[R-P] EDUARDO GALEANO, PRIMER CIUDADANO ILUSTRE DEL MERCOSUR, Y UN DISCURSO INOLVIDABLE
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Vie Jul 4 08:04:26 MDT 2008
EDUARDO GALEANO, PRIMER CIUDADANO ILUSTRE DEL MERCOSUR, Y UN DISCURSO
INOLVIDABLE
"Los mapas del alma no tienen fronteras"
Por Eduardo Galeano
Nuestra región es el reino de las paradojas.
Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre más
feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del arte de la época colonial;
paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la infancia por la miseria y la
poliomelitis, nacido para la desdicha, fue el jugador que más alegría
ofreció en toda la historia del fútbol y, paradójicamente, ya ha cumplido
cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los arquitectos y
el más joven de los brasileños.
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O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una dictadura
militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló de ellas cuando iniciaron su
huelga de hambre. Paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando con ellas,
hasta que la dictadura cayó.
Yo había conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el
pueblo minero de Llallagua. En una asamblea de obreros de las minas, todos
hombres, ella se había alzado y había hecho callar a todos.
-Quiero decirles estito -había dicho-. Nuestro enemigo principal no es el
imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es
el miedo, y lo llevamos adentro.
Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. La habían echado de
Bolivia, y ella había marchado al exilio, con sus siete hijos. Domitila
estaba muy agradecida de la solidaridad de los suecos, y les admiraba la
libertad, pero ellos le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo solos,
comiendo solos, hablando solos. Y les daba consejos:
-No sean bobos -les decía-. Júntense. Nosotros, allá en Bolivia, nos
juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos juntamos.
- - -
Y cuánta razón tenía.
Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en la boca? ¿Existen
los dedos, si no se juntan en la mano?
Juntarnos: y no sólo para defender el precio de nuestros productos, sino
también, y sobre todo, para defender el valor de nuestros derechos. Bien
juntos están, aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los pocos
países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás. Su riqueza
come pobreza y su arrogancia come miedo. Hace bien poquito, pongamos por
caso, Europa aprobó la ley que convierte a los inmigrantes en criminales.
Paradoja de paradojas: Europa, que durante siglos ha invadido el mundo,
cierra la puerta en las narices de los invadidos, cuando le retribuyen la
visita. Y esa ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad, que
resultaría inexplicable si no estuviéramos acostumbrados a ser comidos y a
vivir con miedo.
Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región nuestra forma
parte de una América latina organizada para el divorcio de sus partes, para
el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos capaces
de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado
para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a
desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar de crear.
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Todo a lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve, un venezolano
llamado Simón Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a lomo de
mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:
-Ustedes -clamaba don Simón-, ustedes que tanto imitan a los europeos, ¿por
qué no les imitan lo más importante, que es la originalidad?
Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que tanto merecía ser
escuchado. Paradójicamente, lo llamaban loco, porque cometía la cordura de
creer que debemos pensar con nuestra propia cabeza, porque cometía la
cordura de proponer una educación para todos y una América de todos, y decía
que al que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene, cualquiera lo
compra, y porque cometía la cordura de dudar de la independencia de nuestros
países recién nacidos:
-No somos dueños de nosotros mismos -decía-. Somos independientes, pero no
somos libres.
- - -
Quince años después de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue
exterminado. El único país hispanoamericano de veras libre fue
paradójicamente asesinado en nombre de la libertad. Paraguay no estaba preso
en la jaula de la deuda externa, porque no debía un centavo a nadie, y no
practicaba la mentirosa libertad de comercio, que nos imponía y nos impone
una economía de importación y una cultura de impostación.
Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra feroz, entre tanta muerte
sobrevivió el origen. Según la más antigua de sus tradiciones, los
paraguayos habían nacido de la lengua que los nombró, y entre las ruinas
humeantes sobrevivió esa lengua sagrada, la lengua primera, la lengua
guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de la verdad,
que es la hora del amor y del humor.
En guaraní, ñeñé significa palabra y también significa alma. Quien miente la
palabra traiciona el alma.
Si te doy mi palabra, me doy.
- - -
Un siglo después de la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio su
palabra, y se dio.
Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno, también
ametrallado por las tropas de tierra. El había dicho:
-Yo de aquí no salgo vivo.
En la historia latinoamericana, es una frase frecuente. La han pronunciado
unos cuantos presidentes que después han salido vivos, para seguir
pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala de Salvador Allende no
mintió.
Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago de Chile se
llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama así por las víctimas de las
Torres Gemelas de Nueva York. No. Se llama así en homenaje a los verdugos de
la democracia en Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me atrevo a
preguntar, por puro sentido común: ¿No sería hora de cambiarle el nombre?
¿No sería hora de llamarla Avenida Salvador Allende, en homenaje a la
dignidad de la democracia y a la dignidad de la palabra?
- - -
Y saltando la cordillera, me pregunto: ¿por qué será que el Che Guevara, el
argentino más famoso de todos los tiempos, el más universal de los
latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo? Paradójicamente,
cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan, más nace. El es el más
nacedor de todos.
Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo que pensaba, y hacía lo que
decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en este mundo
donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se
encuentran no se saludan, porque no se reconocen?
- - -
Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias.
Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región, evocando a
un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio, pero sigue siendo mi
compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del
Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva y
tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió
para ofender su memoria.
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en
pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América fuera
una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el verdadero primer
ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su
nombre.
Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:
1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio.
Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá
se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la
fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no
sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin
aliento.
¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le
lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán
dignos de tristeza tan honda?
Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José.
Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los
tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José
Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.
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