[R-P] [E. Lacolla] La fabricación del terror

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Jul 2 16:13:30 MDT 2008


La fabricación del terror
Por Enrique Lacolla

/El terrorismo, en un mundo connotado por el caos y las operaciones
clandestinas, tiene como rasgo más problemático la imposibilidad de
fijar el origen real de las fuerzas que lo generan./

Hemos dicho en reiteradas oportunidades que muchas de las operaciones
terroristas producidas en los últimos años, en especial aquellas
verificadas en el Medio Oriente, eran, con toda probabilidad,
episodios de provocación generados por los servicios de inteligencia
occidentales –léase la CIA, el M16 y el Mossad– dirigidos a atizar el
odio entre etnias o grupos religiosos rivales con miras a generar el
caos. Divide et impera, el viejo proverbio del Imperio Romano,  tiene
tanta vigencia hoy como en los tiempos de Nerón.

Se trata de una deducción simple, para llegar a la cual es suficiente
recurrir a otro dicho latino: Cui bono (¿A quién sirve?). Un enemigo o
alguien designado como tal por la voluntad de un agresor, puede ser
combatido con mucha mayor eficacia si se explotan las grietas
expresivas de diferencias de carácter en su seno. Los estados
plurinacionales o multiconfesionales son ideales para ello. Para
avivar esas diferencias los episodios de provocación disfrazados,
llevados adelante por individuos que responden a la voluntad del
Imperio o que son manipulados por este, resultan ideales. Desde
nuestra situación de espectadores a distancia, sin embargo, no
contamos con los elementos para establecer cómo se llevan a cabo esas
operaciones. Disponemos tan solo de la decodificación de la prensa
cotidiana y de la intuición con que puede armarnos el conocimiento de
la historia, para imaginar vagamente como se estructuran esos
montajes.

Un reciente artículo de Andrew G. Marshall, aparecido en Global
Research del 25 de junio, nos permite sin embargo redondear esta
imagen y aclarar algunos datos respecto de esa incógnita aparentemente
insoluble. La nota resume a través una serie de fuentes periodísticas
confiables e incluso a partir de informes desclasificados por el
Pentágono, la naturaleza de la doctrina fabricada para provocar el
caos y brinda datos puntuales acerca de los procedimientos a los que
muchas de esas operaciones recurren1. ¿Hasta qué punto, en efecto, la
desesperación y el fanatismo de los resistentes de Al Quaeda los
induce a inmolarse? ¿Hasta dónde es creíble que sus operaciones
suicidas caigan tan puntualmente como para producir reacciones de
pánico y contraterror que enfrentan, por ejemplo, a los sunnitas
contra los shiítas en Bagdad y otros puntos de Irak, terminando en
procesos de represalias y contrarrepresalias que instalan al país en
un círculo vicioso?

Una locura oportunista
Los ataques kamikaze dirigidos contra las tropas norteamericanas y
británicas es verosímil que se  produzcan como reacción contra la
presencia de los ocupantes y como venganza a la destrucción y muerte
que han sembrado por tierra  y aire. Pero esas matanzas provocadas por
coches bomba en estaciones de policía en momentos en que estas se
encuentran densamente concurridas por civiles iraquíes o por
aspirantes a ingresar al servicio (una de las pocas maneras de escapar
a la desocupación que recorre al país como consecuencia del shock
provocado por la ocupación estadounidense); en mercados o, aun peor,
en mezquitas connotadas por su valor sagrado, fragmentan la
resistencia y pueden culminar en la "limpieza étnica" de enteras
barriadas en Bagdad y otras ciudades iraquíes. Estos hechos surgen
demasiado oportunamente, están demasiado milimétricamente previstos
para azuzar o incluso generar los odios sectarios como para creer que
sean solamente el producto de impulsos de furor confesional. Antes de
la ocupación norteamericana estas cosas no sucedían en absoluto.

Episodios de esta laya, por otra parte, agigantan la imagen que el
sistema dominante quiere dar del islamismo. Esto es, el de un credo
portado por individuos barbudos, alienados de la modernidad e
informados por un cerril e inveterado fanatismo, que los hace parecer
como provenientes de otro planeta. La imagen es grata a quienes los
han elegido como el estereotipo racial al cual se puede y se debe
combatir, direccionando así, contra él, el resentimiento y el temor
que, de no existir ese espantajo, la gente podría empezar a evaluar de
otro modo; es decir como consecuencia del sistema vigente y de su
necesidad de propagar el caos para seguir manteniendo su capacidad de
control. No de otro modo procedieron los nazis, cuando direccionaron
el resentimiento popular ante el estado de las cosas hacia los judíos,
en el período intermedio entre las dos guerras mundiales.

Ese tipo de operaciones son designadas como Black Ops, por la doctrina
militar estadounidense, pero su articulación intelectual se debe en
parte a un organismo denominado algo así como el Consejo de Defensa
Científica del Pentágono, que se ha beneficiado a su vez de la
abundante experiencia en este tipo de trabajos previamente llevados a
cabo por los servicios británicos durante los disturbios en Irlanda
del Norte, donde la provocación llegó a un nivel tan exquisito que  el
jefe de la unidad de seguridad interna del IRA, dedicado a perseguir y
ejecutar a los informantes y traidores dentro de la organización, era
en realidad… uno de los soldados de élite más dotados del ejército
británico. En algunas ocasiones para cubrir su verdadera identidad
hubo de consentir operaciones dirigidas a matar soldados ingleses o a
asegurar la provisión de armas a los insurrectos del Ejército
Republicano.

Las acciones de provocación tienen varias configuraciones. Van desde
el dejar hacer a los grupos más fanáticos, hasta el montaje de
auténticos atentados, a los que se puede realizar a través de agentes
encubiertos o utilizando a civiles inocentes y desprovistos de
cualquier intención de hacer daño. En algunas ocasiones, por ejemplo,
se filtraron a la prensa noticias como la del arresto por la policía
iraquí de dos oficiales británicos, mimetizados como árabes, en las
inmediaciones de un mercado en Basora en el cual proyectaban insertar
un artefacto explosivo. Un batallón inglés no tardó nada en rodear el
puesto policial donde los agentes estaban recluidos y liberarlos, a
pesar de que habían sido capturados con las manos en la masa.

Terroristas sin saberlo
Otro caso característico que el artículo de Marshall pone en buena
luz, es el de un civil iraquí a quien le secuestraron la licencia en
un puesto de control de las tropas estadounidenses en Bagdad. Tras
interrogarlo durante un tiempo, los soldados lo dejaron ir,
instruyéndolo en el sentido de dirigirse con su auto a un campamento
militar estadounidense fuera de la ciudad, donde se le devolvería la
licencia. A poco de andar, sin embargo, el conductor se alarmó al
sentir que su automóvil rodaba más pesadamente, y también ante la
presencia de un helicóptero que revoloteaba encima de él y parecía
seguirle el rastro. Se bajó del coche y lo inspeccionó con cuidado.
Pudo comprobar así que le habían plantado casi 100 kilos de explosivos
debajo del asiento trasero y dentro de las dos puertas de atrás. La
única explicación de este incidente es que el coche había sido
convertido en una trampa cazabobos y que los norteamericanos se
proponían hacerlo explotar en el distrito shiíta que debía cruzar,
atribuyendo luego el atentado a los sunníes o a "odiosos elementos
extranjeros". Como Al Qaeda, por ejemplo.

El artículo abunda en detalles de este tipo. Así como en referencias a
la llamada "Opción salvadoreña", que reproduce en Irak las tácticas
para combatir a la guerrilla en El Salvador, instrumentadas durante la
administración Reagan durante la década de los '80. La creación de los
"escuadrones de la muerte" dedicados a cazar dirigentes y
colaboradores de la insurgencia y darles muerte en El Salvador y
Honduras, así como preparados para actuar en coordinación de los
Contras en la guerra contra el gobierno sandinista en Nicaragua, fue
coordinada por John Negroponte, embajador en Honduras entre 1981 y
1985. La presencia en Irak de Negroponte en esa misma calidad y su
posterior designación como director de Dirección Nacional de
Inteligencia, un organismo creado por el gobierno de George W. Bush
para coordinar la labor de la comunidad de inteligencia de Estados
Unidos, cargo que continúa ejerciendo, dice mucho acerca de la
naturaleza implacable y desprejuiciada de los expedientes que el
Imperio está en disposición de tomar en las zonas donde estima
conveniente ejercer la provocación, los asesinatos y las operaciones
encubiertas para obtener sus objetivos.

Nada hay de nuevo en estos procedimientos, por supuesto. Han sido
puestos en práctica por todos los sistemas dominantes a lo largo del
tiempo. Basta recordar el caso de la Ojrana, el servicio secreto que
en la Rusia zarista consiguió infiltrar a sus agentes en las
organizaciones revolucionarias. Hasta el punto de que el jefe de la
organización de combate del Partido Socialista Revolucionario, la más
volcada a la práctica de los atentados, estaba encabezada por Evno
Azev, que respondía al servicio secreto del gobierno; y que la
jefatura de la bancada bolchevique en la Duma, durante los años
anteriores a la guerra del '14, fue también manejada por un agente
provocador, Roman Malinovsky. Estas parecen ser fatalidades de la
historia. Pero resultan particularmente repugnantes hoy, cuando hay de
por medio tanta verbalización en torno de la democracia y los derechos
humanos.

Existe un consuelo, sin embargo: que, de cuando en cuando, cuando los
vientos de la historia se transforman en tormentas, esas estructuras
suelen ser barridas de la superficie del suelo. Aunque no tarden en
volver a formarse desde sus raíces, una vez consolidado el nuevo poder
y apagado el ímpetu revolucionario de las masas, reencarnándose en
otras agencias a su vez consagradas a servir al nuevo régimen de
acuerdo a ideologías diferentes, pero en base a métodos cada vez más
oscuros. La Ojrana fue destruida por la revolución rusa de 1917. Pero
su metodología se tornó aun más implacable y eventualmente corrupta,
cuando fue asumida por la Checa, la Guepeú, la NKVD o la KGB.

Hoy es la hora de una fementida democracia, colchón político que
amortigua los choques propios de la convulsión capitalista en la hora
de su triunfo y de su posible ruina. Los mecanismos que utiliza para
mantener el control y la sustentación del estatus quo son,
alternadamente, sutiles o feroces. Si en algún momento ingresamos de
lleno al torbellino habremos de guardarnos muy bien de sus zarpazos. Y
para eso habrá que estar conscientes de los instrumentos con que
opera.

N O T A

  La recopilación de datos incluye fuentes como Los Angeles Times, el
Sunday Herald, el Times, el Asia Times, el Sidney Morning Herald,
Newsweek y muchos otros órganos periodísticos de reconocido prestigio.


(Visite mi página web: www.enriquelacolla.com)

-- 

Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría


Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular