[R-P] Este modelo es irreversible.

C J Lazor clazor en ciudad.com.ar
Mar Ene 29 07:18:30 MST 2008


[Néstor Kirchner es, parafraseando a Alberto Fernández, la víctima más 
representativa y notable del éxito. Aumentó en casi seis millones de pesos su 
patrimonio durante el 2007, que en total suma 17.824.941 pesos, a que en el 
próximo año lo duplica? No pasa nada, o sí?]


Este modelo es irreversible, el campo no es un lugar donde vivir, es un 
territorio para agriculturas industriales y producción de biocombustibles. Para 
proveerse de comida están las góndolas de los supermercados y para los 
indigentes y hambrientos, están los comedores del Estado y de Caritas, donde 
podrán alimentarse con soja transgénica.
Por Jorge Eduardo Rulli
Para que se comprenda de qué hablamos, cuando hablamos de lo que habitualmente 
hablamos, es decir de la biodiversidad, de las semillas genéticamente 
modificadas, de la minería por cianurización o de los monocultivos de 
eucaliptos, nos encontramos con un problema de muy difícil resolución. El común 
al que nos dirigimos tiene solo un universo urbano por delante. No nos referimos 
tan solo a la clase política, no hablamos tan solo de los diputados o de los 
funcionarios, hablamos del común de las personas en la Argentina, e incluimos 
con tristeza a muchos de nuestros amigos, con los que muchas veces tenemos 
serios, pero muy serios problemas de comunicación para que nos comprendan. La 
idea que tiene del campo el común es de algo que le resulta sustancialmente 
remoto, un lugar donde hay mosquitos y toda clase de bichos, algo que comúnmente 
ven a través de las ventanilla del ómnibus cuando van a Córdoba, o que intuyen 
como algo oscuro más allá de los jardines del country, algo que se parece a las 
villas miserias, pero que nos despierta otros sentimientos más oscuros todavía, 
tal vez menos mezquinos pero más angustiantes, porque refieren a lo 
impredecible, a lo impensable y a lo inmanejable. La ciudad en cambio es un 
lugar que nos es cómodo, porque nos es abarcable, porque nos es pensable, porque 
nos resulta protector pese a sus riesgos, porque son los riesgos que nosotros 
mismos nos creamos. Entonces nos decimos, los problemas de la ciudad son los 
problemas de siempre, el tránsito, los alquileres, la droga, la mala educación, 
los baches, los que sacan la basura fuera de hora, el que no haya un policía 
cerca cuando se lo necesita, y además podríamos añadir, el que llueva, porque en 
la ciudad es un problema cuando llueve, nos mojamos, pisamos un charco, algunas 
calles se inundan, los techos a veces filtran humedad, los colectivos no paran 
contra el cordón. Y nos mentimos como unos cretinos pero nos quedamos conformes 
con nuestro discurso de entre casa. Porque la estupidez humana como el infierno 
del mal, de la canalización del mal cotidiano, se construye con pequeñas cosas, 
con cosas muy pequeñas. ¿Cómo nació esa costumbre impuesta de que los chizitos, 
las salchichitas, los patys y la comida basura son comida de niños y que toda 
esa chatarra se debe regar con Coca en una fiesta de cumpleaños, según 
corresponde? ¿Corresponde envenenar a nuestros niños y a sus compañeritos de la 
escuela? También nos olvidamos entonces, de cuando las abuelas cocinaban 
especialmente los manjares de las fiestas de cumpleaños y todo era fatto en casa 
y lo más natural posible? Y cuando vamos a la playa, si hasta pareciera que 
vamos embalados como si fuéramos en aquellos tubos neumáticos que se usaban 
antes en el Correo, o acaso vamos dormidos y nos despertamos en el ómnibus al 
llegar a la ciudad de la costa. Y continuamos pisando las veredas, las calles, y 
tenemos siempre bares y vidrieras para mirar, y hasta en la playa buscamos dónde 
cambiarnos, donde está el baño, dónde los boliches y el responsable de las 
tiendas, la pasarela por donde se camina, el bañero, la policía, etc.. así vamos 
por la vida.Muchos, muchísimo de nosotros nacimos en el campo o somos hijos de 
gente que nació en el campo o tal vez en un pequeño caserío, pero no sorprende 
que en un país tan desmemoriado como el nuestro, hoy consideremos con 
naturalidad, que el lugar para vivir sea la ciudad.

Es bueno que reflexionemos sobre estos temas, porque a causa de esa naturalidad 
con que tomamos el hecho de ser urbanos, de ser citadinos, de ser ciudadanos y 
de cómo el ser ciudadanos sea el modo de alcanzar ese modo universal de ser 
civilizados y de conocer y asumir los propios derechos, justamente de ciudadanía 
o sea de los que viven en la ciudad. A consecuencia, digo, de que consideremos 
connatural el vivir en la ciudad, a consecuencia de ello es muy probable que 
nuestro imaginario sea tan limitado y tan poco ecológico, no nos preguntamos 
adonde va nuestra basura, no nos interesa de dónde vienen los alimentos que 
hallamos en la góndola, y el que sean transgénicos o que estén contaminados, nos 
da lo mismo, siempre que no sean más caros que lo habitual. Siempre recuerdo 
cuando interrogué a unos responsables de una chacra para jóvenes adictos. Me 
llamó la atención que en el menú de servicios ofrecieran tareas rurales. Cuando 
les pregunté cuáles eran esas tareas, dudaron un momento, luego fueron 
enumerando con los dedos: lavar la pileta, cortar el césped, recortar el 
ligustro. Si vivimos en un espacio que consideramos propio porque rigen nuestras 
leyes y por fuera existe otro espacio que es el espacio de lo innombrable, de la 
barbarie, de lo impredecible. se hace natural despreocuparse de adónde va la 
basura, porque la basura va del espacio acotado del orden de la ciudad al 
espacio de lo innombrable que rodea la ciudad. qué importa entonces lo que hagan 
con ella? He visto cortar el césped de un jardín y tirar la bolsa de pastito 
cortado en la calle, sobre el asfalto, y he visto tirar los pañales sucios 
descartables por encima de la pared divisoria del vecino.porque en esa ecuación 
que cultivamos del adentro y el afuera, el espacio acotado de la ciudad puede 
terminar achicándose al espacio mínimo y extremadamente egoísta de nuestro 
terreno y ya deja de importar qué pasa del otro lado de la pared divisoria o más 
allá de la propia vereda. Y resulta que por no aceptar lo innombrable del campo, 
de la selva, del estero, de las islas, de esos lugares donde rigen las leyes de 
lo impredecible que no son más que las leyes de la Naturaleza, terminamos 
rodeados por la angustia y por lo ominoso en ese mismo rincón urbano que 
elegimos para escondernos y no nos salvan ni los chicitos, ni las luces del 
shopping, ni las píldoras que usamos para procurar el sueño.

Yo he caminado bastantes países de la Tierra y Dios sabe cuanto he añorado a la 
Argentina, y hasta a la misma terrible Buenos Aires, y sentí ternura cuando 
volví, y escuché a mi vieja alguna vez decir: porque todo el mundo sabe que como 
en la Argentina no se come en ningún lugar. pobre vieja, jamás había cruzado la 
General Paz sino para visitar las cárceles donde permanecía su hijo encarcelado 
por motivos políticos, pero estaba convencida que en ningún lugar del mundo se 
comía como en la Argentina.Así pensaban nuestros padres.y tal vez en alguna 
época remota tuvieran razón. Ahora algunas cosas han cambiado, aunque todavía no 
nos interrogamos por qué cambiaron. No solo me refiero a los que no tienen qué 
comer y mueren de hambre como en el antiguo Impenetrable de la provincia del 
Chaco, hoy un páramo más gracias al boom de la Soja. Aún los argentinos de clase 
media que comen bien, no comen sino la cuarta o la tercera parte de lo que hoy 
come un europeo o un norteamericano cualquiera. Y aparte de eso, y con excepción 
de aquellos que continuamos comiendo carne pastoril, podríamos decir que es 
probable que en cualquier lugar de Europa, aunque cara, se pueda comer una carne 
mejor y más sabrosa que la Argentina. Cómo los argentinos aceptaron comer sin 
protestar la carne de corral de engorde que se come hoy día, es uno de los 
grandes interrogantes sin respuesta frente al cuál no vale ni siquiera la teoría 
de cómo hacer para hervir un sapo sin que intente salirse.

En estos días el Tribuno de Salta, parece haberle sido infiel a la plantita 
maravillosa que siempre y desde los orígenes le dio de comer, y ahora nos 
descubre con grandes titulares que la Soja es también, una plantita milagrosa, y 
que en la ciudad de Tartagal, una pequeña localidad cercana a la frontera con 
Bolivia, en medio de un paraíso de selva, lamentablemente en pleno proceso de 
desmonte devastador, se implementa un plan de alimentación infantil con esa soja 
milagrosa que reemplazaría a la carne, la leche y todo lo demás que constituía 
un rico patrimonio alimentario, y que donan los productores, justamente los 
productores de soja que desmontan la selva, esa selva única, esa selva 
maravillosa que se conoce como selva húmeda de Yungas.. ¿Saben cuantos comedores 
para niños hambrientos hay en esa pequeña localidad argentina perdida en la zona 
de frontera? ¿Saben cuántos comedores para niños con hambre hay en esa comunidad 
lejana de la provincia de Salta, que fue noticia cuando a consecuencia del 
desmonte provocado por los sojeros entre los que habría estado Macri, el río se 
llevó por delante un puente y buena parte de la ciudad de Tartagal? Setenta, 
setenta comedores, setenta comedores donde centenares de niños han comenzado el 
proceso de gradual envenenamiento y cretinización con porotos de soja 
transgénica. Y las autoridades aplauden, porque les resuelven el problema de los 
hambrientos, y los que se enriquecen con el desmonte aplauden también, porque 
les alivia la conciencia, y los progresistas aplauden porque tendrán una 
clientela a la que dar de comer y buena parte de la izquierda aplaude también, 
porque podrán ponerle a cada indigente estupidizado por la ingesta de Soja la 
respectiva gorra pochito con la sigla partidaria, y la Iglesia bendice con el 
auspicio de los sojeros de Cáritas que ponen los ojos en blanco mientras 
acumulan sus fortunas a mil pesos la tonelada, y todos los que se preocupan por 
el orden y porque las cosas no cambien también aplaudirán porque un pueblo que 
come soja no sueña sueños de libertad ni de cambio, ni lucha por lo suyo ni 
tampoco conserva su cultura.

Y ahora nos preguntamos: y que tiene que ver el que el taxista de Buenos Aires 
maldiga cuando llueve, con que no está el policía de la esquina, con que nos 
gusta ir al shopping porque podes pasear con la familia sin que te roben los 
arrebatadores y ver cosas lindas, y además podes comer platos raros en el patio 
de comidas. Qué tienen que ver con Tartagal aquellos pasajeros de un ómnibus al 
que le hice dedo bajando del cerro Tronador cuando yo era joven y mochilero, que 
estaban todos recién casados y en luna de miel, y que lo único que hacían en vez 
de mirar el paisaje o hacerse mimos como uno supondría que debían hacer, era 
hablar entre ellos acerca de dónde poder comerse en Bariloche la milanesa más 
grande a más bajo precio.
Qué tiene qué ver cada cosa con la otra y cada cosa con el todo, cuando somos un 
solo país y la realidad es una sola y es siempre compleja, y los hechos 
interactúan entre sí y si perdemos la visión del conjunto y dejamos de 
relacionar los hechos y sobre todo si dejamos de interrogarnos, deberíamos saber 
que es como si extraviáramos nuestra humanidad.

Sepamos que como en la Matriz, tenemos dos pastillitas que podemos tomar, si 
elegimos la azul le recomendamos cambiar de programa, si elegimos la roja, 
continúe escuchando a Horizonte Sur. Bienvenido al mundo de lo real.
"Centenares de empresas mineras con tecnologías de cianurización, emplazándose 
en la precordillera y llevándose por delante con prepotencia la opinión de los 
pueblos afectados que resisten su instalación heroicamente.
Más de veinte millones de hectáreas de cultivos transgénicos que han barrido con 
asentamientos y pueblos rurales, con pequeños productores, con la apicultura, 
con los tambos y con los campesinos. Centenares de millones de litros de tóxicos 
asperjados desde aviones y mosquitos sobre los monocultivos y las poblaciones 
cercanas, contaminando las cuencas de los ríos y convirtiendo el cáncer y las 
enfermedades terminales en el paisaje epidemiológico habitual de las localidades 
pequeñas y los barrios periféricos de las grandes ciudades. Las banquinas 
sembradas o fumigadas por doquier impiadosamente, para abolir toda 
biodiversidad, y las rutas colapsadas por cientos de miles de camiones 
transportadores, ocasionando muertos innumerables por accidentes de tránsito, 
mientras los gobiernos multiplican hipócritamente los cursos sobre educación 
vial y el jefe de los camioneros es el Secretario General de la CGT, el jefe de 
los desempleados de la Agricultura el Secretario de las 62 Organizaciones y el 
Jefe de la CTA es el Secretario de las innumerables escuelas rurales que cierran 
por falta de niños o apenas sobreviven con los mínimos indispensables y bajo la 
constante lluvia de plaguicidas, mientras la contaminación continúan siendo un 
problema oficialmente ajeno a los riesgos del trabajo docente. En esta nueva 
fase de los Agronegocios, gigantescas plantas de biocombustibles se construyen 
sobre el Paraná para abastecer los motores europeos, mientras el primer gran 
accidente en la Universidad de Río Cuarto pone al descubierto con seis 
cadáveres, la transformación de nuestras universidades en empresas prestadoras 
de servicios para el nuevo modelo global de los Agrocombustibles y la producción 
masiva de carnes en encierro, alimentadas con los subproductos industriales de 
la generación de combustibles, transformados en piensos.

Mientras la Secretaría de Agricultura continúa liberando transgénicos y el 
CONICET y el INTA, continúan discurseando con ligereza sobre una supuesta 
Biotecnología Nacional, o sea que presuponen que en los marcos de las actuales 
servidumbres globales, alguna biotecnología podría llegar a ser "Nacional", el 
país es violentamente remodelado con expulsión masiva de poblaciones hacia las 
grandes urbes, los pooles de siembra comienzan a ser reemplazados en la 
ocupación del territorio por los fondos de inversión que compran campos y 
estancias, y en su primera acción de posesión destruyen los cascos y todo 
patrimonio arquitectónico y forestal que caracterizaba los antiguos paisajes 
rurales. El mensaje es claro. Este modelo es irreversible, el campo no es un 
lugar donde vivir, es un territorio para agriculturas industriales y producción 
de biocombustibles, nadie tiene derecho a producir sus propios alimentos, para 
proveerse de comida están las góndolas de los supermercados y para los 
indigentes y hambrientos, están los comedores del Estado y de Caritas, donde 
podrán alimentarse con soja transgénica. Así de simple y así de brutal. Tan 
simple y tan brutal como ese producto bruto que continúa creciendo a un ritmo 
chino y por el que los medios nos invitan a alegrarnos. Podemos lamentarnos o 
alegrarnos, podemos estar a favor o en contra, lo que no podemos es hacernos los 
boludos.

Jorge Eduardo Rulli

www.grr.org.ar 





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