[R-P] [E. Lacolla] El país de las oportunidades perdidas
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Sab Jul 19 08:27:15 MDT 2008
El país de las oportunidades perdidas
Por Enrique Lacolla
El tropiezo gubernamental en torno del tema de las retenciones es un
dato superable. Pero requerirá de claridad de miras para hacer de él
un nuevo punto de partida.
Está hecho. Una suma de los errores de parte del gobierno y de la
autoridad máxima del partido ha llevado a la fractura del peronismo y
a una crítica situación respecto de los futuros desarrollos del
accionar gubernamental. Una mezcla de voluntarismo político, de
autoritarismo sin autoridad y de incapacidad para medir las relaciones
de fuerza dentro del propio conglomerado partidario, llevaron a
Cristina Fernández y a su esposo Néstor Kirchner a una situación
incómoda, que desperdicia el abrumador triunfo electoral obtenido por
la primera en las recientes elecciones y da alas a la creación de un
cambalache opositor en el cual, sin embargo, las fuerzas que realmente
lo cohesionan son las mismas que han mantenido al país en la
estulticia agrofinanciera. La coyunda contra natura de la Sociedad
Rural, la Federación Agraria y los partidos de oposición informados,
no por un proyecto cualquiera, sino por un antiperonismo visceral, con
gremialistas como Luis Barrionuevo, y con exponentes de la
ultraizquierda como Vilma Ripoll y Castells, siempre fieles a su
vocación de equivocarse, pone en escena a una nueva Unión Democrática.
Frente a ella, lamentablemente, no está el por entonces coronel Perón,
sino un gobierno que ha especulado con el uso de una mayoría que creía
automática y que no se propuso, por temor o por complicidad, promover
el cambio de fondo que el país requiere, prefiriendo modificar algunos
de los aspectos más nocivos del régimen neoliberal vigente, sin atacar
sus raíces y dejando el campo franco para la expresión de un
disconformismo transgresor de la autoridad del Estado que fue
minándolo en su base y que ahora se le ha prendido al cuello.
Está visto que, de aquí en más, ni siquiera los intentos de reforma
tímidos van a ser tolerados por una oposición engolosinada con esta
victoria que le regaló el gobierno y que le ha permitido, por primera
vez desde la catástrofe del modelo neoliberal, imaginar un retorno al
pasado.
Tienen todos los elementos para seguir presionando, incluida la
connivencia de la izquierda encarnada en Pino Solanas y Claudio
Lozano, dos personalidades en cierto sentido eminentes, pero que en
esta circunstancia han apoyado objetivamente el proyecto de una
oposición manipulada por la reacción más oscura. El purismo es cosa
elegante, pero casa mal con la necesidad de elegir el puesto de
combate en un momento de crisis terminal. Se puede criticar al
gobierno, con fuerza y sin piedad, señalando sus limitaciones, pero
desde la misma vereda, sin favorecer, por acción u omisión –es decir,
abstención-, el triunfo de quienes encarnan a la antinación. O, si se
quiere, al proyecto de la nación pequeña, excluyente de las mayorías y
desprovista de destino histórico.
¿Qué debe hacerse, de aquí en más, para recuperar la iniciativa y no
permitir que la morsa neoliberal siga apretando al frente popular?
Ante todo, no perder la cabeza. Ceñirse a lo que marca la ley y
preparar la batalla en torno de un proyecto de país que puede empezar
por la creación de una ley de radiodifusión que rompa el monopolio
mediático y brinde una mejor formación e información a los millones de
espectadores que hoy deben contentarse con el torrente de inanidades
que se les brinda desde la televisión privada –jugada en torno de
pautas sólo comerciales, que apuntan bajo para conformar a los gustos
más elementales del público y lo aíslan del conocimiento de las otras
opciones culturales que, como lo demuestra la experiencia del Canal
Encuentro, pueden ser enriquecedoras y entretenidas a la vez.
Por lo demás, al carácter culturalmente deletéreo de la mayor parte de
los programas de esparcimiento que ofrece la televisión privada, se
suma una desinformación sistemática, vertida a través de canales de
noticias que distorsionan y confunden la información a través del
planteamiento desjerarquizado y revuelto de sus temas y de una prédica
constante articulada en contra del Estado, prédica que recoge los
lugares comunes más trillados de la doctrina neoliberal.
La idea de dar una tercera parte del paquete de los medios de
comunicación al Estado, otro tanto a la televisión privada y el
restante a las Universidades, es un proyecto muy bueno, que podría
servir de freno para detener la confusión que crece y de resorte para
generar los anticuerpos que el público necesita para defenderse de esa
infección publicitaria. Pero aquí surge la cuestión de quienes han de
ejercer esta función que no vacilamos en calificar como cardinal. Hace
falta personal capacitado. ¿Debe buscarse a este en las filas de los
profesionales ya trabajados por la complicidad con el sistema, o ha de
hacerse un lugar a los jóvenes que están en disposición de dar lo
mucho que saben y lo mucho que están en condiciones de aprender
todavía? La respuesta no debería plantear dudas. Las escuelas de
periodismo y el campo del cine independiente regurgitan de chicos no
contaminados ideológicamente y que arden de deseos por encontrar una
desembocadura laboral que atienda a sus intereses intelectuales y a
sus posibilidades expresivas.
Pero esto sólo funcionará si se lo pone en función de un proyecto
nacional coherente, que tome en cuenta la necesidad de crear un poder
popular real, generado desde la persuasión pero también desde la
voluntad de ejercer la función de gobierno en su plenitud, dentro de
los marcos del sistema institucional que acuerda grandes facultades al
Estado. El gobierno ha de negociar, "enfriar la pelota", lamerse las
heridas, pero, al mismo tiempo, debe elaborar un plan que hasta aquí
ha faltado y que debe pasar, como muchas veces se ha dicho, por una
reforma progresiva del sistema fiscal, por una nueva ley de entidades
financieras, por el diseño de un programa de desarrollo que atienda a
las industrias de punta, a la estructura de las comunicaciones y al
nivel educacional, y por una acción bien definida en el sentido de
recuperar el control de la exportación de las commodities a través del
restablecimiento de algo similar al IAPI, el Instituto Argentino de
Promoción del Intercambio, que canalizó el comercio exterior entre
1946 y 1955.
Suponer que llevar esto adelante será una batalla fácil, sería un
error funesto. El aparato reaccionario está recompuesto, los apoyos
populares se han diluido en parte y no se cuenta con un instrumento
político adecuado para imponer las líneas de acción que se requieren,
en razón de que el partido oficialista y sus bancadas en el Congreso
están quebrados. La batalla por la opinión debe acompañar a la lucha
por la fundación de un nuevo modelo de nación. Y ante todo hacen falta
signos que movilicen a esta opinión. Se impone difundir un programa de
desarrollo explícito, que no juegue a las escondidas, que no tenga
vergüenza de sí mismo y que fije metas netas. Y hacen falta
determinaciones que consoliden esta orientación. Los ministros que se
han demostrado ineficientes o disfuncionales a un proyecto superador,
deben ser relevados. En su lugar deben ingresar figuras que indiquen
que se está en camino. Nombres como los de Eric Calcagno o Aldo Ferrer
para el ministerio de Economía, y la integración a este de los
miembros del Grupo Fénix, serían señales claras que percibirían todos.
Todo pasa ahora por la habilidad y la firmeza con que la Presidenta de
la República pueda emprender este camino. Ojalá pueda estar a la
altura de este desafío.
(www.enriquelacolla.com )
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Néstor Gorojovsky
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