[R-P] Obama (1 de 3)

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Sab Jul 26 19:01:32 MDT 2008


PARTE UNO DE TRES


Una Nueva Estrategia para un Nuevo Mundo del Senador Barack Obama
15 de julio de 2008

Barack conducirá una nueva política exterior 
basada en restaurar la fuerza militar de América 
y el respeto global, la cooperación con los 
aliados y la modificación de las políticas 
fracasadas de Bush. Abajo tenemos el texto completo de su Discurso.

Una Nueva Estrategia para un Mundo Nuevo del Senador Barack Obama

Washington, D.C.
15 de julio de 2008

Hace sesenta y un años, George Marshall anunció 
el plan que llevaría su nombre. La mayor parte de 
Europa yacía en ruinas. Los Estados Unidos 
afrontaban el intento de dominar el mundo por 
parte de un enemigo ideológico poderoso. Esa 
amenaza se veía reforzada por los adelantos 
tecnológicos  para destruir la vida en una escala 
inimaginable. La Unión Soviética no tenía aún una 
bomba atómica, pero le faltaba poco.
El desafío que enfrentaba la más grande 
generación de americanos –la que había vencido el 
fascismo en el campo de batalla– era de qué 
manera iba a contener esa amenaza en tanto 
ampliaba las fronteras de la libertad. Líderes 
como Truman y Acheson, Kennan y Marshall, sabían 
que ninguna medida aislada aseguraría la 
libertad. Hacía falta una nueva estrategia 
abarcadora para enfrentar los desafíos de un mundo nuevo y sus peligros.
Tal estrategia apuntaría a tener una fuerza 
militar aplastante, pero no para modelar el mundo 
por medio de la violencia sino a través de la 
fuerza de nuestras ideas, a través del poder 
económico, la inteligencia y la  diplomacia. De 
ese modo podíamos respaldar y vigorizar a quienes 
adherían voluntariamente a nuestros ideales de 
libertad, democracia, mercados abiertos y a la 
norma de ley. Ello alentaría nuevas instituciones 
internacionales, como las Naciones Unidas, la 
OTAN y el Banco Mundial, con una estrategia firme 
que atendería todo tipo de situación hasta en el último rincón del planeta.

Marshall, como general, participó activamente a 
lo largo de los años  en la guerra en la que fue 
presidente Franklin Delano Roosevelt. Como parte 
de su estrategia,  trazó el plan que contribuyó a 
reedificar no sólo a los aliados sino también a 
los países que él había ayudado a derrotar. Al 
anunciarlo, no concluyó de manera ruda ni 
inflexible, sino con interrogantes y un llamado a 
mirar en perspectiva. “El futuro de todo el 
mundo”, dijo Marshall, “depende de un juicio 
apropiado”. Para ello pidió al pueblo 
norteamericano que examine los sucesos de otros 
momentos que afectaron directamente su seguridad 
y prosperidad. Finalizó preguntando: ¿"qué hace 
falta?, ¿qué se puede hacer?, ¿qué se puede mejorar?”.

¿"Qué hace falta?, ¿qué se puede hacer?, ¿qué se puede mejorar?”.

Los peligros actuales son distintos pero no menos 
graves. Hoy día se corre el riesgo de que caigan 
en manos de terroristas los elementos para 
destruir la vida en una escala catastrófica. El 
futuro de nuestra seguridad –y de nuestro 
planeta– es rehén de nuestra dependencia del 
petróleo y gas  extranjero. Si tenemos en cuenta 
todo lo que entraña ese arco de situaciones, que 
va desde las cuevas en las montañas del noroeste 
de Pakistán hasta las máquinas centrífugas bajo 
tierra que usa Irán (para refinar uranio), 
sabremos que los norteamericanos no podemos 
confiar sólo en la protección dada por los 
océanos o por la capacidad sin par de nuestros ejércitos.

Los ataques del 11 de septiembre pusieron sobre 
el tapete esa terrible situación. Durante aquel 
día brillante y hermoso (hasta antes del 
atentado), el mundo de paz y prosperidad que era 
la herencia de nuestra victoria en la Guerra 
Fría, parecía desaparecer de repente bajo 
escombros,  acero retorcido y nubes del humo.

Pero semejante tragedia sacó a relucir el decoro 
y la determinación de nuestra nación. En bancos 
de sangre y vigilias, en escuelas y en el 
Congreso de los Estados Unidos, los 
norteamericanos estuvieron unidos, incluso más 
que al comienzo de la Guerra Fría. También el 
mundo –es decir, nuestros viejos aliados, los 
nuevos amigos y quienes fueron nuestros 
adversarios durante mucho tiempo– se nos unió en 
contra de los perpetradores de esa acción 
maligna. Una vez más el poder y la influencia 
moral de los norteamericanos iba a presentarse en 
toda su dimensión. Era el momento para, una vez 
más, plasmar una nueva estrategia de seguridad para un mundo siempre cambiante.

Imagine, por un momento, lo que podríamos haber 
hecho en aquellos días, meses y años después del 11/9.

Podríamos haber desplegado toda la fuerza y 
poderío norteamericano para cazar y destruir a 
Osama bin Laden, a al Qaeda, a los talibanes y a 
todos los terroristas responsables del 11/9, en 
tanto protegíamos la seguridad en Afganistán.

Podríamos haber creado una estructura para 
recoger en el siglo  veinte el material nuclear 
existente en el mundo, de modo tal de 
encontrarnos en las mejores condiciones para el siglo veintiuno.

Podríamos haber invertido cientos de miles de 
millones de dólares en fuentes alternativas de 
energía para hacer crecer nuestra economía, 
salvar nuestro planeta, y terminar con la tiranía del petróleo.

Podríamos haber reforzado viejas alianzas, 
constituido  nuevas sociedades e 
impulsado  instituciones internacionales 
renovadas para avanzar en el camino de  la paz y de la prosperidad.

Podríamos haber desarrollado una nueva generación 
que sirva a su país como fuerza militar, como 
maestros, como voluntarios de los Cuerpos de Paz 
y como funcionarios policiales.

Podríamos haber hecho más segura a nuestra patria 
por medio de invertir en nuevos medios 
sofisticados de protección para nuestros puertos, 
nuestros trenes y nuestras centrales eléctricas.

Podríamos haber reconstruido nuestros caminos y 
puentes, desarrollado nuevas vías férreas, 
ampliado el sistema eléctrico y preparado 
nuestros centros de estudio para que todos los 
norteamericanos nos hagan más competentes.

  Podríamos haber hecho eso.

En cambio, por sumergir en  una guerra durante 
más de cinco años a un país que no tenía nada que 
ver con el 11/9, hemos perdido miles de vidas 
norteamericanas, gastado casi un billón de 
dólares, indispuesto a nuestros aliados y desatendido las nuevas amenazas.

Nuestros uniformados han llevado a cabo todas las 
misiones encomendadas. Pero lo que está ausente 
en nuestro debate sobre Irak –y  que lo ha estado 
desde antes del comienzo de  la conflagración– es 
una discusión de las consecuencias estratégicas 
de ese operativo y su importancia en nuestra 
política exterior. Esta guerra nos distrae de 
cada amenaza que enfrentamos y de muchas 
oportunidades que podríamos aprovechar. Esta 
guerra reduce nuestra seguridad, nuestra posición 
en el mundo, nuestra capacidad militar, nuestra 
economía y los recursos que necesitamos para 
encarar los desafíos del siglo veintiuno. Sea 
como sea, concentrarnos en Irak, en un sólo 
propósito sin ponernos límites, no es una buena 
estrategia para mantener seguro a los EEUU.

Compelo al presidente de los Estados Unidos a 
cambiar el rumbo para poder aprovechar las 
oportunidades actuales. En vez de enloquecerme 
debido a las amenazas más apremiantes que 
enfrentamos, quiero superarlas. En vez de cargar 
todo el peso de nuestra política exterior en 
nuestros valientes hombres y mujeres de las 
fuerzas armadas, quiero usar todos los recursos 
del poderío norteamericano para impulsar nuestra 
seguridad, prosperidad y libertad. En vez de 
separarnos del mundo, quiero que lo conduzcamos nuevamente.

Como  presidente, perseguiré una estrategia de 
seguridad nacional vigorosa, inteligente y basada 
en principios. Es decir, será una estrategia que 
reconocerá que no sólo tiene interés en Bagdad 
sino también en Kandahar, Karachi, 
Tokio,  Londres, Pekín y Berlín. Enfocaré esta 
estrategia en cinco objetivos esenciales para 
hacer a EEUU más seguro: finalizar la guerra en 
Irak de una manera responsable; terminar 
(victoriosamente) la lucha contra al Qaeda y los 
talibanes; asegurar que no caigan en manos de 
terroristas o estados bribones  los armamentos 
nucleares; alcanzar una verdadera seguridad 
energética y reconstruir nuestras alianzas para 
enfrentar los desafíos del siglo veintiuno.

Mi contrincante en esta campaña ha servido a este 
país honorablemente y respetamos su sacrificio. 
Ambos queremos hacer lo que pensamos es lo mejor 
para defender al pueblo norteamericano. Pero 
tenemos criterios distintos  y nos conduciríamos 
en direcciones muy diferentes. Esas diferencias comienzan con Irak.

Yo me opuse a esa guerra, en tanto que el Senador 
McCain fue uno de los principales partidarios de 
la misma. Advertí que la invasión de un país que 
no planteaba ninguna amenaza inminente echaría 
leña al fuego del extremismo y nos distraería de 
la lucha contra al Qaeda y los talibanes; el 
Senador McCain afirmó que seríamos saludados como 
libertadores y que la democracia se extendería 
por el Oriente Medio. Esos eran los criterios 
distintos  que teníamos sobre las cuestiones 
estratégicas más importantes desde el final de la Guerra Fría.

Ahora, todos reconocemos que debemos hacer algo 
más que mirar hacia atrás, es decir, debemos 
pensar cómo avanzar. ¿Qué hace falta? ¿Qué se 
puede hacer mejor? ¿Qué hay que hacer? El senador 
McCain quiere que hablemos de nuestras tácticas 
en Irak. Pero yo quiero concentrarme en una nueva 
estrategia en esa zona y en todo el mundo.

Pasaron 18 meses desde que el Presidente Bush 
anunció el aumento de tropas en la zona. Como he 
dicho muchas veces, nuestras tropas han cumplido 
brillantemente la tarea de disminuir el nivel de 
violencia. El general Petraeus ha usado nuevas 
tácticas para proteger a la población iraquí. 
Hemos hablado directamente a las tribus Sunnitas 
que solían ser hostiles a Norteamérica y apoyamos 
su lucha contra al Qaeda. Las milicias chiítas 
han respetado por lo general el alto el fuego. 
Esos son los hechos y los norteamericanos los saludamos.

Hace semanas que el Senador McCain sostuvo que 
los logros debidos al gran incremento de tropas 
significaban que yo debería descartar mi 
compromiso de terminar con la guerra. Pero este 
argumento interpreta erróneamente lo que es 
necesario hacer en Irak para alcanzar el éxito e 
ignora de manera obstinada las realidades estratégicas que enfrentamos.

Después de  18 meses de ese incremento, 
aumentó  la tensión en nuestros militares, sus 
familias pasaron a soportar una carga enorme y 
los contribuyentes norteamericanos han gastado 
otros 200 mil millones de dólares en Irak. Esto, 
un gasto de más de 10 mil millones de dólares por 
mes, es una de las consecuencias de nuestra estrategia actual.

Después de 18 meses de ese incremento, en 
Afganistán se ha deteriorado la situación. Junio 
fue el mes en que más bajas tuvimos en la guerra. 
Los talibanes pasaron a la ofensiva e incluso 
lanzaron un ataque descarado contra una de 
nuestras bases. Al Qaeda tiene un santuario 
creciente en Paquistán. Esto es una de las 
consecuencias de nuestra estrategia actual.

Después de 18 meses de ese incremento, como 
advertí en un inicio, los líderes iraquíes no 
lograron los avances que eran de esperar como 
producto de ello: no han invertido decenas de 
miles de millones de dólares por ingresos 
petroleros  para reconstruir su país; no han 
resuelto sus diferencias o estructurado un nuevo pacto político.

Es por eso que mantuve con fuerza mi plan para 
terminar esta guerra. El pedido que hace ahora el 
Primer Ministro Maliki para que se fije un 
calendario para el retiro de las fuerzas 
estadounidenses, nos  presenta una verdadera 
oportunidad. Se produce cuando el general 
norteamericano responsable de entrenar las 
Fuerzas de Seguridad de Irak ha declarado que  el 
ejército y la policía de éste país estarán listos 
para asumir sus responsabilidades en el 2009. Es 
el momento para un cambio de frente responsable 
de nuestras tropas de combate que promueva 
entre  los líderes iraquíes la solución política, 
de modo que revigoricemos nuestro ejército y nos 
centremos en Afganistán y en nuestros intereses de seguridad más amplios.


	

	
		
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