[R-P] [E. Lacolla] Verdugo asiático y campeón del Estado del Malestar

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Ene 30 17:45:24 MST 2008


Verdugo asiático y campeón del Estado del Malestar

Por ENRIQUE LACOLLA

/La muerte de Suharto debería recordarnos una de las peripecias más
horribles de nuestro tiempo, precursora de la peste del capitalismo
salvaje./

En un universo mediático calificado por la confusión entre lo que es
importante y lo que no lo es, y donde los arrebatos informativos
respecto de los fenómenos de corrupción suelen disimular, bajo una
cortina de humo moralizante, el escamoteo de los temas realmente
significativos, la oportunidad de ilustrar sobre las tendencias
fundamentales del período histórico que vivimos ofrecida por la muerte
del ex dictador indonesio Haji Mohamed Suharto, se ha pasado casi por
alto. Desde luego, se ha informado sobre lo prolongado de su estadía
en el poder, sobre la manera sangrienta en que arribó a él, y sobre la
descomunal fortuna personal que amasó durante esa estancia; pero en
general se ha prescindido de la señalación de que su ascenso al
gobierno y la forma brutal en que éste se efectuó, suministraron el
punto de partida de un proceso contrarrevolucionario cuyos métodos,
instrumentos y objetivos siguen dominando la escena internacional hoy
en día.

Un modelo a derrocar

A mediados de la década de los '60 el mundo seguía todavía informado
por la revolución que había barrido a los imperios coloniales después
de la segunda guerra mundial. El Estado de Bienestar, forjado por las
teorías keynesianas bajo la forma de un capitalismo algo regulado en
los países centrales; o bien diseñado como objetivo a alcanzar a
través de métodos más o menos socializantes, pero en cualquier caso
estatalistas, en los países de la periferia, tenía aun vigencia como
modelo social.

Sin embargo desde las usinas del pensamiento económico que generaban
teoría en las universidades de Chicago y de Berkeley, desde la difusa
identidad de los grandes conglomerados financieros y desde los
servicios de Inteligencia de las grandes potencias, que encontraban su
núcleo más influyente en la CIA, el modelo de crecimiento,
revolucionario o gradualista, centrado en las políticas de desarrollo,
había sido sentenciado a muerte. La lucha contra el comunismo brindaba
la excusa perfecta para librar una cruzada contra él.

América latina había sufrido ya los envites iniciales de esta
tendencia. Guatemala en 1954, el Brasil de Vargas en el mismo año,
Argentina en 1955, habían experimentado los embates exitosos del
neoimperialismo que se estaba fraguando, que explotaba muy bien las
debilidades y las contradicciones internas de las sociedades a las
cuales decidía acometer.

Había mucha resistencia desperdigada por el mundo todavía, que
suministraría materia para muchos vaivenes en las décadas siguientes.
Pero la tendencia estaba fijada, y encontraría en Indonesia el momento
y el ejecutor ideal para ser puesta en práctica en la más vasta
escala.

Indonesia estaba gobernada por Ahmed Sukarno, un líder nacionalista
que en la jerga actual habría sido denominado como un líder populista.
Había encabezado la lucha contra el dominio holandés y, como muchos
líderes asiáticos durante la segunda guerra mundial, se había
aproximado a los japoneses durante el período en que dominaron el
archipiélago malayo. Después de la derrota de estos reasumió la lucha
contra el dominio holandés, hasta obtener la independencia. Fue el
huésped y uno de los animadores del grupo de Bandung, la primera
conferencia de los Países No Alineados, episodio capital de las luchas
por la liberación de los países emergentes, que reunió a Egipto,
India, Indonesia, Ceilán (luego Sri Lanka), Birmania (hoy Myanmar) y
Pakistán.

Hacia mediados de la década siguiente, sin embargo, la presión de
Estados Unidos, la fractura del ejército en dos alas (una
proestadounidense y otra que respondía a Sukarno) y el crecimiento del
Partido Comunista de Indonesia (PKI) llevaron a una situación
explosiva, en la cual Sukarno buscó apoyo en el PKI.

El golpe

En ese contexto, la fracción proestadounidense del ejército, con
respaldo y asesoramiento de la inteligencia norteamericana, dio un
golpe de Estado de características inéditas. En primer término la
facción encabezada por Suharto mató a los altos mandos del ejército
que respondían a Sukarno, tomó a este bajo tutela y a continuación,
responsabilizando del crimen de los generales al PKI, inició una caza
al hombre a gran escala y que duró varios meses, en la cual se estima
que murieron entre 500.000 y un millón de personas. Sukarno fue poco
después desplazado del poder aparente que aun ejercía y Suharto se
erigió en dictador de la República, con la bendición de Washington y
el asesoramiento de un grupo de economistas de choque que pusieron en
escena la teoría de la tabula rasa: para instrumentar con plena
eficacia las políticas del mercado, era preciso que previamente la
nación sobre la que había de realizarse el experimento hubiese quedado
tan shoqueada que fuese incapaz de defenderse.

Así sucedió, y Suharto se convirtió en el precursor (y en el más
eficaz y atroz) de los dictadores que no mucho después abrirían el
camino al neoliberalismo en el Cono Sur de América latina. La
metodología indonesia y las prácticas de la guerra contrainsurgente
llevada adelante en Argelia y Vietnam, basados en la aplicación
metódica de la tortura, se combinarían en los años siguientes y se
aplicarían como una terapia universal contra los movimientos de
liberación.

Como demostración de que el crimen paga, Suharto se mantuvo en el
gobierno hasta 1998, cuando la crisis económica y la revuelta popular
precipitaron su salida, pero sin afectar su fabuloso peculio personal
ni su inmunidad física, protegida, como la estuvo la de Augusto
Pinochet, su alumno latinoamericano, por la vejez, la enfermedad y una
legión de abogados.

El carácter precursor que tuvo Suharto y la sombra que arrojaría sobre
el futuro, pudo resumirse en las leyendas pintadas en las paredes de
Santiago de Chile, poco antes del golpe contra Salvador Allende:
"Yakarta se acerca", por el nombre de la capital indonesia.

Nunca más Yakarta.


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