[R-P] Fidel: el comienzo del camino
juan maría escobar
escobar45 en infovia.com.ar
Dom Jul 20 17:57:28 MDT 2008
Fidel habla de sus primeros años de militancia. La campaña en 1948 para
formar la Estudiantes Federación de Estudiantes Latinoamericanos ("en
Argentina, los peronistas también nos apoyaban"). Su entrevista con Eliecer
Gaitán días antes de su asesinato. Su participación en el Bogotazo. El trato
a los prisioneros militares en la lucha contra la dictadura de Batista ("en
los archivos de la Cruz Roja Internacional constan los cientos de
prisioneros que devolvimos").
ESPECIAL PARA CUBADEBATE
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Reflexiones de Fidel: LA SINCERIDAD Y EL VALOR DE SER HUMILDES
Fidel Castro Ruz
Julio 17 de 2008
8 y 21 p.m.
Cualquier trabajo de matiz autobiográfico me obliga a esclarecer dudas sobre
decisiones que tomé hace más de medio siglo. Me refiero a sutiles detalles,
ya que lo esencial no se olvida nunca. Este es el caso de lo que hice en
1948, sesenta años atrás.
Recuerdo como si fuera ayer cuando decidí incorporarme a la expedición para
liberar al pueblo dominicano de la tiranía de Trujillo. También quedaron en
la mente cada uno de los sucesos más trascendentes de aquel período; varias
decenas de episodios para mí inolvidables que en uno u otro momento he ido
desgranando. Constan por escrito muchos de ellos.
Cuando decido viajar a Colombia con la idea de promover la creación de
la Federación de Estudiantes Latinoamericanos, no podría hoy afirmar con
absoluta seguridad que entre los objetivos estaba concretamente obstaculizar
la fundación de la Organización de Estados Americanos, OEA, promovida por
Estados Unidos, una precoz visión que no estoy seguro había alcanzado
todavía.
Un historiador excepcional y experto en detalles como Arturo Alape, quien me
entrevistó 33 años después, reproduce respuestas mías donde afirmo que ello
formaba parte de la intención de mi viaje a Colombia en 1948.
Germán Sánchez, en su libro Transparencia de Emmanuel, cita el párrafo
textual de la entrevista de Alape: "Por esos días, yo concibo la idea,
frente a la reunión de la OEA en el año 1948, promovida por Estados Unidos
para consolidar su sistema de dominio aquí en América Latina, de que
simultáneamente con la reunión de la OEA y en el mismo lugar tuviésemos una
reunión de estudiantes latinoamericanos detrás de estos principios
antiimperialistas y defendiendo los puntos que ya he planteado."
En una edición de esa propia entrevista, publicada en Cuba por la Casa
Editora Abril en fecha reciente, el párrafo aparece intacto. Alguien me
recordó que en el libro Cien horas con Fidel, yo mismo había puesto en duda
que esos fueran los propósitos que guiaban mi conducta. Es obvio que la
expresión no estaba clara cuando utilicé la frase "frente a la reunión de la
OEA".
Como único recurso para disipar la duda, he tratado de reconstruir los
objetivos que me movían entonces y hasta dónde llegaba la evolución política
de quien, apenas dos años y medio antes, culminaba sus estudios de doce
grados en escuelas regidas por religiosos. Era una persona rebelde cuyas
energías se habían invertido en practicar deporte, hacer exploración,
escalar montañas y examinar con los mayores conocimientos posibles las
asignaturas pertinentes en el tiempo disponible, únicamente por cuestión de
honor.
Algo que conocí bastante durante mis años de colegial fueron las noticias
que se publicaban diariamente de los combates, desde la guerra civil
española en julio de 1936 ?no había cumplido 10 años? hasta agosto de
1945 ?próximo a cumplir los 19 años?, cuando las bombas atómicas fueron
lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, como he contado en alguna ocasión.
Desde muy temprana edad sufrí injusticias y prejuicios dentro de la sociedad
en que vivía.
Cuando partí hacia Colombia, estaba bastante radicalizado, pero a los 21
años no era todavía marxista-leninista. Militaba ya en la lucha contra la
tiranía trujillista y otras similares, por la independencia de Puerto Rico,
la devolución del Canal a Panamá, la restitución de Las Malvinas a la
República Argentina, el fin del colonialismo en el Caribe y la independencia
de las islas y territorios ocupados por Inglaterra, Francia y Holanda en
nuestro hemisferio.
Por aquellos años, en Venezuela, la patria de Bolívar, se había producido
una revolución dirigida por Acción Democrática. Rómulo Betancourt,
inspirado en ideas radicales de izquierda, simulaba ser un líder
revolucionario. Dirigió el país entre octubre de 1945 y febrero de 1948.
Le siguió Rómulo Gallegos, el insigne escritor, quien había sido electo
Presidente en las primeras elecciones realizadas después del movimiento
militar de 1945. Con él me reuní aquel mismo año cuando visité Caracas.
En Panamá, los estudiantes acababan de ser reprimidos brutalmente por
demandar la devolución del Canal; uno de ellos estaba lesionado en la
columna por un disparo, no podía mover las piernas.
En Colombia, la universidad bullía con la movilización popular gaitanista.
Los contactos fueron fructíferos con los estudiantes de esos tres países:
estaban de acuerdo con el Congreso y con la idea de crear la Federación de
Estudiantes Latinoamericanos. En Argentina, los peronistas también nos
apoyaban.
Los universitarios de Colombia me pusieron en contacto con Gaitán. Tuve así
el honor de conocerlo e intercambiar con él. Era el líder indiscutible de
los sectores humildes del Partido Liberal y las fuerzas progresistas de
Colombia. Prometió inaugurar nuestro Congreso. Era para nosotros un
colosal aliento.
En ese hermano país se estaba realizando una reunión de los representantes
de los gobiernos de América Latina. El general Marshall, Secretario de
Estado, estaba allí en nombre del Presidente de Estados Unidos, Harry S.
Truman quien a espaldas de los soviéticos, su aliado en la Segunda Guerra
Mundial, que había perdido a millones de combatientes, lanzó las bombas
atómicas contra dos grandes comunidades civiles japonesas.
El proyecto principal de Estados Unidos en la reunión de Bogotá era crear
la OEA, que tan amargos frutos produjo a nuestros pueblos.
Me interrogo si había avanzado tanto en mi desarrollo ideológico como para
proponerme la audaz idea de obstruir la creación de esa institución
supranacional. En todo caso, yo estaba contra las tiranías allí
representadas, la ocupación de Puerto Rico y Panamá por Estados Unidos, pero
no poseía todavía una idea clara del sistema de dominación imperialista.
Algo que me asombró fue leer en la prensa de Colombia las noticias sobre las
matanzas que tenían lugar en el campo bajo el gobierno conservador de
Ospina Pérez. Se informaba normalmente sobre decenas de campesinos muertos
en aquellos días. Hacía rato que en Cuba no ocurría nada parecido.
Tan normales parecían las cosas, que en el teatro donde tenía lugar una gala
oficial y estaban Marshall y demás representantes de los países convocados
en Bogotá, cometí el error de lanzar desde el último piso unos panfletos que
contenían nuestro programa. Eso me costó un arresto, y dos horas después
fui puesto en libertad. Parecía una democracia perfecta lo que allí regía.
Conocer a Gaitán y sus discursos, como la Oración de la Paz, así como su
elocuente, impresionante y bien fundada defensa del teniente Cortés ?que
escuché desde el exterior por no haber espacio en el recinto? era algo no
esperado. Por mi parte, apenas había cursado dos años de la carrera de
Derecho.
Nuestra segunda reunión con Gaitán y otros representantes universitarios
tendría lugar el 9 de abril a las 2:00 de la tarde. Con un amigo cubano que
me acompañaba esperaba la hora del encuentro, dando vueltas en una avenida
próxima al pequeño hotel donde nos hospedábamos y a la oficina de Gaitán,
cuando un fanático o un loco, sin duda inducido, disparó sobre el dirigente
colombiano; el agresor fue destrozado por el pueblo.
Comenzó en ese minuto la experiencia inimaginable que viví en Colombia. Fui
un combatiente voluntario de aquel valiente pueblo. Apoyaba a Gaitán y a su
movimiento progresista, como los ciudadanos colombianos apoyaron a nuestros
mambises en la lucha por la independencia.
Cuando Arturo Alape viajó a Cuba años después del triunfo revolucionario, en
1981, Gabriel García Márquez le concertó el encuentro conmigo, que comenzó
de madrugada, en la casa de Antonio Núñez Jiménez. Alape llevaba una
grabadora y durante horas me interrogó sobre los sucesos ocurridos en Bogotá
en el mes de abril de 1948. Núñez Jiménez grababa en otra.
Tenía muchos recuerdos frescos de los hechos que no podía olvidar; el
historiador, por su parte, conocía todo lo ocurrido del lado colombiano,
muchos detalles que yo naturalmente ignoraba, lo cual me ayudó a comprender
el sentido de cada episodio que viví. Sin él, no los habría conocido tal
vez nunca. Le faltaba, sin embargo, una tarea: transcribir con su gente
todo lo grabado; la otra grabación fue transcripta en el Palacio de la
Revolución. Recuerdo que revisé una de ellas. Para ese trabajo, los
diálogos son más difíciles que los discursos, porque las voces muchas veces
se superponen. Encontré palabras mutiladas y frases cambiadas. Me tomé
el trabajo de revisarlas y arreglarlas. Fueron más de cuatro horas de
entrevista. No muchos se imaginan cómo es ese trabajo.
Creo que la mezcla de acontecimientos históricos antes y después del triunfo
de la Revolución suscitó en mi mente una probable confusión. Es lo que
pienso y, ante la duda, lo más honrado es explicarlo.
Si en tres años mis ideas políticas se habían radicalizado antes de visitar
Colombia, en el breve período comprendido entre el 9 de abril de 1948 y el
26 de julio de 1953 en que atacamos el regimiento del cuartel Moncada
?hace ya casi exactamente 55 años? el tránsito fue enorme. Me había
convertido ideológicamente en un verdadero radical de izquierda, lo que
inspiró la constancia, la tenacidad y también la astucia con que me consagré
a la acción revolucionaria.
Vino posteriormente la lucha en la Sierra Maestra, que duró 25 meses, y el
primer combate victorioso con sólo 18 armas, después del casi
aniquilamiento de nuestro pequeño destacamento de 82 hombres, el 5 de
diciembre de 1956.
En los archivos de la Cruz Roja Internacional constan los cientos de
prisioneros que devolvimos después de la última ofensiva enemiga, en el
verano de 1958. En diciembre de ese año, ni siquiera había tiempo para
convocar a la Cruz Roja Internacional a fin de entregarle prisioneros. Con
la promesa de no combatir, los soldados de las unidades que capitulaban
entregaban sus armas y permanecían movilizados sin armas, mientras los
oficiales conservaban sus grados y armas cortas de reglamento, en espera del
cese de la guerra.
Ahora que aquello quedó muy atrás, nadie se imagina lo que vale una obra
como la de Arturo Alape, quien escribió un excelente libro sobre una etapa
de la lucha revolucionaria en Colombia en torno a la cual me propongo
escribir, en el plano teórico y con estricto respeto, un número de
reflexiones a la luz de las circunstancias actuales que viven nuestro
hemisferio y el mundo.
De todo se deduce una lección permanente para el verdadero revolucionario:
la sinceridad y el valor de ser humildes.
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