[R-P] [E. Lacolla] Abriendo el ojo
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Ene 9 03:31:00 MST 2008
[El título lo cambié yo. Espero que Enrique sepa perdonar. La nota
salió en La Voz del Interior de hoy, y me parece excelente.]
2008: Volver al futuro
Por ENRIQUE LACOLLA
El 2008 se abre en un escenario calificado por los tropiezos del
proyecto neoimperial y por la inexistencia de otros capaces de
reemplazarlo.
Así como se suelen realizar los balances de fines de año, ¿por qué no
realizar una prognosis de la temporada internacional que nos espera en
el 2008?
Como siempre ocurre en el nuevo desorden mundial posterior a 1989, hay
más motivos para la inquietud que para la esperanza. Veamos.
Asia
Los acontecimientos que se multiplican en la parte más poblada del
planeta se articulan en torno de la decisión de los cuadros de la
actual administración norteamericana en el sentido de seguir adelante
con el proyecto de hegemonía global, que pasa necesariamente por el
control geopolítico del Asia central, así como por el de las fuentes y
las vías por las cuales discurren el gas y el petróleo, que fluyen o
se encuentran en el vasto arco geográfico que va desde el Mediterráneo
al Himalaya.
Si este proyecto seguirá adelante o será contrastado por otros
sectores del establishment norteamericano –incluyendo algunos que
están en el seno de las Fuerzas Armadas– es un misterio para nosotros.
Lo que está claro es que el núcleo neoconservador que se encuentra en
el poder, apoyado en Wall Street y su utopía neoliberal; fundado en
los gigantes empresariales del petróleo, respaldado por el complejo
industrial-militar y fogoneado por el fundamentalismo protestante y el
lobby proisraelí, no ha renunciado a sus objetivos y que, lejos de
esto, aparece decidido a continuar con una política expansiva a la que
ha apostado todo después del 11/S y que sólo puede realizarse huyendo
hacia adelante, con los peligros que semejante cosa significa.
El Oriente Medio, el Asia menor y el Asia central configuran un arco
que puede incendiarse en cualquier momento. Ya hay focos parciales que
son mucho más que una mera chamusquina, pero nada de esto será
comparable a lo que pudiera ocurrir si Estados Unidos ataca a Irán o
si Pakistán se hunde el caos.
El asesinato de Benazir Bhutto vino a poner fin a un endeble propósito
de estabilizar a este último país, roído por la insurgencia
fundamentalista, poblado por masas inflamables, con cúpulas políticas
corruptas y despreciadas por la opinión.
Pakistán, el país musulmán más poblado y también el único –por ahora–
en disponer del arma atómica, es una pieza esencial del juego
norteamericano, pero es también un factor decisivo para mantener al
menos un mínimo equilibrio entre las fronteras de Afganistán, los
países del Asia ex soviética, China y la India.
Hágase una simple suma de la cantidad de gente que alberga esa porción
del mundo y se comprenderá cómo lo que puede ocurrir en el área
revestirá contornos decisivos para la configuración del futuro.
Qué va a pasar en Pakistán es una incógnita. Hay un hueco de poder
allí que sólo podría ser llenado por la emergencia de un movimiento
democrático capaz de captar a las masas y de acercarse a la India.
Pero no hay indicios de que esto vaya a suceder.
El Partido Popular de Pakistán (PPP), generado por la familia Bhutto y
que fuera una ambigua esperanza en ese sentido, por el alto grado de
corrupción que había ostentado en sus anteriores gobiernos, ha quedado
descabezado por la virtual extinción de dos generaciones. El padre,
Zulfiqar Ali Bhutto, sus dos hijos varones y ahora su hija, murieron
trágicamente por razones políticas en el curso de tres décadas. El
viudo de Benazir y su hijo parecen decididos a seguir la peligrosa
senda familiar, pero es difícil que reúnan el carisma que investía la
líder asesinada. Y, en definitiva, ningún movimiento puede depender de
una persona o una familia. Esta condición representa una debilidad
estructural, antes que una ventaja.
Ante la crisis de las instituciones laicas y modernizantes, lo único
que se advierte en progresión continua allí es el nacional islamismo,
que puede revestir formas que resulten repulsivas a Occidente en más
de un caso y representar una pesada rémora para el mismo pueblo
paquistaní.
Como dijimos, sólo la emergencia de un movimiento democrático capaz de
incorporarse a las masas y de aproximarse a la India podría definir, y
no sin mucho trabajo, una salida positiva para Pakistán. Inclusive
asumiendo un forma militar, parecida a la del nasserismo y el
kemalismo.
Ahora bien, ¿querrá o tolerará Estados Unidos una opción semejante? ¿O
conspirará contra ella, eligiendo profundizar el caos para balcanizar
aun más la zona y desarticular Pakistán al estilo de la ex Yugoslavia?
No olvidemos que tanto los talibanes como Al Qaeda surgieron en su
momento como títeres de la CIA o fueron alentados por esta. Y los
servicios de inteligencia, en contubernio con el complejo
industrial-militar y los grupos de presión pueden pesar más que la
diplomacia. Ante la fragilidad de la opción colaboracionista de corte
modernizador que se insinuaba con Bhutto, no sería raro que las redes
de inteligencia estén actuando para acelerar más que frenar la
disgregación de Pakistán, a pesar de los enormes riesgos que ello
comportaría.
Europa
En Europa, tierra en general protegida de los remezones de la actual
crisis mundial por los remanentes del Estado de Bienestar y por la
sabiduría introyectada después de los desastres de las dos guerras
mundiales, se advierten sin embargo procesos desestabilizadores que
asimismo están atados al gran proyecto globalizador impulsado desde la
sede del poder mundial.
El nuevo presidente francés, Nicolás Sarkozy, ha invertido el rumbo de
la diplomacia de su país de manera inédita. Ha renegado del curso
independiente y a la vez muy asociado a los países de Europa
occidental adoptado por el general De Gaulle, para proponerse como una
especie de sosías del inglés Tony Blair –o, peor aún, de su
predecesora Margaret Thatcher– , y se ha situado en la estela política
de Washington.
La popularidad de Sarkozy en Francia no ha procedido, sin embargo, de
la adopción de una política de este tipo, sino más bien de su rechazo
respecto de una mentalidad soixante-huitarde que ha vivido, que se
califica por la devoción a lo políticamente correcto y por su renuncia
a realizar los principios del '68, de los que retiene nada más que
cierta estridencia retórica, asumiendo en cambio, a todos los fines
prácticos, los principios del modelo acuñado en torno de la
omnipotencia del mercado.
Puestos en la disyuntiva de elegir entre un neoconservador consecuente
y unos neoconservadores hipócritas, la opinión parece haberse volcado
hacia el primero, que por otra parte promete soluciones taxativas al
problema de la inmigración, que inquieta a todos los sectores de la
sociedad francesa.
Como este problema no tiene soluciones radicales en absoluto, y como
la fuerza del movimiento obrero está muy viva, no creemos que Sarkozy
pueda desarrollar con éxito una reforma equivalente a la de la
Thatcher en Gran Bretaña durante los '80. Su alineación acrítica con
Estados Unidos tampoco es probable que inspire simpatías; pero de
cualquier manera ha sido entronizado por ocho años y este es un lapso
muy largo para que sus políticas no consigan abrirse paso, al menos en
parte.
Un escenario europeo más inquietante es el que se plantea Europa
oriental, más concretamente en Polonia y la República Checa,
receptoras de las bases de cohetes norteamericanos dirigidos a
"interceptar", en cielo ruso, a presuntos misiles que podría ser
disparados desde un Irán hostil...
La reacción del Kremlin ha sido inmediata. Vladimir Putin,
reconstructor de la potencia rusa luego del catastrófico interregno
yeltsiniano, ha denunciado el tratado de no proliferación de armas
convencionales, dando estado oficial a un rearme ruso que viene de
años atrás y que, contando con el respaldo de la formidable panoplia
nuclear que está detrás de él, lo convierte en un factor imposible de
ignorar para Occidente. La presión de este por recortar el territorio
de la ex URSS, que tuvo mucho éxito en años recientes, parece toparse
ahora con un obstáculo insalvable, a menos que se decidan aceptar
riesgos que nadie sensato está dispuesto a correr.
Las Américas
En el hemisferio occidental el 2008 aparece dominado, en la parte
norte del mismo, por la inminencia de la elección norteamericana y por
la fragilidad de los mercados en ese país, ombligo del sistema
económico global. Aunque el juego de la oligarquía que se turna en el
gobierno en Washington no prometa demasiadas sorpresas, cualquier
variación de matiz que se produzca en el centro del poder mundial
tiene su efecto en el mundo entero.
Un comentarista norteamericano se preguntaba días atrás qué ocurriría
si algún periodista se decidiera por fin a vadear el mar de inanidades
que profieren los candidatos y formulase la única pregunta que de
veras cuenta: "¿Cómo evitaría usted una larga guerra?". Esto es, ¿cómo
eludiría el programa de la guerra infinita que está en la base del
proyecto neoconservador para mantener al mundo tal como está?
El par de precandidatos que podrían sentirse interesados por dar una
respuesta –Ron Paul por los republicanos y Dennis Kucinich por los
demócratas–, prácticamente no disponen de intención de voto dentro de
sus partidos. Son antiglobalizadores y aislacionistas. Paul es
conservador en el sentido clásico del término, y Kucinich es un
liberal ponderado, que acaba de prometer su apoyo al candidato negro
Barack Obama, retirándose virtualmente de la carrera presidencial.
Kucinich y Paul se oponen en todos los puntos a la política exterior
de George W. Bush. De alguna manera representan variantes de un
populismo norteamericano cuya raíz quizá pueda rastrearse en el
gobernador de Louisiana Huey Pierce Long, asesinado en momentos en que
se disponía a disputar la candidatura presidencial a Franklin
Roosevelt, un par de años antes de que este consiguiera su segundo
mandato.
La opinión norteamericana no parece poder escapar de los parámetros de
su encuadre político y mediático. Por lo tanto, de haber alguna
variante en el curso que las cosas llevan desde el 2001 para acá, esta
habrá de deberse a los movimientos internos que se produzcan en el
establishment y en el reconocimiento, de parte de algunos de sus
miembros, de que es necesario moderar el curso explosivo que ha
asumido la política exterior.
Debajo del Río Grande y sobre todo en Sudamérica, la tónica estará
dada, en principio, por la construcción, trabajosa pero pese a todo
provista de un peso propio que torna difícil hacerla volver atrás, del
Mercosur, preludio de una unidad sudamericana que tiene mucho de
teórico, pero que comienza a insinuarse con fuerza en la opinión,
antes muy desinteresada respecto de esta construcción estratégica. Y
cuando un concepto se encarna en la conciencia de las masas, empieza a
ser factible.
Las amenazas que se diseñan contra el proyecto pasan ante todo por las
tendencias centrífugas que se manifiestan en Bolivia y que podrían dar
lugar a una fractura nacional y a un período de inestabilidad
continental para el que las fuerzas armadas de algunos países
parecerían estar preparándose. Nos referimos a Brasil, Chile y
Venezuela, bien que para esta última los frentes abiertos son dos: el
que tiene en su situación con una Colombia enredada en una guerrilla
inacabable, y el que deviene de su oposición hacia Estados Unidos, un
poco sobreactuada por el presidente Hugo Chávez, quizá, pero real para
quienquiera tenga ojos para ver y un mínimo conocimiento de la
historia.
La Argentina, por su parte, parece decidida a seguir confiando en una
especie de crecimiento natural, devenido de una recuperación económica
que muchos juzgaban imposible; pero no da la sensación de medir ni las
dificultades ni los peligros que acechan en la actual coyuntura. Ni a
darse, por lo tanto, un programa de desarrollo a largo plazo.
El escenario internacional sigue moviéndose, pues, en las coordenadas
que marca el sistema hegemónico que está vigente. Y si queremos
resumir cuál es este en una frase, podemos parafrasear una famosa
manifestación de Bill Clinton al responder a una pregunta sobre lo que
determina al mundo, paráfrasis que en el fondo no hace sino completar
el sentido de la sentencia original: "¡Es el imperialismo, estúpido!"
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