[R-P] [E. Lacolla] La nueva guerra fría (ojalá no esté metiendo la pata)
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Ene 2 09:29:50 MST 2008
[Enrique Lacolla me hizo conocer esta nota hace unos días, y me
informó que "La Voz del Interior" la publicaría hoy 2 de enero. Espero
que así haya sido, porque es tan buena que la voy a mandar hoy mismo a
la lista RP]
La nueva guerra fría Por ENRIQUE LACOLLA
Insensiblemente, el mundo se ha aproximado a los años más oscuros de
la confrontación entre Oriente y Occidente.
De una manera sutil, inadvertida casi, el mundo está entrando en una
nueva Guerra Fría. La responsabilidad de esta ominosa deriva compete,
de manera principal, a los gobiernos norteamericanos y, en menor
medida, a los otros dos componentes de lo que Samir Amin llama la
Tríada: la Unión Europea y Japón.
La culpa de estos, sin embargo, se vincula más bien a la pretensión de
construir un modelo de explotación global del mundo concebido de
acuerdo a los principios de la más desorbitada economía de mercado.
Tal vez esperaban conseguirlo a bajo costo, pero los hechos les están
empezando a demostrar que semejante empeño –por fuerza piloteado por
Estados Unidos– trae aparejado peligros que quizá no están ya muy en
disposición de correr. Y que aun menos podrían abordar si sus pueblos
cobrasen conciencia del riesgoso camino en que los han metido.
La ceguera de gran parte de la opinión pública norteamericana,
consecuencia de un aislacionismo mental fraguado en dosis iguales por
la ignorancia del mundo exterior y por los prejuicios fabricados por
Hollywood y los medios de prensa corporativos, ha facilitado en cambio
la tarea a los bastoneros de política de predominio global, empujada
por Washington contra viento y marea.
El dinamismo norteamericano se corresponde por otra parte con la
tradición de una política exterior (y con frecuencia interior)
acostumbrada a blandir el big stick de Theodore Roosevelt, política
que se ha agravado muchísimo a partir del advenimiento de la camarilla
neoconservadora ungida fraudulentamente en las elecciones del 2000.
El diagrama del dominio universal por Estados Unidos estaba programado
desde mucho antes del derrumbamiento de la Unión Soviética; pero a
partir de este cobró una intensidad sin paralelo, que está empezando a
alarmar incluso a algunos sectores del establishment; ese proyecto,
empero, posee una dinámica propia de la que no será fácil volver
atrás.
Esa dinámica ha llevado a Rusia –de la mano de Vladimir Putin y de los
cuadros surgidos de la policía política, principal reaseguro de la
integridad rusa desde los tiempos de los zares hasta ahora– a
reaccionar contra ella y a iniciar una carrera que permita a su enorme
país recuperar la estatura internacional que había tenido y, sobre
todo, erigirse en un muro contra el panorama disociador de Rusia
diseñado por Zybigniew Brzezinski en El Gran Tablero Mundial y en
otras publicaciones, que redondean y dan forma sistemática y acorde a
la coyuntura, a las tendencias de la política exterior norteamericana
que están vigentes desde los tiempos del segundo Roosevelt hasta aquí.
Franklin Delano Roosevelt (FDR) hizo dar a su nación el salto que la
llevó de su situación de magnífico aislamiento en el hemisferio
occidental, a la condición de primera superpotencia mundial, pero
tanto él como sus sucesores (Harry Truman, Dwight Eisenhower, Jack
Kennedy, Richard Nixon y Jimmy Carter) entendían que existía un poder
contrastante y un sistema distinto, la Unión Soviética y el comunismo,
que no podían ser hechos a un lado sin mediar un conflicto que, con
mucha probabilidad, hubiera abolido a la humanidad en su conjunto. O
al menos a las principales potencias enfrentadas y a Europa.
Coexistencia pacífica La coexistencia pacífica –término acuñado por
Nikita Kruschev– se impuso entonces como un expediente que no impedía
a las potencias opuestas guerrear por interpósitas personas y en
terceros países, pero limitaba esos choques a los bordes de los
territorios enfrentados.
Eventualmente esa contraposición ayudaba a los países sometidos por el
imperialismo occidental a enfrentarse a sus opresores, como fue el
caso de Vietnam y de un cierto número de conflictos que se produjeron
en Asia, Africa y América latina. En Europa, como los márgenes
confrontativos eran mucho más estrechos y el riesgo de que un choque
degenerase en una guerra mundial era inmediato, la situación de los
países situados en el glacis soviético y que no se sentían muy cómodos
en esa situación, no registró cambios. Ejemplo del tácito respeto al
statu quo fue la rebelión húngara de 1956, sofocada en sangre por los
soviéticos sin que Occidente hiciera otra cosa que despotricar contra
el atropello.
Hubo una excepción a esta situación: la crisis de los misiles cubanos
en 1962. En esa ocasión se asistió, aunque el mundo no estuvo muy
consciente de ello, a una peligrosa negociación al borde del abismo.
Esta se realizó bajo cuerda y, en buena medida, parece haber sido
manejada por la Unión Soviética. La instalación de misiles con cabeza
nuclear en Cuba era una clara transgresión del tácito pacto de no
agresión signado en Yalta, por el cual las dos superpotencias daban
por sobreentendido que ninguna de ellas haría irrupción en el área
controlada por la otra. América latina había constituido siempre el
feudo, a menudo díscolo, de Estados Unidos, pero pese a las frecuentes
intervenciones y desestabilizaciones que Washington realizaba contra
los gobiernos que le eran desafectos y tenían la ocurrencia de querer
escapar a su abrazo, nunca se había producido el ingreso de otro poder
mundial en el "patio trasero". Y menos lo iba a permitir entonces, en
especial si en una isla situada a pocos cientos de millas de la costa
norteamericana se distribuían cohetes balísticos de alcance medio
capaces de llegar a centros vitales de la Unión.
En los tensos días de la crisis, que estuvieron a punto de desembocar
en una guerra general, comenzó sin embargo a diseñarse una salida
fundada en un toma y daca. La URSS retiraba sus misiles de Cuba a
cambio de la inmunidad de la isla a una invasión estadounidense y al
retiro de los misiles de alcance medio que Estados Unidos tenía
estacionados en Turquía. Aunque el acuerdo se mantuvo en secreto y
tuvo efecto seis meses después de superada la crisis– –que dejó la
sensación de una victoria norteamericana– de hecho implicó un empate
quizá buscado con antelación por Kruschev, para remover de esa manera
una amenaza próxima y directa al territorio soviético. Moscú manipuló
a Cuba y a Washington, de alguna manera, para llegar a esas tablas.
Cambian las tornas A partir de los '80, sin embargo, las tornas de la
guerra fría empiezan a alterarse. La URSS, trabada por su gigantismo
burocrático y la corrupción de una nomenklatura que se cierra sobre sí
misma, se encuentra cada vez más en inferioridad de condiciones frente
a un Occidente que ha iniciado la transición al capitalismo salvaje y
que no vacila, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, a hacer volar
los parámetros securitarios forjados en Yalta. El despliegue de los
cohetes Pershing en Europa y sobre todo la amenaza de la "guerra de
las estrellas", con el fabuloso andamiaje monetario que ella puede
representar, encuentran a los rusos fuera de balance e incapaces de
sostener la carrera armamentista. Tras frustrarse el intento soviético
de mantener su posición en Afganistán –último intento ruso por retomar
la iniciativa, comenzado en diciembre de 1979 y terminado en febrero
de 1989– la URSS arroja la toalla, renuncia a su "protectorado" sobre
los países del Este e implosiona, hundiéndose sobre sí misma.
Lo que vino después fue el período yeltsiniano, significado por el
surgimiento de una neoburguesía mafiosa, en parte integrada por ex
miembros de la nomenklatura que aprovecharon su situación para
adueñarse de las empresas estatales que controlaban, y por meros
traficantes de dinero que amasaron fabulosas fortunas al calor del
favoritismo que les otorgaba el Kremlin.
Ninguna ayuda exterior vino a paliar este desastre. Al contrario,
Rusia se endeudó al mejor estilo argentino y la presión occidental
terminó arrancándole porciones sustanciales de su territorio, la más
importante de las cuales fue Ucrania.
Pero la presión no termina ahí. Brzezinski, en un artículo para
Foreign Affairs, ha llegado a afirmar que, dados el tamaño y la
diversidad de Rusia, "un sistema político descentralizado y fundado en
el mercado libre con probabilidad desataría el potencial creativo de
Rusia. Una Confederación Rusa débilmente atada y compuesta por una
Rusia europea, una República Siberiana y otra República del Lejano
Oriente..., se podrían vincular mejor con sus vecinos y serían capaces
de liberar su potencial creativo local, por mucho tiempo sofocado por
el centralismo moscovita".
Más claro, agua. El viejo principio imperial de dividir para reinar es
explayado por el ex asesor de Jimmy Carter con un cándido cinismo.
La jugada además permitiría la inserción de Estados Unidos en el
corazón del heartland o corazón del mundo, el Asia central, desde
donde podrá controlar los flujos de gas y petróleo desde Turkmenistán
hasta el Océano Indico y amenazar o influir simultáneamente a sus
potenciales rivales por el predominio mundial: Rusia, China y la
India.
Jugar con fuego Jugar con fuego es siempre peligroso. Lo que Estados
Unidos está haciendo ahora con Rusia reproduce, a una escala mucho más
vasta y mucho más peligrosa los riesgos de la guerra fría. Trata de
desintegrar su unidad nacional, se ha aproximado a la frontera con
armas y bagajes y está en vías de crear una situación que puede
suscitar un punto de no retorno en un eventual intercambio nuclear.
Como dice el jefe del Estado Mayor ruso, general Yuri Balyevsky: "un
posible lanzamiento de un misil interceptor desde Europa central
puede... gatillar una respuesta automática de los misiles
intercontinentales rusos, pues no habrá tiempo para saber si esos
misiles que cruzarán el espacio ruso como interceptores serán tales o
ICBM".
¿Qué perspectivas nos aguardan, entonces? La renuncia rusa a seguir
participando del Tratado de Limitación de Armas Convencionales tiene
un significado transparente para los que quieran ver: si Polonia
permite la ubicación de los misiles norteamericanos, los rusos estarán
condiciones y casi con seguridad decididos a atacar ese país para
erradicar la amenaza. El poderío del armamento ruso convencional es
aplastante. ¿Los socios europeos de Estados Unidos correrán a sacarle
las castañas del fuego? ¿Los norteamericanos enviarán sus aviones y
tropas? ¿Cómo? ¿Adónde? ¿Cuándo? Rusia, al revés que Estados Unidos en
1962, no tiene ya nada para ceder a fin de negociar. La continuación
de la iniciativa norteamericana llevaría, casi inexorablemente, a un
choque frontal en el limes entre Oriente y Occidente.
Queremos suponer que el buen sentido de los elementos más pensantes
del establishment y las naturales reservas y temores de los aliados
europeos de la Unión devolverán las cosas a un cauce más sensato. Pero
una cosa es cierta: las puertas del Averno están entreabiertas. Y
muchos no se dan cuenta todavía.
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