[R-P] " ENTENDER ... nos eleva sobre la miseria moral" - Entrevista al Filosofo Emilio Lledó.

Ezequiel Beer ebeer en telecentro.com.ar
Jue Ene 17 17:55:56 MST 2008


ENTREVISTA Emilio Lledó : "Entender da mucha marcha"
JUAN CRUZ 11/11/2007

"La característica del fascista es el pesimismo. El desprecio, la ignorancia 
del otro"
"Es saludable un poquito de guerra dentro de ti mismo. A unos les hace 
libres; a otros, esclavos"
Alarmado por este país,por el mundo. Acaba de cumplir 80 años, el pasado 5 
de noviembre; ha pasado por una gripe atroz. Ahora está bien, pero alarmado. 
Y con esperanza.
Hablamos en su casa, una envidiable casa con libros. "Podría hacer mi 
autobiografía con libros". Y los señala. Catedrático, académico, filósofo. 
Le han llamado "el flautista de Hamelín", porque detrás suyo fueron 
estudiantes de Valladolid, de La Laguna, de Barcelona allí donde estuviera.
Se entusiasma tanto que parece que aún está en el estrado, arengando para 
que los chicos crean que "entender da mucha marcha".
Pregunta. Alarmado, pero con esperanza, dice. ¿Esperar qué?
Respuesta. Esperar, vivir. Hace unos días vi en EL PAÍS una noticia que 
decía que la esperanza de vida para los españoles era de 80 años. Que los 80 
años es como un límite maravilloso, que se sobrepasa a veces, de la 
esperanza de vida. Lo cual quiere decir que uno está ya, para los que 
acabamos de cumplirlos, en la desesperanza de vida.
P. Terrible, ¿no?
R. Terrible. Desesperar de vida. Sin embargo, creo que la desesperanza de 
vida llega mucho antes. Hay gente que está desesperanzada de la vida con 20, 
30 o 50 años.
P. Y usted, ¿cómo está?
R. Estoy totalmente esperanzado con la vida. No desesperanzado. Es verdad 
que si miro alrededor y veo lo que pasa en la calle, y leo los periódicos, y 
escucho la radio, a veces cuesta trabajo tener esperanza. Esperanza ¿de qué? 
Esperar ¿qué?, ¿para qué? Pero mientras hay vida, dice el viejo refrán, hay 
esperanza, y yo creo que es al revés. Mientras haya esperanza hay vida.
P. ¿Cuál es su esperanza?
R. Que la neurona fluya, que no se reseque, que no se fanatice. La esperanza 
es que algo de lo que yo sueñe se cumpla. Y lo que sueño es una idea de la 
dignidad, de la decencia, cumplir unos ciertos ideales. Que la política no 
se dedique a privatizarlo todo. Declarar patrimonio de la humanidad la 
asesinada costa española, que fue hermosísima. Eso tiene que ver con la 
esperanza y el futuro. Yo no me imagino una esperanza acementada.
P. Usted denuncia. ¿Y sirve para algo denunciar?
R. Me temo que no. Pero no hay que perder la esperanza. Porque si ya ni 
siquiera denunciamos, se nos acaba el derecho al pataleo. Hay que protestar. 
Y creo que hay cosas que calan a la larga en la vida de los seres humanos.
P. Otra esperanza suya es seguir sabiendo. ¿Para qué?
R. Para entender. Idea significaba "lo que se ve con los ojos". Las ideas no 
eran unas cosas flotantes que se habían inventado unos seres extraños que se 
llaman filósofos. Idea es lo que se ve. Ver con los ojos, pero con los ojos 
del cuerpo. Entonces, entender, aprender, es una forma de mirar, y eso es la 
esencia de la vida. En el momento en que no sepamos mirar, aprender, que no 
tengamos el alma navegable, como decía el poeta, para que nos circule esa 
experiencia del mundo, no tiene sentido la vida humana.
P. Entender, menuda tarea.
R. Todos los seres humanos tendrían que entender; nos eleva sobre la miseria 
moral. Ése es uno de los retos de la humanidad, acabar con la miseria. ¿Cómo 
tener esperanza en este mundo desesperanzante? Con la libertad. Pero la 
libertad hay que entenderla muy bien. La libertad es la posibilidad, una 
puerta, un horizonte, un paisaje. Entender, entender todo esto, da mucha 
marcha. No sé si soy optimista, pero desde luego no soy pesimista. Creo que 
la característica del fascista es el pesimismo. El desprecio al otro, la 
ignorancia del otro.
P. ¿El fascista es pesimista?
R. No necesariamente, pero falsifica para justificarse. Esa gente que crea 
maldad, crueldad, tortura..., ellos mismos son su propia tortura. La maldad 
empieza y acaba en ti mismo. La agresividad y la violencia son espitas, uno 
suelta la maldad que tú tienes ahí, pero esa maldad te está matando también 
a ti.
P. Cuando usted dice esas cosas, ¿tiene un nombre propio en su mente?
R. Pues no. No. Algunas tipologías.
P. ¿Dónde están esas tipologías?
R. En ciertas zonas de poder, de poder mediático. Iba yo en el taxi, y qué 
cosas escuché. ¿Cómo se ha hecho esa mente? Para decir esas monstruosidades 
una tras otra, ¿qué puede haber en esa mente?
P. Respóndalo usted.
R. Hay ignorancia, discursos inasimilados. Falsos discursos. Incapacidad 
para interpretar, para entender. No querer interpretar, no saber leer. La 
mente se convierte en una cápsula de la nada.
P. ¿Y qué pasa para que esas mentes se dejen agredir?
R. Puede haber un entrenamiento de la maldad, desde la escuela. Por eso es 
tan importante la educación en la libertad, en la posibilidad. Me sorprende 
el escándalo que provoca Eduación para la Ciudadanía. Pero, ¿por qué 
escandalizarse?
P. ¿Vivimos, pues, un momento alarmante en la sociedad española?
R. Sí. Hay cosas que realmente me escandalizan mucho. Una es el no cultivo 
de la sensibilidad de los jóvenes. El abuso de la tecnología. El otro día 
venía en tren y había tres o cuatro niños con sus maquinitas. ¡Ninguno miró 
el paisaje, que era maravilloso! Eso es patología pedagógica total. 
Naturalmente, cuando yo era niño, niño de la guerra, me pintaba mis propios 
tebeos. Eran tebeos bélicos, estábamos en guerra; pero no tenían nada que 
ver con el chorreo de bestialidad al que están sometidos los jóvenes, los 
niños, ahora.
P. ¿Qué hacer?
R. La revolución de la lectura. Es verdad que hay intereses poderosísimos 
para que ese mundo tecnológico impere. El mundo tecnológico es importante, 
pero hay que atemperarlo.
P. ¿Cuándo se le empezaron a encender las alarmas?
R. Desde que mi maestro me enseñó a leer el Quijote. Leíamos ¡y luego 
teníamos que hacer sugerencias de la lectura! En la universidad nunca nos 
pidieron eso. ¡Y me fui a Alemania, con mi maletita, y sin entender ni 
palabra de alemán! España no era en ese momento mi país, un país lleno de 
banderas, y debajo de las banderas mucha podredumbre. En Heidelberg encontré 
una universidad viva; cada semestre se hablaba de asuntos interesantes, y se 
encendían las alarmas: ¿qué estamos haciendo con la educación en España? En 
Alemania vi llegar a los obreros españoles. Con sed de saber; habían salido 
del país del NO, un NO metido en el corazón, NO a la cultura, NO al pan..., 
y allí empezaban a querer saber. Para entonces, ya mis alarmas estaban 
disparadas.
P. ¿Y cuáles son las alarmas que ahora se le encienden cada día?
R. Las alarmas derivadas de los problemas de la educación, de la cultura, de 
la lectura, de la creación de ideas, de los valores. Hay que inventar una 
nueva forma de humanismo para que los seres humanos tengamos esperanza. Para 
seguir pensando.
P. Usted vivió la mayor parte de su vida bajo un Estado fascista. ¿Se ha 
desmontado la mentalidad que lo sustentó?
R. Espero que sea poco lo que quede por desmontar. Hay todavía restos 
grandes, pero arqueológicos, endurecidos, de ese país del que me escapé. Fui 
un inmigrante, pero tenía una carrera. Me escapé porque no podía vivir aquí. 
Yo he pasado cosas que la gente joven no conoce ya. He pasado hambre. Tengo 
una foto, cuando estaba en el campamento de La Granja, en las milicias, en 
la que parezco el espíritu de la golosina. Había pasado hambre. No es 
metáfora. La posguerra de Madrid fue feroz. Somos todavía víctimas de esa 
dictadura, aunque hayamos sobrevivido a ella.
P. Aquí tiene usted unos apuntes, en los que dibuja al fascista: 
intolerancia, irracionalidad, desprecio al otro...
R. Son factores... Ante lo que sucede, entender es fundamental. Pero para 
entender hay que ser libre. Hay que no tener prejuicios. Ésta es una palabra 
muy utilizada, pero maravillosa: pre-juicios. Pienso en estos neoliberales 
de ahora, en estos que piensan en la libre empresa, el libre comercio... En 
esos conceptos no hay libertad. Están en los pedestales del poder.
P. Está alarmado. ¿E irritado?
R. Me irrita darle vueltas a lo mismo, siempre. Por ejemplo, se sigue dando 
vueltas al juicio del 11-M, como si los juicios no acabaran nunca. Entonces, 
¿son revisables o paralelizables todos los juicios que ha habido en el 
mundo? Si te soy sincero, seguir dándole vueltas a esto me repele.
P. Y le enferma.
R. Y me enferma. Casi físicamente. Como las grandes urbanizaciones y como 
los incendios. Si quiero perder la alegría no tengo más que recorrer la 
costa española. Entonces pienso: ¿estos señores creerán en la bandera?, ¿en 
la bandera del patriotismo? ¿Exhiben la bandera y están matando el espacio 
común de una de las costas más bellas de Europa? La están asesinando. ¿Cómo 
es posible?
P. La política tendrá algo que hacer.
R. Y esto es lo que me encocora. La política tendría que servir para que eso 
sea absolutamente imposible. Para impedir que lo público se convirtiera en 
privado. Toda política que sea incapaz de entender eso es una política 
falsa, falsificada y terrible. Porque la política es la organización de la 
vida en común, en el territorio común. Ése es el verdadero patriotismo. Yo 
abomino de las banderas que se levantan al tiempo que se hacen esas 
monstruosidades. Las banderas son un símbolo respetable, qué duda cabe. Pero 
debajo de las banderas se ocultan muchas maldades, muchas estupideces y 
egoísmo.
P. Don Emilio, ¿qué le parece a usted esa larga relación de la Iglesia con 
el Estado, en la que la Iglesia tiene también que ver con las cosas civiles?
R. Para mí, la Iglesia no tiene que ver nada con las cosas civiles. Pero es 
obvio que se siente con derecho a incidir en ellas. Me lo preguntas en un 
mal momento. Mira lo que está pasando con la memoria histórica. Por favor. 
Pero claro que tiene que haber memoria histórica. Un país que no tenga 
memoria, ¿qué es un país que no tenga memoria? ¿No decimos que el alzheimer 
es una mala enfermedad individual? ¡Pues el alzheimer colectivo es mortal! 
¡Dicen que la memoria histórica abre heridas! No se abren heridas.
P. Irritado está, don Emilio.
R. La irritación es importante. Si estás apaciguado vas mal; un poquito de 
guerra dentro de ti mismo es saludable. A unos les hace libres, a otros les 
hace esclavos.
P. Me dijo al llegar aquí que usted podría escribir sus memorias a través de 
sus libros. Imagínese el libro por el que empezaría.
R. A lo mejor empezaba por las novelas de Salgari que leía de adolescente. 
Me fui a Alemania, entre otras cosas, por las novelas de Salgari.
P. ¿Y después?
R. Fíjate, antes leía los libros y ahora me leen ellos a mí. Antes yo tenía 
una furia con ellos: los cogía, los subrayaba. Ahí está Kant, machacado; 
Platón, Aristóteles, Descartes. Libros destrozados de tanto anotarlos. Ahora 
me veo como una parte de un mausoleo, como una pequeña estatua que fluye por 
ahí, y ellos empiezan a leerme a mí. Pero es una complicidad muy saludable, 
porque cuando descubro que alguno me está leyendo, lo agarro y nos 
entendemos maravillosamente bien.
P. Usted acaba de cumplir 80.
R. ¡No me lo recuerdes!
P. Y veo que tiene el reloj veinte minutos atrasado.
R. ¿Sí? ¿Estás seguro? Ah, la pobre pila... Yo procuro ponerme las pilas, 
pero a veces se me olvida ponérselas al reloj. -

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