realizar misiones 
específicas: terminar con cualquier remanente de 
al Qaeda; proteger a los miembros de nuestro 
cuerpo diplomático y en otras funciones; entrenar 
y respaldar a las Fuerzas de Seguridad iraquíes; 
apuntalar los avances políticos de su pueblo.

Haremos los ajustes tácticos necesarios mientras 
implementamos esta estrategia, que es lo que 
corresponde a cualquier Comandante en Jefe. Como 
he venido diciendo, consultaré con los 
comandantes allí estacionados y con el gobierno 
iraquí. Sacaremos primero a nuestras tropas de 
las zonas seguras y más tarde de las volátiles o 
inestables. Invertiremos 2 mil millones de 
dólares, de manera muy racional,  para ayudar a 
los más de 4 millones de iraquíes desplazados de 
su país. Forjaremos una nueva coalición para 
asegurar el desarrollo de Irak, la cual incluirá 
a todos los países vecinos, a las Naciones 
Unidas, al Banco Mundial y a la Unión Europea, 
porque apostamos a la estabilidad. Y dejaremos en 
claro que los Estados Unidos no pretenden bases permanentes en Irak.

Este es el futuro que los iraquíes quieren. Este 
es el futuro que los norteamericanos quieren. Y 
esto es lo que nuestros intereses en común 
exigen. Tanto EEUU como Irak estarán más seguros 
no sólo si en el teatro de operaciones actúan o 
mantienen su presencia las fuerzas de la 
coalición, sino cuando el terrorista en Anbar sea 
expulsado por el ejército iraquí, cuando el 
criminal en Bagdad tema a la policía iraquí. 
Tanto EEUU como Irak tendrán éxito cuando todos 
los gobiernos árabes tengan su embajada en Bagdad 
y los niños de Basora se beneficien de los 
servicios proporcionados por los dinares 
iraquíes, no por los dólares de los impuestos norteamericanos.

Y este es el futuro que necesitamos para nuestros 
militares. No podemos tolerar la tensión que 
existe en nuestras tropas por librar un combate 
que no nos da mayor seguridad. Restauraré nuestro 
vigor poniendo fin a esta guerra, elevando a 
65.000 nuestras fuerzas de tierra, a 27.000  la 
infantería de marina  e invirtiendo en aquello 
que necesitamos para derrotar a los enemigos 
convencionales y hacer frente a otros tipos de desafíos actuales.

Por lo tanto, dejemos las cosas en claro. El 
senador McCain mantendría las tropas allí y los 
contribuyentes norteamericanos seguirían gastando 
más de 10 mil millones de dólares por mes 
indefinidamente. En cambio, yo quiero que 
los  iraquíes se hagan cargo de su futuro y 
lleguen al acuerdo político necesario para una 
estabilidad de largo plazo. Esto es conseguir la 
victoria. Esto es el éxito. Esto es lo mejor para 
Irak. Esto es lo mejor para EEUU. Y deseo ser 
presidente para que esta guerra se termine logrando todo lo antes dicho.

En realidad  –como lo deberían haber entendido el 
Presidente Bush y el Senador McCain–, el 
principal frente de guerra contra el terror no es 
Irak y nunca lo fue. Es por eso que el segundo 
objetivo de mi nueva estrategia será combatir a 
al Qaeda en Afganistán y Paquistán.

Es inaceptable que casi siete años después de que 
unos 3.000 norteamericanos fuesen asesinados en 
nuestro suelo sigan en libertad los terroristas 
que perpetraron el ataque del 11/9. Osama bin 
Laden y Ayman Al--Zawahari envían mensajes a sus 
seguidores y planean más atentados. Los talibanes 
controlan partes de Afganistán. Al Qaeda tiene 
una base cada vez más grande en Paquistán, la 
cual es posible que no esté más lejos de su viejo 
santuario en Afganistán que un paseo en tren 
desde Washington a Filadelfia. Si en nuestra 
patria se produce otro ataque, es probable que 
provenga desde donde fue planeado el 11/9. No 
obstante, en Irak tenemos cinco veces más tropas que en Afganistán.

El senador McCain dijo –hace unos meses– que "los 
problemas en Afganistán no se deben a que hayamos 
llevado nuestra tropa a Irak". Mi desacuerdo es 
absoluto. Nuestras tropas y nuestros aliados de 
la OTAN se desempeñan heroicamente en Afganistán, 
pero vengo sosteniendo hace años que carecemos de 
los recursos para terminar el trabajo debido a 
nuestro compromiso de Irak. Y esto es lo que dijo 
el Presidente de la Junta en  Jefes del Estado 
Mayor Conjunto a principios de este mes. Y es por 
eso que, como presidente, le daré prioridad a la 
lucha contra al Qaeda y los talibanes. Se trata 
de una guerra que tenemos que ganar.

Enviaré, al menos, dos brigadas de combate 
adicionales a Afganistán y en función de ello 
buscaré mayores contribuciones –con menos 
restricciones– por parte del resto  de la OTAN. 
Me concentraré en la formación de fuerzas de 
seguridad afganas y del sistema judicial de ese 
país, brindando más recursos e incentivos a los 
funcionarios norteamericanos que cumplan esas 
misiones. Así como tuvimos éxito en la Guerra 
Fría ayudando a los aliados a promover todo lo 
que hacía a su seguridad, tenemos que lograr que 
en el siglo veintiuno la línea del frente no esté 
sólo en el campo de batalla sino en el 
entrenamiento cerca de Kabul, en la central de 
policía en Kandahar y en el imperio de la ley en Herat.

Además, la seguridad duradera sólo vendrá si 
prestamos atención a la lección de Marshall y 
ayudamos a los afganos a desarrollar 
efectivamente su economía. Es por eso que he 
propuesto un mil millones de dólares adicionales 
por año en ayuda no militar,  con las seguridades 
del caso para evitar la corrupción y para que ese 
dinero no se emplee sólo en Kabul sino también en 
las provincias de Afganistán. Como parte de este 
programa, invertiremos en medios de vida 
alternativos al sembrado y cosecha de amapola y 
tomaremos medidas enérgicas en contra del tráfico 
de heroína. No podemos permitir que Afganistán 
quede en manos del narcoterrorismo. Los afganos 
deben saber que nuestro compromiso será 
permanente porque está vinculado de manera 
indisoluble a la seguridad de Afganistán y de los Estados Unidos.

La mayor amenaza a esa seguridad yace en las 
regiones tribales de Paquistán, donde los 
terroristas se entrenan para luego dar sus golpes 
en Afganistán. No podemos tolerar un santuario 
terrorista y, como  presidente, no lo permitiré. 
Necesitamos una asociación más fuerte y sostenida 
entre Afganistán, Paquistán y la OTAN para un 
control efectivo de las fronteras, para eliminar 
los campos de entrenamiento de los  terroristas y 
para  tomar medidas enérgicas en contra de los 
insurrectos en las fronteras. Necesitamos más 
tropas, más helicópteros, más satélites, más 
aviones “Predator” (aviones sin tripulantes, 
manejados por satélite) en la regiones 
fronterizas de Afganistán. Debemos dejar en claro 
que si Paquistán no puede o no piensa actuar, 
nosotros liquidaremos los principales objetivos 
terroristas como si lo tuviésemos enfrente a bin Laden.

No me equivoco para nada:  no podemos tener éxito 
en Afganistán o mantener nuestra seguridad si no 
cambiamos nuestra política con Paquistán. El 
gobierno paquistaní debe brindar más cosas 
positivas pero nosotros debemos ofrecer algo más 
que un cheque en blanco a un General que ha 
perdido la confianza de su pueblo. Es momento de 
fortalecer la estabilidad defendiendo las 
aspiraciones del pueblo paquistaní. Es por eso 
que estoy patrocinando con Joe Biden y Richard 
Lugar un proyecto de ley para triplicar la ayuda 
no militar al pueblo pakistaní y mantenerla 
durante una década, a la vez que nos aseguraremos 
que la ayuda militar que le proveamos sea 
realmente usada para la lucha contra los 
talibanes y al Qaeda. Debemos actuar de manera 
más amplia en una nación con armas nucleares 
vinculada con el Islam radicalizado y terrorista, 
superando una alianza puramente militar basada en 
intereses mezquinos o usada para enfrentar  una oposición popular creciente.

Sólo una democracia paquistaní fuerte puede 
ayudarnos a avanzar  hacia mi tercer objetivo, es 
decir, estar seguros que los armamentos y 
materiales nucleares no caerán en mano de estados 
bribones y terroristas. Una de las ironías 
terribles de la Guerra de Irak es que el 
Presidente Bush usó la amenaza del terrorismo 
nuclear para invadir un país que no tenía ningún 
programa nuclear activo. Pero la verdad es que 
luego de que nos condujera a una guerra con 
desacierto, no sólo no disminuyó sino que aumentó 
la amenaza de terroristas con armas de destrucción masiva.

En los años siguientes a la Segunda Guerra 
Mundial, temíamos que el átomo mortal cayese en 
manos del Kremlin. Ahora estamos preocupados 
porque unas 50 toneladas de uranio muy 
enriquecido se encuentran distribuidas en 
instalaciones nucleares civiles en más de 
cuarenta países, poco vigiladas o protegidas. 
Ahora estamos preocupados por el fracaso del 
tratado de no proliferación de armas nucleares, 
diseñado para el mundo bipolar de la Guerra Fría. 
Ahora estamos preocupados por la posibilidad de 
que estados o científicos nucleares villanos 
transfieran las más mortales armas del mundo a 
los individuos más peligrosos, es decir, a los 
terroristas, quienes no pensarán dos veces en 
suicidarse y arrastrar a la muerte a cientos de 
miles de personas en Tel-Aviv o Moscú, en Londres o Nueva York.

Ya no podemos seguir esperando y dejar 
desprotegido al pueblo norteamericano. He 
planteado la prioridad de esto en el Senado, 
donde trabajé con el Senador Republicano Dick 
Lugar para que se apruebe una ley que acelere 
nuestra búsqueda de materiales nucleares 
dispersos. Durante mi primer término como 
presidente me esforzaré para que nos aseguremos 
de poner bajo control  todo el material nuclear 
diseminado por el mundo. Y desarrollaré nuevas 
estructuras defensivas para protegernos de las 
amenazas del siglo veintiuno: las armas 
biológicas y el ciberterrorismo, amenazas de las 
que hablaré más detalladamente mañana.

Independientemente de estas medidas inmediatas, 
de estos pasos urgentes, es momento de enviar un 
mensaje claro: los EEUU buscan un mundo sin 
armamentos nucleares. Pero mientras existan, 
debemos contar con una fuerte fuerza disuasiva. 
Por lo tanto, en vez de amenazar con expulsar del 
G8 a alguien, tenemos que trabajar con los rusos 
para que ellos y nosotros desmontemos los 
percutores de los misiles balísticos;  para 
reducir muy significativamente las reservas de 
nuestros armamentos y materiales nucleares; para 
conseguir la prohibición mundial de la producción 
de material nuclear destinado a armamento; para 
que la prohibición que atañe a los EEUU y Rusia 
respecto de los misiles de alcance medio, abarque 
a todos los países del planeta. Defendiendo el 
Tratado de No proliferación de Armas Nucleares, 
estaremos en una mejor posición para presionar a 
naciones como Corea del Norte e Irán, con el 
objeto de que se ajusten al  mismo. En 
particular, esto nos dará mayor credibilidad y 
facilitará el entendimiento con Irán.

No podemos tolerar armamentos nucleares en manos 
de naciones que respaldan el terrorismo. Es vital 
para la seguridad de los Estados Unidos impedir 
que Irán desarrolle armamentos nucleares. No 
habría que retirar de la mesa política ningún 
instrumento de negociación y sí dejar de sostener 
la política fracasada del Senador McCain, la cual 
ha llevado a que Irán fortalezca su posición, 
avance en su programa nuclear, y almacene 150 
kilos de uranio empobrecido. Usaré todos los 
elementos del poder norteamericano para presionar 
al régimen iraní por medio de una diplomacia sin 
medias tintas  y basada en principios, la que 
llevará, de ser necesario, a sanciones contundentes y sin condiciones previas.

Todo será cuidadosamente planeado. No sólo que 
alabo el trabajo de los países que actúan junto a 
nosotros en esta materia importante sino que 
deberíamos empeñarnos en ganar muchos socios más 
para esta tarea. La medida de cualquier esfuerzo 
estará dada por el cambio del comportamiento 
iraní. Por eso debemos proseguir estas arduas 
negociaciones en total coordinación con nuestros 
aliados e incluso, si es conveniente a nuestros 
intereses, reuniéndome con el líder iraní en el lugar y momento que determine. 

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