[R-P] La Guerra del Paraguay sigue sangrando en Buenos Aires

Julio Fernández Baraibar fernandezbaraibar en gmail.com
Mar Ene 8 00:33:35 MST 2008


Laurita Ramos escribió esto el 3 de mayo de 2005 en el Clarín.
Tres años antes invalidaba, sin saberlo o por saberlo, el infame reportaje 
de La Nación.
Laurita no es historiadora, no se dedica a la política, ella es, como un día 
se lo escuche decir a Ramos, la hija que le gusta la literatura, la que 
tiene el sentimiento. Me lo dijo en un ascensor, el de un departamento 
ubicado en Esmeralda casi Córdoba, que era la oficina de la Mesa Nacional 
del PSIN, en el año 1970. Y no sé a raíz de qué, mientras bájabamos en el 
ascensor Ramos me confió esta paternal visión sobre su hija, en ese entonces 
la menor.
La cuestión es que pese a ello -tambien podría escribir gracias a ello, lo 
digo de verdad- nos informa sobre Doriatoto con toda esta anticipación.
A nosotros, a los que nos dedicamos a la política, se nos había pasado por 
alto.
No así a La Nación y a Laurita Ramos.


Julio Fernández Baraibar
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CULTURA : LA PRESENTACION DE UN LIBRO DE HISTORIA DIO LUGAR A PROTESTAS Y 
DEBATE

La Guerra del Paraguay sigue sangrando en Buenos Aires

El texto de un académico brasileño niega la participación de Inglaterra. Su 
presentación en la Feria mostró heridas abiertas más de un siglo después.

Laura Ramos. ESPECIAL PARA CLARIN

Cuando tenía once años mis padres decretaron que ya era adulta y me 
obsequiaron los tres volúmenes de Manuel Gálvez sobre la guerra del 
Paraguay: Humaitá, Jornadas de agonía y Los caminos de la muerte. Desde la 
muerte de Beth en el segundo tomo de Mujercitas yo no había llorado tanto. 
Podría decir que esos fueron los sucesos más dramáticos de mi vida. Las 
lágrimas como sentido de lo trágico, como género, como cultura.

Venía yo estas semanas sacudida por una narcoléptica música electrónica, 
esencial para entrar en la escena del pornoartesudasiático Festival de Cine 
Independiente, cuando comenzó la Feria del Libro -las dos fiestas que tiñen 
de frenesí el otoño en Buenos Aires.

Coincidencia: en ambas se aludía a la Guerra de la Triple Alianza, el 
místico leit motiv de mi infancia. El documental de José Luis García es una 
road movie latinoamericana, un laboratorio sobre la producción del cine 
argentino, un experimento artístico. Su proyección fue, como forma de 
interlocución, poseída por gritos aislados, llantos, interjecciones, 
aplausos fuera de sincro, infracciones a la lógica del espectador. El mismo 
film es una infracción a los propósitos que lo inspiraron (se propone contar 
la vida del pintor Cándido López y termina inmerso en el fango y la sangre 
de Ito Roró, Avaí, en el infierno).

La presentación en la Feria de Maldita guerra, el libro del académico 
brasileño Francisco Doratioto, no cometió infracción alguna. Exquisitamente 
editado por Emecé, el libro exhibe una meticulosa documentación, abundantes 
fuentes y notas bibliográficas fruto de cinco años de investigación y aporta 
una nueva hipótesis: la no intervención de Inglaterra. Con mirada 
equidistante, describe con minuciosidad cada batalla con los criptomartirios 
de ambos bandos. Sus infracciones son más invisibles y políticas, 
infracciones al orden de la perspectiva de la industria criolla, de los 
ideales federales, de las culpas bíblicas. Inmune a la burocracia de la 
discordia, el acto se desarrolló con una gracia y erudición en la que 
parecía latir algún secreto: ¿es que los historiadores revisionistas, serial 
killers camuflados en una convención unitaria, estaban disfrazados de 
gentiles académicos?

El brillante historiador Tulio Halperín Donghi, comenzó con finísimo humor 
británico: "El revisionismo es impermeable a estos aportes. Si el autor 
hubiera intentado escribirlo aquí, este libro lo hubiera llevado a la 
locura". La sala Victoria Ocampo sonrió. "En Brasil este libro lleva la 
sexta edición: acá no se va a leer. Porque es serio". Más sonrisas.

Pero los serial killers debían estar bajo los influjos de algún sedante 
neuropático. La delegación de la Asociación de Residentes Paraguayos arribó 
tarde. El joven Alvaro Fontana, su presidente, llegó solo, con una pila de 
fotocopias ilegibles y un celular sin crédito. La sala estaba desierta. Un 
error de montaje, una economía sin capital y sin recursos, un banquete de 
pobres.

Las fotocopias denunciaban que el libro disculpa la matanza de los 
niños-soldados, que minimiza los primeros trenes, telégrafos y fundiciones 
de hierro de la región, la inexistencia de deuda externa.

Otra génesis de resistencia operó en la Feria el viernes, cuando los 
arpistas de Los luceros del Paraguay, varios bailarines folclóricos y dos 
miembros de la Mutual Femenina, envueltos en banderas, denunciaron a las 
mujeres violadas de Angostura -que el libro también documenta. Antes de 
juntar sus fotocopias -las mismas del día anterior- Ramona González citó a 
Sarmiento: "El conflicto terminó porque hemos muerto a todos los paraguayos 
de 10 años arriba".

Al escucharla descubrí que mis padres coincidían con su "bárbaro Sarmiento" 
en la calificación de la mayoría de edad: los once años.

Pese a su malograda épica, las protestas lograron inocular un concepto 
demoníaco en la Feria: la festividad como funeral. Mi música favorita en los 
80 era un grupo punk: "Kadáveres de niños". Fantasmas de niños paraguayos 
flotan en el cielo otoñal. ¿O es que se podía escribir poesía después de 
Auschwitz? 




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