[R-P] Tariq Alí sobre Benazir Bhutto

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Ene 3 09:17:31 MST 2008


[Gentileza de Bill Totten para la A-List. Es un artículo pleno de
animosidad contra Benazir Bhutto, escrito antes de su asesinato. Por
lo tanto, contiene afirmaciones y dichos que quizás no se hubieran
estampado del mismo modo tras la trágica muerte de la dirigente
pakistaní. Sin embargo, buena parte de la información que provee Alí
resulta de utilidad para entender los acontecimientos de ese torturado
muñón de la gran nación india balcanizada, cuándo no, por los
ingleses. Versión en español de Néstor Gorojovsky, para uso personal.]

Fuente: http://www.lrb.co.uk/v29/n24/ali_01_.html

La hija de Occidente
por Tariq Ali

London Review of Books (Diciembre 13, 2007)

Los matrimonios arreglados suelen ser un asunto embrollado. Se los
creó, básicamente, como medio de acumulación de riqueza, para
contornear amoríos indeseables o superar _affaires_ amorosos
clandestinos. Suelen andar mal. Si se sabe que las partes se
aborrecen, solo un padre temerario, desensibilizado por la perspectiva
de una ganancia de corto plazo, llevará las cosas hasta el final,
porque tiene perfectamente claro que terminarán en dolor y quizás en
violencia. Wáshington acaba de dejar en claro que esto vale también
para la vida política con su intento reciente de unir a Benazir Bhutto
con Pervez Musharraf

El progenitor soltero y fuerte, en este caso, fue un Departamento de
Estado desesperado y temeroso de que si la cosa no se arreglaba pronto
las dos partes pronto serían demasiado viejas para que se las pueda
reciclar. John Negroponte hizo de de vampírica celestina y Gordon
Brown de ruborosa princesita. La novia estaba realmente apurada y algo
menos el novio. Hubo negociadores de ambos bandos que en largas
conversaciones decidieron el monto de la dote. Del lado de la mujer,
el negociador era (y sigue siendo) Rejman Malik, antiguo jefe de la
FIA de Pakistán; investigado por corrupción en la Oficina Contable de
la Nación, pasó casi un año preso tras la caída de Benazir, luego se
convirtió en uno de sus socios comerciales y ahora está bajo
investigación (junto a ella) por una corte española que está
analizando una compañía, la Petroline FZC, que hizo pagos cuestonables
al Iraq de Saddam Hussein. Si los documentos son genuinos, demuestran
que ella presidía la compañía. Puede haber estado en apuros, pero no
quería que se la viera tomando del brazo a un presidente uniformado.
Él no estaba dispuesto a perdonarle el pasado. El desagrado mutuo de
la pareja los colocaba en dependencia común de los EEUU. Ninguna de
las partes podía decir "no", aunque Musharraf esperaba que la unión se
llevara a cabo de un modo discreto. Difícil.

Las dos partes hicieron concesiones. Ella aceptó que él se quitara el
uniforme después de su "reelección" parlamentaria; pero tendría que
ser antes de la siguiente elección general (él ya lo hizo, con lo cual
quedó a merced de la buena voluntad de su sucesor como jefe del Estado
Mayor). Él logró hacer aprobar una ley -una sórdida "primera vez" más
en la historia del país- conocida como la Orden de Reconciliación
Nacional. Por ella se retiraban todos los cargos contra políticos
acusados de saquear el tesoro nacional. Para ella, la norma era
crucial porque esperaba que todos los casos de lavado de dinero y
corrupción pendientes en tres cortes europeas -Valencia, Ginebra y
Londres- fueran liquidados. No parece haber sucedido.

Muchos pakistaníes -no solo esos tipos malévolos y propensos al motín
a los que de vez en cuando hay que meter en la cárcel- se sintieron
asqueados, y la cobertura que dieron los medios pakistaníes al
"acuerdo" fue universalmente hostil... salvo en la TV estatal. Pero en
Occidente se puso coro de trompetas a la "solución", y en las redes de
EEUU y los noticieros de la BBC apareció una renovada Benazir Bhutto
campeona de la democracia pakistaní; lealmente, los periodistas la
mencionaban como la "antigua primera ministra", y no como la política
fugitiva que enfrentaba cargos por corrupción en varios países.

Había devuelto el favor por anticipado, declarando su simpatía por las
guerras de EEUU en Iraq y Afganistán, almorzando con el embajador
israelí ante las Naciones Unidas (una prueba de ácido), y
comprometiéndose a "eliminar el terrorismo" de su propio país. En
1979, un dictador militar anterior había echado de una patada a su
padre, con aprobación de Wáshington, y quizás ella pensó que sería más
seguro buscar un refugio permanente bajo el paraguas del Imperio.
Harper Collins ya le había pagado medio millón de dólares por un libro
nuevo. El título tentativo que ella eligió era "Reconciliación".

¿Y el general? Había empezado en el poder en 1999. Inclinándose ante
el espíritu de los tiempos, en vez de ponerse el título de
"administrador en jefe de la ley marcial", como había sido la norma,
se autotituló "ejecutivo en jefe". Al igual que sus antecesores,
prometió que estaría en el poder por un tiempo limitado, y prometió en
2003 que en 2004 renunciaría como jefe de Estado Mayor. Al igual que
sus antecesores, ignoró su promesa. La ley marcial siempre empieza con
la promesa de un nuevo orden que barrerá la mugre y corrupción que
caracterizaron al viejo: en este caso, derrocó los gobiernos civiles
de Benazir Bhutto y Nawaz Sharif. Pero los "nuevos órdenes" no son
movimientos de avnace sino desfíos militares que debilitan aún más los
flojos cimientos de un país y sus instituciones. En una década, un
nuevo alzamiento superará al actual gobernante militar.

Benazir soñaba con sus días de gloria del siglo pasado, y quería tener
una gran recepción a su regreso. El general estaba contrito. Las
agencias de inteligencia (así como sus propios consejeros de
seguridad) le advirtieron de los peligros. Había declarado la guerra a
los terroristas, y ellos habían amenazado matarla. Pero ella fue dura
como un diamante. Quería demostrar al mundo lo popular que era, y
también a sus rivales políticos (incluidos los de su propio feudo, el
Partido del Pueblo Pakistaní, PPP). El PPP usó todo un mes antes de
que ella tomase el vuelo Dubai-Karachi para reclutar voluntarios de
todo el país para darle la bienvenida. Había unas 200 000 personas en
la calle, muy lejos del millón que en 1986 recibió en Lahore a la
Benazir, tan diferente, que llegaba a desafiar al general Zia ul-Haq.
El plan era trasladarse lentamente en el Bhuttomóvil, desde el
aeropuerto de Karachi hasta la tumba del fundador del país, Muhammad
Ali Jinnah, donde pronunciaría un discurso. No iba a poder ser. Al
caer de la noche, dieron su golpe los hombres de las bombas. Sigue
siendo misterio su identidad y quién los envió. Ella salió indemne,
pero murieron 130 personas, incluidos algunos de los policías de su
guardia. La recepción nupcial había terminado en una mutilación
criminal

A pesar de sus promesas de colaboración con Benazir, el general hacía
fríos preparativos para prolongar su estadía en la mansión
presidencial. Había pensado en tomar medidas drásticas para sortear
los obstáculos que se le interponían antes incluso de que ella
llegara, pero sus generales (y la Embajada de EEUU) no parecían muy
convencidos. El atentado contra cabalgata de Benazir reabrió el
debate. Si bien Pakistán no es el volcán en erupción que presentan los
medios de Occidente, está sacudido por todo tipo de explosiones. Los
abogados se alzaron en armas contra el reciente despido del presidente
de la Corte Suprema, ejecutado por Musharraf; habían obtenido una
victoria temporaria, que produjo una Corte Suprema ferozmente
independiente. Las redes de TV independientes siguieron transmitiendo
informes que contradecían la propaganda oficial. Ningún gobierno gusta
del periodismo de investigación, y el general solía contrastar la
deferencia con que lo trataban las redes de EEUU y la BBC con los
cuestionarios "levantiscos" con que lo agredían los periodistas
locales: "llevaban al pueblo por la dirección equivocada". La
cobertura que los medios brindaban a la rebelión de los abogados lo
tenía obsesionado. Su paranoia se incrementó con la declinación de su
popularidad. Sus consejeros eran gente que él mismo había ascendido.
Los generales que habían expresado opiniones divergentes en
"encuentros francos e informales" se encontraron con el retiro. Sus
aliados políticos estaban preocupados porque si tenían que compartir
el poder con Benazir verían recortadas todavía más sus oportunidades
de enriquecimiento personal.

¿Y qué pasaría si la Corte Suprema, ahora, declarase que su
reelección, producida por una asamblea moribunda e irrepresentativa,
era ilegal? Para impedir el desastre, el ISI había estado preparando
operaciones de extorsión: hubo agentes secretos que filmaron a algunos
miembros de la Corte Suprema en flagrante delito. Pero Musharraf se
había vuelto tan impopular que quizás ni siquiera el espectáculo de
venerables jueces en la cama pudiera servir. Quizás, hasta los
fortalecería (En 1968 un pasquín militarista de derecha publicó en
Lahore un ataque contra mi persona, revelando que "había participado
de orgías sexuales en una casa de campo francesa, organizadas por [mi]
amigo, el judío Cohn Bendit. Las cincuenta mujeres de la pileta eran
judías". Esto, lamentablemente, era totalmente falso. Pero mis padres
se asombraron por la cantidad de gente que los felicitó por mi
potencia viril). Musharraf decidió que la extorsión no valía el
riesgo. Solo una acción firme podría "restaurar el orden" (léase
"salvar su pellejo"). En estos casos, el tratamiento habitual es la
declaración de la ley marcial. ¿Pero qué pasa si el jefe del Estado
Mayor del Ejército ya está en el gobierno? La solución es sencilla.
Triplique la dosis. Organice un golpe dentro del golpe. Esto es lo que
Musharraf decidió hacer. Wáshington fue informada algunas semanas
antes, y Downing Street un poco más tarde. Los patrocinantes de
Benazir en Occidente le dijeron lo que iba a pasar y ella, en un
movimiento tonto para un líder político recién llegado al país, se
autoevacuó a Dubai.

El 3 de noviembre, Musharraf, en su carácter de jefe del ejército,
suspendió la constitución de 1973 e impuso un estado de emergencia:
todos los canales de TV cesaron en sus transmisiones, salvo los del
gobierno, las redes de celulares fueron interferidas completamente, y
unidades paramilitares rodearon la Corte Suprema. El Presidente de
dicho tribunal convocó a una acordada judicial de emergencia, que
-heroicamente- declaró que la nueva disposición era "ilegal e
insonstitucional". Sin ceremonias, se los quitó del medio y se los
puso bajo arresto domiciliario.  Normalmente, los jueces paquistaníes
han sido complacientes. Aquellos que, en el pasado, resistieron a los
líderes militares sufrieron un tratamiento matoneril que pronto los
hizo desistir, así que la decisión de este Presidente de la Corte tomó
por sorpresa al país y le ganó gran admiración. La cobertura de
Pakistán que hacen los medios mundiales sugiere que el país está
compuesto por generales, políticos corruptos y lunáticos barbudos.
Esta lucha por restablecer en su sitio al Presidente de la Corte
presentó una imagen diferente.

Aitzaz Ajsan, dirigente de primera línea del PPP y ministro del
interior en el primer gobierno de Benazir, preside ahora la Asociación
de Abogados. Fue arrestado y puesto en confinamiento solitario. Las
razzias levantaron varios miles de políticos y militantes de los
derechos civiles. Imran Jan, un opositor al régimen duro e
incorruptible, fue arrestado; se lo acusó de "terrorismo de estado"
(la pena para este delito es la muerte o la prisión perpetua), y se lo
trasladó esposado a una remota prisión de alta seguridad. Según Jan,
Musharraf había iniciado otro capítulo mugriento más en la historia
pakistaní.

En todo el país se arrestaba abogados. Muchos sufrían violencia física
policial. La orden era humillarlos, y la policía la cumplió con todo.
Un abogado, "Omar", distribuyó el siguiente relato de lo acontecido:

"Estaba parado y conversando con mis colegas, cuando vimos que la
policía, cumpliendo órdenes de un oficial superior, se libró al
salvajismo. En uniforme antidisturbios, ... blandiendo armas y palos,
unos cien policías nos atacaron ... aparentemente felices de poder
hacerlo. Salimos corriendo, todos.

Algunos no tenían pies tan rápidos como los demás. Los atraparon y los
golpearon sin piedad. Después nos encerraron en camionetas policiales
usadas para transportar convictos. Este despliegue de brutalidad nos
dejó atónitos, pero no terminó allí. Enloquecida, la policía entró a
las oficinas y edificios de la Corte... A los que fuimos arrestados
nos llevaron a distintas comisarías y nos metieron en calabozos. A
medianoche nos informaron que seríamos transferidos a la cárcel.
Nuestros derechos fundamentales estaban suspendidos, así que no
podíamos quedar libres bajo fianza. Metieron sesenta abogados en una
camioneta policial de tres metros por uno veinte y uno cincuenta de
alto. Nos aplastaron como a sardinas. Cuando llegamos a la cárcel se
nos dijo que no podíamos salir hasta que las autoridades recibieran
nuestras órdenes de dentención. Nuestros colegas mayores empezaron a
sofocarse; otros se desmayaron; otros, aún, entraron en pánico por
claustrofobia. Los policías ignoraron nuestros gritos, y se negaron a
abrir las puertas de la camioneta. Finalmente, después de tres
horas... nos dejaron salir y nos llevaron a barracas infestadas de
mosquitos, donde la comida que nos trajeron olía a agua de cloaca."
Geo, la mayor red de TV, había ubicado sus instalaciones de
transmisión en Dubai desde hacía mucho tiempo. Era raro ver la red en
Londres mientras que en Pakistán las pantallas estaban en blanco. Ya
desde el primer día de la emergencia pude ver a Jamid Mir, un
periodista que el general odiaba, informando desde Islamabad. Afirmaba
que la Embajada de EEUU había dado luz verde al golpe porque
consideraba que el Presidente de la Corte era una molestia, y lo tenía
clasificado, erróneamente, como "simpatizante de los talibanes". Por
cierto, ningún vocero de los EEUU, ni un adjunto del Departamento de
Estado en el Foreign Office, criticaron el despido de los ocho jueces
de la Suprema Corte, ni su arresto: era el precio de la insistencia de
Wáshington para que Musharraf se ponga ropas de paisano. Pero si iba a
pasar a la vida civil, quería que todas las leyes se torcieran a su
favor. Una Corte Suprema títere, de reciente designación, pronto
vendría en su ayuda en esa tarea. También el gobierno de Dubai, que
suspendió las transmisiones de Geo.

Al anochecer de ese primer día, y tras muchas demoras, un General
Musharraf algo descolocado, con los cabellos mal teñidos, apareció en
la TV. Trató de parecer ese tipo de dirigente que quiere que se
entienda que la crisis política hay que discutirla con gravedad y
sangre fría. Pero las pantallas mostraron un dictador venido a menos,
asustado ante su propio futuro político. Habló al país primero en urdu
y luego en inglés, y su actuación fue incoherente. El núcleo era
simple: había tenido que actuar porque la Corte Suprema había
'desmoralizado a tal punto nuestros organismos del Estado que no
podemos librar la 'lucha contra el terror', y las cadenas de TV se
habían vuelto 'completamente irresponsables'. 'He impuesto la
emergencia', dijo al promediar su diatriba, y agregó, con un gesto
despreciativo: 'Seguramente lo han visto en la televisión'. Casi todos
los canales estaban cerrados: ¿habrá sido irónico? Quién puede
saberlo? El agudo director del servicio de la BBC en urdu, Mohammed
Janif, monitoreó la transmisión. Y confesó que a medida que escribía
lo que escuchaba no salía de su asombro. No tenía duda de que la
versión del discurso en urdu era obra personal del general. Su
deconstrucción (citando al general en urdu y en inglés) obtuvo una
transmisión para ella solita:

Siguen, al azar -y créanme, muy al azar- algunas de las cosas que
dijo. Sí, es cierto que dijo 'Extremism bahut extreme ho gaya hai' [el
extremismo se ha tornado demasiado extremo]... Nadie nos tiene miedo
ya... Islamabad está llena de extremistas... Hay un gobierno dentro
del gobierno... Se está llamando a juicio a funcionarios estatales...
Los jueces están insultando a los funcionarios'.

En determinado momento, sus reminiscencias del primer trienio en el
poder parecieron cargarlo de añoranzas: 'Teníamos todo el control'.
Uno casi se tienta de preguntar '¿Y qué pasó entonces, tío?'. Pero el
tío no necesitaba pregunta alguna. Repitió su número sobre las tres
etapas de la democracia. Proclamó que estaba a punto de lanzar la
tercera fase, y final, de la democracia (por el modo en que lo dijo
parecía estar anunciando la Solución Final). Y justo cuando uno creía
que estaba por plantear lo suyo, dio un giro abrupto y se zambulló en
un profundo pozo de autocompasión, que incluyó una larguísima historia
sobre cómo los jueces de la Suprema Corte preferían asistir al
casamiento de la hija de un colega antes que sacarse de encima un
asunto y decidir que él era un presidente constitucional... En mi vida
he escuchado unos cuantos discursos de dictadores, pero nadie llegó al
extremo de invocar el casamiento de la hija de alguien para imponerle
al país la ley marcial.

Cuando, en los minutos finales de su discurso, se dirigió en inglés a
su audiencia occidental, sentí de pronto una profunda vergüenza. Esta
parte del discurso estaba guionada. Las oraciones empezaban y
terminaban. Me humillaba el que mi presidente no solo crea que no
estamos suficientemente desarrollado para tener democracia o derechos
humanos, sino además que no podemos ni siquiera manejar adecuadamente
la gramática y la sintaxis.

La versión en inglés enfatizaba la 'guerra al terror': según él, tanto
Napoleón como Abraham Lincoln hicieron lo que había que hacer para
preservar la "integridad de su propio país". La mención de Lincoln
fue, claramente, una concesión al mercado estadounidense, porque en
las academias militares de Pakistán los héroes militares habituales
son Napoleón, De Gaulle y Atatürk.

La maniobra superó a Benazir: ¿qué haría ella con ese discurso desde
el santuario de Dubai, desde donde lo miraba por TV? Su primera
reacción fue declararse shockeada, algo bastante poco creíble. Aún si
no le hubieran avisado de antemano sobre la declaración de la
emergencia, no era ningún secreto: como mínimo, estaba el llamamiento
-por las formas, pero llamamiento- de Condoleeza Rice a Musharraf para
que no siguiera ese rumbo. Aún así, no pudo responder claramente por
más de 24 horas. Llegó a criticar en cierto momento al Presidente de
la Suprema Corte por haber sido exageradamente provocador.

Recibió agitadas llamadas telefónicas desde Pakistán, urgiéndola a que
volviera a Karachi. Las autoridades, para ponerla en su justo sitio,
tenían un avión esperándola en la pista. Cuando finalmente llegó a la
sala VIP, sus compañeros del PPP le informaron que si no denunciaba la
emergencia el partido se quebraba. Musharraf la había superado en
astucia y la había abandonado; no podía permitirse perder figuras
claves de su partido. Denunció la emergencia y a quien la había
perpetreado, entró en contacto con la acosada oposición y, como si se
pintara los labios de otro color, declaró que lideraría la lucha para
sacarse de encima al dictador. Trató de visitar al Presidente de la
Suprema Corte para expresarle su simpatia, pero no se le permitió
acercarse a la residencia.

Hubiera podido seguir el ejemplo de su compañero Aitzaz Ajsan, ahora
en prisión, pero le tenía envidia: se había vuelto demasiado popular
en Pakistán. Hasta se había atrevido a viajar a Wáshington, donde la
sociedad lo recibió de buenas maneras y empezó a considerarlo un
sustituto posible si las cosas llegaban a salir realmente mal. No
salió un solo mensaje del Blackberry de ella para felicitarlo por sus
victorias en la lucha para reponer al Presidente de la Corte. Ajsan le
había aconsejado no llegar a acuerdos con Musharraf. Cuando los
generales están contra la pared, dicen que le dijo, recurren a medidas
desesperadas e irracionales. Otros dieron el mismo consejo en un
lenguaje más educado: también los echazó de un papirotazo. Era la
"presidenta vitalicia" del PPP, y no toleraba el disenso. Cuando se
vio que Ajsan tenía razón, se irritó más aún. Hacía mucho que había
tirado a la basura toda idea de moralidad política. La noción misma de
un partido con un conjunto de creencias consistente parecía ridícula y
anticuada. Ajsan, ahora, estaba a buen recaudo en la cárcel, lejos de
las hordas enloquecedoras de periodistas de Occidente que ella recibió
en gran estilo durante los pocos días de su arresto domiciliario, y
después. Hizo algunos ruidos bien educados sobre la prisión de Ajsan,
pero nada más.

La Celestina de Wáshington llegó de inmediato. Negroponte estuvo un
rato con Musharraf y habló con Benazir, insistiendo todavía en que se
preparasen para llevar a buen término el trato. De inmediato, ella
bajó el tono. Pero el general estaba corrosivo y dijo públicamente que
no había modo de que ella ganara en las elecciones previstas para
enero. No había dudas: el ISI las arreglaría como corresponde. Si ella
le hubiera sido leal, habría perdido apoyo popular, pero él se hubiera
encargado de que tuviera una presencia sustancial en el nuevo
parlamento. Ahora todo estaba como al principio. Las encuestas de
opinión muestran que su antiguo rival, Nawaz Sharif, está muy por
delante de ella. La apresurada peregrinación de Musharraf a La Meca,
probablemente, fue un intento de asegurarse la mediación saudí en caso
de tener que llegar a un acuerdo con los hermanos Sharif -que habían
estado exiliados en Arabia Saudí- para dejarla por completo fuera de
juego. Las dos partes niegan que haya habido acuerdo alguno, pero
Sharif volvió a Pakistán con bendiciones saudíes y, regalo especial
del rey, un Cadillac de color plateado. Pocas dudas caben: Riyadh lo
prefería antes que a Benazir.

El país seguía en estado de emergencia, y la cadena mediática más
importante se negaba a firmar el juramento de lealtad que le hubiera
permitido retornar al aire; bajo esas condiciones, las elecciones de
enero solo podían tener el resultado que el general deseara. Es un
secreto a voces: el ISI y la burocracia civil decidirán quién gana, y
dónde gana. Alguno de los partidos de la oposición, sabiamente, están
pensando en la abstención. Durante una larga conversación telefónica
con la prensa, Nawaz Sharif informó que había fracasado en su intento
de convencer a Benazir de sumarse a la abstención, con lo cual hubiera
conseguido que todo el proceso fuera, desde un principio, nulo e
inválido. Pero ahora que retornó al país no se sabe si seguirá con la
idea de la abstención o tratará de asegurarse cierta cantidad de
bancas por medio de los Jaudris de Gujarat, quienes ya lo habían
traicionado cuando crearon una facción de la Liga Musulmana de
Pakistan, el PML-Q, para apoyar a Musharraf.

Puede ser que un golpe de amnesia compartida vuelva a juntarlos.

¿Y ahora, qué hace Benazir? La capacidad de presión de Wáshington en
Islamabad es limitada, y es justamente por eso que la querían ver
metida en el asunto. "Siempre es mejor", bromeaba a medias el
Embajador en una recepción, "tener dos números de teléfono en una
capital". Quizás sea cierto, pero no le pueden asegurar que sea
Primera Ministra; ni siquiera una elección justa. En su celda,
esperando la ejecución, su padre había estado pensando sobre problemas
parecidos, y había llegado a conclusiones algo distintas. El
testamento y la última voluntad de Zulfiqar Alí Bhutto, "Si me
asesinan", estaba escrito en una modalidad semigramsciana, pero
ninguno de sus colegas dejó de entenderlo:

Estoy completamente convencido de que el pueblo de Pakistán jamás
aceptará una hegemonía extranjera. Pero por la misma lógica, el pueblo
de Pakistán tampoco aceptará una hegemonía inerna. Las dos se
complementan. Si nuestro pueblo, a priori, se somete a una hegemonía
interna, terminará sometiéndose a la hegemonía externa. Esto es así
porque el poder y la fuerza de la hegemonía externa es mucho mayor que
la interna. Si el pueblo tiene demasiado miedo para resistir a la
fuerza más débil, no puede resistir a la fuerza más poderosa. Aceptar
o tolerar la hegemonía interna significa someterse a la hegemonía
externa.

El texto adquirió una significación semisagrada entre sus partidarios
después de su ahorcamiento en abril de 1979. Pero cuando estuvo en el
poder, Bhutto padre no había llegado a desarrollar una estrategia o
una institución más contra-hegemónica que la constitución de 1973,
redactada por el veterano abogado de los derechos civiles Mahud Alí
Kasuri (su hijo Jurshid fue, hasta hace poco, ministro de relaciones
exteriores). Tenía un estilo de gobierno personalista y autocrático
que neutralizó el espíritu de su partido, dio aliento a los
oportunistas y buscadores de carrera, para finalmente abrirles el
camino a sus enemigos. Fue víctima de una grave injusticia. Su muerte
hizo olvidar todos los defectos y lo transformó en un mártir. Más de
la mitad del país (principalmente los pobres) hizo duelo por su
fallecimiento.

La tragedia llevó a que el PPP se convirtiera en una heredad familiar,
algo poco saludable (para el partido y para el país). Dio a los Bhutto
un banco de votos y grandes reservas. Pero la experiencia del juicio y
ejecución de su padre radicalizó y politizó a la hija. Una vez me dijo
que hubiera preferido ser diplomática. Sus dos hermanos, Murtaza y
Shajnawaz, estaban en Londres: su padre, desde la prisión, les había
prohibido volver al país. El peso de salvar la vida de su padre cayó
sobre Benazir y su madre, Nusrat, y el coraje con que lo hicieron les
ganó el respeto silencioso de una mayoría atemorizada. Se negaron a
someterse a la dictadura militar del general Zia, que, más allá de
cualquier otra cuestión, invocaba el Islam para eliminar derechos que
las mujeres habían ganado en las décadas anteriores. Benazir y Nusrat
Bhutto fueron arrestadas y liberadas repetidamente. Empezaron a tener
problemas de salud. En 1982, se autorizó a Nusrat a abandonar el país,
para que buscara consejo médico. Poco más de un año después, también
Benazir fue liberada, en parte debido a la presión de EEUU, orquestada
por su antiguo amigo de Harvard Peter Galbraith. Más tarde describió
la época en sus memorias, "Hija de Oriente" (1988); incluía epígrafes
fotográficos como el siguiente: "Poco después de que el presidente
Reagan elogiara al régimen por sus "grandes pasos hacia la
democracia", los matones de Zia disparaban contra manifestantes
pacíficos que conmemoraban el Día de la Independencia de Pakistán. La
policía fue igualmente brutal contra los que protestaban por el
atentado contra mi jeep en enero de 1987"

Su departamentito londinense, en Barbican, se convirtió en el centro
de la oposición a la dictadura, y fue allí donde discutimos muchas
veces cómo luchar contra los generales. Benazir había construido su
posición resistiendo firme y pacíficamente a los militares; a cada
infamia respondía con una réplica tajante. Sus hermanos habían estado
actuando a otro nivel: habían organizado un grupo armado, al-Zulfiqar,
cuyo objetivo declarado era hostigar y debilitar al régimen atacando a
'los traidores que habían colaborado con Zía'. En Pakistán se
reclutaron los principales voluntarios, y en 1980 obtuvieron una base
en Afganistán, donde tres años antes habían tomado el poder los
comunistas promoscovitas. Fue una historia triste, con una buena dosis
de fraccionalismo, pequeñas rivalidades, todo tipo de fantasías y,
para los miembros menos afortunados del grupo, de muerte.

En marzo de 1981, la FIA colocó a Murtaza y Shajnawaz en su lista de
principales buscdos. Habían secuestrado un jet de Pakistan
International poco después de que dejara Karachi (un corte de luz
había paralizado las máquinas de rayos X, lo que les permitió subir
sus armas). Lo desviaron a Kabul. Allí, Murtaza se hizo cargo del
avión y exigió la liberación de los prisioneros políticos. Se asesinó
a un joven oficial militar que estaba a bordo. El avión recargó
combustible y voló a Damasco, donde el jefe de los espías sirios, el
General Joli, se hizo cargo de la situación y se aseguró de que no
hubiera más muertes. En el avión había pasajeros estadounidenses; esto
tuvo el mayor de los efectos sobre los generales y, solo por eso, se
liberaron los prisioneros pakistaníes, que fueron enviados a Trípoli
en avión.
Parecía una victoria. Y el PPP, en Pakistán, la recibió como tal. Por
primera vez el grupo empezó a tener respetabilidad. Dentro del país,
un blanco especial era Maulvi Mushtaq Hussain, Presidente de la Corte
de Lahore, quien había sentenciado a muerte a Zulfiqar Ali Bhutto en
1978. Su conducta en la corte había shockeado incluso a quienes eran
hostiles al PPP (entre otros cargos, acusó a Bhutto con el de "querer
hacerse pasar por musulmán": su madre era una hinduísta conversa).
Mushtaq viajaba a su casa en el barrio Model Town de Lahore, en el
auto de un amigo, cuando los tiradores de al-Zulfiqar abrieron fuego.
El  juez se salvó pero su amigo y el chofer murieron. El amigo era uno
de los Jaudris de Gujarat, Jaudri Zajur Elaji, un empresario
regateador que había pedido al general Zía, ostentosamente, que le
regalase la lapicera "sagrada" con que había firmado la sentencia de
muerte de Bhutto. La lapicera pasó a integrar las posesiones de la
familia. Zajur Elaji puede no haber sido el blanco, pero al-Zulfiqar,
incómodos por haber perdido al juez, proclamaron que también estaba en
la lista (lo que bien pudo haber sido verdad).

El balasto civil de Musharraf proviene de la siguiente generación de
Jaudris: fue el hijo de Zajur Elaji, Shuyaat, quien organizó la
ruptura con Nawaz Sharif para crear el PML-Q, que facilitó los dolores
de crecimiento del nuevo régimen. todavía sigue determinando acuerdos,
y pretendía que la emergencia se impusiera mucho más temprano para
evitar el acuerdo con Benazir. Ahora estará a cargo de la campaña
electoral del general. Su primo Pervez Elaji es el jefe del gabinete
de ministros del Punjab; su hijo, a su vez, se encarga de continuar
con la tradición familiar: se dedica a expulsar arrendatarios para
comprar toda la tierra disponible en los márgenes de Lahore. No se ha
divulgado cuál miembro de la familia conserva la lapicera sagrada.

Pero el secuestro había enojado a Moscú, y el régimen afgano pidió a
los hermanos Bhutto que encontrasen otro refugio. En Kabul se habían
casaddo con dos hermanas afganas, Fauzia y Rejana Fasijudin, hijas de
un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Extranjeros de
Afganistán. Dejaron el país con ellas, y tras una estadía en Siria (y
quizás en Libia) terminaron en Europa. Se reunieron con la hermana en
la Riviera francesa, en 1985. El sitio era el que mejor sentaba a los
estilos de vida de los tres herederos.

Los jóvenes temían a los agentes del general Zía. Cada uno tenía una
hijita. Shajnawaz vivía en un departamento en Cannes. Había estado a
cargo del "aparato militar" y la vida en Kabul le había tomado un
precio muy grande. Era esquivo y nervioso. Las relaciones con su
esposa se hicieron tormentosas, y le dijo a su hermana que estaba
preparándose para el divorcio. "Nunca hubo un divorcio en la familia.
Ni siquiera tuviste un casamiento arreglado... Elegiste casarte con
Rejana. Ahora tenés que hacerte cargo", fue -según las memorias de
Benazir- la respuesta. Y luego, Shajnawaz apareció muerto en su
departamento. Según su esposa, había bebido veneno. Pero según Benazir
ningún miembro de la familia le creyó. En el cuarto había signos de
violencia, y alguien había estado hurgando en sus papeles. Rejana
tenía una apariencia inmaculada, lo que dejó intranquila a la familia.
Le dieron tres meses de prisión aplicándole la ley del "buen
samaritano": no había asistido a un moribundo. Tras su liberación se
estableció en los EEUU. Benazir se preguntó: "¿Lo habrá matado la CIA
como gesto de buena voluntad hacia su dictador favorito?" Planteó
otras preguntas: las hermanas, ¿se habían convertido en agentes del
ISI? La verdad sigue oculta. No mucho después, Murtaza se divorció de
Fauzia pero mantuvo la custodia de su hija Fátima, de tres años, y se
mudó a Damasco. Allí le sobró el tiempo para reflexionar y habló con
sus amigos sobre los muchos errores que había cometido. En 1986 se
encontró con Ghinwa Itaui, una joven docente que había huído de Líbano
tras la invasión israelí de 1982. Lo tranquilizó y se hizo cargo de la
educación de Fátima. Se casaron en 1989 y tuvieron un hijo, Zulfiqar,
al año siguiente.

Benazir volvió a Pakistán en 1986, y grandes multitudes salieron a
darle la bienvenida, tanto para mostrarle el afecto que le tenían como
para manifestar su rabia contra el régimen. Hizo campaña en todo el
país, pero cada vez tuvo más claro que para algunos de los de
mentalidad más religiosa una joven soltera no era un dirigente
aceptable. ¿Cómo visitar Arabia Saudí sin un marido? Aceptó una oferta
de matrimonio de la familia Zardari, y en 1987 se casó con Azif. Había
tenido la preocupación de que cualquier esposo hubiera encontrado
difícil acomodarse a los períodos de separación implícitos en su
nomádica vida política, pero Zardari se las arregló solo
perfectamente.

Un año después, el avión del general Zía estalló en pleno vuelo. Hubo
elecciones. El PPP obtuvo la mayor cantidad de bancas. Benazir llegó a
ser primera ministra, pero se vio rodeada, por un lado, por el
ejército, y por el otro, por el presidente (el burócrata preferido del
ejército, Ghulam Ishaq Jan). Según me contó, en ese momento sentía que
carecía de todo poder. No se le permitía hacer nada. Le aconsejé
"Díselo a la gente. Diles porqué no podés cumplir con las promesas que
hiciste de darles educación gratuita, cloacas decentes, agua limpia y
servicios de salud que mejoren las altas tasas de mortalidad
infantil". No les dijo. En realidad, no hizo nada de nada, aparte de
conseguirle empleo a algunos de sus partidarios. Parece que ya estaba
satisfecha con haber llegado al poder. Hizo viajes de Estado. Se
encontró con la Sra. Thatcher, que le gustó, y luego, con su nuevo
marido a la rastra, fue recibida correctamente por el rey saudí.
Entretanto otros complots estaban en marcha (la oposición estaba
comprando, literalmente, algunos de sus propios miembros del
parlamento) y un decreto presidencial la sacó del gobierno en 1990;
los protegidos de Zía, los hermanos Sharif, volvieron al poder.

En 1993 la reeligieron. Pero ella ya había abandonado toda idea de
reforma. Sin embargo, estaba apurada por hacer cosas. Eso se vio
claramente cuando designó ministro de inversiones a su marido: el
responsable por todas las ofertas de inversión, internas y externas.
Se suele afirmar que la pareja acumuló 1500 millones de dólares. El
alto comando del Partido del Pueblo Pakistaní se había convertido en
una máquina de hacer dinero, pero sin mecanismos de derrame. Durante
este período el partido se degeneró por completo. Cada vez que yo
increpaba al respecto a los miembros avergonzados del partido solo
podían contestar que "todo el mundo lo hace, en todo el planeta",
reconociendo así que lo único que interesaba era el vínculo del
dinero. En política exterior dejó un legado mixto. Se negó a aprobar
una aventura militar anti-hindú sobre Kargil, en las estribaciones del
Himalaya. Pero para prepararse para esa aventura, como escribí el 15
de abril de 1999 en la LRB, apoyó la toma de Kabul por los talibanes:
esto hace doblemente irónica, entonces, la campaña de Wáshington y
Londres que nos la presentan como una campeona de la democracia.

Murtaza Bhutto había cuestionado las elecciones desde el exilio.
Obtuvo una banca en la legislatura provincial del Sind. Volvió a su
país y expresó su desagrado con las medidas de su hermana. Las
reuniones familiares se hicieron tensas. Murtaza tenía sus
debilidades, pero no era corrupto, y reivindicaba el viejo manifiesto
revolucionario del partido. No ocultaba a nadie que para él Zardari
era un comisionista que solo se intereaba por la plata. Nusrat Bhutto
sugirió que Murtaza sea el jefe del gabinete de ministros del Sind, y
Benazir respondió echando a su madre del cargo de presidenta del PPP.
Si Murtaza había sentido alguna simpatía por su hermana, el odio la
reemplazó. Ya no se sintió obligado a controlar su lengua y en cada
oportunidad que se le presentaba hablaba pestes de Zardari y del
régimen corrupto presidido por su hermana. Era difícil culparlo,
vistas las circunstancias. El futuro ministro en jefe del Sind era
Abdullah Shaj, uno de los inventos de Zardari. Empezó a hostigar a los
partidarios de Murtaza, quien decidió enfrentar al organista
directamente. Lo llamó a Zardari y lo invitó a una charla informal,
sin guardaespaldas, para tratar de arreglar los problemas familiares.
Zardari estuvo de acuerdo. Mientras los dos hombres caminaban por el
parque, aparecieron partidarios de Murtaza y aferraron a Zardari.
Alguien trajo una navaja de barbero y algo de agua tibia, y Murtaza le
afeitó medio bigote a Zardari, para delicia de sus partidarios. Luego,
le dijo que se perdiera. Zardari estaba echando humo, aunque
probablemente había temido algo mucho peor. Se vio obligado a sacarse
en su casa la otra mitad del bigote. Los medios se enteraron,
divertidos, de que el consorte, ahora afeitado, había aceptado
consejos de inteligencia según los cuales el bigote lo hacía un blanco
demasiado reconocible. ¿Porqué, en ese caso, permitió que volviera a
crecer inmediatamente después?

Unos meses después, en setiembre de 1996, Murtaza y su círculo íntimo
estaban volviendo de un encuentro político cuando unos setenta
policías armados lo emboscaron frente a su casa. Los acompañaban
cuatro oficiales superiores. En los árboles había cierta cantidad de
francotiradores. Las luces de la calle estaban apagadas. Murtaza
entendió perfectamente lo que pasaba y salió del auto con las manos en
alto; a sus guardaespaldas se les dio la orden de no disparar. Pero la
policía disparó y mató siete hombres. Entre ellos, Murtaza. La bala
fatal se había disparado a quemarropa. La trampa se había tendido con
cuidado, pero, como sucede en Pakistán, la crudeza de la operación
-ingresos falsos en los registros policiales, pruebas extraviadas,
testigos intimidados tras ser arrestados, el despacho del gobernador
provincial del PPP a un encuentro inexistente en Egipto (no se lo
consideraba de fiar), la muerte de un policía del que se temía que
hablara- hacía obvioque la decisión de matar al hermano de la primer
ministro se había tomado a muy alto nivel.

Mientras se preparaba la emboscada, la policía había precintado la
casa de Murtaza (era la casa de donde se lo habían llevado los
comandos de Zía en 1978). La familia, adentro, se dio cuenta de que
algo andaba mal. En este momento, una Fátima Bhutto notablemente
compuesta para sus 14 años decidió llamar a su tía, en la residencia
del Primer Ministro. La conversación quedó tan impresa en su memoria
que pocos años después me la pudo relatar. Atendió Zardari:

Fatima: Quiero hablar con mi tía por favor.

Zardari: No es posible.

Fatima: [Que dice haber escuchado en este momento fuertes gemidos y lo
que sonaba como llantos falsos] Porqué?

Zardari: Está en un ataque de histeria, ¿no la oís?

Fatima: ¿Porqué?

Zardari: ¿No sabés? Dispararon contra tu padre.

Fátima y Ghinwa descubrieron dónde habían llevado a Murtaza, y
salieron corriendo de la casa. En la calle no había señal de que algo
hubiera sucedido: la escena del crimen estaba completamente limpia de
toda prueba. No había rastros de sangre, ni signos de disturbio
alguno. Fueron en auto directamente al hospital, pero ya era muy
tarde: Murtaza había muerto. Luego se enteraron de que lo habían
dejado desangrándose sobre el pavimento durante casi una hora antes de
levarlo a un hospital que carecía de instalaciones de emergencia.

Cuando Benazir llegó al funeral de su hermano, en Larkana,
muchedumbres enojadas apedrearon su limusina y tuvo que retirarse. En
otra expresión de emoción poco común, la gente del lugar convenció a
la viuda de Murtaza de que asistiera al entierro, desafiando la
tradición islámica. Según Fátima, uno de los dependientes de Benazir
instigó un proceso legal contra Ghinwa, en una corte religiosa, por
quebrar la ley islámica. Nada era sagrado.

Fueron arrestados todos los testigos del asesinato de Murtaza; uno
murió en prisión. cuando Fátima llamó a Benazir para preguntarle
porqué se arrestaba a los testigos y no a los asesinos se le dijo
"Mirá, sos muy joven, no entendés cómo son las cosas". Quizás fue por
este motivo que la dulce tía decidió darle ánimo a Fauzia, la madre
biológica de Fátima, a venir a Pakistán para reclamar la custodia de
la muchacha; antes la había denunciado como asesina a sueldo del
general Zía. No es un misterio para nadie quién pagó el pasaje desde
California. Fátima y Ghinwa Bhutto resistieron, y el intento fracasó.
Benazir, entonces, buscó un enfoque más blando, y le pidió a Fátima
que la acompañara a Nueva York, donde se dirigiría a la Asamblea de
Naciones Unidas. Ghimwa Bhutto se acercó a algunos amigos en Damasco,
y logró sacar a sus dos hijos del país. Más tarde, Fátima descubrió
que Fauzia se había estado viendo con Benazir en Nueva York.

En noviembre de 1996, Benazir volvió a caer del poder. Esta vez la
quitó su propio presidente, Faruq Leghari, un cuadro importante del
PPP. Habló de corrupción, pero también estaba enojado por un crudo
intento de chantaje que le había hecho el ISI: los organismos de
inteligencia habían fotografiado a la hija de Leghari en un encuentro
con un varón, y habían amenazado con hacerlo público. La semana en que
cayó Benazir, el ministro principal del Sind, Abdullah Shah, saltó a
un yate y huyó de Karachi en dirección al golfo. De allí, partió a
EEUU.

El gobierno de Benazir había designado una comisión judicial para
investigar las circunstancias de la muerte de Murtaza. Lo encabezaba
un juez de la Suprema Corte, y recogió pruebas detalladas de todas las
partes. Los abogados de Murtaza acusaron a Zardari, Abdullah Shah y
dos altos oficiales de la policía de conspiración para el asesinato.
Benazir ahora no estaba en el poder, y aceptó que había habido una
conspiración. Pero sugirió que "la mano oculta fue el Presidente Faruq
Ajmad Leghari" con la intención, dijo, de "matar un Bhutto para
quitarse un Bhutto de encima". Nadie se lo tomó en serio. Tras todo lo
que había pasado, la sugerencia era increíble.

Según el tribunal no había pruebas legalmente válidas que vinculasen a
Zardari con el incidente, pero aceptó que "se trata de un asesinato
policial extrajudicial", y concluyó que semejante intento no hubiera
podido tener lugar sin aprobación de los círculos más elevados. Nada
pasó. Once años después, Fátima Bhutto acusó públicamente a Zardari.
También declaró que muchos de los implicados ese día parecen haber
sido gratificados por sus acciones. Poco antes de que se impusiera la
emergencia, en una entrevista para una estación de TV independiente,
se le pidió a Benazir que explicase cómo era que su hermano se había
desangrado hasta morir a la puerta de su hogar, estando ella de
primera ministro. Se levantó y se fue del estudio. Una aguda nota de
Fátima, publicada en el Los Angeles Times el 14 de noviembre, provocó
la siguiente respuesta: "Mi sobrina está enojada conmigo". Y, sí...

Musharraf bien puede haber retirado los cargos por corrupción. Pero
otros tres siguen en marcha en Suiza, España y Gran Bretaña. En julio
de 2003, tras investigar por varios años, el magistrado ginebrino
Daniel Devaud acusó en ausencia al Sr. y la Sra. Asif Ali Zardari de
lavado de dinero. Habían aceptado coimas por 15 millones de dólares de
dos compañías suizas, SGS y Cotecna. Se los sentenció a seis meses de
prisión y a devolver al gobierno de Pakistán 11,9 millones. Devaud
declaró ante la BBC "Por cierto, no tengo la menor duda sobre mi
sentencia". Benazir apeló, forzando una nueva investigación. El 19 de
setiembre de 2005 se presentó ante una corte de Ginebra y trató de
desvincularse del resto de la familia: dijo que no había tenido nada
que ver y que todo había sido un asunto entre su marido y su madre
(que sufre Alzheimer). No sabía nada d elas cuentas. ¿Y qué, entonces,
del acuerdo que había firmado su agente Jens Schlegelmilch, según el
cual, en el caso de que ella y Zardari muriesen los activos de la
Financiera Bomer se repartirían igualitariamente entre las familias
Bhutto y Zardari? De eso tampoco sabía nada. ¿Y el collar de diamantes
de 120 000 libras que estaba en una caja de seguridad bancaria que
pagaba Zardari? Sí, era para ella, pero ella había rechazado el regalo
por "inadecuado". El caso sigue adelante. El mes pasado Musharraf
informó a Owen Benett Jones, del World Service de BBC, que su gobierno
no interferiría con las actuaciones judiciales: "Es cosa del gobierno
suizo. Depende de ellos. Es un caso que se tramita en sus cortes".
En Inglaterra, las complicaciones legales se refieren a la finca
Rockwood, situada en Surrey y con un valor de 3,4 millones de dólares.
La adquirieron compañías offshore, por cuenta de Zardari, en 1995, y
la redecoraron según sus exigentes gustos. Zardari negó que fuera de
su propiedad. Pero cuando la corte estaba a punto de instruir a los
liquidadores para que la vendan y entreguen lo recaudado al gobierno
pakistaní, Zardari se presentó y aceptó que era el propietario. El año
pasado, el Lord Justice Collins dictaminó que -si bien él no estaba
obteniendo "evidencia fáctica", había una "perspectiva razonable" de
que el gobierno pakistaní pudiera demostrar que Rockwood se había
adquirido y redecorado con "el fruto de la corrupción". Un amigo
cercano de Benazir me dijo que en ésta, realmente, ella no tenía nada
que ver, porque Zardari no tenía previsto estar mucho con ella en esa
casa.

Quien explicó porqué Wáshington había empujado el matrimonio de
conveniencias fue Daniel Markey, quien proviene del Departamento de
Estado y ahora es miembro conspicuo para India, Pakistán y Asia
Meridional del Council on Foreign Relations: "A los EEUU le venía bien
que el gobierno estuviera en manos de un partido progresista,
reformista, más cosmopolita". Como lo revelan sus finanzas, los
Zardaris son verdaderamente cosmopolitas.

Pero entonces, ¿qué está en juego en Pakistán en lo que hace a
Wáshington? Hace poco el Secretario de Defensa de EEUU, Robert Gates,
dijo que "Mi preocupación es que cuanto más continúen los problems
internos más se van a distraer el ejército pakistaní y sus servicios
de seguridad con la situación interna, en vez de dedicarse a la
amenaza terrorista de las fronteras". Pero una de las razones de la
crisis interna es el exceso de confianza que EEUU le ha brindado a
Musharraf y los militares pakistaníes. Actúa como le viene en gana
gracias al apoyo y el financiamiento de Wáshington. Pero la ocupación
militar occidental en Afganistán es tan carente de sentido como
crucial, porque la inestabilidad de Kabul se filtra a Peshawar y las
regiones tribales que median entre ambos países. El estado de
emergencia se concentró en el Poder Judicial, los políticos de la
oposición y los medios independientes. Los tres, cada cual a su modo,
se oponen a la línea oficial sobre Afganistán y la "guerra contra el
terror", sobre la desaparición de prisioneros políticos y el uso
extendido de la tortura en las prisiones pakistaníes. Estos asuntos se
estaban debatiendo en la televisión de un modo mucho más abierto que
en Occidente, donde un consenso total sobre Afganistán ahoga cualquier
disenso. Según Musharraf, la sociedad civil complicaba la "guerra
contra el terror". De allí la emergencia. Por supuesto, es una
estupidez. Lo que crea disensiones dentro del ejército es la guerra en
las regiones fronterizas. Muchos no quieren combatir. De allí la
rendición de docenas de soldados a las guerrillas talibanes. De allí
los retiros tempranos de muchos oficiales jóvenes.

Los sabios de Occidente se lo pasan hablando del dedo de la Jihad
sobre el botón nuclear. Es mera fantasía, que recuerda una campaña
similar de hace tres décadas. Entonces, no eran los de la Jihad la
amenaza, porque peleaban junto a Occidente en Afganistán, sino los
revolucionarios nacionalistas militgares. La nota de tapa del Time del
15 de junio de 1979 se dedicó a Afganistán. Se citaba a un importante
diplomático occidental, que decía que "el gran peligro era que
apareciese otro Gadafi, algún mayor o coronel revolucionario en el
ejército pakistaní. Podríamos despertarnos una mañana y encontrárnoslo
ocupando el lugar de Zía. Y créanme, Pakistán no sería el único lugar
que se desestabilizaría"

El ejército pakistaní tiene medio millón de hombres. Sus tentáculos se
extienden por todos lados: la tierra, la industria, los servicios
públicos, etc. Haría falta un levantamiento cataclísmico (por ejemplo,
una invasión y ocupación de EEUU) para que este ejército se sienta
amenazado por un levantamiento del Jihad. Los altos mandos están
unidos por dos motivos: la unidad organizativa y la voluntad de
mantener a los políticos bajo contro. También temen perder el confort
y los privilegios que han adquirido tras décadas de gobierno, pero
también tienen la profunda aversión a la democracia que caracteriza a
la mayor parte de los ejércitos. No están acostumbrados, en su propio
medio, a tener que rendir cuentas. Les resulta difícil tener que
hacerlo ante el conjunto de la sociedad.

A medida que el sur de Afganistán se hunde en el caos, y a medida que
la corrupción y la inflación masiva hacen pie, los talibanes consiguen
más y más reclutas. Los generales que convencieron a Benazir de que el
control de Kabul, a través de los talibanes, le daría "profundidad
estratégica" ya deben de estar retirdos. Pero sus sucesores saben que
los afganos no van a tolerar una ocupación occidental de largo plazo.
Esperan que retorne un régimen de talibanes blanqueados. EEUU, en
lugar de una solución regional con participación de la India, Irán y
Rusia, prefiere que el ejército pakistaní sea su policía permanente en
Kabul. No va a andar. En el mismo Pakistán la larga noche continúa
cada vez que el ciclo se reinicia: la dirigencia militar promete
reformas, degenera en una tiranía, los políticos que prometen apoyo
social al pueblo degeneran en oligarcas. En el futuro previsible, y
visto que es difícil que intervenga algún vecino que funcione mejor,
Pakistán va a balancearse entre estas dos formas de gobierno. Quienes
creen haberlo probado todo y fallaron volverán a un estado de
semiadormecimiento, a no ser que algo impredecible las ponga de nuevo
de pie. Esto, siempre puede suceder.


Epílogo (Diciembre 31 2007)

Seis horas antes de su ejecución, Mary, la Reina de los Escoceses,
escribía a su cuñado Enrique III de Francia: "...En cuanto a mi hijo,
te lo encomiendo por lo que pueda valer, ya que no puedo responder por
él". Era el año 1587.
El 30 de diciembre de 2007, un cónclave de potentados feudales se
reunión en el hogar de la asesinada Benazir Bhutto para escuchar la
lectura de su última voluntad y testamento, para anunciar al mundo y
los medios su contenido. Allí donde María usaba el potencial, su
equivalente de hoy no dejó lugar a dudas: podía, ciertamente,
responder por su hijo.

El partido estará en manos de un triunvirato conformado por su marido,
Asif Zardari (uno de los políticos más venales y desacreditados del
país, que aún enfrenta cargos por corrupción en tres cortes de Europa)
y dos nulidades hasta que el hijo de Benazir, Bilawal, hoy de 19 años,
llegue a la mayoría de edad. Será entonces el presidente vitalicio y,
sin duda, lo entregará a sus hijos. Ahora es oficial, pero no por eso
es menos grotesco. Se está tratando al Partido del Pueblo de Pakistán
como una heredad familiar, algo que se puede manejar según la voluntad
de su máximo dirigente.

Ni más ni menos. Pobre Pakistán y pobres partidarios del Partido del
Pueblo. Ambos merecen algo mejor que esta desagradable charada
medieval.

La última decisión de Benazir siguió la misma línea autocrática de las
que la precedieron. Este enfoque terminó costándole, trágicamente, la
vida. Si hubiera cedido al consejo de algunos de los dirigentes de su
partido, y se hubiera negado al acuerdo con Pervez Musharraf
propugnado por Wáshington, o si, aún después de hberlo aceptado,
hubiera decidido la abstención en la elección parlamentaria, quizás
estaría viva. Su último regalo al país no parece el mejor augurio para
su futuro.

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El año próximo, Tariq Alí publicará  The Duel: Pakistan on the Flight
Path of American Power.


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