[R-P] [CUPV] Los arquitectos de la crisis financiera actual
Patricia
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Mar Ene 29 12:20:05 MST 2008
29-01-2008
¿Quiénes la provocaron, quiénes ayudan a que se
agudice y quiénes impiden que se resuelva?
Los arquitectos de la crisis financiera actual
Juan Torres
Rebelión
La gente normal y corriente suele tener una idea
bastante difusa de las cuestiones económicas. Como los
grandes medios de comunicación las presentan de forma
oscura e incomprensible la mayoría de las personas
piensa que se trata de asuntos muy complejos que solo
entienden y pueden resolver los técnicos muy
cualificados que trabajan en los gobiernos o en los
grandes bancos y empresas.
Y siendo así, es también normal que se desentiendan de
ellos, como cualquiera de nosotros se desentiende de
lo que hace el médico, el fontanero o el mecánico
cuando hablan en su jerga incomprensible o utilizan
instrumentos, que nosotros ni conocemos ni sabemos
utilizar, para curarnos o arreglarnos las tuberías o
nuestro automóvil.
También contribuye a ello el que no se proporcione a
los ciudadanos información relevante sobre lo que
sucede en relación con las cuestiones económicas.
Todos oímos en los noticieros de cada día, por
ejemplo, cómo evoluciona la bolsa, las variaciones que
se producen en el índice Nikei o los puntos de subida
o bajada de unas cuantas cotizaciones pero casi nadie
los sabe interpretar ni nadie explica de verdad lo que
hay detrás de ellos.
Gracias a eso, los que controlan los medios de
comunicación (propiedad a su vez de los grandes bancos
y corporaciones) hacen creer que informan cuando lo
que hacen en realidad es lo peor que se puede hacer
para lograr que alguien esté de verdad informado:
suministrar un aluvión indiscriminado de datos sin
medios efectivos para asimilarlos, interpretarlos y
situarlos en su efectivo contexto.
Nos ofrecen sesudas e incomprensibles declaraciones de
los ministros y presidentes de bancos pero no
proporcionan criterios alternativos de análisis y, por
supuesto, presentan siempre el mismo lado de las
cuestiones, como si los asuntos económicos solo
tuvieran la lectura que hacen de ellos los dirigentes
políticos, los empresarios y financieros más poderosos
o los académicos que cobran de ellos para repetir como
papagayos lo que en cada momento les interesa.
Lo que está ocurriendo en relación con la actual
crisis es buena prueba de ello.
Primero decían que no había que preocuparse, que no
era para tanto y que no convenía “exagerar”, según el
ministro español de Economía. Y tenían la cara dura de
decirlo cuando al mismo tiempo se estaba informando de
que algunas de las entidades financieras más grandes
del mundo estaban quebrando o cuando los bancos
centrales estaban inyectando en los mercados cientos y
cientos de miles de dólares, realizando así la
intervención en los mercados financieros quizá más
grande de toda la historia.
Luego decían que era solo una crisis de liquidez que
tendría un desarrollo fugaz, que pasaría pronto.
Yo mismo, que soy probablemente el más modesto de los
analistas económicos, escribía en agosto que eso era
mentira, que nos encontrábamos con toda seguridad ante
una crisis de solvencia (Diez ideas para entender la
crisis financiera, sus causas, sus responsables y sus
posibles soluciones y Algo más que una crisis
hipotecaria).
Ahora leo que la Reserva Federal (en donde se supone
que están los economistas mejor informados del mundo)
se ha dado cuenta de eso: ¡cinco meses después que yo!
(“La Reserva Federal supuso que la crisis era de
liquidez, pero ahora piensa que es de insolvencia y
por ello ha relajado su política monetaria”. J.
Bradford Delong, “Tres remedios para tres crisis”. El
País, 27 de enero de 2008).
Sobre la crisis actual se están callando en particular
un asunto especialmente grave y de gran interés para
los ciudadanos: sus causantes y responsables directos
e indirectos.
Para engañar a la gente suelen hablar “de los
mercados”. Como si los mercados pensaran, tuvieran
alma y preferencias, decidieran o resolvieran por sí
mismos.
Es verdad que los mercados (sobre todo si en ellos hay
muchos agentes interviniendo, es decir, si hay
muchísima competencia) pueden actuar como mecanismos
casi automáticos. Pero para que existan los mercados
(incluso los muy perfectos y con gran competencia) y
para que funcionen de cualquier manera que sea, más o
menos eficazmente, es necesario que haya normas. Y
esas normas no las establecen para sí mismos los
mercados sino los poderes públicos a través del
derecho.
Las normas jurídicas son las que permiten que en los
mercados se pueda llevar a cabo un comportamiento u
otro, las que favorecen que existan o no privilegios
en las transacciones, las que dan poder a unos agentes
en detrimento de otros.
Según sean las normas existentes en cada momento, los
mercados actuarán de una u otra forma y en ellos
ocurrirá una cosa u otra. Y, puesto que las normas las
hacen las personas y las instituciones, resulta que lo
que suceda en los mercados es, en última instancia, el
resultado de lo que decidamos las personas a través de
las instituciones que utilizamos para imponer las
normas (aunque es bien sabido que no todas las
personas tienen la misma capacidad para decidir a la
hora de establecerlas).
Y eso es igualmente aplicable a lo que ha ocurrido en
los mercados que han provocado la actual crisis.
Como he explicado en otros artículos (Caída de las
bolsas internacionales: pasó lo que tenía que pasar),
lo que ha sucedido en los últimos tiempos es que los
bancos de todo del mundo y los grandes inversores han
desarrollado una actividad especulativa febril en
torno a productos financieros que han tenido una
características muy especiales.
La primera es su opacidad porque casi nadie sabe
realmente cuáles son ni donde están ni quién los
tienen en cada momento, puesto que circulan muy
rápidamente, sin tener nada que ver con operaciones
económicas reales.
La segunda es que no se reflejaban adecuadamente en
las cuentas de los bancos y las empresas que invierten
directa o indirectamente en ellos.
La tercera es su enorme riesgo, precisamente porque se
basan en operaciones muy inestables y sutiles.
La cuarta es la falta de control a la que están
sometidos por dos razones principales. Por un lado,
porque los bancos centrales han venido haciendo la
vista goda con tal de que los inversores ganaran
dinero. Por otro, porque su calificación de riesgo
depende de empresas especializadas que, al mismo
tiempo, están muy implicadas en el negocio y a las que
no les interesaba mostrar la verdadera y peligrosa
naturaleza de estos productos.
Todas esas circunstancias son el resultado de la
llamada “desregulación financiera”, es decir, de la
desaparición de normas de regulación y control de los
mercados financieros que se ha producido en los
últimos años.
Una “desregulación”, por cierto, que no es tal, porque
establecer que no haya normas, que cada uno puedo
hacer lo que le venga en gana es en sí mismo una norma
más, así que hablar de “desregulación” también es
engañar a la gente.
Se le hace creer que eso se hace para devolver las
cosas del mercado a su estado natural cuando en
realidad se sigue regulando con gran fuerza, solo que
ahora de forma que los poderosos campen libremente por
sus respetos.
Y ha sido precisamente esta norma que establece que en
los mercados financieros vale todo lo que ha provocado
la crisis actual, al producirse además en un contexto
ya de por sí proclive a la crisis financiera (como he
explicado en mi libro “Toma el dinero y corre. La
globalización neoliberal del dinero y las finanzas”.
Icaria 2006).
En particular, esta nueva regulación neoliberal de
las finanzas internacionales ha sido la que ha
establecido un nuevo modo de hacer empresarial y
bancario que tiene una relación directísima con la
crisis actual que directamente proviene de Estados
Unidos (a diferencia de las anteriores que se
originaban en eslabones más débiles de la cadena, en
Asia, México, Rusia...).
Me refiero a los cambios legales que propició el
Presidente Bush hace unos años en relación con la
contabilidad empresarial y que permitían que los
grandes inversores, las grandes empresas y los bancos
pudieran manipular sus cifras de pérdidas y beneficios
para poder seguir invirtiendo sin descanso en estos
productos financieros tan rentables pero al mismo
tiempo tan inseguros y arriesgados.
Estos cambios legales han tenido a su vez una doble
consecuencia. La primera, que la contabilidad de los
grandes inversores financieros pueda falsear sin
dificultad las expresiones más comprometidas de su
actividad especulativa. La segunda, que las grandes
auditoras se conviertan en parte integrante del gran
circo especulativo.
Dos consecuencias que e traducen en un mismo y ya
innegable fenómeno: la corrupción financiera
generalizada en los controladores y en los
controlados.
Así lo reconoce incluso un economista tan ortodoxo
como el Premio Nobel de Economía Paul A. Samuelson en
un artículo reciente que no puede ser más expresivo:
“las bancarrotas y las ciénagas macroeconómicas que
sufre hoy el mundo tienen relación directa con los
chanchullos de ingeniería financiera que el aparato
oficial aprobó e incluso estimuló durante la era de
Bush. (“Bush y las actuales tormentas financieras”. El
País, 28 de enero de 2008).
Ahora bien, si bien esto es verdad, no hay que
olvidar, por otro lado, que esos cambios legales que
han extendido la corrupción y el descontrol en las
finanzas internacionales fueron posibles e incluso
contaron con el apoyo más o menos explícito de la
Reserva Federal y, por extensión, de todos los bancos
centrales que, como señalé más arriba, han sido
cómplices directos de los grandes inversores
especulativos. Dejaron hacer, callaron y miraron a
otro lado cuando sabían que se estaba larvando una
burbuja gigantesca que necesariamente iba a terminar
como lo ha hecho.
Pero, finalmente, no se puede dejar de mencionar un
último y decisivo factor de responsabilidad que
igualmente hay que reconocer como detonante de esta
última crisis: los gobiernos, que han renunciado a ser
la expresión ejecutiva de la soberanía popular en un
asunto tan crucial como el control y la regulación
democrática y racional de las finanzas y de los
asuntos monetarios, de los que tan definitivamente
depende la estabilidad económica, la distribución de
la rente y la riqueza y, en definitiva la paz y el
bienestar social.
Si se quisiera de verdad atajar la crisis, ponerle
remedio para que no cause un perjuicio inmenso a la
actividad productiva y evitar que se vuelva a producir
hay que actuar, por lo tanto, sobre estos factores:
estableciendo un rígido control de las finanzas
especulativas y poniendo las fuentes de financiación
internacional al servicio del desarrollo económico y
social, controlando a su vez a los bancos centrales
para hacer que actúen al servicio de la estabilidad y
del progreso y, por supuesto, democratizando realmente
a nuestras sociedades para que las cuestiones
económicas que resuelven los gobiernos formen parte
también (al revés de lo que hoy día sucede) de la
agenda de asuntos sobre los que los ciudadanos podemos
decidir.
A unos esto les parecerá una utopía, a otros poco,
pero hay que empezar logrando que los ciudadanos sean
conscientes de todo esto y lo exijan con fuerza a
quienes hoy día nos dominan.
Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada
de la Universidad de Málaga. Su web personal
http://www.juantorreslopez.com.
"En la distancia más lejana, aquella de mis pensamientos, te alojo por instantes. Susurros amorales me hablan al oido: los niños tremendos de mis sentidos. Ajenos y lejanos, en mi mente habitamos un único espacio, en el que sin censura, nos hacemos amantes de las caricias que no nos damos, de los labios que no probamos, de los aromas que no respiramos, del encuentro que no sucede, sino a escondidas de lo humano. Eres deseo puro latente en mi mente. Cabalgata al sur sin montura ni ataduras… La mezcla de la dulzura y la pasión, es la combinación letal para los amantes que nunca se amarán, de hacerlo, de sólo pensarlo, huyo, escapo…"
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