[R-P] La peronización del establishment - Pego x IZQUIERDA y Gobierno x DERECHA = K K
Ezequiel Beer
ebeer en telecentro.com.ar
Mie Ene 23 16:02:28 MST 2008
La peronización del establishment
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACION
Miércoles 23 de enero de 2008
Confieso que no soy gorila. He sentido incluso, en el pasado, intermitentes
simpatías por ese traje a medida que los argentinos se construyeron a sí
mismos para cambiar de parecer, practicar el oportunismo internacional,
ejercer la autoridad y gobernar lo ingobernable: este país.
Estamos cruzando, como dicen los intelectuales, el siglo peronista. Alguna
virtud debe de poseer este artefacto complejo e indestructible llamado,
prosaicamente, "el peronismo".
Lo que no puedo digerir es que el virus de la peronización avance sobre
todos los sectores. La uniformidad del color, sea cual fuere, siempre me
hace acordar a las dictaduras.
Ese virus de alto contagio ha tomado ahora al establishment empresario, una
parte del cual -para bien o para mal- cumplió el rol de anticuerpo histórico
de la hegemonía peronista. Carlos Menem, en los años 90, cambió la
estrategia y se amoldó al establishment , para el que el riojano fue un niño
mimado por encarnar sus políticas de fondo. Con Fernando de la Rúa, el
empresariado no tenía negocios para realizar (la Argentina de la
hiperrecesión no daba para más), y con la llegada de Néstor Kirchner,
inflamado de hostilidad mediática, pareció que el establishment lucharía a
brazo partido contra sus ideas "populistas".
Nada de eso ocurrió. Por el contrario, ciertos empresarios argentinos no
resisten hoy la tentación de ser un poco peronistas: arrojaron a la basura
la ideología, obedecieron las consignas del macho alfa de la manada (el
Presidente) y corrieron desaforadamente detrás del queso. También como los
peronistas clásicos hablan en privado pestes del Gobierno, se benefician con
subsidios, adjudicaciones y negocios, y luego se dejan fotografiar en la
Casa Rosada cuando la Jefatura de Gabinete o el Ministerio de Planificación
los llama para que avalen públicamente políticas de Estado, con las cuales
están en absoluto desacuerdo.
Mimetizados con el modus operandi de los barones del conurbano bonaerense,
nada les importa más que la caja (el negocio), y se sienten exculpados de
ese oportunismo llorando miseria por las pérdidas de 2001, devorando
literatura de management y esgrimiendo otras coartadas del pragmatismo
empresario, de la resignación burguesa y del descompromiso social. Hay
excepciones encomiables, por cierto.
Si usted los escucha en la intimidad, aquéllos dan realmente pena. Han
convertido al secretario de Comercio, Guillermo Moreno, en un monstruo
apocalíptico; al ministro Alberto Fernández, en Torquemada, y al matrimonio
Kirchner, en un dúo de asesinos seriales.
Resulta que este cuarteto impiadoso tiene amedrentados a poderosos
empresarios argentinos y a multinacionales que deben soportar todo tipo de
amenazas y afrentas, y que resultan, por supuesto, inocentes de todo cuanto
ocurre en la República. A derecha e izquierda, qué versión tan
tranquilizadora: los buenos son sojuzgados perversamente por los malos, o al
revés, los malos están siendo vigilados heroicamente por los buenos. Y todos
en paz, ¿no es cierto?
La verdad es, como siempre, un poco más complicada.
Hace tres años, Ricardo López Murphy fue invitado a almorzar con algunos de
los empresarios más fuertes de la Argentina. Luego de exponer crudamente los
problemas del modelo económico kirchnerista, un cacique le dijo la verdad:
"Mirá, Ricardo, estamos de acuerdo con lo que decís, pero ¿por qué te
apoyaríamos? ¿Qué tenemos nosotros para ganar? ¿Un legislador en el
Congreso? ¿Para qué? Si con este gobierno estamos haciendo buenos negocios
y, además, si se enteran de que te ayudamos nos cortan los víveres".
López Murphy, el "candidato del establishment ", según la publicidad
kirchnerista, hizo campaña en ómnibus, comió en parrillas ominosas de la
provincia de Buenos Aires y caminó el desierto de la política descalzo.
Creía que, como antes, el empresariado no dejaría solo a uno de sus hijos
dilectos, pero resulta que el establishment se había peronizado, y que nadie
se había dado cuenta. En verdad, el candidato del establishment era quien le
daba de comer: Néstor Kirchner. Y nadie más.
La crisis de 2001 también terminó con la "ideología empresaria", si es que
eso alguna vez existió. Desde entonces, la mayoría de los empresarios se
ubicó en tres cordones.
En el primer cordón están los parientes directos de la gran familia
kirchnerista. A ese capitalismo de amigos se suman los empresarios del
segundo cordón, que tienen negocios afines con el Estado. El primer y el
segundo cordón integran lo que, pomposamente, sigue llamándose "la burguesía
nacional".
Marx, que detestaba los populismos, afirmaba que "el Estado moderno no es
otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía".
Finalmente, está el tercer cordón, donde figuran empresas que reciben algún
tipo de subsidio (bajo regulaciones u otras formas creativas), y que
acompañan complacientemente al oficialismo para no ser castigadas.
No hay para todos ellos, como para la mayoría de la población, una
convertibilidad de 3 a 1. Cada sector, al estar semirregulado, tiene su
propio dólar. Antes, el rey Néstor, y ahora, la reina Cristina, deciden
sobre ellos con premios y castigos, según cómo se comporten.
El capital es cobarde. Y esa es la ley primera. Pero ciertas cobardías de
hoy son inéditas. Altos ejecutivos se prestan a cualquier show del
oficialismo con tal de no ser descartados. A pedido del Gobierno, envían a
los medios comunicados que apoyan decisiones oficiales que no comparten.
Cuando deben comunicarle algo a la sociedad, antes le "faxean" un borrador
al Gobierno para que algún ministro pueda darles el visto bueno o
corregirles alguna línea. Nunca formulan declaraciones públicas sinceras que
puedan molestar el oído sensible del matrimonio gobernante.
Algunas entidades financieras han dejado de producir informes económicos de
coyuntura para no enojar al Gobierno. Altísimos directivos de firmas
multinacionales se dejan presionar en París o en Madrid, y mandan órdenes a
sus gerentes locales para que revean políticas o levanten pautas
publicitarias a periodistas o medios independientes que han osado criticar a
Kirchner. Blanden el ejemplo de Shell, que fue demonizada por el entonces
presidente y acosada por piqueteros oficiales, para ceder ellos ante el
Ejecutivo y cerrar la boca.
¿Qué pasaría si el empresario estuviera, alguna vez, dispuesto a perder para
mantener su convicción? ¿Les importan a los empresarios la independencia
periodística, la libertad de mercado y el republicanismo? Como lectores, los
empresarios siempre nos reclaman en privado a los periodistas que seamos
valientes y digamos la verdad. Pero como fuentes, la mayoría son temerosos y
se arrodillan para que no publiquemos sus pensamientos.
Una vez, en pleno gobierno de la Alianza, el presidente de un poderoso grupo
español invitó a seis periodistas a almorzar en el restaurante Pedemonte. Un
español en un local de Avenida de Mayo era casi un cliché. Pero nada de lo
que dijo aquella vez el empresario fue un lugar común. Luego de escucharnos
a todos y a cada uno, admitió que estaba pensando en invertir en nuestro
país y que quería saber cuánto duraría la convertibilidad. Todos les dijimos
lo mismo: para siempre. No había posibilidad alguna de que el 1 a 1 cayera
en desgracia -creíamos-. Y cualquier candidato que quisiera salirse de ese
régimen de cambio fijo sería repudiado y perdería las elecciones. El
anfitrión pagó la cuenta y cuando dio la propina dolarizada que el mozo
recogió con indiferencia, miró esos billetes perdidos y nos dijo que para
todo el mundo era una obviedad que la convertibilidad estallaría por los
aires y que la Argentina devaluaría.
Yo le hice una simple pregunta: ¿por qué si los gobiernos europeos sabían
que eso inexorablemente ocurriría le seguían prestando plata a nuestro país?
El empresario sonrió de costado y explicó que sus colegas europeos, que
cobraban aquí su rentabilidad en dólares, les pedían a sus gobiernos que
sostuvieran lo insostenible. Entonces los gobiernos votaban, dentro del FMI,
a favor de una deuda monstruosa.
Sólo algunos años después, cuando vino la debacle, entendí aquella pequeña
lección. Lo empresarios sabían que todo se vendría abajo. En lugar de
reclamar que no se le siguiera suministrando alcohol al ebrio, pedían
exactamente lo contrario. ¿Por qué? Simplemente porque les convenía.
Los empresarios, además de hacerse ricos, tienen otras obligaciones. Tienen,
como cualquiera, obligaciones políticas, morales y ciudadanas.
Sin esa fe, sólo les quedaría, como a cierto pejotismo bonaerense, la
ideología de la caja y la queja entre dientes.
Voltaire decía: "Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo
todo por dinero".
http://www.lanacion.com.ar/EdicionImpresa/opinion/nota.asp?nota_id=981079
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