[R-P] Contra Menem estábamos mejor",/// ENFOQUESLANACION
leonardo cofre
lcofre en hotmail.com
Dom Jul 13 05:55:09 MDT 2008
Mas que un problema, lo que deberia reflejar el suplemento del diario La
Nacion, es la decantacion esa izquierda, que concibio y describio el
cipayaje, en buena hora, como si fuera fin de carnaval, las mascaritas
pierden el brillo y la magia: detras de su desvio, todavia hay otro
pensamiento que descubrir.
LEO
Política
Encrucijadas de la centroizquierda
Con la bandera de los derechos humanos, la renovación de la Corte y su
discurso setentista, el primer kirchnerismo logró enamorar a buena parte del
arco "progre". Pero el abrazo con el PJ y los deslices autoritarios que
siguieron a la crisis con el campo provocaron rupturas y actualizaron una
pregunta incómoda: ¿qué es hoy ser progresista?
Por Laura Di Marco
Contra Menem estábamos mejor", dice un chiste que circula por ahí y que
resulta muy funcional a la hora de explicar por qué intelectuales y
políticos que, en los noventa estaban unidos y en bloque, enfrentando al
neoliberalismo de Carlos Menem, que encarnaba al perfecto enemigo, hoy están
dispersos entre "progres" alineados, moderados y abiertamente enfrentados al
oficialismo K. En una palabra, si en los noventa lo progresista era
simplemente oponerse al neoliberalismo, en la era K las cosas no son tan
fáciles. Y parecen serlo menos todavía después de la pelea con el agro,
donde el mapa de la centroizquierda volvió a reconfigurarse una vez más
entre los que quedaron de un lado y del otro de la línea divisoria frente al
mundo K.
Recordemos: en aquella, ya vieja, postal de los noventa decían whisky
juntos, y para la misma foto, intelectuales como Beatriz Sarlo y José Pablo
Feinmann, hoy enfrentados pública y duramente por la interpretación del
modelo K; políticos como Aníbal Ibarra, Lilita Carrió, Eduardo Macaluse,
Martín Sabbatella, "Chacho" Alvarez, la CTA de Víctor De Gennaro y Claudio
Lozano y todo el arco de las ONG anticorrupción y entidades defensoras de
los derechos humanos: todo ese bloque está hoy enfrentado, algunos con el
kirchnerismo; otros, entre sí: la larga pulseada con el campo parece haber
empujado al amplio espectro progresista a las definiciones políticas
concretas y a producir diagnósticos sobre el ahora. Las batallas en la
izquierda democrática se actualizaron con las múltiples y opuestas lecturas
para interpretar el mismo conflicto. Un conflicto que desnudó el hecho de
que la mirada común sobre el pasado ya no resultaba suficiente.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué un gobierno que reclama para sí la calificación de
progresista -y que muchos ven de ese modo- terminó fragmentando y
confundiendo a la misma centroizquierda que quería volver a enamorar,
después del fracaso de la Alianza?
Los voceros políticos del kirchnerismo más leal no ven errores en nada
durante la última pulseada con los "estancieros", como le gusta decir a la
Presidenta; sí ven, en cambio, que esta batalla sirvió para demarcar bien la
cancha. Señaló dónde están los propios y los ajenos, unos y otros. Acercó
más a los "nuestros" e hizo visible a una especie de progresismo "bobo",
discursivo, de café, sin sustancia. Así lo describe, en nombre de los K más
puros, el politicólogo y funcionario Juan Manuel Abal Medina: "Muchos no
tuvieron el coraje de definirse refugiándose en llamados intermedios al
diálogo. Además de esa centroizquierda discursiva, hay un progresismo
gorila, que cuando ve un morocho, se pone mal".
Aguas divididas
El periodista y escritor Jorge Sigal, proveniente de una familia comunista y
conocedor de los avatares progresistas, también cree que la pulseada con el
campo dividió aguas, pero en un sentido diferente. El kirchnerismo, dice
Sigal, siempre fue como un hijo extramatrimonial: tiene algunos componentes
genéticos en los que el progresismo se reconoce -básicamente, la política
hacia los derechos humanos del pasado-, pero fue educado fuera de la
familia; pertenece a otra cultura.
Sigal es uno de los que pregunta: "¿Moyano y D Elía son los nuevos
referentes de la política progresista argentina? Aníbal Ibarra o Luis Juez
podían aceptar a un líder como Carlos "Chacho" Alvarez -que se ofrecía como
referente del posperonismo-, pero difícilmente puedan digerir el discurso
violento de D Elía. Ese sector no puede soportar el viejo verticalismo
peronista. ¿Cómo van a aceptar que la Federación Agraria, tradicionalmente
vinculada a la izquierda, sea ahora, como afirma el Gobierno, expresión de
la oligarquía? ¿Por qué deberían creer que Aníbal Fernández o Díaz Bancalari
o Curto son ahora partidarios de la reforma agraria?"
Precisamente, en este mapa nuevamente reconfigurado de la izquierda
democrática, aliados independientes del kirchnerismo, como el socialista
Hermes Binner, el cordobés Luis Juez o el frentista Aníbal Ibarra tomaron
distancia del Gobierno. "A mí no me van a venir a convencer de que 44 es el
número mágico, y que 41 es ser un traidor a la patria -dirá Ibarra a este
diario, en alusión a la discusión por el porcentaje de las retenciones
agropecuarias-. Acá ya no hay un tema de objetivos sino de poder y esto se
vio claramente cuando el Gobierno no defendió a Luis Juez en la elección que
le robaron, y apoyó a Schiaretti, aunque esté lejos del progresismo."
En esa batalla por el poder que ve Ibarra, antiguo aliado estratégico del
kirchnerismo en la Capital, no sólo se escucha ahora el crujido del
progresismo sino el del propio PJ, ya no tan obediente con sus jefes K. Es
que cuando el tiburón ve sangre, dice Ibarra, va y ataca. El desgaste
innecesario del Gobierno con el conflicto del campo dañó fuertemente el
vínculo con la sociedad. Ibarra duda de que esa relación pueda recomponerse
algún día.
Pero, ¿por qué el kirchnerismo se termina refugiando en el aparato del PJ y
no pudo construir -hasta ahora, al menos- un posperonismo capaz de incluir
al progresismo no peronista? ¿Por qué la irrupción del campo, como
inesperado actor de peso en el escenario político argentino terminó de
tensar aún más este escenario confundido? ¿Qué sería ser progresista hoy,
cuando ya no está el "enemigo deseado", como Sigal llama a Menem?
El econonomista de la CTA, Lozano, se niega directamente a tildar de
progresista al Gobierno y su argumento hace blanco en el centro mismo de
todas las justificaciones del kirchnerismo en su batalla por las
retenciones: la igualdad social, valor central por el que puede definirse a
la izquierda y por el cual el oficialismo defendió públicamente su guerra
contra el campo. Es que para este referente de la CTA -central sindical que
no ha sido reconocida por el kirchnerismo, pese a su clara definición
progresista-, "el crecimiento económico del modelo K no sólo se asentó sobre
la base de la desigualdad social sino que la ensanchó".
Y, vos, ¿de qué lado estás?
Para complicar aún más un universo de por sí complicado, tenemos el caso de
quienes se sitúan en el campo de la centroizquierda -adhiriendo, incluso, a
valores clave de esa tradición, como es la reivindicación del rol del Estado
en la redistribución de la renta-, pero están en otros espacios, nuevos, o
poco tradicionales, o directamente opuestos, a priori, al campo progresita.
Pero entonces, ¿por dónde pasa ser progre hoy? ¿Es la ética lo que importa,
la alianza de las conductas, como sostiene Lilita Carrió, en un país con
altos niveles de corrupción y en búsqueda de calidad institucional? Sigal
agrega: "Hace poco, viendo un documental sobre Chile, algo me terminó de
quedar claro: la clave en Salvador Allende fue su ética y su moral. Es
decir: no se puede ser progresista y tener de funcionarios a ciertos
personajes del PJ bonaerense".
El debate sobre la forma de construir y los objetivos enciende pasiones en
el campo "progre" y es una de las verdaderas claves de la pelea de fondo. El
peronismo kirchnerista y sus intelectuales afines declaran que postular una
construcción política totalmente nueva resulta utópico y hasta apolítico
porque también, dicen, se construye con escombros.
Pero, ¿cuál sería el porcentaje de toxicidad política permitido para
preservar la "pureza" del proyecto popular? Abal Medina define: "Dividir la
política entre buenos y malos, ángeles o demonios, no es progresista ni
conservador: sencillamente es premoderno. Justamente, porque la política
moderna supone la aparición de la ideología, y la formulación de un sistema
de ideas para formular un proyecto".
Macaluse cree que la ética no es suficiente y su ruptura con Carrió tiene
que ver con eso: en el ARI autónomo le cuestionaban a Lilita los coqueteos
con López Murphy o la inclusión de otros políticos de centroderecha.
Macaluse coincide con Sabbatella en la idea de que los medios no sólo son
importantes sino que van configurando el fin. Da un ejemplo: "No vale pelear
por la redistribución de la riqueza usando el clientelismo". En una palabra,
el sector de la centroizquierda no peronista está convencido hoy de que el
kirchernismo nunca va a ampliar su base progresista usando el aparato del PJ
para la construcción política.
El ministro de Educación de Mauricio Macri, el pedagogo Mariano Narodowski,
que viene de la experiencia de la Alianza de "Chacho" Alvarez (en su primera
adolescencia estuvo en el PC). "Yo soy judío, enseño a Foucault, leí a Marx,
me analizo; es decir, califico en todas para reconocerme en esa cultura, en
la que reconozco."
Narodowski explica en sus propios términos por qué hoy se puede ser
progresita y estar con Macri: "La inclusión social debe darse a través de
políticas concretas, no sólo en lo lexical: entre 2000 y 2007, en las
administraciones supuestamente progresistas de Ibarra y Telerman, creció un
16 por ciento la educación privada y sólo un 3 la educación estatal: ¿es eso
progresita? Nosotros aumentamos un 30 por ciento el presupuesto para un plan
dirigido al sur de la ciudad para lograr retener más años en la escuela a
los chicos más pobres, ¿no es eso progresista"?
La calidad democrática también es, para el ministro de Macri, un indicador
para medir el grado de centroizquierda en sangre. Y desde ese punto de
vista -dice- oponerse duramente nunca puede ser leído en términos de golpe
de Estado.
Un peronismo dicotómico y cenil. De eso habla el escritor y filósofo
Santiago Kovadloff para explicar la fractura del progresismo, que no quiere
cederle la calificación de "progresista" a un "peronismo dicotómico y
senil", que usa categorías viejas para explicar fenómenos nuevos. "Así como
no puede categorizar a un sindicalismo progresita, porque no cuenta con los
dispositivos conceptuales necesarios, termina confundiendo a De Angeli con
la oligarquía y a la clase media urbana y campesina con un movimiento
conservador. En lugar de ver que existen transformaciones que están
surgiendo a partir de las clases medias urbanas y rurales, ve una
derechización y un complot antidemocrático. Hay una idea de que, en la clase
media, está el germen del mal; un prejuicio que se asemeja mucho a la
creencia de que los judíos siempre están en alguna conspiración
internacional", reflexiona.
Kovadloff le apunta al grupo de intelectuales nucleados en el Foro Gandhi,
quienes, precisamente, vieron en el desarrollo del conflicto con el campo el
surgimiento de una "nueva derecha", en la que incluyen a los medios de
comunicación, alianza que, según diagnostican, empuja un "clima
destituyente". El filósofo Ricardo Forster lo puso blanco sobre negro esta
semana: aquí se están debatiendo dos proyectos de país, afirmó, mientras que
la "ficción mediática" muestra a "buenos ciudadanos pidiendo diálogo" y, por
otro lado, a "personajes de piel oscura, como sátrapas de la política".
En este punto, no está de más tener en cuenta que, aun los aliados del
espacio progre que quedaron del "lado correcto", según la escala de valores
de Abal Medina, cuestionan -y mucho- las formas que eligió el Gobierno para
debatir con el campo; no las razones políticas de la pelea, ni el contenido
en sí. Tal es el caso del intendente de Morón, Martín Sabbatella, y de
"Chacho" Alvarez, que todo lo miró desde afuera, pero con muchas críticas
que masticó en silencio. Sabbatella, por ejemplo, dirá: "Este gobierno es
progresista porque sigue parte de nuestra agenda. Compartimos el piso, pero
no el techo, que tiene como cepo al PJ". El moronense delimita a sus aliados
naturales entre dos coordenadas políticas: el kirchnerismo no pejotizado y
el ARI no derechizado.
Pero desde el bloque Solidaridad e igualdad -el ARI "no derechizado", según
la definición de Sabbatella compartida ampliamente por el espectro
progresista-, Eduardo Macaluse, su líder, no coincide ni con el diagnóstico
de su potencial socio ni con la forma de construcción que propone. Resulta
que para Macaluse, este gobierno significa la continuidad del saqueo
menemista, pero con ruptura del discurso, y es por eso que genera tanta
confusión. "La discusión no es entre oligarquía y pueblo, esa división es
artificial: dividió al progresismo entre subordinados y enemigos." Macaluse
ya habla de discutir el poskirchnerismo, pero no como propone Sabbatella,
del modo tradicional, es decir, tejiendo diálogos entre las distintas
culturas del campo progresista, sino con la gente.
Un documento interno elaborado por el politólogo Edgardo Mocca para la
Fundación Ebbert -grupoalemán tradicionalmente ligado a la centroizquierda
que está trabajando políticamente en la Argentina- ofrece algunas pistas más
que sugerentes. "La actitud ante el gobierno nacional divide aguas en el
interior de la constelación política de la izquierda reformista", escribió
Mocca -director de la revista Umbrales , editada por el Cepes, el think tank
de "Chacho" Alvarez-, en un documento elaborado en marzo de este año.
A la hora de evaluar la situación de los cuadros políticos y de los
dirigentes que formaron parte del Frepaso y que hoy están en el gobierno
nacional, explica: "Este sector político sufre la ausencia de una
personalidad política y un liderazgo propio, en el contexto de un gobierno
fuertemente concentrado y personalizado. La etapa actual, en la que se ha
colocado en el centro de la reorganización del Partido Justicialista, genera
incertidumbre sobre el futuro de la concertación política enunciada desde el
kirchnerismo".
La que ya no parece ser considerada dentro del campo progresista por sus
pares -menos por Macaluse, su ex socio político-, es Elisa Carrió y su
Coalición, quien, con el desembarco K, que tomó algunas de sus banderas,
debió extenderse hacia el centro para encontrar un lugar nuevo. Sus ex
compañeros de foto la acusan de haberse derechizado.
A Kovadloff, que participó de la campaña del ARI en 2007, no lo asusta
definirse como de centroderecha. Lo explica: "Es que para mí el centro no
está asociado a lo conservador sino al orden institucional, a un proyecto de
transformación que pasa por las clases medias. La vida republicana es, para
mí, la garantía sobre la que se asienta un desarrollo económico
progresivamente equitativo. Caído el radicalismo, el centro está ganando la
sensibilidad de la clase media argentina, y no expresa lo conservador sino
la capacidad convivencial. No hay equidad sin antes orden institucional",
dice.
No es lo mismo ni es igual
Es indudable que el discurso de Néstor, y ahora el de Cristina, ha tomado
algunas banderas tradicionales de la izquierda y del pensamiento
progresista, lo que en un primer momento les dio un enorme crédito para
unificar ese campo de ideas. Seguramente, el punto más fuerte fue la
política de los derechos humanos que, más allá de las discusiones sobre si
es genuina u oportunista, lo cierto es que hizo suya una reivindicación muy
cara y antigua para la agenda progresista: eso, más la renovación de la
Corte, le trajo al kirchnerismo un enorme rédito en las filas de la
centroizquierda, sobre todo al principio.
Pero, como admite el politólogo Abal Medina, el gobierno actual no es
"progresista" sino "peronista progresista". Suena parecido, pero no lo es en
absoluto: por el contrario, he ahí una decisiva diferencia con raíces
históricas muy profundas, hoy actualizadas.
Precisamente, el estudio que preparó Mocca para la Fundación Ebbert - think
tank que, en el pasado, ayudó a la construcción del PT de Lula, en Brasil, y
del Frente Amplio, en Uruguay- bucea en las dos vertientes enfrentadas de la
izquierda democrática reformista, la "liberal-socialista", con raíces en los
partidos socialista y comunista, y la tradición "nacional-popular", que
nació con el advenimiento del peronismo, a mediados de la década del
cuarenta del siglo pasado. El surgimiento del peronismo marcó a fuego la
experiencia de la izquierda en la Argentina y la hizo culturalmente mucho
más heterogénea y compleja que las de Chile y Uruguay.
"La tajante divisoria de aguas entre peronistas y antiperonistas siguió -y
en buena medida sigue- circulando en el interior del territorio político de
la izquierda", afirma el politólogo del Cepes, para quien la centroizquierda
tiene estas dos "almas", que conviven pero también luchan, y es imposible
hacer una apreciación del actual estado de cosas en el mundo "progre" que
esté libre de estas profundas huellas históricas.
Lo cierto es que parte de la centroizquierda que crujió en la pulseada con
el campo no sólo está desorientada sino que, también, parece haber retomado
las exploraciones para ver si hay vida fuera del planeta K.
Y, claro, nadie sabe si la aventura les deparará algún fruto político, pero,
dicen, algo hay que hacer.
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