[R-P] [E. Lacolla] Barack Obama y la política exterior USA

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Vie Jul 25 12:47:13 MDT 2008


[Si "Dios ciega a los que quiere perder", parece haberse esmerado en
el caso de la burguesía estadounidense y la oligarquía bipartidista
que le maneja los negocios. El problema, hace notar Lacolla, es que en
esta oportunidad la ceguera de la hiperpotencia norteamericana bien
puede perdernos a todos.

Crucemos los dedos.]



Barack Obama y la política exterior USA
Por Enrique Lacolla

/Se tiene la sensación de que no sólo el candidato demócrata sino
también su adversario republicano no toman muy en cuenta la
modificación que se está produciendo en las relaciones de fuerza entre
las grandes potencias./


El probable vencedor de las próximas elecciones presidenciales en
Estados Unidos, Barack Obama, tiene al "cambio" como leit motiv de su
campaña. En el plano interno quizá esa aseveración tenga un cierto
grado de verdad, por cuanto podría impulsar un programa dirigido a
mejorar el carácter marcadamente retrógrado y salvajemente capitalista
en lo referido al sistema de salud. Aunque hay que reconocer que esta
proposición, digamos "sanitaria", no involucra en lo más mínimo a los
temas de fondo que convierten a la actual situación económica
norteamericana en una bomba de tiempo.

En lo que hace a las líneas generales del modelo norteamericano ~~y a
la política exterior que es su contrafuerte~~, todo indica que Obama
seguirá llevando hacia adelante el proyecto hegemónico que los dos
grupos de la oligarquía dominante en Estados Unidos –demócratas y
republicanos-, comparten con distintos matices. Y ese proyecto no es
otro que el de la "guerra infinita", que el presidente George W. Bush
definió, con torpeza pero indudable sinceridad o cinismo, poco después
de los atentados del 11/S.

Puesto en la perspectiva de la historia, el concepto de la "guerra
infinita" no puede ser otra cosa que la decisión de imponer la
voluntad de la híperpotencia estadounidense a cualquier costo y por un
lapso indeterminado de tiempo. Es, poco o más o menos, el
establecimiento de una __pax americana__ que imite a la __pax romana__
de 2.000 años atrás, que consistía en guerrear sin pausa en el
__limes__ para someter a los pueblos díscolos o para impedirles
avanzar hacia el interior de las fronteras del imperio.

Esta semana Barack Obama desembarcó en Bagdad, en la primera etapa de
una gira por el Medio Oriente. A estar por los argumentos que el
senador por Illinois desarrolló a lo largo de su viaje y que ya había
esbozado previamente, el núcleo de su pensamiento estratégico gira en
torno de una módica retirada de Irak –donde quedaría una "fuerza
residual". Ésta se encargaría de llevar adelante operaciones puntuales
de contrainsurgencia, abocarse a proteger las empresas e intereses
norteamericanos allí alojados y suministrar entrenamiento y respaldo a
las fuerzas del ejército del gobierno títere iraquí. Así, tras retirar
la mayor parte de las brigadas de combate a lo largo de un período de
16 meses, quedarían de cualquier modo varias decenas de miles de
soldados norteamericanos instalados en el lugar.

Todos estos pasos se darían, desde luego, en la presunción de que la
guerra anunciada contra Irán no tendría lugar y de que, de alguna
manera, se intentaría llegar a algún tipo de arreglo que al menos
contuviese, por un tiempo, la tormenta que se cierne entre Israel y
ese Estado, neutralizando también las tensiones de Tel Aviv con los
palestinos, los sirios y los libaneses.

A cambio de esto, Barack Obama pretendería desplazar el activismo
militar de su país hacia Afganistán, llevando allí otras dos brigadas
de combate y urgiendo un mayor involucramiento de los aliados de la
OTAN en el control de ese territorio. Lo cual, casi fatalmente,
acarrearía una extensión del conflicto hacia las zonas aledañas de
Pakistán. Esta serie de evoluciones, de verificarse, no alterarían
gran cosa el proyecto norteamericano de hegemonía global. Un Irak más
manejable tras cuatro años de matanzas y la virtual partición de ese
país, estaría brindando a los grandes consorcios norteamericanos la
oportunidad de saquear con cierto grado de seguridad las riquezas
petroleras allí existentes. Habiendo obtenido un control directo,
aunque parcial, de las reservas de crudo en el Medio Oriente, los
subsiguientes capítulos para arramblar con todo el paquete podrían
esperar, mientras se consolida la inserción occidental en el área
estratégica del Asia Central.

*La utilidad de un fantasma
El argumento invocado por el candidato demócrata para justificar este
desplazamiento del eje de la intervención norteamericana es, como de
costumbre, el combate al terrorismo: Osama Bin Laden estaría refugiado
en las anfractuosidades del difuso límite montañoso entre Afganistán y
Pakistán, y allí habría que concentrar los esfuerzos para erradicar al
enemigo nro. 1 de Estados Unidos y a sus secuaces talibanes. En la
actualidad, fuera de Estados Unidos, este "verso" no se lo cree nadie,
empezando por el de la improbable existencia del fantasmal líder del
fundamentalismo musulmán, dado por muerto en sucesivas ocasiones:
Osama debía, en efecto, someterse a diálisis periódicas antes de
desvanecerse en las montañas, y es difícil que allí haya podido contar
con los auxilios médicos necesarios para mantenerse en vida, si es que
pudo escapar a los bombardeos de saturación realizados por los B-52
contra sus posibles refugios.

Por otra parte, lejos de proveer un programa dirigido a una gradual
reducción del hiperinflado presupuesto militar de Estados Unidos, el
candidato demócrata en realidad ha solicitado un incremento del
personal bajo bandera que rondaría en unos 65.000 soldados y 27.000
marines, dotados de las capacidades necesarias para derrotar a los
enemigos convencionales y para enfrentar los desafíos que provienen de
las guerras inconvencionales en que tan pródigos resultan estos
tiempos.

Su actitud refleja, de hecho, un consenso que parece haberse
establecido desde hace un tiempo entre las centrales de inteligencia,
el Pentágono y el __establishment__ político y que apunta a moderar
las actitudes más arrebatadas del tándem Bush-Cheney, sin renunciar un
ápice, sin embargo, a sus objetivos de fondo.

*El proyecto Rusia
Nada hay de raro en esto si se toma en cuenta que el principal asesor
en materia de política internacional del candidato demócrata es el
geoestratega Zbygniew Brezezinski, ex asesor del presidente Jimmy
Carter en asuntos de seguridad nacional, un intelectual de fuste (como
lo es su par republicano Henry Kissinger), permeado por una concepción
geopolítica en la cual tal vez no poco tiene que ver su origen polaco,
que puede haberle infiltrado, desde su infancia, un sentimiento
antirruso que, al casar con las aspiraciones más extremas de la élite
norteamericana, lo predispone a diseñar los más atrevidos proyectos
dirigidos a recortar y reducir, hasta su virtual extinción, las
capacidades de Rusia como potencia mundial.

Uno de los aspectos más inquietantes de la campaña electoral
norteamericana es que ninguno de los dos candidatos, Barack Obama y
James McCain, hayan dicho nada en torno respecto de un asunto de vital
–o, si se quiere, mortal– importancia, cual es el del despliegue del
escudo "antimisiles" alrededor de Rusia, desde países que hasta hace
pocos años formaron parte del glacis defensivo de la ex Unión
Soviética. Y esto a pesar de la serie de declaraciones que el gobierno
ruso ha producido desde principios de este año en torno del tema,
previniendo sobre las graves consecuencias que semejante despliegue va
a tener en caso de efectivizarse.

Desde la Casa Blanca y el Departamento de Estado esas afirmaciones
fueron desestimadas con un encogimiento de hombros, pues no de otra
manera pueden definirse las ligeras afirmaciones en el sentido de que
dichos cohetes tienen una motivación defensiva, para cubrir a Europa
occidental de eventuales ataques nucleares provenientes de un "Estado
delincuente" como Irán –al que de ninguna manera se le ha podido
probar que dispone de armas atómicas1. Más insultante aún resultó el
tono escandalizado en que las expresiones rusas fueron recibidas,
alegando que resultaba "agresivo" que el ex presidente Vladimir Putin
declarara que a tal despliegue su país respondería situando sus tropas
y rampas de lanzamiento en las fronteras de Polonia y de cualquier
estado que alojase las facilidades que permitiesen tornar operativos
los cohetes norteamericanos.

Más recientemente el nuevo presidente ruso, Dmitri Medvedev propuso un
nuevo orden en las relaciones en materia de seguridad entre el Oriente
y el Occidente, sugiriendo que a él se incorporaran Rusia, la Unión
Europea y los Estados Unidos, propuesta que siguió a la aun más audaz
proposición de Putin en el sentido de que Estados Unidos desplegase
junto a Rusia esa barrera antimisilística en los confines del Cáucaso.

Todo fue inútil, y la OTAN ha proseguido su política de rodear a
Rusia, empujándola cada vez más hacia el oriente y royéndola en sus
implantaciones meridionales, a través del escalamiento de los
esfuerzos en segregar o dividir los países de la ex URSS. Incluso
conspiró para alentar la independencia de Ucrania, que es, junto a
Bielorusia y Rusia, el corazón histórico de la vieja Rus.

 Uno se puede imaginar lo que las contrapartes rusas de los
Brezezinsky o Kissinger pueden pensar acerca de estos movimientos y lo
poco predispuestos que deben estar a confundir, esas maniobras de
asedio con la guerra contra el terror definida por Washington y en
cuyo nombre se realizan todos los desplazamientos de sus fuerzas
armadas.

*Una aspiración desencantada
Rusia quiere integrarse al sistema capitalista occidental
desarrollado. Pero desea, obviamente, hacerlo en sus propios términos.
Ese deseo llevó primero a la rendición del agusanado aparato del viejo
PC a las razones del capitalismo del mercado. Después la banda Yeltsin
fomentó la privatización del gigantesco botín representado por las
empresas estatales, traspasándolo a las manos de los miembros de la
__nomenklatura__ que fungían de directores, combinando este movimiento
con la asociación de no pocos de ellos con los magnates de las
finanzas surgidos de la putrefacción del régimen, dando lugar al
surgimiento de una neoburguesía mafiosa.

Rápidamente, sin embargo, comenzó a diseñarse una fuerte hostilidad
popular ante este estado de cosas. Los encargados de concentrar y
capitalizar ese descontento fueron los supervivientes del antiguo
aparato de seguridad del Estado, que gradualmente, a través de uno de
sus agentes más dotados, Vladimir Putin, negociaron el desplazamiento
de Boris Yeltsin. No es la primera vez que la policía política se
encarga en Rusia de ser el principal eslabón de una cadena dirigida a
contener la disolución del Estado. Vladimir Putin, un ex KGB
convertido en político fue quien orientó la maniobra, rompiendo, entre
otras cosas, el plan del __lobby__ petrolero anglonorteamericano en el
sentido de ocupar un lugar estratégico dentro del complejo energético
ruso. El oligarca Mijail Jodorkovsky, que intentaba vender el 40 % de
la más grande empresa rusa de petróleo, la Yukos, al gigante petrolero
norteamericano Chevron, fue arrestado en el aeropuerto de Novosibirsk,
cuando en apariencia intentaba dirigirse al exterior, y languidece
ahora en una cárcel. .

A esto se sumó un agresivo plan de rearme y de ventas de armas al
exterior y un fortalecimiento de los vínculos con China, hasta
integrar el llamado Grupo de Shangai, que se está erigiendo como un
contrapeso militar capaz de imponer respeto a la híperpotencia y sus
aliados. Estos últimos, la Unión Europea en particular, pueden afichar
su solidaridad con Estados Unidos de labios para afuera, pero es muy
difícil que les tiente convertirse otra vez, como durante la Guerra
Fría, en la primera fila destinada a recibir el choque de una eventual
represalia rusa, si a partir de la erección de la barrera misilística
occidental la potencia moscovita decidiese a no seguir retrocediendo.

El nuevo presidente ruso, Dmitri Medvedev, tiene un perfil en
apariencia menos duro que Putin, y esto había suscitado una esperanza
entre los dirigentes occidentales en el sentido de que habría de
desprenderse de la tutela del anterior mandatario y elaborar una
política que de alguna manera restituyese la comodidad de las
relaciones que existieran entre la UE y las administración de Boris
Yeltsin. Nada indica que vaya a ser así, sin embargo. No sólo Putin
sigue siendo el referente central de la política rusa –cuenta con un
70 por ciento de aprobación popular- y ocupando el puesto de primer
ministro en el nuevo gobierno, sino que este no evidencia la más
mínima disposición a acomodarse al despliegue de la cohetería
norteamericana y su infraestructura logística en Polonia y la
República Checa.

Con un lenguaje moderado, pero con inequívoca firmeza, el ministro de
Relaciones Exteriores ruso, Serguei Lavrov, propuso una pausa
estratégica en el conflicto de los misiles, sugiriendo un
congelamiento en el despliegue de estos, en el avance de la OTAN hacia
el Este y en el fomento por Occidente de los conflictos en el Cáucaso;
verbigracia, en Georgia. Medvedev, por su parte, en un discurso
pronunciado el 12 del corriente mes, afirmó que "la evolución de las
relaciones internacionales a comienzos del siglo 21 y la consolidación
del poder ruso nos determina a examinar las condiciones que nos rodean
y a revisar las prioridades de nuestra política exterior… con miras no
sólo a participar en la implementación de la agenda mundial, sino
también en la __formulación__ de esta".

Más claro, agua. Cualquiera sea el vencedor en las próximas elecciones
norteamericanas es evidente que debería ir haciéndose cargo de que el
escenario mundial ha cambiado desde el derrumbe de la URSS en
diciembre de 1991 y que Rusia –y China a su lado– se perfilan como
contendores o al menos como socios que exigen ser respetados en la
proyección del nuevo siglo. Sería bueno que Barack Obama comenzase a
insertar en sus discursos de campaña algo de estas perspectivas. Y
sobre todo que los ejércitos de asesores que lo rodean y los cuadros
de la administración norteamericana que diseñan las grandes líneas de
la política internacional de la superpotencia, empezasen a mirar el
escenario con algo menos de soberbia. Se ahorrarían –y ahorrarían al
mundo, sobre todo– sobresaltos que podrían ser espantosos.

Pero no hay demasiados motivos para ser optimistas. El apuro de
Condoleeza Rice en buscar una rápida membrecía de Georgia y Ucrania en
la OTAN, y la aceleración de los preparativos para la instalación de
la cortina de misiles en Europa Oriental, pueden estar indicando que
los halcones de la administración Bush están decididos a precipitar
acontecimientos en el frente euroasiático para crear un hecho
consumado de antagonismo entre Estados Unidos y Rusia que trabe los
movimientos de Obama respecto de Moscú, en detrimento de cualquier
posibilidad de construir un nuevo consenso entre las potencias.

El mundo se mueve, y sus variaciones no dejarán de alcanzarnos.

N O T A

1 Una defensa misilística es cualquier cosa menos defensiva. ¿Quién
puede garantizar que los cohetes de alcance medio que se desplegarían
en Polonia no vayan a tener cabezas nucleares, las cuales podrían
alcanzar cualquier objetivo ruso en cuestión de minutos, en vez de
horas?

(En la redacción de este artículo se han utilizado fuentes
provenientes de Internet, como Rebelión y Global Research, el blog de
F. William Engdahl y la edición electrónica del Asia Times).

(www.enriquelacolla.com)

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Néstor Gorojovsky
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