[R-P] [E. Lacolla] El Jano militar

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Jul 12 09:42:46 MDT 2008


[Las FFAA y el movimiento obrero organizado son dos pilares básicos de
la estructura social argentina que -maltrechos y reducidos a su mínima
expresión- dejó en pie la ola antiargentina que se anudó en torno a
Menem (y que, seamos justos, de haber perdido las elecciones el
candidato justicialista en  1989 se hubiera organizado en torno a su
alter-ego Angeloz, porque el conjunto de las clases dominantes había
llegado en ese instante a la conclusión de que "con la globalización
había vencido el capitalismo", eufemismo con el que reemplazaban la
verdad más concreta de que "con la globalización habían decidido,
ellas, entregarse a la burguesía imperialista"). Sobre esos pilares se
puede empezar de nuevo, reorganizando el sistema político para darle
expresión al frente nacional de fuerte contenido y dirección plebeya
que ha de fraguar en las calles.]

El Jano militar

Por Enrique Lacolla

La independencia de los países de Sudamérica, a casi dos siglos de
iniciar la lucha por ella, sigue sin ser definida. Las Fuerzas Armadas
son un factor ambivalente, pero esencial, para resolver esta ecuación.

Hubo un hecho, esta semana, que me parece no ha sido recalcado lo
suficiente en los medios de comunicación. Si no en lo referido al
episodio en sí mismo, sí en lo vinculado a su exégesis. Se trata del
discurso de la presidenta Cristina Fernández en la cena de camaradería
de las Fuerzas Armadas, que se celebra todos los años en vísperas del
aniversario de la Independencia. La Presidenta volvió en esa ocasión a
un tema que ya había introducido fugazmente en su discurso en la Plaza
de Mayo. Esto es, el hecho de que la "guerra sucia" no fue sólo
responsabilidad de las Fuerzas Armadas, sino que hubo sectores civiles
que la alentaron y que luego, terminada la función, dejaron a los
militares como chivos expiatorios de las atrocidades cometidas, sin
hacerse cargo de sus propias culpas. "Nos hicieron pelear entre
todos", dijo la Presidenta. Al expresar esto puso en cierto modo fin
al virtual ostracismo en que habían caído los militares durante la
casi totalidad de la recuperación democrática, cuando fueron vistos
como apestados.

Una actitud así difiere en forma notoria del antimilitarismo
sistemático exhibido por el progresismo al uso, que suele encerrarse
una especie de interpretación "vestimentaria" de la historia para la
cual, todo lo que vista uniforme, es intrínsecamente malo.

El centro del discurso presidencial fue el encuadre que brindó
respecto del papel que las tres armas han tenido -o pueden llegar a
tener- en el desarrollo de una nación integrada. Exaltó el papel de
los generales Savio y Mosconi en el aliento a la industria nacional,
convocó a redefinir un sistema de defensa que una a civiles y
militares, abogó por la conducción conjunta de las Fuerzas Armadas,
superando la práctica de los compartimientos estancos que regularon su
relación hasta hace poco y que fue una de las causas que acarrearon la
derrota de Malvinas; expresó que la defensa no es sólo un concepto
militar, sino político y geoestratégico; rescató el papel de las
fuerzas como elemento fundante de la Independencia nacional y puso de
relieve la soledad en que sus cabezas más preclaras, San Martín y
Belgrano, se encontraron frente a los políticos de Buenos Aires a la
hora de luchar por una nación sudamericana.

Estos conceptos no son nuevos; fueron elaborados y defendidos durante
décadas por corrientes de pensamiento vinculados a una percepción
nacional y geocéntrica de nuestra historia1, pero casi nunca habían
sido enunciados desde el gobierno con tanta franqueza. El peso del
aparato cultural del sistema intimidó siempre a quienes se han
encontrado en una función de poder en la Argentina, induciéndolos una
y otra vez a soslayar el debate en torno de estos temas.

A la inversa, el mismo temor hace que quienes controlan las palancas
del universo mediático no abunden en torno de los contenidos de este
discurso presidencial, limitándose a exponerlos de forma parcial y sin
otorgarles mucha atención. En efecto, si se la diesen, pondrían de
relieve su esencial justicia y la monstruosidad del sistema de
desinformación y desfiguración histórica que ha campado por sus fueros
durante tantos años en el aparato cultural argentino.

Temas centrales

Los temas citados en esa pieza oratoria son esenciales para el futuro
del país. Y sólo depende del gobierno que queden como meros enunciados
o se transformen en un principio activo que impulse nuestro
desarrollo. Es de temer que la primera hipótesis tenga más
posibilidades que la segunda. Y ello porque hasta aquí no se ha
advertido, en los gobiernos Kirchner, una decisión muy marcada de
revertir las tornas del modelo, si bien resulta innegable que este fue
aplacado en sus implicancias más horribles. Esto es, en lo referido al
hambre y la desocupación, así como en lo referido a las "relaciones
carnales" en materia de política exterior. Se trata con todo de una
tesitura ambigua, que no llega al fondo de las cosas, que no ha
generado todavía un proyecto estratégico y que es en buena medida
responsable de que hoy el gobierno se encuentre a la defensiva.

Ahora la presión del llamado "campo" puede estar impulsando la
revisión de esta actitud. Lo cual demostraría que no hay mal que por
bien no venga. Por primera vez, en efecto, los Kirchner se están
viendo acorralados por la presión combinada del patronazgo agrario, en
sus diversas formas, y del conglomerado monopólico de los medios de
comunicación, ante la mirada atenta de los gurúes del neoliberalismo y
el aplauso de grandes sectores de una clase media porteña (y no sólo
porteña) desposeída de su facultad de pensar por una propaganda tóxica
que, por otra parte, encuentra una espléndido campo de cultivo en los
prejuicios de clase que la impregnan y a los que la aparición del
primer peronismo liberara en toda su furia.

Esa presión ha empezado a quebrar las estructuras en apariencia
sólidas del partido oficialista. La aparición de esas grietas y
descascaramientos -en parte reflejo del eco que encuentra, dentro del
partido, la burguesía agraria de la "pampa gringa"-, debería obligar a
revisar, de una vez por todas, los instrumentos políticos y teóricos
de la liberación nacional. Que obviamente no pasa por los intereses
sectoriales sino por la capacidad de fraguar a estos en un frente
unido, provisto de conciencia geopolítica y dirigido por las
personalidades que son indispensables para este tipo de construcción.

¿Tendrá el actual gobierno la capacidad de discernimiento que es
necesaria para ello? Que de ese discernimiento dispone lo demostró la
convocatoria de Aldo Ferrer a las reuniones de comisión que en la
Cámara de Diputados abordaron el tema de las retenciones a la
exportación. Que tenga voluntad de ponerla en práctica es otra cosa.
No deja de ser singular que Ferrer, uno de los economistas más
prestigiosos que tiene la Argentina, de clara orientación nacional,
sólo ocupó la cartera económica durante un breve lapso a lo largo de
su dilatada carrera: durante el fugaz gobierno de facto del general
Roberto Marcelo Levingston, entre 1970 y 1971. Nuestra dirigencia más
aceptable suele adolecer del defecto de saber donde están los
elementos que el país requiere…, y evadir con cuidado el utilizarlos.

Así pues, no se trata sólo de enunciar correctamente las cosas sino de
dar los pasos indispensables para ponerlas en movimiento. El discurso
a las Fuerzas Armadas debería ser una buena oportunidad para empezar a
darlos. Tenemos ahí, en efecto, a partir de la definición del núcleo
estratégico de nuestro problema de defensa –la guarda y preservación
de nuestros recursos naturales en un contexto regional– el punto de
apoyo para la elaboración de un programa (o de una serie de programas)
que apunten a la construcción de un país distinto. Aunque suene
paradójico, los países se definen internamente a partir de su política
exterior. Una diplomacia dependiente engendrará un Estado débil,
fuerte sólo hacia adentro, donde deberá reprimir las resistencias que
engendra la sumisión a un modelo económico que viene de afuera y no
toma en cuenta las necesidades del grueso de su población. Por el
contrario, un país que se afirme interiormente para mejor defenderse y
pugnar en el plano externo, desarrollará sus competencias con una
eficacia imposible de obtener de otra manera, privilegiando de paso
las formas democráticas de gobierno, ya que necesitará del consenso
espontáneo de las mayorías para legitimarse y hacerse fuerte.

Las Fuerzas Armadas en un país desarrollado a medias, como aun es el
nuestro, ceñidas por un sistema republicano con participación popular,
son una pieza de capital importancia para hacer pie en una concepción
geopolítica de carácter continental y pueden brindar, como lo hicieron
en el pasado, el know how indispensable para realizarla.

El Ejército en nuestra historia

A lo largo de la evolución de nuestro país sus Fuerzas Armadas se
vieron atravesadas por la misma antinomia que recorre a toda nuestra
historia: la de nación contra la antinación. O, para expresarlo mejor,
la de un concepto pequeño de nación, centrado en una concepción
mezquina de la misma que atendió a los intereses de la burguesía
portuaria, luego solidificado en la alianza entre esta y un entramado
de intereses provincianos que se sentían cómodos dentro del modelo
agroexportador y dependiente; y una noción de país que viene del fondo
de la historia y que aspira a reconstituir los lazos de la solidaridad
iberoamericana y a configurar nuestro sistema de vida de acuerdo a
normas de veras democráticas, que den espacio y capacidad de decisión
a las masas no privilegiadas. Este último esquema, por supuesto,
concibe al país como una entidad grande, en movimiento, alejada tanto
de la inmovilidad vacuna de la oligarquía terrateniente como del
frenesí de la especulación financiera, esta última estrechamente
vinculada también a una explotación improductiva (bien que cambiante)
de la renta.

Esta contradicción se expresó ya en el seno del ejército durante las
luchas por la independencia. Mientras que las tropas comandadas por
Belgrano, San Martín y Güemes luchaban por expandir la revolución al
Alto Perú y al resto de Iberoamérica, la metrópoli portuaria, que
explotaba las rentas de la Aduana e inundaba al país de productos
ingleses importados, se preocupaba más bien en mantener esta situación
de privilegio, de extinguir las resistencias del interior y de
liquidar, acudiendo incluso a la coyunda con el Imperio brasileño, el
proyecto de Artigas, que se oponía al patriotismo de campanario de
Buenos Aires y reivindicaba una república del Plata que mirase hacia
el Oeste con ánimo integrador y no de saqueo.

En 1820, convocadas para reprimir a las montoneras, las tropas del
Ejército del Norte, en vez de atender al llamado de Buenos Aires, se
sublevan en Arequito. Las contradicciones del interior del país y la
carencia de un mando inspirador que resumiese en sí mismo las metas de
un poder vicario, hicieron, sin embargo, como ocurriría otras veces,
que esa oportunidad no condujese sino a una exacerbación del caos, del
cual sólo se saldría, pocos años después, con la dictadura de Juan
Manuel de Rosas.

San Martín bien pudo haberse hecho cargo, algún tiempo antes, de esta
misión. No lo hizo. Su mirada estaba puesta en la gran construcción
continental. Pero quizá, de haber aprovechado esa oportunidad, hubiera
podido construir la base sólida desde la cual proyectar, más adelante,
la misma opción liberadora que en ese mismo momento se aprestaba a
lanzar, como se vería sin fuerzas para sostenerla en el tiempo, desde
Chile hacia el Perú. Pocos años más tarde deberá eclipsarse del
escenario continental: la Buenos Aires de Bernardino Rivadavia le
negaba los recursos que necesitaba para expandir su empresa. Don
Bernardino se interesaba más bien en pavimentar a Buenos Aires y en
gestionar créditos ingleses que en el destino de un país y un
continente que le quedaban demasiado grandes. Este concepto sigue
vigente hoy en no pocos de nuestros dirigentes. ¿No fue Domingo
Cavallo quien dijo una vez que la Argentina tiene provincias que no
son viables?

El Ejército de los Andes se diluyó. Algunos de sus integrantes
siguieron las campañas libertadoras bajo la bandera de Bolívar. Otros
desertaron o se pasaron al enemigo. Y cuando los primeros volvieron a
la Argentina no tenían ni la talla personal, ni el prestigio, ni la
visión estratégica de San Martín. Se hicieron unitarios o federales,
apoyaron o combatieron a Rosas. Este, como hombre de Buenos Aires,
tampoco tenía grandes intenciones de cambiar el país. Se limitó a
gestionarlo, basado en su popularidad entre la plebe porteña y el
gauchaje bonaerense, defendiéndolo con tenacidad e inteligencia de la
intervención externa, pero sin aprovechar, durante mucho tiempo, la
indiscutible oportunidad de que disponía para organizarlo.

Después de Caseros esa tarea se volvió impostergable. Los militares
como grupo social fueron una vez más la punta de lanza del
encontronazo entre Buenos Aires y la Confederación. Ganó Buenos Aires,
por razones complejas, entre las cuales no se puede excluir el tácito
cambio de frente de Urquiza ante Mitre. Pero el hecho fue que se
devastaron las resistencias interiores y que cuando el general Roca
nacionaliza a Buenos Aires con el ejército de línea en 1880, en el
último y sangriento episodio de las guerras civiles, la tarea ya
estaba cumplida, y los intereses comerciales del país configurados de
cara al exterior y en simbiosis con el Imperio británico.

De ahí en más, los militares se profesionalizan y entran en los
rangos. Ello no quiere decir que muchos de ellos no tengan
participación activa en las revoluciones radicales, por ejemplo, pero
no dejan de constituir una minoría dentro del ejército. La alineación
del cuerpo de oficiales detrás de los gobiernos instituidos no varía.
No fue hasta septiembre de 1930, cuando el mundo se debatía en las
secuelas del crack de la bolsa de Nueva York, que un grupo de ellos
inaugura una modalidad que se repetiría en 1955, 1963, 1967 y 1976:
derrocar a un gobierno constitucional consagrado democráticamente, por
razones que no están claras a muchos de los participantes en esos
episodios, pero que tienen como motivación de fondo la restauración
del sistema que privilegia la renta diferencial del capital agrario,
la filiación política con el poder dominante en el mundo y la
concentración de la renta financiera, por encima de cualquier otra
razón. Sin embargo, incluso en esas ocasiones la misma naturaleza del
oficio de las armas, que lleva a los que participan de él a plantearse
los dilemas de la defensa, conservó siempre en el seno de las fuerzas
armadas una corriente que impulsaba el desarrollo de los
emprendimientos industriales, la minería y la técnica.

En 1943 se cuela en esa letanía de intervenciones un golpe de carácter
distinto. Un grupo de coroneles –influidos superficialmente por la
ideología fascista, pero alimentados en lo esencial por la prédica del
nacionalismo democrático del grupo FORJA y de otras corrientes
nacionales- llega al poder. Es el clímax de la segunda guerra mundial
y las fórmulas del nacionalismo de derechas que se acercan en primer
término a dar asesoría a los militares, quedan con rapidez
desencajadas del marco de la política global. Es el talento de un
militar de genio, el coronel Juan Perón, lo que rescata al bajel de la
revolución de Junio del callejón sin salida en que la había metido el
nacionalismo ultramontano: conecta a la logia militar que había
derrocado al presidente Ramón S. Castillo con las masas obreras que
están emergiendo a la luz debido al proceso de suplantación de
importaciones obligado por la depresión mundial primero, y luego por
la guerra. El movimiento obrero se organiza y en la alianza de este
con la fuerte fracción militar que ha lanzado el movimiento de Junio
se apoyará Perón para llevar a cabo el único proceso que puede
denominarse revolucionario del siglo XX en Argentina.

Proceso incompleto, es cierto, que aprovechó sólo a medias la
excepcional coyuntura que se ofrecía al país al terminar el conflicto.
Entre 1946 y 1949, en efecto, se dejó escapar la ocasión de construir
una industria pesada, posible en ese momento debido a la situación de
Europa y a la acumulación de divisas. Esta era la opción que defendían
los sectores militares más nacionales. En su lugar se prefirió
privilegiar a la industria liviana y, cuando se quiso desandar el
camino y volver a la idea original, se interpuso la contrarrevolución
de 1955.

A partir de allí se asistirá a los sucesivos intentos, cada vez más
brutales, de eliminar al peronismo. Los partidos tradicionales y el
recién constituido "partido militar", intentan extirpar a las
tendencias populares de la superficie política, para volver al viejo
esquema del país para pocos. Sin embargo, el entramado político y
gremial armado por el primer peronismo exhibió un gran aguante y una
capacidad de supervivencia que pocos de sus enemigos, y no muchos de
sus amigos, habían imaginado2. El papel de los militares a través de
todo este período fue ambiguo. Las FF.AA. habían sido purgadas a nivel
de mandos de los elementos que podían prohijar un movimiento popular,
similar al de 1943. Pero hay una suerte de fatalidad de la historia
que obliga a quienes se encuentran en posición para asumir las razones
de esta, a hacerlo. A menos que hayan sido creadas con la sola
intención de desempeñar la función de verdugo interior, como en el
caso de las republiquetas bananeras, las fuerzas armadas, por su
definición, perfil y proyecto, no pueden disociarse de las necesidades
profundas de la sociedad. En cierta medida porque a ellas les tocará,
en situaciones de crisis, pagar los platos rotos, saliendo a reprimir
las insurrecciones populares o a defender las fronteras sin contar con
los medios apropiados para ello. Si hasta los famosos "cipayos", el
cuerpo militar indio al servicio del Imperio Británico del que se
derivara un conocido término que define el servilismo político y
cultural respecto de un poder externo, protagonizaron la más difundida
y feroz rebelión contra ese tipo de dominio durante el siglo XIX…

Fue así que gobiernos de facto como los capitaneados por Onganía o
Lanusse, o incluso los de la dictadura de Videla y sucesores,
alentaron y reforzaron los emprendimientos siderúrgicos, de
explotación minera y de potenciación energética del país, apelando en
este caso tanto a la construcción de centrales hidroeléctricas como al
desarrollo de un plan atómico que introdujo a Argentina, muy temprano,
en el círculo restringido de los países capaces de dominar el ciclo
completo del enriquecimiento del combustible nuclear. La misma
fatalidad los empujará a emprender, en 1982, una empresa bélica mal
calculada, pero orientada en el sentido de la grandeza nacional, cual
fue la recuperación de las islas Malvinas. Y así, de pronto, por una
de esas "ironías de la Historia" de las que habla Marx citando a
Hegel, el canciller argentino Nicanor Costa Méndez, hombre del sistema
y abogado de empresas extranjeras, se encuentra abrazando a Fidel
Castro; y la dictadura "anticomunista" que creían personificar los
militares argentinos, agradeciendo el apoyo de Cuba en el
enfrentamiento con Gran Bretaña y la OTAN.

El desafío

El presente impone a los países de Iberoamérica el diseño de un plan
estratégico conjunto, que contemple las posibilidades de la región,
atienda los peligros que la amenazan y provea los desarrollos que son
necesarios para fortalecerla, en un mundo donde se asiste a una
desembozada carrera de las grandes potencias por el dominio de unos
recursos naturales no renovables, sea que se encuentren en vías de
extinción o en una situación de compromiso a mediano o largo término.

A Argentina y Brasil, y a sus correspondientes fuerzas armadas, les
corresponde diseñar los proyectos e instrumentos que deben hacerlo
sustentable. La pregunta que debe formularse aquí no es tanto si
sabrán cómo hacerlo, sino la de si se animarán a diseñarlo y sobre
todo a ponerlo en práctica. La idea es obvio que ronda la cabeza de
muchos dirigentes latinoamericanos. No hablemos de Hugo Chávez, que
hace tiempo tiene el tema en claro y toma las políticas consecuentes,
sino de los responsables del poder en Brasil y Argentina, y en
especial de los cuadros militares de estos dos países. La Unasur y el
Mercosur son el indicio de que algo potencialmente muy serio ha
comenzado.

El rechazo al Alca y la seca y negativa respuesta de Luiz Inazio Lula
Da Silva en el grupo del G8 donde se especulaba en torno de la
necesidad de instituir a la Amazonia como "patrimonio de la humanidad"
–y por consiguiente, sustraerla en cierto modo de la soberanía
brasileña– demuestran la conciencia que existe respecto de los
peligros que rodean a esta porción del mundo. La confluencia política
de los gobiernos sudamericanos en una organización que coordine su
quehacer es muy importante, pero más lo sería si a ella se acoplase la
existencia de un Estado Mayor Conjunto regional. Es posible que
Argentina y Brasil estén trabajando en este sentido, aunque para
nosotros el dato resulte imposible de comprobar. Pero la afirmación de
Cristina Fernández en el sentido de que nuestra primera obligación
estratégica es la preservación de los recursos naturales, torna
inevitable esa ecuación. Pues los recursos naturales no reconocen
fronteras y se distribuyen, por ejemplo, entre Argentina, Brasil,
Paraguay y Bolivia con una prodigalidad pasmosa. El acuífero guaraní,
las reservas petrolíferas y gasíferas, los bosques naturales y los
recursos hídricos son objetivos codiciados por las grandes potencias.
Defenderlos, así como incluir en ese proyecto a Venezuela e incluso a
Colombia (si esta consigue arreglar sus asuntos y sacudirse de encima
la zarpa de los Estados Unidos), es una obligación que cada día se
hace más imperativa, ante el envite de Estados Unidos y de los poderes
metropolitanos que le hacen coro y a los que interesa sobremanera la
prosecución de un diseño global que concentra en ellos el poder de
decisión y deja al resto del mundo a su disposición.

De la capacidad que nuestros países tengan para sumar el factor
militar a un diseño positivo de futuro, dependerá que la región se
eleve finalmente al estatus que merece por sus recursos y su riqueza
cultural y étnica –expresiva como pocas de la necesidad de la
mestización y fusión hacia la cual se endereza el mundo. Esta puede
ser la hora de América latina, o la de la repetición del ciclo de
fractura y desmembramiento que arruinó a la primera independencia.
Depende de nosotros y de la capacidad que tengamos para integrar los
diversos factores que juegan en esta instancia en un proyecto
comprensivo, que ese momento se concrete o quede una vez más como el
recuerdo amargo de una ocasión perdida.

N O T A S

1 Por ejemplo por Arturo Jauretche en su ensayo Ejército y Política,
la Patria grande y la Patria chica, publicado en el suplemento de la
revista Qué, de febrero de 1958, o por Jorge Abelardo Ramos en un
breve ensayo titulado Historia Política del Ejército Argentino,
publicado por la editorial La Siringa durante la década de los 60, si
mal no recuerdo. Pero el tema fue abordado, por estos y otros autores,
en un sinfín de trabajos de carácter más abarcador, haciendo de este
asunto uno de los aportes más vivos del pensamiento nacional y popular
a la historiografía argentina. [Se trata de la Colección "La Siringa",
que publicaba Arturo Peña Lillo Editor. NG]

2 Como se sabe, fue el mismo peronismo el encargado de liquidar al
peronismo, durante la gestión Menem. Sólo la traición desde dentro
pudo terminar de desarmar la resistencia gremial y popular a la
implantación del modelo neoliberal y oligárquico, resistencia que
impuso cierta prudencia incluso al régimen genocida entronizado en
marzo del 76.

(Visite mi página web: www.enriquelacolla.com)


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Néstor Gorojovsky
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