[R-P] Reenvío mensaje de Raùl Isman
Lizardo Sánchez
lizardosanchezcordoba en yahoo.com.ar
Mar Ene 29 02:30:29 MST 2008
Más acerca del partido único
Enviado por Raul Isman el 26/01/2008
Seccion : polemicas
(Raúl Isman)
Docente. Escritor. Miembro del Consejo Editorial
de la Revista Desafíos.
Colaborador habitual del periódico socialista El
Ideal.
Director de la revista Electrónica Redacción
popular.
Breve bosquejo histórico acerca del partido único
y cuestiones conexas a la democracia:
Vías seguras hacia (el fracaso de) la revolución
"Por mucho que se lamente ahora
desde el punto de vista moral la existencia de
los partidos, sus medios de propaganda y de
lucha y el hecho que la confección de
sus programas y de las listas de candidatos
estén inevitablemente en manos de minorías,
lo cierto es que la existencia de los mismos no
se eliminará…."
Max Weber. Sociólogo conservador alemán
Introducción
La pretensión de encapsular el juego político por
medio de una única fuerza ha sido históricamente
una jugada que, por propia naturaleza,
correspondía a la peor derecha. Pero en realidad
nunca fue lograda del todo la pretensión de
marras, en razón de las enormes dificultades
existentes para limitar toda actividad
relacionada a la politicidad a una sola
agrupación. Fatalmente esta se dividía en
tendencias, aunque mas no fuera una
descaradamente conservadora del “Status
quo” y otra muy tímidamente partidaria de
la más cruel opresión. La gran revolución
iniciada hacia 1789 en Francia hizo trizas la
pretensión del poder que hemos referido. Así,
girondinos, jacobinos, cordeleros, thermidorianos
fueron algunos nombres de las nuevas
organizaciones que agrupaban una parte- partido-
de la sociedad. Cuanto más compleja fuera una
sociedad, mayor debía ser el panorama en el cual
se desplegase semejante diversidad a través de
las distintas agrupaciones. En el siglo XX, los
sectores privilegiados volvieron a intentar
gestar regímenes de partido único, único modo que
encontraron en dichas sociedades (Italia,
Alemania, España, entre otras) de dar continuidad
a sus privilegios durante diversas etapas
críticas del sistema capitalista. En tales países
la oposición seguía actuando desde la
clandestinidad u operando desde dentro mismo de
la lucha interna del propio partido dominante.
Vista la cuestión desde la propia izquierda, las
elecciones que se celebraron en Cuba el domingo
20 de enero de 2008 (en las que la reelección de
Fidel Castro no puede ser calificada como
sorpresiva) reactualizan un complejo y riesgoso
debate acerca de la temática enunciada en el
título del presente artículo. La complejidad de
la cuestión ni siquiera merece argumentarse,
habida cuenta de la existencia de verdaderas
bibliotecas dedicadas a tratar ambas temáticas.
Por otra parte, lo riesgoso reside en el hecho
que la derecha se ha apropiado de toda mención en
disconformidad al (llamado) totalitarismo de
partido único: De modo que toda referencialidad
crítica- que asume un carácter necesario y
racional- contra las perspectivas que defienden
el monopartidismo puede zozobrar frente al
peligro de identificación con el discurso
imperial. Por otra parte, el poder- que mientras
pudo se abroqueló en negar a los sujetos
subalternos la posibilidad de votar y demás
derechos políticos- utiliza cínicamente la
bandera democrática para escarnecer y denigrar
todo proceso de ascenso popular. De todos modos,
en tan estrecho desfiladero daremos nuestra
visión; ya que nos parece que es estéril para los
procesos emancipatorios que conmueven nuestra
América la defensa dogmática, acrítica y
antihistórica de construcciones que, sin dudas,
han hecho significativos aportes para la lucha de
sus pueblos, aunque tal vez hayan agotado lo
mejor de su dinamismo. Pero tal vez el error
residió en generalizar ciertas experiencias
pretendiéndolas erigirse en modelo universal y
necesario (es decir, válido para todos los casos
y de modo obligatorio). Ciertamente resulta
doloroso que una construcción teórica de elevado
espíritu libertario en lo social, como la
enunciada por Marx, haya quedado ligada a
experiencias de partido único. Pero por más duro
que nos resulte, lo cierto que tal vinculación
existió y es veraz.
Por lo cual negarla sólo puede conducir a
fallidos diagnósticos y duras derrotas. Por otra
parte, el carácter global del contexto en que se
desenvuelve la lucha de todos los explotados y
oprimidos amerita una exposición lo más clara
posible del origen histórico del problema, de los
diversos modos en los que fue analizado y de sus
consecuencias posteriores. La finalidad no puede
ser otra que diseñar cursos de acción lo más
certeros posible. Por cierto que uno de los temas
centrales de todo proceso revolucionario es- como
lo definió Antonio Gramsci- el consenso de masas
hacia las transformaciones; cuestión más que
presente en la temática que analizaremos. De
hecho, en tal perspectiva, toda lucha por la
liberación nacional y social es un combate por
ganar en tal perspectiva al conjunto del pueblo.
De modo que en el presente artículo se analizará
fundamentalmente la tradición de izquierdas en
relación al partido único y la cuestión de la
democracia. Que la derecha se preocupe ella por
sus problemas, contradicciones y enfrentamientos.
Empezaremos con un breve recorrido por los
clásicos del pensamiento revolucionario y las
circunstancias históricas en las que alumbraron
sus ideas acerca de los partidos políticos.
Relacionado con lo dicho, veremos brevemente la
relación que existen entre democracia política y
las diversas transformaciones sociales.
La cuestión en
Marx yEngels
Nada más extraño que el imperativo de partido
único y el desprecio por los mecanismos de la
democracia (burguesa) para Carlos Marx y Federico
Engels. Examinemos someramente ambas temáticas.
Con relación al primero de dichos conceptos,
dicen en El Manifiesto Comunista, considerado
casi unánimemente su primer obra de madurez, que:
“Los comunistas no forman un partido aparte
de los demás partidos obreros…”.
Obviamente si se afirma la existencia de varios
partidos obreros, no puede defenderse la
existencia de sólo uno. Pero además, el autor de
Das capital anticipa de tal modo otros temas que
serán desarrollados en el siglo siguiente por la
sociología (burguesa) de la modernización.
Verbigracia, el hecho que cuanto más moderna es
una sociedad, resulta más compleja y por lo tanto
difícil de encuadrar en una única representación
política, aún a la propia clase de los
proletarios. Por cierto que lo dicho se refiere
básicamente a los países capitalistas
desarrollados occidentales, pero (en menor grado
de intensidad) se verifica en distintas
formaciones sociales periféricas.
A ello alude la cita de Weber utilizada como
epígrafe del presente artículo, texto que
reafirma la inevitabilidad de la representación
de las personas (ciudadanos) en fracciones
(partidos políticos). Tal vez, el hecho que las
revoluciones socialistas (contrario sensu a lo
profetizado por Marx) se hayan verificado en
países periféricos y/o profundamente extraños a
la racionalidad europeo-occidental haya incidido
en la peculiaridad de su escaso apego por las
formas democráticas; tan al gusto (liberal) del
oeste del orbe. Por otra parte, la contradicción
entre el carácter masivo que tiene- según Marx-
toda construcción política revolucionaria y
ciertos rasgos limitados, en lo referente a la
participación, que son inherentes e inevitables
en la actividad de los partidos y del conjunto de
la actividad política es una dirección de
análisis que el marxismo nunca desarrolló;
tentándose apenas con rechazar las corrientes
sociológicas elitistas, pero sin desarrollar una
teoría por la afirmativa que superase las muy
certeras y precisas limitaciones señaladas por
Weber. Tal vez la excepción fuera la teoría del
partido enunciada por Lenín en Que hacer, pero el
revolucionario ruso jamás abjuro de su adhesión
incondicional al marxismo.
Agregan Marx y Engels que los comunistas, la
única diferencia que tienen con los demás
partidos proletarios es “que destacan y
reivindican siempre, en todas y cada una de las
acciones nacionales proletarias, los intereses
comunes y peculiares de todo el proletariado,
independientes de su nacionalidad, y en que,
cualquiera que sea la etapa histórica en que se
mueva la lucha entre el proletariado y la
burguesía, mantienen siempre el interés del
movimiento enfocado en su conjunto. Los
comunistas son, pues, prácticamente, la parte más
decidida, el acicate siempre en tensión de todos
los partidos obreros del mundo; teóricamente,
llevan de ventaja a las grandes masas del
proletariado su clara visión de las condiciones,
los derroteros y los resultados generales a que
ha de abocar el movimiento proletario”.
Ambas citas, tomadas de la versión electrónica
del texto citado, son por demás ilustrativas y
constituyen el contexto teórico que guió la
práctica de las diversas agrupaciones a las que
adherían los autores y, en especial, de la
Asociación Internacional de los Trabajadores
(A.I.T. o primer internacional). En efecto, no
sólo militaban en la citada Internacional
anarquistas, socialistas reformistas, sindicatos
no demasiado combativos y otras tendencias del
movimiento estrictamente obrero. También lo
hicieron diversas fracciones jacobinas; es decir,
fuerzas partidarias de la democracia, pero no del
socialismo. De modo que queda absolutamente claro
el compromiso de los autores de Manifiesto
Comunista con la pluralidad política. Y con
relación a la segunda de las cuestiones; Marx no
dudó en tomar claro partido por el Movimiento
Cartista, un conglomerado social que se definía
por lograr la generalización del sufragio
universal y alcanzar la máxima coherencia y
pureza comicial y no tenía planteo alguno por la
revolución social.
Desde la Revolución Francesa y hasta al menos
mediados del siglo XX., los sectores dominantes y
sus aliados eclesiásticos se opusieron tenaz y
ferozmente al principio- hoy casi aceptado por
unanimidad en gran parte del orbe llamado
occidental- de un hombre, un voto; es decir a la
soberanía popular. Y dejamos entre paréntesis la
cuestión de la femineidad, ya que el derecho
simétrico de las mujeres demandó luchas muchas
más profundas y prolongadas. Por lo tanto,
configuraba una lectura mínima e imprescindible
para toda fuerza democrática y/o socialista la
intervención para profundizar los contenidos de
aquella democracia que aún no era llamada
burguesa. Y curiosamente existía una coincidencia
de hecho entre el teórico nacido en Treverís y
pensadores burgueses como John Stuart Mill,
consistente en afirmar que el bloque de poder
jamás concedería la plenitud de sus derechos
políticos a las masas; en razón que no se podría
dotar de capacidad de decisión a quienes estaban
llamados a sepultar un sistema tan injusto como
explotador. O para decirlo de modo simple: la
propiedad privada sobre los medios de producción
no se vota o no puede someterse a compulsa
electoral la explotación social de hombres,
mujeres y niños proletarios. De hecho, lo que
fundamenta la posición común de ambos no es otra
cosa que el hecho que el propio territorio de la
historia política muestra el enfrentamiento entre
los sectores poderosos- que desean mantener la
situación inalterada- y el bloque popular, que
puja por ampliar permanentemente los límites que
se le imponen a la participación y soberanía
popular. Uno desde el apoyo al sistema injusto,
el otro desde la crítica corrosiva, acordaban.
De modo que una lectura mínima e imprescindible
de la historia de la conflictividad europea del
siglo XIX arroja como resultado necesario la
profunda imbricación de la lucha por el sufragio
universal y por la emancipación social de los
trabajadores. En efecto, las revoluciones
francesas de 1830, 1848 y aún la propia comuna de
1871. ¿Qué fueron sino, revueltas de contenido
social y a la vez político- democrático? De cada
una de ellas, emergió una forma de
representatividad (un poco más) ampliada; aunque
no satisficiere del todo las expectativas
populares. Por otra parte, en Marx, está muy
claro que una (la emancipación social) se da con
la otra (la democracia política) y no contra la
otra. Profundizando aún más esta idea, el último
Engels afirmará que sin democracia política es
impensable pensar si quiera la posibilidad de la
revolución obrera; en textos que parecen
preanunciar las elaboraciones que desarrollará a
posteriori Gramsci, en textos dedicados a
balancear la derrota de la Revolución Italiana a
manos del fascismo.
Antes de analizar la aparición sensible y
leniniana (el término leninista será acuñado
luego de la revolución rusa de 1917) de la idea
del partido único, extraeremos algunas
conclusiones del análisis desplegado.
1) El partido único es tan extraño y exótico a
Marx y Engels; como lo era para ellos la
existencia de una variante del capitalismo que no
implicase explotación del trabajo asalariado.
2) La lucha por ampliar la democracia es
inseparable de la constante batalla por la
emancipación social del proletariado.
El bolchevismo:
Hacia el partido único
En el Partido Obrero Social Demócrata Ruso- como
en el simétrico destacamento alemán o en toda la
segunda internacional- anidaban profundas
contradicciones. Si la posición de Marx había
sido ligar indisolublemente las revoluciones
social y política, existían a comienzos del siglo
XX fracciones que privilegiaban una a la otra,
con mayor o menor adhesión a postulados de
transformación y consecuencia revolucionaria. Hay
una interpretación consistente en ver la división
entre una fracción- adaptada a la sociedad
capitalista y que había renunciado a su
subversión- y otra que reafirmaba la necesidad
radical de la trasformación socialista. Pero
sería limitado ver exclusivamente el
enfrentamiento maniqueo entre “malvados
reformistas” y “honestos
revolucionarios”, el cual resultaba apenas
un sesgado relato, útil nada más que para
tranquilizar algunas conciencias. Pero que no
daba acabada cuenta de la compleja realidad. No
es que no tuviera su parte de verdad, pero el
calidoscopio de enfrentamientos y contradicciones
era muchísimo más diversificado y poco tenía para
envidiar a las duras y estrafalarias internas de
las izquierdas de nuestros días. Por cierto que
el presente es un artículo y no una colección en
varios tomos. Por lo tanto, nos limitaremos a
mencionar una de tales discusiones: la que
enfrentó a Rosa Luxemburgo contra el máximo
dirigente Bolchevique, Lenín. Y nada casualmente,
en el debate referido se tomaron algunas
cuestiones como las que son eje de estas notas.
A comienzos del siglo XX y refiriéndose a la
teoría del partido defendida por el autor de Que
hacer, Rosa dice que su espíritu semeja al del
vigilante nocturno, en clara diferenciación con
nociones autoritarias en el ruso que se
rebelarían en toda su dimensión durante los años
posteriores. Nada casualmente, en tales críticas
anidaba una reivindicación de las posiciones
marxianas en los términos que las hemos
interpretado líneas arriba. Pero de ningún modo
puede afirmarse que el calvo revolucionario
fuese- por aquellos tiempos- partidario de una
única organización política. Más bien, esta fue
un resultado a los desafíos de la construcción de
la nueva sociedad. Por de pronto, los unió el
común denominador de la oposición de ambos frente
a la carnicería bélica (primera guerra mundial)
generada por el imperialismo y el hecho de
compartir críticas con respecto a la defección de
la mayoría de los socialistas. Otro punto de
acuerdo era la visión catastrofista (en el
sentido de subestimar las posibilidades del
capitalismo de recuperarse de sus crisis
crónicas), de la cual hacían gala ambos
revolucionarios. Se trata de un contenido
fundamental y que provocó innumerables
consecuencias perjudiciales para los movimientos
revolucionarios; pero que no podremos analizar
demasiado en el presente artículo, salvo en
algunas de sus peores consecuencias.
Serán dos cuestiones las que van a cambiar la
situación; en lo referente a la preponderancia de
Lenín: el triunfo de la revolución de octubre y
la temprana muerte de Rosa. Con mucho, la primera
es la que sin dudas resulta decisiva.
Durante las casi dos décadas previas al triunfo,
la totalidad del P.O.S.D.R.- y los bolcheviques,
en particular- habían militado fuertemente para
que una asamblea constituyente proyectase las
trasformaciones que la voluntad soberana de su
pueblo decidiese en la vetusta estructura
económica, social, política, institucional y
legal del viejo imperio ruso. Es decir, para que
se pudiere trasformar al país de acuerdo a
decisiones democráticas. Pero al tomar el poder y
cumplirse las promesas de convocar el referido
cónclave, los resultados electorales dieron
ganadores a los mencheviques y los integrantes
del Partido Social Revolucionario. El gobierno
soviético entonces anuló las elecciones
castigando duramente la voluntad democrática del
pueblo ruso.
Similar giro ocurriría con la cuestión del
partido único. En el primer gobierno soviético
colaboraban otros partidos populares. Al poco
tiempo fueron ilegalizados y en cierto momento de
la guerra civil posterior a la revolución (1921)
fueron aún impedidas las fracciones internas en
el propio bolchevismo. Tal vez pudiera
justificarse en las complejas circunstancias que
se vivían tales decisiones. Pero lo
verdaderamente erróneo es el modo en que se las
universalizó; es decir, se hizo de necesidad
virtud convirtiéndolas en modelo válido para
todos los casos y latitudes lo que no era más que
una peculiaridad rusa. Por otra parte y por ese
camino, la dictadura del proletariado degeneró
muy rápidamente en despotismo del partido contra
los obreros. Así, la resistencia de trabajadores
y marineros revolucionarios frente al rumbo
desplegado por el gobierno soviético con la
Nueva Política Económica (N.E.P.) fue apagada a
sangre y fuego en la guarnición de Krondsdat, en
la que pereció parte de la mejor vanguardia de
octubre. Y este no fue el único episodio en que
las armas del estado supuestamente obrero se
enlutaron con sufrimiento y muerte de activistas,
referentes y sectores populares.
Convertidos en centro del Movimiento Comunista
Internacional, los bolcheviques impusieron las
veintiún condiciones de ingreso a la organización
mundial mencionada, las cuales fueron el
correlato en términos institucionales para la
organización ecuménica de la falta de democracia
y debate en el partido (único) ruso. Desde tal
centro, decidíase fecha y hora de la toma del
poder en diversos países, entre otras cuestiones,
sin tomar en cuenta para nada la opinión de cada
destacamento nacional. En realidad era el
organismo encargado de aplicar una vía
revolucionaria, receta de excluyente condición
universal y necesaria y al margen de toda
contratación empírica. Sólo algunos intelectuales
marxistas- José Carlos Mariátegui, por ejemplo-
intentaban pensar que la revolución no era un
camino ya pensado en versículos consagrados. Para
un análisis a fondo de esta cuestión, véase
Fernando Claudín, La crisis del movimiento
comunista internacional. París Ruedo Ibérico.
1973. El autor origina la situación descripta en
el asilamiento de la revolución rusa y las
dificultades para consolidarse del nuevo estado
revolucionario.
Por otra parte y para ser sintéticos diremos que
las trasformaciones desarrolladas permitieron al
pueblo ruso alcanzar en poco tiempo niveles de
vida impensados antes de octubre del 17.
Tales avances, en el aspecto económico social,
fueron de enorme mejoría para las masas populares
rusas; más aún comparando con la mayoría de los
capitalismos existentes en todo el orbe. Y, por
otra parte, la innegable limitación a las
libertades democráticas operada en lo que fue la
Unión Soviética- que la colocaba en tal rango muy
por detrás de algunos países capitalistas-
significo un polvorín a punto de estallar a lo
largo de sus siete décadas de existencia. El
modelo soviético- exportado por vía militar a
Europa Oriental- combinaba una economía
estatizada con la falta de democracia que sólo
los interesados no deseaban advertir.
Pero le permitió a la U.R.S.S ser una potencia
mundial durante casi medio siglo y a su pueblo
alcanzar indudables progresos.
De todos modos, la implosión del sistema hacia
1991 de ningún modo puede desconectarse de la
cuestión de la democracia ausente. ¿Y que podría
decirse de los países restantes del llamado
socialismo real, en los cuales las formas
colectivistas habían sido resultado de la
introyección del ejército soviético?
Paradojalmente el huracán que barrió el entero
mundo socialista volvió a escindir revolución
política y social. Fue una reacción social
originada en una revolución política. En efecto,
la U.R.S.S. no podía recuperarse del retraso
tecnológico en que se hallaba, sin impulsar la
democratización de la sociedad civil. En tales
contradicciones y en el marco de la feroz presión
de la santa alianza entre el imperialismo
reaganianno y la iglesia wojtileana, el sistema
no pudo soportar el impacto generado y el
derrumbe del socialismo real sobrevino como única
salida posible.
Antes de analizar el fenómeno cubano, extraeremos
las correspondientes conclusiones del análisis
desarrollado.
1) La idea del partido único no fue pensada
teóricamente; más bien correspondió a respuestas
concretas frente a situaciones coyunturales, que
luego se prolongaron en el tiempo hasta
esclerosarse. Por cierto que no puede decirse que
haya resultado una verdadera necesidad del
movimiento revolucionario.
2) Tampoco la ausencia de democracia era algo
implícito en la teoría bolchevique. Parece haber
estado determinada por la ausencia histórica de
tradiciones democráticas en Rusia y la falta de
libertades le permitió a los sucesivos gobiernos
soviéticos galvanizar esfuerzos para afrontar muy
complejos desafíos a lo largo de casi siete
décadas.
3) De todos modos, la cuestión de la (ausencia
de) democracia jugó un rol harto decisivo en la
caída del sistema.
La Revolución cubana:
una espada clavada en el orgullo imperial
En este breve y sintético bosquejo histórico
pasaremos de largo por la cuestión de la
revolución china, en razón de la inactualidad de
nuestros estudios en la temática referida. Sólo
diremos una sola afirmación para demostrar la
profunda hipocresía de los intelectuales
orgánicos al servicio del imperio. La misma falta
de democracia en las tierras otrora mandarinescas
existía en tiempos de Mao- cuando el nuevo
sistema permitió liquidar el hambre en más de
seiscientos millones de chinos- que a partir de
las reformas introducidas por Deng-Tsiao-Ping,
que abrieron el rumbo para la entrada en el
milenario territorio de monopolios mundiales y
facilitaron enormes ganancias para los
capitalistas. Pero la crítica de la derecha sólo
existió en el primer caso. Cuando el monopartido
está al servicio de la rentabilidad empresaria,
la falta de democracia puede tolerarse.
Por cierto que el proceso de la revolución cubana
fue muy diferente a los cánones marxistas; y,
aún, debió soportar cierta oposición por parte
del partido comunista originario de la isla. No
puede desconocerse que la originalidad de la vía
guerrillera nacía de la especificidad de la
formación social de la isla, a la cual el
ejército miliciano- que se formó luego del
desembarco del Gramma- era una respuesta tanto
política como militar; al tiempo que eficaz y
creativa.
No obstante, en los primeros tiempos luego del
triunfo y la entrada en La Habana, participaron
del gobierno diversas fuerzas coaligadas con el
movimiento 26 de julio, formado por Fidel Castro
y su núcleo más cercano.
Pero a poco de andar, la ruptura con el
imperialismo norteamericano- amo de gran parte de
las riquezas cubanas que fueron expropiados por
la joven revolución- derivó en un criminal
bloqueo que se acerca al medio siglo de
aterradora vigencia. Sin dudas esta es la causa
de que el pueblo cubano no pueda disfrutar de
mayores libertades, al tiempo que goza de los
demás avances de la revolución. Pero es preciso
situar adecuadamente la cuestión: la isla
caribeña sufre una verdadera guerra por parte de
la mayor potencia militar del orbe. Y tales
contextos no son los que permiten florecer la
libertad. Durante la segunda guerra mundial; por
ejemplo, el gobierno de E.E.U.U. concentró a toda
la población de origen japonés en diversos campos
ad-hoc, situación que de ningún modo se ajustaba
a derecho y mucho menos tenía relación con la
libertad. Pero los esfuerzos bélicos tienen
ciertos rasgos que los permiten catalogar como
situación de excepción. Sólo que para la derecha
cuando los mencionados recursos defensivos son
utilizados en su contra resulta deleznable, y no
cuando ella los emplea.
Espionajes diversos, sabotajes terroristas, el
conocido intento de invadir, la constante presión
mediático-comunicacional, sucesivas tentativas de
magnicidio contra la figura del barbado líder son
sólo algunas de las herramientas desplegadas por
la barbarie norteamericana en su afán de doblegar
al pueblo cubano. La pretensión de originar en el
partido único y la falta de democracia la
orientación imperialista movería a risa, si no
fuera en realidad verdaderamente trágica. Las
sangrientas dictaduras latinoamericanas;
regímenes fraudulentos, como el Alfredo
Stroessner en Paraguay; gobiernos de
narcotraficantes, paramilitares y políticos que
hurtan elecciones, como gran parte de los
colombianos; las petromonarquías del oriente
hidrocarburífero, que someten a las mujeres a un
retraso espantoso y a la ausencia casi total de
derechos; el sistema del apartheid en Sudáfrica
son ejemplos de modalidades políticas que
existieron y aún siguen existiendo pisoteando la
dignidad humana y las libertades civiles y
políticas; y, por lo general, el imperialismo y
sus corifeos no han demostrado mayor molestia
frente a semejantes afrentas. De Cuba no interesa
la falta de legalidad para las agrupaciones
políticas: lo que molesta es el ejemplo de una
revolución que se atrevió a desafiar el
imperativo de mantener a los pueblos sometidos a
la falta de atención medica, sin acceso a la
educación, sin vivienda digna y tanto derechos
sociales. Y en dicha batalla triunfó el pueblo de
Cuba superando miles de obstáculos. Además de
constituir un claro ejemplo de cómo se puede
organizar de otro modo la sociedad de manera que
la mayor parte de los recursos sean disfrutados
por el pueblo; y no, como ocurre en los países
capitalistas, apropiados por voraces monopolios.
¿Qué otra respuesta existe acerca de porqué en
Cuba los estándares de salud y educación están
entre los más altos del mundo que no se refiera
la expropiación que allí se hizo de semejante
clase parasitaria?
En Cuba y desde Cuba- tomando en cuenta los
condicionamientos ya señalados- puede ponerse
entre paréntesis el debate acerca del partido
único y cuestiones políticas conexas.
Pero ello no implica que debamos tener doble
discurso: si en nuestros países condenaríamos la
pretensión de que hubiera un único partido. ¿Por
qué debemos defender tal perspectiva en Cuba? Si
denunciaríamos al poder en caso de impedir que
traspase las fronteras alguno de nuestros
dirigentes y militantes. ¿Por qué defender
acríticamente a un gobierno que impide salir a
una anciana médica, como si de ello dependiera la
vitalidad de todo el sistema de salud?
Por cierto que la gran cuestión es como se avanza
en procura de formar a nivel continental un
inmenso bloque conformado por movimientos
sociales, sindicatos, redes de pueblos
originarios, personalidades de la cultura,
gobiernos anti-imperialistas que sea al mismo
tiempo protagonista y apoyo político del proceso
emancipatorio que vive nuestra América. Y
definida la tarea y los sujetos que deben
motorizarla se vuelve al principio, tal como lo
había pensado para otras latitudes el viejo
Antonio Grmsci: se trata de una inmensa batalla
por el consenso; por ganar la voluntad política y
militante de millones de hermanas y hermanos. ¿Es
posible triunfar en semejante combate por la
hegemonía cultural defendiendo la prohibición
para organizarse de quienes disienten con el
partido oficial, llámese comunista o del modo que
fuere? En nuestra modesta opinión, la respuesta
es negativa. Nada casualmente, Evo Morales,
Rafael Correa, Hugo Chávez Frías tienen
absolutamente claro que el cuidado del pluralismo
político es decisivo. No porque no fueran
conscientes de lo desleal, aviesa y criminal que
es la derecha. Pero tienen claro que sus
interlocutores son los millones de oprimidos,
explotados y sometidos de nuestro continente, que
pueden verse seducidos por una sociedad
igualitaria como la cubana. Pero que no
suscribirían de ningún modo restricciones para
organizarse sindical, social, cultural o
políticamente. Cuba es integrante- legítimamente-
de la vanguardia americana en la lucha por la
liberación. Pero algunos de los recursos que
utilizó para defenderse del imperialismo no le
sirvan a los demás pueblos. Si no asumimos como
propias las banderas de la democracia, del
pluralismo político y demás cuestiones conexas,
no sólo se las regalamos a la derecha. Estaríamos
aceptando de antemano la derrota y esterilizando
la abnegada combatividad de tantos y tantas
militantes. La Central de trabajadores Argentinos
(C.T.A.) liga en su prédica indisolublemente las
tareas sociales con la defensa y profundización
de la democracia. Este es el camino práctico para
desarrollar lo que en lo teórico es una batalla
por el consenso, por la hegemonía cultural de las
masas.
A modo de cierre, estableceremos algunas
conclusiones.
1) En Cuba no hubo elaboración teórica acerca del
partido único. Más bien fue una respuesta de
circunstancias frente al salvaje bloqueo
norteamericano.
2) Lo que resultó eficiente- y tal vez
imprescindible- en la isla, no resulta útil,
necesario, práctico y convocante en la actual
etapa de la historia. Cuba es parte integrante
del bloque independentista. Pero ni los
referentes, ni los dirigentes, ni los propios
movimientos de masas deben seguir acríticamente
todas sus orientaciones.
3) La liberación nacional de todos nuestros
países en el marco de la patria grande
latinoamericana es una tarea profundamente
democrática.
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