[R-P] "control del sentido de la vida, de las cosas y de los cotidiano" Era: A Mingo: ¿quien es este cura?
Edgar Schmid
condornacional en yahoo.com.ar
Lun Ene 14 07:19:11 MST 2008
Reportaje a Agustín López Tobajas
T.E.: Le cito: «Tomando elementos dispersos de aquí y
de allá, se fabrica un yoga que ignora el hinduismo,
un zen que no tiene nada que ver con el budismo o un
sufismo escindido radicalmente del islam». El yoga es
como gimnasia; el sufismo, poco más que una danza (mal
ejecutada); el taoísmo, artes marciales… El tantra se
utiliza para incrementar el placer sexual… Pero nadie
se detiene a orar, ni se bendicen los alimentos (ni
siquiera los ecológicos) y, mientras se utilizan
tecnologías solares, nadie agradece al astro rey su
luz cada mañana… Es la cultura del sucedáneo…
ALT: Sí. Socialmente, vivimos en una falsificación
perpetua. Y los movimientos alternativos, ecologistas,
espiritualistas y similares no están libres de ello.
Yo hago bastante hincapié en esto, y tal vez quienes
lean mi Manifiesto contra el progreso piensen que la
tengo tomada con los ecologistas, pero no es así.
Lo que ocurre es que la perversión del «sistema» o la
locura de Bush son más o menos evidentes, y, frente a
eso, se tiende a pensar que todo lo que en apariencia
se opone al sistema es bueno. Pero eso es simplificar
las cosas.
La espiritualidad New Age es un perfecto ejemplo de
falsificación. Y los movimientos «alternativos» de
diversa índole lo son también en gran medida, aunque,
naturalmente, está claro que hay ecologistas y
ecologistas.
El caso es que se ha perdido de vista lo esencial y se
han absolutizado elementos tal vez importantes pero
secundarios. Todo el mundo se preocupa por la salud
del cuerpo, y no es que eso esté mal, pero el cuerpo
absorbe toda la atención y no queda espacio para la
salud del alma.
Nos preocupamos por la estricta pureza biológica de lo
que comemos y luego alimentamos el espíritu con
basuras. Recogiendo lo que usted decía: ¿qué es más
sano, comer los productos de cualquier supermercado
con una conciencia de humildad y agradecimiento a
Dios, o comer productos de herbolario, con certificado
biológico, con una conciencia meramente «química» de
los procesos biológicos de la alimentación?
Se podrá responder que las dos cosas juntas. Vale.
Pero la cuestión es dónde ponemos el énfasis. Y, en la
situación actual, yo pondría el énfasis en lo primero.
Buda se alimentaba con lo que las gentes le echaban en
su cuenco; no creo que su dieta fuera muy equilibrada.
Pero llegó a la iluminación.
De nada sirve cambiar las energías contaminantes por
energías limpias si el hombre no empieza por limpiar
su alma. Una actitud espiritual correcta da lugar (en
términos generales y dentro de ciertos límites) a una
relación correcta con el mundo físico, pero no está
tan claro que lo inverso sea siempre tan cierto.
No me parece descabellada la posibilidad de que un
mundo técnicamente limpio sea espiritualmente un
infierno. Habría que tenerlo en cuenta…
T.E.: En general, ¿cómo ve la salud y la enfermedad en
el mundo de la Tradición? ¿Debería ser vista a la luz
de la idea de que lo orgánico y el no visto forman una
unidad? Si todo lo orgánico que existe sobre la faz
del Universo, forma parte del Templo… no es ético
profanarlo, ¿no?
ALT: Particularmente, no creo que se pueda hablar del
«mundo de la Tradición» como una unidad monolítica,
aunque muchos así lo pretendan. En consecuencia
tampoco la salud y la enfermedad me parece que tengan
un significado unívoco en todas las culturas.
Supongo que en general se ha buscado un equilibrio
entre cuerpo y espíritu, pero eso tendría sus matices
y, desde luego, no implica ponerlos en un mismo plano.
Piense que también hay tradiciones para las que la
materia, y por tanto el cuerpo, no dejan de ser algo
más o menos irreal; e incluso otras que lo satanizan.
Yo no diría que eso está ni bien ni mal. Cada cultura
es un complicado entramado de compensaciones y de
sutiles equilibrios, y lo importante es que la
resultante global tienda hacia arriba, por decirlo de
algún modo. Extraer de ese entramado pautas o
actitudes concretas, ya sea respecto a la salud o a
cualquier otra cosa, para juzgarlas desde nuestros
particulares criterios culturales, me parece un
disparate.
Ahora bien, sea cual sea la actitud de unas u otras
sociedades tradicionales respecto de la salud, todas,
sin excepción, parecen haber tenido muy claro algo que
ahora se olvida: que hay un orden de prioridades y que
la salud física está siempre subordinada a la salud
espiritual.
T.E.: En Occidente, que, como Oriente, tampoco es una
zona geográfica, sino, más bien, un estado mental… hay
muchos hospitales y ambulatorios, también muchos
asilos y guarderías. Las personas viven cada vez más
aisladas.
Las familias se descomponen. En la historia de nuestra
especie, parece evidente que jamás se vivió una época
tan lúgubre. Los psicólogos señalan que divorciarse es
reforzar la autoestima. ¿Es la propia sociedad la que
está enferma?
ALT: En efecto: tenemos muchos hospitales, muchos
ambulatorios, muchos asilos, muchas guarderías…
tenemos mucho de todo. Y cuanto más tenemos, menos
somos. Pensamos que todo se arregla con más medios,
más desarrollo, más técnica, más información…
«Más» parece la palabra mágica de nuestra cultura, con
la que creemos poder hacer todo tipo de milagros. Es
el delirio de la acumulación. Pero esa acumulación,
aparte de estar construida sobre el expolio y la
esquilmación del llamado tercer mundo, es decir, sobre
el hambre, la miseria y la muerte de millones de
personas, no es fuente de soluciones sino de nuevos
problemas.
Y, sobre todo, hemos olvidado algo fundamental: que la
dignidad humana no se mide por lo que el hombre es
capaz de acumular sino, justamente al contrario, por
aquello de lo que es capaz de prescindir, por todas
las cosas inútiles o superfluas a las que sabe
renunciar para poder centrarse en lo esencial.
Una sociedad sana sería una sociedad que reduciría al
mínimo sus necesidades materiales y, por tanto, sus
medios técnicos; sería una sociedad capaz de
conformarse con lo estrictamente necesario. Parece que
ahora hay mucha preocupación por hacer compatible el
equilibrio ecológico con el desarrollo y la riqueza.
Yo creo que con lo que habría que hacer compatible el
equilibrio natural es con la sencillez y la
austeridad; y eso, por cierto, no plantea ningún
problema ni exige ningún esfuerzo; no requiere ningún
«más»; en realidad, ni siquiera requiere ningún
«hacer»: se hace por sí solo.
Me parece que estaríamos física, mental y
espiritualmente más sanos si, en lugar de plantearnos
siempre lo que tenemos que hacer, nos planteáramos
también lo que tenemos que dejar de hacer.
T.E.: En definitiva, ¿puede haber salud orgánica sin
salud espiritual? Y ¿cómo «orientarse» espiritualmente
en un mundo en el que han saltado por los aires los
cuatro puntos cardinales del alma? ¿Qué necesitamos?
¿Hospitales o, con perdón, verdaderos maestros (nada
que ver con los gurus sectarios, of course, de los que
ya he conocido algunos, ja ja)?
ALT: En cuanto a lo primero, supongo que algunos
pensarán —¿tal vez un poco mecánicamente?— que no, que
no puede haber salud orgánica sin salud espiritual.
Sin embargo, yo no estoy tan seguro de que sea
necesariamente así.
Ya hablé antes de la posibilidad de que el mundo
moderno llegue a crear una sociedad físicamente
limpia, aunque espiritualmente muerta. ¿Por qué no?
Hay una relación entre el mundo físico y el
espiritual, por supuesto, pero si entendemos esa
relación como un automatismo rígido corremos el riesgo
de entender que una persona espiritualmente sana no
puede estar nunca enferma, que un enfermo crónico está
destinado al infierno o que un individuo perverso
tiene que pasarse la vida en la cama.
La ausencia de esa correlación automática es molesta
porque dificulta y complica nuestra comprensión de la
realidad, pero es así. No podemos negarle a priori a
la ciencia y la tecnología la posibilidad de crear un
mundo de energías limpias, un mundo saludable e
higiénico, en el que todos sean zombis satisfechos
contemplando la televisión y saliendo los fines de
semana en coches no contaminantes a hacer «turismo
verde».
¿Y qué pasa si un mundo espiritualmente muerto es
capaz de generar un cierto nivel de salud física? Ése,
si se alcanza, será —yo creo— el más diabólico de los
mundos, pues su capacidad de fascinación será máxima.
De forma paradójica podríamos decir que, mientras haya
contaminación hay esperanza.
No estoy diciendo que esté a favor de la
contaminación, claro está; estoy diciendo que, peor
todavía que un mundo contaminado sería un mundo feliz,
higiénico, sin disfuncionalidades, formado por seres
«humanos» sin alma, pero cívicos y pulcros, cuyas
aspiraciones se reduzcan a lo que el sistema pueda
proporcionarles y sin motivo ninguno para lamentarse.
Quiero decir, en definitiva, que hay una escala de
prioridades y que me parece un error fatídico —y
extremadamente extendido en la actualidad— conceder
más importancia a unos pulmones limpios que a un alma
limpia. Vivimos ahora una obsesión por la salud que me
parece lo menos saludable que pueda imaginarse y que
genera actitudes paranoicas, como, por ejemplo, la
actual obsesión antitabaquista (y quede claro que yo
no fumo).
Tampoco me parece que sea muy acertado buscar la salud
espiritual para poder tener salud física, porque eso
es convertir el fin en medio y el medio en fin. Hay
que tener claro qué es lo esencial y qué lo
secundario.
En cuanto a cómo orientarse espiritualmente en nuestro
mundo, no puedo responder a eso, pues no tengo ni
idea. Habría que preguntárselo a un maestro
espiritual, supongo. Vivimos en un caos absoluto y
nuestra «espiritualidad» es una muestra patente de
ello.
Entre unas tradiciones espirituales cada vez más
entregadas, por un lado, a la modernización y el
racionalismo o, por el lado contrario, al integrismo,
y una Nueva Era carente del más mínimo discernimiento,
vivimos ya una auténtica inversión de la
espiritualidad. No podemos esperar que en una sociedad
en la que ni siquiera existen «verdaderos discípulos»
vayan a surgir «verdaderos maestros».
Tal vez sólo quede recurrir a la interioridad de cada
uno, pero ahí está el ego perpetuamente al acecho…
T.E.: Todo parece indicar que nos encontramos, desde
hace tiempo ya, en el Final de los Tiempos. Usted
reconoce que escapar de Babilonia es difícil porque,
citando a Hölderlin, manifiesta que «cercano y difícil
de captar es el dios; pero donde abunda el peligro,
crece también aquello que salva». ¿Es nuestra gran
oportunidad? ¿La enfermedad del mundo y nuestras
enfermedades pueden ser una metáfora para huir de una
vez por todas?
Para no dar pie a equívocos, aclararé que, como digo
en el Manifiesto, no se trata de huir de la realidad,
sino de huir a la realidad, pues este mundo es la
expresión misma de lo irreal. Parece, ciertamente, que
la Providencia no nos abandona del todo y siempre, en
alguna parte, crece aquello que salva, como decía
Hölderlin.
Es verdad. Pero hay que encontrarlo. ¿Dónde? Como
afirma el dicho sufí nos empeñamos en buscar fuera de
casa lo que hemos perdido dentro porque fuera «hay más
luz». A mí me da la impresión de que no hay más lugar
de búsqueda que el alma, por oscuro que ahí esté el
panorama. El problema de Occidente no es que haya
perdido la salud sino que ha perdido su alma. Algunos
psicólogos postjunguianos hablan de making soul,
literalmente «hacer alma». No es una expresión que me
guste, pero creo que apunta a una necesidad muy real:
nos hemos convertido en seres desarraigados, que no
sabemos de dónde venimos ni adónde vamos y, lo que es
mucho peor, que ni siquiera nos preocupa no saberlo.
Ésa es la enfermedad fundamental: hemos perdido el
alma, la hemos vendido, como Fausto, al demonio del
«progreso» a cambio de un espejismo de felicidad que
no nos proporciona más que frustración y desesperanza,
vaciedad y depresión. Reintegrar nuestra vida, curar y
reconstruir nuestra alma agonizante: ésa es, a mi
entender, la única urgencia verdadera; lo demás, con
todos los respetos, me parecen poco más que
nimiedades.
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