[R-P] [E. Lacolla] Del Mercosur, el campo e Ingrid Betancourt

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Jul 5 09:49:11 MDT 2008


Del Mercosur, el campo e Ingrid Betancourt
Por Enrique Lacolla

/América latina se mueve. Aunque a veces sin saber bien adónde va y
con dificultades que provienen del peso de sus enemigos externos y sus
contradicciones internas./

La cumbre del Mercosur en Tucumán estuvo signada por un tema central,
si bien no excluyente: el del rechazo a la Ley del Retorno promulgada
por el Parlamento de la Unión Europea, por la cual se decide la
expulsión de los inmigrantes ilegales en la UE con apercibimiento de
que, de no plegarse a la orden impartida, quedarán sujetos al
cumplimiento de una pena de prisión efectiva que oscilará entre los 6
y los l8 meses, antes de ser deportados a sus respectivos países de
origen.

Aunque la decisión europea ha provocado grandes protestas de los
sectores progresistas del viejo mundo, nada indica que vaya a ser
descartada. De modo que no deberá sorprendernos si de aquí en adelante
el acceso y sobre todo la permanencia en suelo europeo se torne aun
más difícil e inquietante de lo que actualmente lo es, para quienes
buscan un sustento en ese lugar sin contar con los certificados que
les consientan hacerlo.

Sin duda es indignante que países que han volcado sus excedentes de
población por todo el mundo, amén de colonizarlo a sangre y fuego con
la cruz, la espada y sus ejércitos y flotas, paguen los favores
recibidos, o arrancados, con tanta ingratitud. Pero la necesidad tiene
cara de hereje, y aunque no se ve nada claro cómo los países europeos
puedan subsistir sin el aporte del trabajo externo y sin la natalidad
con la que las familias inmigrantes tienden a revertir o al menos
sostener una curva demográfica de otro modo descendente, el temor a lo
exógeno, el prejuicio contra lo diferente, la presunción de que la
creciente crisis económica tenga que ver con la reducción de los
puestos de trabajo capturados por los inmigrantes y, sobre todo, el
tema de la seguridad, inducen a los gobiernos europeos a tomar sus
recaudos frente a una opinión pública volátil que busca confortar su
miedo buscando un chivo expiatorio para exorcizarlo.

Esto plantea una vez más, con dramática urgencia, la necesidad para
Iberoamérica de consumar su unidad… y de darse un programa para ello.
Sólo así podremos dotarnos de la capacidad suficiente como para tomar
represalias frente a actitudes de ese tipo y, a la vez, para hacer
superfluo que nuestros hijos tengan que emigrar para buscarse mejores
destinos.

Es paradójico, en efecto, que teniendo a su disposición una de las
superficies de la tierra mejor dotadas por la naturaleza, estos países
tengan las tasas de pobreza que padecen y que sus habitantes busquen
emigrar para escapar a la miseria que los amenaza. Cuando Europa
mandaba a América sus contingentes de millones de emigrantes, estos se
encontraban, en efecto, debatiéndose en un espacio que, para las
características de ese momento, se encontraba de veras colmado. Era
lógico fundar un rescate personal en un territorio virgen, inexplorado
o disponible. Ahora resulta bastante más difícil de justificar el
tener que salir de este para sumarse a una prosperidad ajena, sin
explotar primero los recursos que se tienen a la mano.

Esta posibilidad de una transformación positiva, sin embargo, se ve y
se ha visto obstaculizada desde siempre por la existencia de castas
latifundistas y por modelos parasitarios de poder que no admiten una
evolución progresiva, sino que buscan más bien perpetuar el estatus
quo. Y resulta particularmente lamentable que las fuerzas políticas y
sociales que deberían promover el cambio más bien tiendan a plegarse
al modelo preexistente o a morigerarlo apenas, que a procurar su
ruptura.

En Argentina y en otros países hubo contadas excepciones a esto y, por
lo general, acabaron mal. En el nuestro, en especial, salvo el
proyecto del primer peronismo y hasta cierto punto del frondizismo,
nada hubo que apuntara a realizar un esfuerzo coordinado para vencer
el estado de las cosas. Cierta pereza histórica, como dijimos en una
ocasión, se ha instalado en los estratos dirigentes y parece haber
contagiado incluso a la población, desencantada de los discursos
vacíos.

Hoy asistimos a una puja entre el gobierno y "el campo" que parecería
replantear el tema del desarrollo como opción estratégica para salir
adelante. Pero, si nos fijamos bien, hay poco de esto. Los productores
agropecuarios pusieron en entredicho la sustentabilidad de la vida
cotidiana en las ciudades para no perder ni un céntimo de sus
ganancias. En cuanto al gobierno, si bien tiene toda la razón en
defender una iniciativa que debería culminar en una racionalización de
las explotaciones agrarias, no parece proponerse, a estar por la
palabra de sus personeros, otra cosa que una redistribución del
ingreso que apunte a paliar las más evidentes dificultades sociales y
a procurar un tímido avance industrial, sin tocar el núcleo duro del
modelo: la renta financiera, la transnacionalización de las empresas
estratégicas y la inexistencia de un proyecto de desarrollo que apunte
a parar al país sobre sus pies.

Diríase que, a pesar de los crecientes síntomas de inestabilidad
internacional, los gobiernos Kirchner apuestan todo a un período de
prosperidad indefinido, basado en la excepcionalidad de la coyuntura
económica y en el aumento del precio de los alimentos en los mercados
a futuro, que estaría asegurado por un lapso de 20 o 30 años.

Hechas las salvedades que son evidentes y sin confundir las cosas, en
el fondo no parecería haber mucha diferencia entre esto y las
prácticas de la caterva de ministros de Economía neoliberales que
devastaron la base industrial generada entre 1940 y 1955. En el caso
de Krieger Vasena, Martínez de Hoz y Domingo Cavallo, por supuesto,
había un proyecto, el del genocidio social argentino, gestando un país
para pocos. No es así en el presente, desde luego, cuando contemplamos
un esfuerzo por armonizar las contradicciones sociales y establecer,
con suavidad, una redistribución más armónica del ingreso. Pero hay un
viejo proverbio que afirma que "al hierro hay que batirlo mientras
está caliente"; aquí tal cosa no se hizo y los resultados están a la
vista: la extorsión ruralista en las rutas, las fracturas en el
Congreso y el dudoso acatamiento de los primeros a los derechos de
exportación si estos son sancionados por las Cámaras.

Esperar sentados a que las cosas se resuelvan por sí solas, porque
"Dios es argentino", parecería ser el principio guía que consiente a
nuestra clase política seguir jugando al juego de masacre y a
abstraerse en sus problemas de campanario, mientras la cubierta del
Titanic se hunde bajo sus pies.

Pero quizá convenga poner esta situación en una proyección todavía más
amplia. Parece evidente que, sin esforzarse mucho, el imperialismo ha
puesto a la defensiva a los gobiernos más o menos progresistas que
habían aflorado en América latina a partir de comienzos del nuevo
siglo. La devastación del Estado conseguida por el modelo neoliberal
en el último cuarto del siglo XX repercutió en la capacidad de idear
un modelo alternativo cuando se invirtieron las tornas. Un miedo
cerval a la experiencia del cambio, paralizó a prácticamente todos los
gobiernos que capitalizaron la sublevación popular contra el modelo.
Con la solitaria excepción de Hugo Chávez, desde luego. Pero, ¿qué
puede hacer un gobernante solo cuando sus principales socios
potenciales flaquean? Los intentos secesionistas que empiezan a brotar
por todas partes –en Venezuela y en Bolivia, sobre todo- nos indican
que el Imperio está volviendo a dirigir su atención hacia nosotros.

Por fin, una buena noticia entre tanta pálida. Ingrid Betancourt fue
liberada sin derramamiento de sangre esta semana, en una operación de
inteligencia del ejército colombiano que habría interceptado otra,
menos riesgosa, que estaba desarrollando una comisión internacional,
aunque hay dudas acerca de las instancias reales en las que se generó
la operación. Ronda la sospecha de un canje por dinero, en parte
porque Álvaro Uribe estaba necesitado de un éxito que terminase de
consolidar su posición –ya muy fuerte–, en momentos en que está
enzarzado en un conflicto con la Corte Suprema a propósito de su
aspiración a ser reelegido para un tercer mandato.

Pero, más allá del análisis fino a que habría que someter el episodio
de la liberación de Betancourt, este es un hecho del cual cabe
regocijarse y esperar que de él pueda surgir algún proceso que
contribuya a la pacificación de Colombia. Las FARC están en retirada y
debería asegurarse su asimilación a la sociedad sin temor a que se
repitan las matanzas similares a la de los dirigentes de su brazo
político, la Unión Patriótica, que causaron entre dos a cuatro mil
víctimas a fines de los años '80, torpedeando el intento de
pacificación propiciado por el entonces presidente Belisario
Betancourt. ¿Será esto viable? ¿Figurará de veras en los planes del
gobierno Uribe?

La información de que la IV Flota norteamericana dio comienzo a sus
actividades en el Caribe, por el contrario, no da lugar a muchas dudas
y se configura como un dato francamente preocupante. Y si bien las
casualidades son frecuentes en la historia, la coincidencia de la
liberación de Ingrid Betancourt, que refuerza la posición de Uribe y
le suministra una gran cobertura mediática, no deja de proyectar una
luz ambigua hacia el futuro. El plan Colombia sigue en pie, y su
objetivo no está en ese país sino fuera de sus fronteras.

(Visite mi página web: www.enriquelacolla.com)

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Néstor Gorojovsky
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