[R-P] [redial_s_bolivar] Las paradojas del conflicto inexistente - William Ospina
Patricia
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Dom Ene 20 08:49:40 MST 2008
Las paradojas del conflicto inexistente
William Ospina
Revista Cromos
El gobierno colombiano, iluminado por la sabiduría
política y jurídica de José Obdulio Gaviria, sostiene
que en Colombia no existe un conflicto armado sino la
persecución oficial, con las armas de la República, a
una banda de terroristas.
Como se sabe, también combatían a esos delincuentes
otros terroristas, los paramilitares, contabilizados
inicialmente por el gobierno en 12.000. La suma de los
guerrilleros, según las cuentas oficiales, llegaba en
el año 2002 a 20.600 hombres, de modo que, al llegar,
este gobierno enfrentaba en total un problema de
32.600 combatientes al margen de la ley. Con esa
cifra, cualquiera en cualquier parte hablaría de un
conflicto armado, pero aquí los términos son muy
importantes, no sólo porque Colombia se precia de
valorar inmensamente el lenguaje y de llamar a las
cosas por su nombre, sino sobre todo porque depende
del nombre que se dé a las cosas el tratamiento que
merecen.
El primer fruto positivo de la política de Seguridad
Democrática consistió en la desmovilizació n de 25.000
paramilitares, es decir, asombrosamente, el doble de
los que se perseguían. Llama la atención
que un gobierno se pueda equivocar en el ciento por
ciento al calcular la cifra de sus enemigos armados,
así haya quien afirme que los paramilitares no eran
del todo enemigos del Estado y que por ello fueron
tratados con benevolencia.
Ahora bien, el combate del Estado con las guerrillas
ha producido en cinco años 27.290 capturas, 9.841
bajas y 13.333 desmovilizaciones, de modo que de los
20.600 guerrilleros que había en el 2002 han salido de
la guerra nada menos que 50.464 en cinco años. Una
cifra desconcertante, pero no se puede decir que no es
una victoria de la política de Seguridad Democrática
que, en total, en un lustro, 75.000
guerreros de los distintos bandos hayan quedado por
fuera de un conflicto inexistente en el que el Estado
no parecía tener más que 32.600 enemigos armados.
Pero eso no significa que los guerrilleros se hayan
acabado. Al parecer, con su proverbial exactitud, las
cifras demuestran que todavía quedan en armas 12.499.
Por eso el principal tema de la seguridad democrática
sigue siendo la lucha contra la guerrilla, y el
principal problema del país sigue siendo la guerrilla,
cada vez más diezmada, si hemos de creerles a las
incomprensibles cifras, y cada
vez más mentirosa, si hemos de creerles a las
evidencias, pero tan capaz de poner al gobierno y al
país a girar en torno suyo como en tiempos del Caguán.
Esos 10.000 muertos en cinco años (algunos temen que
la cifra incluya alarmantemente muchas ejecuciones
extrajudiciales, es decir, dada nuestra constitución,
crímenes, pero nuestro deber es pensar que las armas
que pagamos con nuestros impuestos no se manchan
contra la majestad de la ley) son básicamente muertos
en combate, vidas de colombianos extraviados perdidas
para siempre. Hay que añadirles vidas que duelen mucho
más, las de los jóvenes soldados que mueren en
lucha con sus hermanos guerrilleros. Hace poco el
gobierno puso el grito en el cielo cuando un
gobernante de un país vecino llamó hermano a algún
jefe guerrillero, pero hay que recordarles a Uribe y
a su canciller que Cristo no habría vacilado en llamar
hermano a Barrabás y hasta a Caifás. Hay gente que es
muy cristiana salvo a la hora de la acción, y en esas
peleas de términos y de formalidades se
mide bien la pugnacidad extrema del conflicto
inexistente.
Todo parece indicar que el costo de sacar de la guerra
a un enemigo, ya sea por la vía de la captura, de la
muerte en combate o de la desmovilizació n, es de
entre 600 y mil millones de pesos. Ese es, al
menos, el equivalente de lo que hemos pagado, y de lo
que seguiremos pagando, no por ganar, sino por
mantener la situación a este ritmo, ya que las cifran
no nos dan certeza sobre lo que había ni sobre lo
que habrá. Pero las paradojas de la guerra inexistente
son muchas más: por ejemplo, cuanto menos
paramilitares y guerrilleros quedan, más crece el pie
de fuerza de nuestras Fuerzas Armadas, y más crecen
los gastos militares, incluida por supuesto la ya
enorme carga pensional.
Hasta el año 1993 el principal culpable de todo lo
malo que pasaba en Colombia, que era mucho, era Pablo
Escobar. Parece increíble que, muerto aquel demonio de
aldea en los tejados de Medellín, entre 1994
y 2007 las fuerzas militares hayan tenido que aumentar
de 120.000 a 210.000 hombres, y estemos tan lejos de
vivir en la relativa tranquilidad cotidiana que tienen
casi todos los países latinoamericanos. Hoy el
presupuesto militar asciende al 6.5 del
Producto Interno Bruto, y según el informe "Algunas
consideraciones cuantitativas sobre la evolución
reciente del conflicto en Colombia", elaborado por J.
F. Isaza y D. Campos Romero, del que he obtenido
buena parte de esta información, el 80% de los cargos
de la nómina oficial tienen ya que ver con defensa,
seguridad y policía. Para nuestro dolor, hay que citar
también esta frase: "El gasto en defensa
es igual a la suma de todas las transferencias en
salud, educación y saneamiento ambiental".
El lenguaje irreal contagia y se apodera de todas
nuestras circunstancias. No sólo "no hay conflicto".
Según las Farc los secuestrados "no son secuestrados
sino retenidos" y las extorsiones son "impuestos de
guerra". El gobierno autoriza al presidente
venezolano para mediar en el conflicto inexistente,
tratando de lograr la liberación de los secuestrados,
pero después lo destituye de ese encargo por haber
llamado a un general a preguntarle "cuántos
secuestrados había". La guerrilla, a la que no aflige
la suerte de las personas que mantiene privadas de la
libertad en el fondo de la selva implacable, se llena
de cortesía y decide "desagraviar" al presidente
Chávez, entregándole, como si de una ofrenda se
tratara, a tres de las víctimas. Chávez acepta el
tributo y dispone una gran operación de rescate, que,
por supuesto, indigna al gobierno colombiano, que la
vive como un desplante.
La historia del niño Emmanuel es especialmente
dolorosa. Nacido bajo el cautiverio de su madre, los
captores no sólo no son capaces de la delicadeza
humana de darles la libertad a la madre y a su
criatura, sino que al poco tiempo los separan.
Encargan a un campesino de su custodia, y a pesar de
estar el niño en un terrible estado de salud, no le
ofrecen un solo centavo por sus cuidados aunque sí
cuentan con que podrán disponer de él cuando lo
necesiten. Por supuesto que al comienzo no debían
apostar un peso a que el niñito les sirviera para
algo, pero Emmanuel comenzó a convertirse en un
símbolo, aunque fuera un símbolo de la propia crueldad
de la guerrilla, y eso lo valorizaba
a sus ojos. Ahora alegan que si lo entregaron a
alguien fue para sacarlo de los peligros de la guerra,
pero entregárselo a su familia verdadera habría sido
un poco más seguro y mucho más humano.
Son las últimas horas del año. Los colombianos
esperamos con ansiedad, y bajo el peso de la culpa
colectiva por tantos inocentes sufriendo rigor y
sevicia en el monte, y anhelamos que la operación
se cumpla. Entonces el Alto Comisionado para Algo
declara que no hay ningún plazo fijado para la
entrega, y veinticuatro horas después declara que el
plazo se ha vencido, bajo la definitiva fórmula "la
guerrilla ha incumplido otra vez". Es porque ya el
gobierno sospecha que un niño que hay en Bienestar
Familiar sea el pequeño maltratado, abandonado y ahora
reclamado como oro en polvo por el ejército "de
los que luchan por un mundo mejor". El gobierno sabe
que hay alguna duda sobre la validez de su versión, y
que debe comprobarla mediante exámenes, pero eso no lo
hace vacilar en su decisión de intervenir,
porque su prioridad es frustrar el operativo.
El lenguaje irreal del conflicto inexistente arrecia:
las Farc declaran que hace mal tiempo, el gobierno
muestra un tiempo excelente. La guerrilla declara que
hay operativos militares. El gobierno declara: 1. Que
no sabe de qué área se trata. 2. Que en esa
área desconocida definitivamente no hay operativos. 3.
Que está dispuesto a suspender cualquier operativo en
un corredor determinado.
Nadie parece advertir que en esa declaración cada
elemento contradice a los otros. Y para concluir,
cuando la guerrilla se ve obligada a aceptar que no
tiene al niño en su poder, declara con cinismo que "el
gobierno lo ha secuestrado" .
A través de los medios todos seguimos perplejos e
inútiles las sucesivas descargas de lenguaje irreal
del conflicto inexistente.
Pero a veces uno piensa que no es el conflicto lo que
no existe, sino más bien el país.
"En la distancia más lejana, aquella de mis pensamientos, te alojo por instantes. Susurros amorales me hablan al oido: los niños tremendos de mis sentidos. Ajenos y lejanos, en mi mente habitamos un único espacio, en el que sin censura, nos hacemos amantes de las caricias que no nos damos, de los labios que no probamos, de los aromas que no respiramos, del encuentro que no sucede, sino a escondidas de lo humano. Eres deseo puro latente en mi mente. Cabalgata al sur sin montura ni ataduras… La mezcla de la dulzura y la pasión, es la combinación letal para los amantes que nunca se amarán, de hacerlo, de sólo pensarlo, huyo, escapo…"
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