[R-P] Methol: LA DIALÉCTICA HOMBRE - NATURALEZA (1)
Luis Vignolo
lvignolo en gmail.com
Lun Ene 21 14:17:24 MST 2008
Texto de Methol publicado por el Instituto de Estudios Políticos para
América Latina (I.E.P.A.L.) quizá a fines de 1965 o más probablemente
-y a más tardar- en 1966. Es una obra anterior a EL URUGUAY COMO
PROBLEMA. La siguiente es la primera parte del trabajo.
Luis Vignolo
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LA DIALÉCTICA HOMBRE - NATURALEZA
(formulación de un modelo: FILOSOFÍA)
por Alberto Methol Ferré
1. - Realidad y Comprensión de la historia.
Toda narración, desde la más ambiciosa y universal hasta la más
recatada y particular, de la historia real del hombre supone, de
alguna manera, que ésta no es un tumulto insensato sino que le es
inherente un cierto orden inteligible. Y ello aunque ese orden esté
más o menos profundamente velado a la mirada del abigarrado y
conflictual acontecer.
Los historiadores de toda especie y predilección, cautos y
críticos o impetuosos e ingenuos, líricos o sobrios, de vistas
grandiosas o afecciones humildes, pesimistas u optimistas, distantes o
comprometidos, todos ellos, sin excepción, participan en común de la
convicción de que la inteligencia humana -con la denominación que
fuere- es apta en alguna medida para captar y adecuarse al ser de la
realidad histórica, que es capaz con cierto grado de verdad, de
aprehender los principios, móviles y valores, positivos o negativos,
que sustenten la totalidad histórica y permiten comprenderla. Nadie
escapa a la necesidad inexorable de semejante afirmación, aunque
disimule su opción y aun cuando proclame eximirse de ella o la valore
negativamente, ya por desesperación escéptica ya por una presunta
asepsia "científica". Todo historiador es filósofo a pesar suyo, y así
lo mejor, lo más honrado, es exhibir la filosofía abiertamente.
La tarea de comprensión histórica no es por cierto sencilla,
pues está sometida a las tensiones más discordes, a las que hay que
someterse por igual. La realidad histórica impone a la razón máximas
contrarias, que en última instancia son reductibles a la dialéctica de
lo uno y lo múltiple, a la mantención abarcadora de la unidad de lo
múltiple, y al respeto de la multiplicidad cambiante e irrepetible en
la unidad. Concepto universal, modelo, abstracción, e inefable,
evanescente realidad multiforme de lo individual, tal la bipolaridad.
Así, la comprensión histórica exige el simultáneo y oscilante esfuerzo
de aunar el encadenamiento temporal, cronológico, viviente, y la
lógica de los "modelos" sociales. Unificar narración y tipología,
relato y concepto, esa es la tarea delicada y difícil del pensar
histórico. Este requiere a la vez el "esprit de finesse" y el "esprit
de géometrie", no separables, sino que se convocan mutuamente,
inescindibles en toda auténtica ciencia, cada uno a su modo según su
objeto formal y material. La historia es a la vez un "cuento" y un
discurso lógico.
Las tensiones de la razón histórica entre lo universal y la
particular, entre la cualidad y la cantidad, generan tres tentaciones
igualmente destructoras, en su unilateralidad, de la historia y de la
razón, pero que denotan una triple exigencia cuya unidad no debe
perderse de vista jamás. Puede acentuarse lo general y típico en
desmedro de lo individual, o viceversa, conjuntamente con un énfasis
en lo cualitativo en descaecimiento de lo cuantitativo, y viceversa.
Claro que las tres tentaciones no se dan jamás en estado puro, pues de
tal modo no habría historia, sino que se manifiestan como un grave
desequilibrio en que los otros aspectos están ilegítimamente
amenguados, lo que implica por lo común una errónea resolución
filosófica.
Las dos primeras tentaciones, de índole predominantemente
cualitativa, son contrarias entre sí. Por un lado, está el peligro
hegeliano -compartido por numerosos marxistas- de convertir el contar
en mero proveedor de materiales o pretexto de un tipo ideal. De tal
modo, se subsume y disuelve el contar histórico en mero momento
lógico. Es dejar devorar lo individual, irrepetible, original, en el
seno gris de la racionalidad del modelo. De modelos cualitativos,
estructurados sobre determinadas oposiciones de relación,
contrariedad, privación-posesión, y contradicción humanas. Pero se
sustituye la lógica concreta de la historia por el movimiento
abstracto de la lógica de los modelos, pues éstos, aunque
cualitativos, quedan en la generalidad. Así, se termina en un juego a
priori con los conceptos, que suscita el sano espanto de los
auténticos historiadores, que por lo común confunden esta tentación
con la "filosofía de la historia". Por otro lado, está el peligro
empirista, nominalista, contingentista, de acumulación narrativa,
donde todo se pulveriza en individualidades, y donde se termina
subsumiendo el discurso lógico en el "contar", deshuesando toda
estructura, dejando que lo contingente arrolle toda necesidad. La
anécdota consume la categoría, es más, se eleva a categoría. Un
conglomerado de anécdotas, de perspectivas yuxtapuestas, sin ligazón
interna, desgrana la totalidad histórica en un océano infinito sin
categorías, sin conceptos universales que la vertebren. De tal modo,
todo queda impregnado de incertidumbre salvo la tenue trama de lo
fechado, y la racionalidad de la historia se pierde en el tacto
fisiognómico, en la novela. Esto suscita, a su vez, el justo desdén de
los filósofos de la historia por una frondosa pléyade de historiadores
concienzudos buscadores de hechos, que no trascienden la miseria del
eclecticismo intelectual, incapaces del rigor que impone el concepto y
su sistema de conexiones.
Finalmente, la tercera tentación es más bien de índole
cuantitativa. Subsume también a la razón en narrativa, pero de modo
distinto. Pues no sólo el "contar" es de cuento, sino de "cuenta",
relaciones matematizables. La matemática es la lógica pura de la
materialidad. Si el hombre es espíritu encarnado, y por ende ser
material, es decir penetrado hasta los tuétanos de cantidad, siempre
será posible la abstracción de una "materia inteligible" (cantidad) de
cualquier sociabilidad. Pero este tipo de abstracción muy adecuada
especialmente para la relación económica, es más lejano de lo
propiamente humano que las dos primeras tentaciones, en la medida que
elimina de la estructura humana justamente el sistema cualitativo
específicamente humano. La trama histórica se reduce a lo numerado, su
racionalidad a un tacto estadístico, neutro DE sí de eticidad. Algo
así como un positivismo lógico, que construye a la vez modelos y
narrativa, pero en un plano cuantitativo. Es de señalar aquí, con
énfasis, que la ética no corona desde fuera ningún sistema contable,
sino que es la raíz de toda historia, comportamiento y relación de
hombres, o sea de seres éticos. Aristóteles señalaba que "en las
matemáticas no hay bien", es decir, que toda sociometría -tomada en su
acepción más amplia- es sólo ciencia media, auxiliar de la historia.
La relación ética es básica de todo pensar histórico o social, no
simple yuxtaposición casuística a parámetros presuntamente ajenos, a
resultados a los que deba aplicarse. Tal sería un pecado idealista,
abstracto, contrario al sano realismo filosófico y significaría una
insostenible separación entre ser y deber. Sin embargo, hay que
matizar la opinión de Aristóteles. Las matemáticas, como todo
conocimiento humano, son un bien moral. Pero además, por la condición
humana de espíritu encarnado, la ética dice ontológicamente relación
intrínseca con la cantidad. La ética se realiza en la cantidad, aunque
no sea reductible a la cantidad. Es más, la cantidad está al servicio
de la cualidad ética y la exhibe.
La historia es a la vez lógica y novela, universal e individual,
cantidad y cualidad, ley y libertad, en unidad indisoluble. Lo
necesario alienta en lo contingente, y lo contingente, el azar, la
libertad, se construye sobre la necesidad. La lógica concreta de la
historia incluye en sí misma, subsume, a la estadística, la
fisiognómica y las grandes categorías y estructuras
cualitativas-cuantitativas, pues es una dialéctica hilemórfica. La
historia es siempre hilemórfica, es decir, unidad inseparable de
materia y forma, entendida en el sentido que les da el pensamiento
tomista. No hay forma sin materia, ni materia sin forma. Por ello no
son admisibles los separatismos entre "materia" y "forma", al modo del
dualismo platónico, del último Scheler que es una versión pesimista,
invertida, del optimismo materialista marxista con su dualismo de
"superestructura" e "infraestructura", lejano eco inconsciente de la
escisión cartesiana entre "cosa extensa" y "cosa pensante". Pero no
hay materia sola contrapuesta o determinante de la forma sola. Por lo
contrario, la estructura hilemórfica de la realidad impide semejantes
dualismos desde su raíz, y nos impone el deber de conjugar entonces
las tres exigencias, para conjurar el desvío en las tentaciones. Sin
embargo, dado nuestro objetivo, nos será irremediable dar primacía a
los tipos por sobre la dinámica concreta. Pues aquí no nos ocuparemos
de historia, sino de las categorías primordiales que vertebran la
historia humana. Téngase lo dicho siempre presente, para ubicar el
sentido de la reflexión que sigue y sus límites, su real alcance.
Como puede apreciarse, las formas de comprensión nos remiten
inmediatamente a la realidad histórica misma. Es que, como expresa
Heidegger, "en todas las ciencias, siguiendo su propósito más
auténtico, nos las habemos con el ente mismo" (1). Los modos de contar
y aprehender la historia nos lanzan directamente a la historia como
ontología. Es que la historicidad humana pertenece a una de las
regiones del ente, y por tanto toda reflexión o cuento de la historia
implica de suyo una filosofía, una ontología. La historia es un relato
ontológico. No hay historia sin ontología, sin antropología, sin
filosofía de la historia. La mayor parte de los historiadores,
sociólogos, economistas, son filósofos que desconocen su nombre,
expuestos a los dogmatismos más ingenuos. Son filósofos innominados,
de contrabando, siempre penúltimos, incapaces de exhibir hasta el fin
sus propios presupuestos. Filósofos innominados y penúltimos, es
decir, acríticos respecto a sus propios fundamentos.
Por su parte, salvo algunas potentes excepciones, como Hegel y
Marx, los filósofos han desatendido por lo común lo propio de la
historia o han descansado en el examen de la ciencia histórica pero no
de la historia misma. Esto delata una actitud más idealista que
realista. A esta propensión no escapa la mayor parte de los filósofos
tomistas no ajenos a la cuestión, más dados a la epistemología que a
la ontología histórica. Los más cercanos son aquellos que han atendido
la estructura de la acción, que nos pone por cierto en la entrada más
profunda de la historia (2).
La filosofía tomista, esencialmente ontológica, con su concepción
hilemórfica de la realidad, es a nuestro criterio el más firme asiento
para el desarrollo de la ontología histórica, base desde la que pueden
expandirse, sólidamente justificadas, las demás ciencias sociales. Hoy
la tarea está sólo en sus principios, pero es necesaria y urgente.
Millán Puelles y Carlos Baliñas (3), por ejemplo, han focalizado su
atención en el "suceder histórico", y en las condiciones que éste
requiere justamente para ser "histórico". Es una perspectiva centrada
no en "lo que pasa" en el convivir humano, sino en el "pasar" mismo, y
en las condiciones de posibilidad de que algo "pase". Así, han
analizado el acontecer histórico en cuanto peculiar "continuo de
acción" en la serie temporal del cambio cualitativo irreversible, y en
cuanto esto implica y se funda en la estructura y libertad del ente
real humano, en las dimensiones del hombre que posibilitan la
historia. Pero a nosotros nos interesará aquí otro aspecto no menos
importante y que radica en la pregunta ¿cuáles son las categorías
primeras de "lo que pasa" a los hombres?
No es asunto nuestro ahora la historicidad y sus condiciones,
sino la historia real en sus categorías primordiales, en sus
determinaciones reales más generales, en sus contenidos más
universales, y por ello presentes de algún modo en todos los momentos
posibles de la historia concreta. Esto es un campo de pensamiento
recién abierto por Gastón Fessard y André Marc dentro de la tradición
del pensamiento tomista (4). Hay que proseguir la tarea. Aquí lo
intentaremos en un aspecto, y en la medida de nuestras fuerzas.
Antes de entrar directamente en materia, se impone enunciar
brevemente las determinaciones fundamentales de la historia. El
contenido global de la historia humana implica la intrínseca relación
de tres términos: Naturaleza, Hombre y Dios. En este circuito cerrado
están contenidas todas las relaciones posibles. Sólo en la
circularidad y jerarquía de estos tres términos está comprendida la
historicidad en su dinámica total. Un cuarto término derivado, la
Cultura, aunque adquiere en la historia consistencia propia, queda
subsumido en las mediaciones del hombre con el hombre, la naturaleza y
Dios. Las valoraciones y variantes internas a la circularidad
concreta, actual, o posible de la historia son infinitas.
La infinita variedad contenida por el proceso totalizador de la
historia, de "lo que pasa" en ese circuito cerrado, es susceptible de
una cierta ordenación racional. Podemos hablar de modos de relación
fundamentales, que precontienen en su generalidad y dirección todas
las variantes posibles. Estas categorías históricas nos posibilitan
perspectivas comprensivas generales y abarcadoras, permiten sentar los
principios desde los que la "razón histórica" no se pierda en una
jungla desmañada de sucesos contingentes y azarosos, y que por lo
contrario pueda aproximarse a lo más concreto y particular sin
extraviar a cada paso sus pistas. Las categorías históricas
fundamentales son la determinación de las dialécticas primordiales del
hombre con el hombre, del hombre con Dios y del hombre con la cosa,
que a su vez se entrecruzan recíprocamente, en una sola totalidad
social. Dejemos de lado las que se refieren a la relación
hombre-hombre y hombre-Dios, a las que Fessard ha prestado profunda
atención, así como a todos los entrelazamientos, pues nuestro
propósito es más parcial, limitado y abstracto: aquí sólo se trata de
visualizar la relación hombre-cosa en sus momentos dialécticos
principales y mostrar su sentido. No se trata del hombre con el hombre
o con Dios. Sólo el hombre y la cosa.
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