[R-P] Argentina y sus paradojas
Enrique C. Picotto
listas en picotto.net
Mie Ene 2 09:14:53 MST 2008
Aprovechando que no hay mucho movimiento en el foro, hago llegar
algo que escribí hace unas lunas. Mientras no pongamos en orden
cosas como «La Nación» y los SEÑOROS GORDOS, no creo que tengamos
éxito con la unión sudamericana. Creo además que ¡LA UNIÓN SUDAMERICANA
NO SERÁ POSIBLE CON BUENOS AIRES! Sigamos el ejemplo del Brasil, QUE
HACE CINCUENTA AÑOS CREÓ UNA NUEVA CAPITAL EN EL INTERIOR.
San Martín y Rosas
Como no podría faltar, tenemos en la liza también al Sr. Luis José
Vincent de Urquiza, miembro vitalicio de una de nuestras cuantiosas
sociedades y academias —inútiles para el pueblo argentino—, HACIÉNDOSE
LA DIARIA otra vez más con el tema Rosas en el «prestigioso matutino»
del 12.11.05:
LA NACIÓN
http://www.lanacion.com.ar/opinion/Nota.asp?nota_id=755545
Rosas II
Señor Director:
"Respecto de la carta del doctor Norberto J. Chiviló, publicada
el 5 del actual, creo oportuno aclarar que el general San Martín
se había instalado en París en 1830 y, que cuando el 6/5/1850
envío a Rosas la carta aludida tenía 72 años, faltaban dos meses
para que falleciera y hacía mucho tiempo que estaba ciego. El
Libertador hacía 30 años que estaba ausente de su patria,
enfermo y ciego, y que muy poco o nada podía saber acerca
de lo que aquí pasaba.
"La carta que cita el doctor Chiviló es verdadera; sin embargo,
no significa que San Martín hubiera deseado que le saquen el
nombre a ninguna calle para poner en su lugar el de Rosas.
"Hay muchos lugares honorables sin nombre en Buenos Aires que
hacen innecesario este cambio; también sería una torpeza y un
ultraje al prócer que fuera desdeñado."
Luis José Vincent de Urquiza
Miembro titular vitalicio de la
Sociedad Argentina de Historiadores
lurquiza en fibertel.com.ar <mailto:lurquiza en fibertel.com.ar>
El Sr. Luis José Vincent de Urquiza demuestra otra vez más que de
Historia Argentina sabe tanto como yo DE CAPAR MONOS, según solía
expresarse don Arturo Jauretche. Pero, para defender prebendas
y canonjías no hace falta conocer nuestra Historia: basta con
repetir la mitología oficial según lo postulara en la Legislatura
del ESTADO DE BUENOS AIRES en 1857 el diputado (?) Nicanor
Albarellos, —incluido por supuesto, como es de rigor, en la
nomenclatura de calles:
No se puede librar el juicio de Rosas a la historia, como quieren
algunos... Es evidente que no puede librarse a la historia el fallo
del tirano Rosas... ¡Lancemos sobre Rosas este anatema, que tal
vez sea el único que puede hacerle mal en la historia, porque
de otro modo ha de ser dudosa siempre su tiranía y también sus
crímenes... ¿Qué se dirá en la historia, señor?, y esto sí que
es hasta triste decirlo, ¿qué se dirá en la historia cuando se
diga que el valiente general Brown, el héroe de la marina en la
guerra de la independencia, era el almirante que defendió los
derechos de Rosas?
¿Qué se dirá en la historia sin este anatema, cuando se diga que
este hombre que contribuyó con sus glorias y talentos a dar brillo
a ese sol de Mayo, que el señor diputado recordaba en su discurso,
cuando se diga que el general San Martín, el vencedor de los Andes,
el padre de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más
grandioso
que puede hacer un militar legándole su espada? ¿Se creerá esto,
señor, si no lanzamos un anatema contra el tirano Rosas? ¿Se creerá
dentro de 20 años o de 50, si se quiere ir más lejos, a ese hombre
tal como es, cuando se sepa que Brown y San Martín le servían
fieles
y le rendían los homenajes más respetuosos a la par de la Francia
y de la Inglaterra?
Cf. José M. Rosa, Historia Argentina, V, 491 et seq.
Con el ANATEMA de Albarellos vemos documentados los crímenes de lesa
patria de Rosas, que más bien parecerían engendrados por el temor de
algunos que hoy disfrutan de propiedades COMME IL FAUT por Palermo —
como el ACA, quizá—, amén de algunas leguas en la provincia, y sobre
cuya procedencia consideran más adecuado callar.
El Sr. Luis José Vincent de Urquiza, por empezar, no sabe ni siquiera
contar los meses del año. Al afirmar «... cuando el 6/5/1850 envío
a Rosas la carta aludida tenía 72 años, faltaban dos meses para
que falleciera», no se da cuenta de que desde el 6 de mayo de 1850
hasta el 17 de agosto del mismo año —fecha del fallecimiento de
San Martín—, transcurrieron tres meses y 11 días. Achaques
propios de los MIEMBROS VITALICIOS, evidentemente.
Cuando afirma que «El Libertador hacía 30 años que estaba ausente
de su patria, enfermo y ciego, y que muy poco o nada podía saber
acerca de lo que aquí pasaba», comete el Sr. Luis José Vincent de
Urquiza otros errores: San Martín partió para Francia en 1824,
habiendo estado además en 1829 en el Río de la Plata. Por lo tanto,
no llevaba en 1850 de ninguna manera 30 años de ausencia.
Tampoco hacía 30 años que estaba «enfermo y ciego» y, por lo demás,
San Martín NO PADECÍA DE SORDERA, como pretende hacer creer el Sr.
Luis José Vincent de Urquiza. Si San Martín tuvo dificultades para
leer en sus últimos días, contaba a su alrededor con suficientes
miembros de su familia y amistades que se encargaban de leerle
lo que le interesaba.
Y la mencionada carta del 06.05.1850, ¿quién la escribió, o por
lo menos quién la dictó...? ¿O es acaso apócrifa...? Además, el
inicio de la correspondencia y amistad con Rosas datan de muchos
años antes. El sable de Maipú le fue donado por San Martín a Rosas
en testamento ológrafo fechado en París el 23 de enero de 1844,
y no caben dudas de que San Martín NO ESTABA CIEGO NI DESPISTADO
en 1844. Pero igualmente se trató de desvirtuar este gesto del
Libertador hacia Rosas, como lo hizo el «historiador» Pacho
O'Donnell — sorprendentemente, también en el «prestigioso
matutino»:
http://www.lanacion.com.ar/Archivo/Nota.asp?nota_id=160440
El sable de San Martín
Por Pacho O´Donnell
Para La Nación
... la decisión testamentaria de nuestro Libertador de legar
a Rosas su sable con el que había asegurado la independencia
de la Argentina, Chile y Perú... San Martín celebraba así la
gesta de Obligado, que lo había conmovido hasta el punto de
ofrecerse para luchar en las filas patriotas a pesar de sus
sesenta y siete años
El «historiador» O'Donnell —y acaso también La Nación— saben muy
bien que San Martín legó su sable a Rosas CON ANTERIORIDAD al
combate de Obligado, ergo nada tiene que ver el gesto con el
hecho de armas. Pero quellos que no se dan cuenta del engaño
son los SEÑOROS GORDOS lectores de LA NACIÓN, quienes parecerían
ser incapaces de comparar siquiera dos fechas, y especialmente
para ellos parecería haber escrito Pacho O'Donnell tiempo antes
de su BOROCOTIZACIÓN en materia Mitología/Historia Argentina.
Las patrañas que pretende ahora hacernos creer el Sr. Luis José
Vincent de Urquiza no son nuevas ni originales: pertenecen a las
clásicas añagazas de nuestra mitología. El LACROZE DEL LIBERTADOR
SORDO intentó venderlo también RICARDO ROJAS hace más de medio
siglo, cuando aseguró por partida doble en LA PRENSA y LA NACIÓN
(El sable de Maipú, 13 de agosto de 1950) que San Martín vivía en
Babia PORQUE NO PODÍA LEER. Resulta que Ricardo Rojas —pues la vida
es dura— también había tenido que BOROCOTIZARSE a su manera, según
aquello de Cuius edis panes...
«El autor de La restauración nacionalista, COMO TANTOS OTROS
ARGENTINOS —políticos, escritores, intelectuales—, se vio
obligado a pactar, de una manera u otra, con el sector al
que primeramente enfrentó y que dominaba entonces, como hoy,
casi todos los resortes esenciales de la vida nacional.
Quizás le faltó coraje, ese tipo especial de heroísmo que
se precisa para arremeter, quemar las naves y hundirse
patrióticamente en el silencio y en el fracaso (cuando no
en el hambre y la miseria, además), que son el destino de
tantos compatriotas nuestros.»
Cf. Luis Soler Cañas,
San Martín, Rosas y la falsificación de la Historia
Las inexactitudes de Ricardo Rojas
Ed. Theoria, Buenos Aires, 1968
Encontramos ahora, como tantas veces en nuestra historia, que los
sarmientistas, urquicistas, institutos y academias —TODAS PORTEÑAS—
prefieren en lugar de Rosas a cualquier figura ajena a nuestra
historia,
como Monroe: desconocido de nuestro pueblo, una abstracción mitológica
de quien se puedan contar las mil maravillas, las que, una vez
contadas,
son ya imposibles de revocar so pena de ofender al homenajeado:
«... también sería una torpeza y un ultraje al prócer que fuera
desdeñado» (sic, Sr. Luis José Vincent de Urquiza). Ultrajemos más
bien entonces a los nuestros ninguneándolos.
Pocos nos damos cuenta de que éste fue el mal congénito que impidió
a los argentinos ser lo que siempre quisimos ser. Malgastamos toda
nuestra historia —sobre todo el último siglo y medio— al igual que
el gallo enano: EN SALTAR Y NO ALCANZAR... Si leyéramos un poco más
a nuestros «próceres», acaso llegáramos a comprender NUESTRA PROPIA
ESTUPIDEZ y dejaríamos de sorprendernos:
[...] He necesitado entrar en estos pormenores, para caracterizar
un gran movimiento que se operaba, por entonces, en Montevideo
y que ha escandalizado a la América, dando a Rosas, una poderosa
arma moral para robustecer su Gobierno y su principio americano.
Hablo de la alianza de los enemigos de Rosas, con los franceses
que bloqueaban a Buenos Aires, que Rosas ha echado en cara,
eternamente como un baldón a los unitarios. Pero en honor de la
verdad, histórica y de la justicia, debo declarar, ya que la
ocasión se presenta, que los verdaderos unitarios, los hombres
que figuraron hasta 1829, no son responsables de aquella alianza;
los que cometieron aquel delito de leso americanismo; LOS QUE SE
ECHARON EN BRAZOS DE LA FRANCIA PARA SALVAR LA CIVILIZACIÓN
EUROPEA, sus instituciones, hábitos e ideas EN LA ORILLAS DEL
PLATA, fueron los jóvenes; en una palabra: ¡fuimos nosotros!
Sé muy bien que en los Estados americanos halla eco Rosas,
aun entre hombres liberales y eminentemente civilizados, sobre
este delicado punto, y que para muchos, es todavía un error
afrentoso el haberse asociado los argentinos a los extranjeros,
para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en sus
convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree
firmemente y sostiene de palabra y de obra. Así, pues, diré
en despecho de quienquiera que sea, que la gloria de haber
comprendido que había alianza íntima entre los enemigos de
Rosas y los poderes civilizados de Europa, nos perteneció toda
entera a nosotros. Los unitarios más eminentes, como los
americanos, como Rosas y sus satélites, estaban demasiado
preocupados de esa idea de la nacionalidad, que es patrimonio
del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar, con horror,
al extranjero. En los pueblos castellanos, este sentimiento ha ido
hasta convertirse en una pasión brutal, capaz de los mayores
y más culpables excesos, capaz del suicidio.
La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea fecunda
de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra;
llevaba el amor a los pueblos europeos, asociado al amor a la
civilización, a las instituciones y a las letras que la Europa
nos había legado, y que Rosas destruía en nombre de la América,
sustituyendo otro vestido al vestido europeo, otras leyes, a las
leyes europeas, otro gobierno, al gobierno europeo.
Esta juventud, impregnada de las ideas civilizadoras de la
literatura europea, iba a buscar en los europeos enemigos de Rosas,
sus antecesores, sus padres, sus modelos; apoyo contra la América,
tal como la presentaba Rosas: bárbara como el Asia, despótica
y sanguinaria como la Turquía, persiguiendo y despreciando la
inteligencia como el mahometismo. Si los resultados no han
correspondido a sus expectaciones, suya no fue la culpa; ni los
que les afean aquella alianza pueden, tampoco, vanagloriarse de
haber acertado mejor; pues si los franceses pactaron, al fin,
con el tirano, no por eso intentaron nada contra la Independencia
Argentina, y si por un momento ocuparon la isla de Martín García,
llamaron, luego, un jefe argentino que se hiciese cargo de ella.
Los argentinos, antes de asociarse a los franceses, habían exigido
declaraciones públicas de parte de los bloqueadores, de respetar
el territorio argentino, y las habían obtenido, solemnes.
En tanto, la idea que tanto combatieron los unitarios al principio,
y que llamaban una traición a la Patria, se generalizó y los dominó
y sometió a ellos mismos, y cunde hoy, por toda la América y se
arraiga en los ánimos.
En Montevideo, pues, SE ASOCIARON LA FRANCIA Y LA REPÚBLICA
ARGENTINA EUROPEA, para derrocar el monstruo del americanismo
hijo de la pampa; desgraciadamente, dos años se perdieron en
debates, y cuando la alianza se firmó, la cuestión de Oriente
requirió las fuerzas navales de Francia, y los aliados argentinos
quedaron solos en la brecha.
Sarmiento, Facundo, XV, Presente y porvenir
[Y aquí miente Sarmiento, como siempre: NO QUEDARON SOLOS
ESTOS «ARGENTINOS», porque el lugar de FRANCIA LO OCUPÓ
EL IMPERIO DEL BRASIL, que derrotó a la Confederación en
a Batalha de Monte-Caseros, que celebran los porteños
el 3 de Febrero]
¿Qué es la «República Argentina europea»...? Al final, quien derrocó
a Rosas fue el Imperio del Brasil con el dinero del barón de Mauá,
es decir de Londres, y el Brasil se asentó en el Río de la Plata por
una generación —indirectamente, todavía está ahora—, y hasta hizo
marchar a Buenos Aires DE CHANGADOR a la Guerra del Paraguay, donde
se atragantaron todos. Quien escribió los desatinos tales como «la
República Argentina europea», ÉSE SÍ DEBERÍA HABER SIDO JUZGADO
POR CRÍMENES DE LESA PATRIA, y no Rosas. Cuando alcanzó madurez
y después de que los liberales le hicieran el corte de manga,
negándole hasta su grado de general por falta de antecedentes,
el «prócer» sanjuanino se BOROCOTIZÓ y dijo entonces de Rosas:
«Rosas era un republicano que ponía en juego todos los
artificios del sistema popular representativo. Era la expresión
de la voluntad del pueblo, y en verdad que las actas de elección
así lo muestran. Esto será un misterio que aclararán mejores
y más imparciales estudios que los que hasta hoy hemos hecho.
No todo era terror, no todo era superchería. Grandes y poderosos
ejércitos lo sirvieron años y años impagos. Grandes y notables
capitalistas lo apoyaron y lo sostuvieron. Abogados de nota tuvo
en los profesores patentados del derecho. Entusiasmo, verdadero
entusiasmo, era el de millares de hombres que lo proclamaban el
Grande Americano. La suma del poder público, todas palabras
vacías como es vacío el abismo, le fue otorgada por aclamación.
Senatus consulto y plebiscito, sometiendo al pueblo la cuestión.
Sarmiento, Biografía de Vélez Sarsfield. Cf. Adolfo Saldías,
Historia de la Confederación, III, 468 et seq.
Este «prócer», que tanto acostumbraba a borrar con el codo lo que
escribía con la mano —en ese aspecto, muy argentino—, le echó en
cara a Urquiza haberse dejado comprar [sic, Carta de Yungay] por
el Imperio del Brasil para derrocar a Rosas y la Confederación.
Pero él se hacía mantener en Chile por otros enemigos de la Argentina,
y allí retornó cuando don Justo José —que, aunque no parezca, era
federal y no unitario— lo largó duro después de a batalha de Monte
Caseros, sin siquiera darle un puestito.
No tuvo empacho Sarmiento en asociarse con otros enemigos, pero claro,
europeos, pues esos sí valían la pena. A la vez, enrostró a Urquiza el
haberse unido al Imperio del Brasil, quizá porque creyera que los
macacos
no hablaran francés y fueran de segunda —menos porque fueran negreros,
ya que Sarmiento despreciaba, junto a gauchos, indios, judíos,
españoles,
irlandeses, gitanos y todos aquellos que no fueran franceses o
ingleses,
también a los negros. Tal vez por querer negar sus facciones negroides —
ver caricaturas de El Mosquito—, heredadas de los Albarracín, familia
de origen bereber.
Entre nosotros no hay ni hubo jamás UN MANSO PARA ACOLLARAR CON UN
ARISCO, y no hay duda de que nuestro mal mayor es y será la estulticia
de CREERNOS LO QUE EN REALIDAD NUNCA FUIMOS, y en esto hay método,
sindudamente, según aquello de «mama, haceme grande, que zonzo
me vengo solo...» Leer nuevamente el Facundo, obra cumbre de nuestro
más grande «educador».
Tendremos acaso la oportunidad de surgir —y no de resurgir, pues nunca
surgimos todavía— no cuando lleguen a desaparecer nuestros institutos,
sociedades y academias a la violeta, como las del Sr. Luis José Vincent
de Urquiza, con sus miembros vitalicios, que otros llamarán acaso
CARCAMANES. Pero ésas nunca desaparecerán pues, como decía
Jauretche, «cuando muere el zonzo viejo, queda la zonza preñada»,
sino cuando alcancemos la madurez necesaria para discernir y poder
definir sus productos por lo que son: estupideces y patrañas
destinadas a eternizar nuestra situación:
A la estructura material de un país dependiente corresponde una
superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento de
esa dependencia para que el pensamiento de los nativos ignore
la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar propias soluciones,
imposibles mientras no conozca los elementos sobre los que debe
operar y los procedimientos que corresponden, conforme a sus
propias circunstancias de tiempo y lugar.
Arturo Jauretche, Los profetas del odio y la yapa
Saludos cordiales
Enrique C. Picotto
www.picotto.net/
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