[R-P] [T.E. Martínez]Qué cambia después de Bush
juan maría escobar
escobar45 en infovia.com.ar
Sab Ene 12 10:32:36 MST 2008
Qué cambia después de Bush
Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION
Sábado 12 de enero de 2008 | Publicado en la Edición impresa
HIGHLAND PARK, N.J.
La palabra "cambio" domina obsesivamente la campaña por la candidatura
presidencial en los Estados Unidos. En la mañana del martes, en el camino de
Boston a Salem, New Hampshire, se vendían pancartas con los nombres de los
postulantes: McCain for President, Hillary 2008, Obama President '08. Una de
las pancartas no tenía un nombre propio sino un lema que podía servirle a
cualquiera de ellos: The Change We Need (el cambio que necesitamos). Con
ligeras variantes, tanto los demócratas como los republicanos ofrecen lo
mismo: cambiar, empezar de nuevo. Ninguno explica, sin embargo, qué se
quiere cambiar ni para qué.
Hace ocho años, el único candidato que no hablaba de cambio, George W. Bush,
terminó cambiándolo todo, y para peor. Bush recibió un país con superávit
fiscal y fue reelegido en 2004 luego de llevarlo al endeudamiento y a la
guerra, de haber manipulado magistralmente el miedo al terrorismo y de haber
puesto en duda valores tradicionales como el respeto a la privacidad, a la
tolerancia, a la igualdad de oportunidades.
"Somos un solo pueblo -dice el senador demócrata Barack Obama-. Nuestra hora
de cambiar ha llegado." "El cambio puede ganar", dice el ex gobernador
republicano Mike Huckabee, quien cambió de veras su apariencia en los
últimos quince meses, al bajar 45 kilos. A su vez, la senadora demócrata
Hillary Clinton se ilusiona: "No sólo estamos eligiendo un presidente.
Estamos tratando de cambiar nuestro país".
El vacío del discurso es tan visible que otro de los candidatos, el senador
republicano John McCain, centró sus ataques a Mitt Romney, ex gobernador de
Massachusetts, en el hecho de que Romney es el verdadero paladín del cambio:
"Estamos en desacuerdo en muchas cosas -le dijo-. Sólo coincidimos en que
usted es el candidato del cambio". El sarcasmo apuntaba a que Romney apoyó
el derecho al aborto y la unión civil para las parejas homosexuales cuando
gobernaba un estado progresista, mientras que ahora, ante el electorado
nacional, que es más conservador, está en contra.
Por obvias razones, Clinton y Obama encarnan el cambio en su misma
identidad. El es el quinto senador negro en la historia de EE.UU.; ella
aspira a ser la primera presidenta. Ser distintos no será suficiente para
ganar mientras no expliquen cuál sería la ventaja. Aunque los Estados Unidos
están más divididos que nunca entre conservadores y liberales, el
bipartidismo tradicional sigue funcionando para que nada cambie. La senadora
Clinton apoyó el envío de tropas a Irak, y el electorado está dispuesto a
recordárselo. Y Obama, que pronunció un brillante discurso contra la guerra
en 2002, cuando no era senador, aprobó desde su banca el presupuesto de
300.000 millones de dólares para continuarla. También entre los republicanos
hay precandidatos que encarnan el cambio. Huckabee amenaza con transformar
el sistema de recaudación y la estructura del gobierno federal, bases de la
alianza conservadora que se estableció durante la presidencia de Ronald
Reagan. McCain coincide con él y con los demócratas en la necesidad de
resolver la ilegalidad de millones de inmigrantes. Para Washington, sin
embargo, es un disidente peligroso, porque se opone a legalizar cualquier
forma de tortura (él mismo fue un prisionero torturado en Vietnam) y votó
contra los recortes de impuestos para los sectores de mayores ingresos,
impulsados por Bush.
Qué se cambiaría, por qué se cambiaría y cómo se cambiaría son preguntas que
no se respondieron con claridad en Iowa y New Hampshire. "Se hace campaña
con poesía, pero se gobierna con prosa", atacó Hillary Clinton a Obama, al
recordar que Obama conmueve a las multitudes cuando recuerda sus
orígenes -es hijo de un pastor de cabras negro de Kenya y de una estudiante
blanca de Kansas-, aunque a la vez recibió una educación privilegiada en
Harvard. Los detractores de Obama lo han bautizado Oreo, por las galletas de
chocolate negras por fuera y blancas por dentro. Y algunos, al nombrarlo en
público, confunden deliberadamente su nombre completo, que es Barack Hussein
Obama. Se lo ha llamado Saddam Hussein y también, con peor intención, Barak
Osama.
Aunque es prematuro formular vaticinios diez meses antes de las
elecciones -el primer martes de noviembre-, se puede imaginar que los
demócratas se inclinarán por Obama o Hillary, y los republicanos por McCain
o Huckabee, aunque a última hora podría emerger el ex alcalde Rudolph
Giuliani. Los republicanos apuestan a que cualquiera de ellos aventajaría
con facilidad a una mujer y a un mestizo, inaceptables para los
conservadores más recalcitrantes. Pero si el país quiere un cambio
verdadero, todo es posible.
No es poco lo que Estados Unidos podría cambiar, después de las desastrosas
dos administraciones de Bush. Incluso los aspirantes republicanos hablan de
cambio, aunque no atacan al presidente salido de su mismo partido. De hecho,
coinciden con él en temas centrales como la necesidad de continuar las
operaciones en Irak y mantener la cárcel de Guantánamo así como ciertas
formas de tortura. También apoyan la reforma impositiva que benefició a los
ricos, rechazan la legalización de los inmigrantes, postergan las medidas
contra el calentamiento global y se oponen a una cobertura médica nacional.
Todos los demócratas quieren evitar que en Irak se repitan los errores de
Vietnam. Hillary propone retirar las tropas lentamente hasta 2013 y dejar
militares para combatir a Al-Qaeda, apoyar el ejército local y evitar que el
enfrentamiento civil se expanda en la región en detrimento de los intereses
norteamericanos. Obama restringe la propuesta de retiro a dieciséis meses.
Dejaría militares para combatir el terrorismo, pero se alejaría de la lucha
interna en Irak y realizaría esfuerzos diplomáticos personales con Irán.
Las diferencias son más claras en otros campos. Todos los demócratas
prometen reformar el sistema de salud, que deja sin protección a 47 millones
de personas. También todos aseguran que rechazarán las modificaciones
impositivas de Bush e impondrán un sistema fiscal que beneficie a la enorme
clase media. Todos cerrarían la prisión de Guantánamo, volverían a instaurar
el hábeas corpus y -con excepción de Obama- sacarían a los detenidos de los
tribunales militares para someterlos a los federales. Todos se oponen a la
tortura, aunque Clinton prevé la posibilidad de apartarse de los acuerdos
internacionales y dejar la responsabilidad en manos del presidente. Todos
enfrentarían el problema de los inmigrantes buscando un camino a la
legalización, que incluya multas por haber defraudado el control migratorio,
la obligación de aprender inglés y penalidades para los empleadores que
contraten trabajadores en negro. Todos prometen buscar alternativas
energéticas y reducir las emisiones de gases que contribuyen al efecto
invernadero.
Estas diferencias muestran que la práctica política corre detrás de cambios
que ya se han producido en la sociedad. La solución en Irak es difícil,
porque cuesta más dinero repatriar tanques, municiones y tropas que dejarlos
donde están. Doce millones de inmigrantes ya se han integrado a la sociedad,
aunque estén en la sombra. La realidad, por sí sola, está cambiando a los
Estados Unidos y desviándolos hacia un futuro de pocas certezas. Nadie puede
saber qué país encontrará el presidente que empiece a gobernar en enero de
2009. Tropezará con ruinas muy pesadas y se le irá mucho tiempo en
levantarlas.
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular