[R-P] [E. Lacolla] Lo imperdonable

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Jul 26 10:26:45 MDT 2008


[Excelente artículo de Enrique Lacolla en relación a la sentencia
recaída sobre Luciano B. Menéndez. Lo verdaderamente imperdonable,
parece decirnos,  sería creer que con la vindicta judicial se termina
la cuestión, cuando en realidad solo empieza. Si los argentinos no
hacemos el balance crítico de las fuerzas políticas, económicas y
sociales que dieron carnadura humana concreta y no abstracta a
nuestras últimas tres décadas, los juicios y sus sentencias serán, a
lo sumo, episodios de aplicación individual de la ley. Para impedir la
repetición de tragedias como la de esos años macabros, hay que pensar
históricamente y no jurídicamente, único modo de abrir realmente las
puertas del futuro. Es la hora de una Clío activa, a la que Astrea
abre las puertas.]

Lo imperdonable

Por Enrique Lacolla

El castigo a los culpables de la represión de los años '70 es un hecho
auspiciable. Pero sería imperdonable no reconocer los atributos que
tuvo esa crisis y no hacer de ella un balance que permita comprenderla
y escapar de su maleficio.

La reciente resolución del Tribunal Federal Oral 1 de Córdoba
condenando al general Luciano Benjamín Menéndez y a otros siete
militares implicados en las tareas represivas de "la guerra sucia"
viene a cerrar, esperamos, un capítulo horriblemente doloroso de la
reciente historia argentina. Más allá de la ejemplaridad de las penas
(que seguramente serán apeladas al menos en lo referido a la reclusión
en la cárcel común para personas ya octogenarias), el asunto sin
embargo merecería ser tratado, en la medida de lo posible, con el
rasero de la razón.

La Némesis ha alcanzado a quienes cometieron algunos de los crímenes
más terribles de la última mitad del siglo anterior. La actitud de los
reos, que se empeñaron en defender lo actuado por ellos reivindicando
su presunto rol de salvadores de la patria, categoría de la que ya se
jactaban en el momento en que cometían las atrocidades que ahora se
condenan, es, a la vez que imperdonable, indicativa de una pertinacia
en el extravío que requiere, sin embargo, de un esfuerzo
interpretativo moderado por la reflexión.

Las palabras de la presidenta Cristina Fernández, pronunciadas días
pasados con motivo de la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas,
en el sentido de que "nos hicieron pelear entre todos" no deberían ser
echadas en saco roto a la hora de hacer un balance de lo sucedido
durante los años de plomo y la guerra sucia. No me simpatiza la teoría
de los dos demonios, pero creo que, si no se la adopta como una excusa
para evadir un juicio moral sobre lo ocurrido, y se la traduce más
bien a los términos de una patología vesánica, no deja de tener
consistencia. Más que de los dos demonios, quizá haya que hablar
entonces de los dos locos armados con palos y con la cabeza llena de
prejuicios, fabulaciones y miedos que se arrojan el uno sobre el otro
con una mezcla de ferocidad y de terror, como cabe observar en algunos
cuadros de Goya que representan una riña o una pelea de gatos. Los
ojos desorbitados de los contendientes que se baten hablan de pavor
mutuo más que de coraje.

Desde luego, la magnitud de los crímenes cometidos, el aprovechamiento
de la fuerza abrumadora del Estado para reprimir más allá de cualquier
límite, la adopción de una política terrorista que excedía a los
individuos inculpados en actividades subversivas y buscaba sembrar un
terror generalizado al desaparecer a miles de personas sin motivo
aparente, sin juicio ni referencias a su ubicación y estado; las
torturas y la cobardía histórica que suponía masacrar a miles de
jóvenes sin asumir la responsabilidad que, incluso bajo la ley
marcial, implican las sentencias de muerte debidamente refrendadas,
hacen gravitar pesadamente la balanza de la culpa del lado de quienes
investían el poder y lucían el uniforme de la patria, al que
agraviaron y deslucieron hasta el extremo de tornarlo intolerable para
gran parte del pueblo.

Esas metodologías, empero, estaban inspiradas en manuales de
contrainsurgencia generados en la Escuela de las Américas y entre los
paracaidistas franceses de la guerra de Argelia, probados a escala
gigantesca en Indonesia y puestos en práctica en Chile por Augusto
Pinochet. La distorsión ideológica, característica de la mentalidad
dependiente, impedía reconocer al verdadero enemigo, atribuyendo un
carácter demoníaco y en consecuencia inhumano a una insurgencia que
equivocaba profundamente su metodología y la relación de fuerzas,
colocándose fuera de la realidad; pero que en última instancia era
parte de un país al que las Fuerzas Armadas están obligadas a
comprender.

Esto es esencial: quienes generaron la tempestad mortal que arrasó a
las formaciones guerrilleras en nombre de la Patria, fungieron en
realidad como correas de transmisión, conscientes o inconscientes, de
un proyecto antinacional, piloteado por los viejos señores de la
oligarquía cipaya y dirigido a perfeccionar la devastación del Estado
de Bienestar generado por el primer peronismo. Vinieron a romper la
situación de empate entre las clases que duraba desde 1955 y a
restituir, a través de la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz, las
pautas del país agroganadero y dependiente, librecambista y abierto a
la importación de bienes manufacturados que, so capa de generar
competitividad, venían a destruir una industria nacional que requería
por cierto de ajuste y exigencia, pero que representaba una base de
desarrollo que necesitaba ser estimulada y no devastada.

El rasgo quizá más característico de ese período, amén de su
bestialidad, fue la obcecación en la ignorancia y la soberbia
iletrada. Gran parte de los militares vinieron a llenar el papel de
"los idiotas útiles" que tanto enrostraban a sus enemigos. La
utilización de epítetos como "marxistas apátridas" denotaba ya su
sumisión a conceptos prefabricados, provenientes del ámbito de la
guerra fría, inútiles a la hora de evaluar la naturaleza de los
problemas que afligían al país y a América latina. Esta era –y es–
portadora de una gran tarea irresuelta, la de su unificación bajo una
conducción que sustituya a la inepta, comodona o traidora dirigencia
que nunca ha terminado de liberarse de la complicidad con los poderes
exógenos que determinaron la frustración de nuestro destino histórico.

Si la guerrilla equivocaba el camino al soñar que podía robar el poder
desde arriba, sustituyendo a Perón, las Fuerzas Armadas se dejaban
embretar en un proyecto suicida, fabricado en las usinas de la CIA y
en los conventículos de la Escuela de Chicago, que apuntaba a
aprovechar o incluso a fabricar algún tipo de trauma colectivo para
imponer un shock económico que no hubiera sido posible aplicar de
haber existido las defensas judiciales, sindicales y políticas que
actúan como anticuerpos en las situaciones de crisis.

Visto bajo esta luz, se hace posible colegir que los actos de sadismo
que connotaron a la dictadura no estaban dirigidos sólo contra quienes
practicaban la lucha armada, sino contra la totalidad del pueblo, al
que de esa manera se preparaba para hacerlo aceptar las reformas
radicales en materia económica que luego tomarían pleno cuerpo en el
llamado "consenso de Washington", reformas que encontrarían, en los
sucesores civiles del régimen militar, a quienes se encargarían de
profundizarlas y legalizarlas, gracias a la apatía generada por la
sangría producida durante el período anterior.

Esta operación tuvo éxito. Recién 30 años después de la masacre de los
'70 el país comenzó a levantar cabeza. Pero sólo a medias. Hoy vacila
entre la posibilidad de reinstalarse en el modelo del __laissez
faire__ y del país para pocos, generado por la dictadura, y la de
obligarse a generar un proyecto que lo rescate y lo ponga en camino
hacia un destino trascendente. Es por esto que, tras haber hecho
justicia, hay que dar vuelta la página. Es necesario que se aclare la
naturaleza del conflicto insensato que nos devastó décadas atrás; pero
no para quedarse en la sola proposición vindicativa, sino para
comprender las coordenadas ocultas de la realidad, sacarlas a la luz y
trabajar a partir de su reconocimiento, sin retóricas discursivas y
con la decisión de reconfigurar a la Patria con las reformas
estructurales que son indispensables y que, hasta ahora, brillan por
su ausencia.

(Visite mi página web: www.enriquelacolla.com)

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Néstor Gorojovsky
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