[R-P] LAIKA EN EL CIELO CON DIAMANTES

Julio Fernández Baraibar fernandezbaraibar en gmail.com
Mar Ene 1 12:17:45 MST 2008


Hermosísima reflexión de Horacia Cagni, en el cincuentenario de un hecho que 
conmovió nuestra patria (la infancia es la patria del hombre).

Julio Fernández Baraibar
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LAIKA EN EL CIELO CON DIAMANTES

Horacio Cagni
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A Alberto Buela, cuya ironía esconde un profundo reconocimiento y afecto

Debo disculparme por no escribir un artículo del tenor y contenido 
habituales. Cuando fui adolescente y joven -mucho más joven que ahora- 
prometí ser siempre fiel  a mis imágenes interiores más preciadas. Mis 
primeros recuerdos de "aproximación indirecta" a la política los constituyen 
unas pintadas en las paredes porteñas en defensa de "laica" y de "libre". 
Como eran casi contemporáneas de la carrera espacial en auge, y un satélite 
artificial ruso había llevado hacía poco al primer ser vivo que orbitó el 
planeta, las palabras se prestaban a confusión. En mi mente infantil se 
referían a la perrita Laika, que no había podido ser libre.
En ese momento, el mundo hablaba de ella, sobre todo recuerdo los 
comentarios de mi abuela materna: la idea de un animalito sin tumba en el 
cosmos nos había conmovido profundamente, como sigue haciéndolo. 
Posteriormente, en los años de universidad - aquellos  primeros setenta 
cargados de presagios-, manifesté públicamente que Laika era mi personaje 
inolvidable, glosando una sección permanente del Readers Digest. Creo que en 
ese momento no fui bien entendido. Entonces me hice otra promesa: si llegaba 
vivo al cincuentenario de la misión Sputnik 2 - aún se sabía poco- 
escribiría sobre Laika. El momento de ese artículo ha llegado.

Correcto

Laika es una raza de perros siberianos y del norte de Rusia, que en ruso 
significa "que ladra", ladrador. Eso señala la historia oficial, pero leí 
que la perra tuvo  otros nombres antes, el primero de ellos Kudryavka, es 
decir blanda, suave. Me gusta. Algunos ultramontanos vernáculos me 
aseguraron que Laika significa en ruso lo mismo que en castellano, y que la 
misión soviética era una muestra más del ateísmo, una ofensa a Dios.en 
fin.Definitivamente rebautizada, Laika era una perra callejera de Moscú, de 
tres años de edad y seis kilos de peso al momento de ser capturada para 
cumplir su destino. Pueblo rudo y sufrido, los rusos pensaban, no sin razón, 
que una perra trotacalles se adaptaría mejor a las severas exigencias de las 
misiones espaciales.
En esos años de guerra fría, nadie ignoraba que, tras la fachada científica, 
la conquista del espacio formaba parte de la sobrepuja y la carrera 
armamentista de las superpotencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. 
La exitosa misión del primer satélite artificial Sputnik 1 en octubre de 
1957, hizo que apresuradamente Nikita Kruschev lanzara un segundo satélite, 
esta vez con un ser vivo en su interior. En ese momento la URSS aventajaba 
claramente a los EE.UU en misiones espaciales.
En vez de esperar y construir un satélite más seguro y sofisticado, el 
Kremlin -deseoso de conmemorar el 40º aniversario de la Revolución con una 
gran noticia- apresuró la misión con lo que tenía a mano. Además de los 
consabidos instrumentos de medición, el Sputnik 2 estaba dotado de un 
sistema de provisión de oxígeno y un ventilador para regular la temperatura 
interna del habitáculo en el cual viajaría el can, provisto de un traje 
espacial que le mantenía de pie o sentado, dado el poco espacio, más una 
mascarilla acondicionada para brindarle comida en forma de gelatina, 
suficiente para una semana de vuelo orbital. Según los soviéticos, la 
cápsula regresaría con su carga sana y salva, con ayuda de paracaídas, pero 
sabían que no podía retornar. Pensando aplicarle eutanasia a Laika, la 
última ración estaba envenenada.
Las tres perritas designadas para la misión, Albina, Mushka y Laika, fueron 
entrenadas especialmente por el renombrado científico Oleg Gazenko. 
Adaptadas al estrépito y las vibraciones, la estrechez y el forzado 
confinamiento, en las pruebas el pulso se les duplicaba, la presión 
sanguínea aumentaba mucho, y era evidente la agitación y el deterioro 
físico. Airosa, Laika, la callejera, fue reservada para la inmortalidad.
El 3 de noviembre de 1957 fue lanzado el Sputnik 2 desde el centro espacial 
de Blaikonur, en Kasajastán; Laika era continuamente monitoreada desde 
tierra. Con la tremenda aceleración, la respiración del animalito aumentó 
cuatro veces, y su ritmo cardíaco pasó de 103 a 240 latidos por minuto. El 
aislamiento térmico  -en un producto preparado a toda prisa para una 
conmemoración política-, se desprendió en parte, y la temperatura interior 
llegó a los cuarenta grados. Laika estaba agitada, pero comía. Luego el 
ritmo cardíaco descendió hasta 100 latidos por minuto; siete horas después 
del inicio, no se registraban signos vitales a bordo del Sputnik 2. Si 
cualquier canino o felino, ante los truenos y rayos de una tormenta siente 
pánico e instintivamente busca refugio en un lugar oscuro y protegido, el 
estrés que debe haber sufrido Laika, sin posibilidad de refugiarse en su 
cápsula, debe haber sido indescriptible.
La URSS, durante décadas, sostuvo algunas veces que Laika había muerto por 
asfixia, otras que por eutanasia. En 2002, el científico Dimitri 
Malashenkov, que había estado en la misión, reconoció lo obvio: la perrita 
había muerto, entre cinco y siete horas luego del despegue, por estrés y 
sobrecalentamiento de la cápsula. El Sputnik orbitó 2570 veces la Tierra, 
durante 163 días, con su cadáver a bordo, hasta estallar al descender a la 
atmósfera terrestre, en abril de  1958. Ahora Laika era libre; el mito 
empezó a atribuirle un final  perfecto, haberse convertido en espacio.
La muerte deliberada del animal suscitó muchas controversias: se la asoció 
con el régimen totalitario y despiadado que había ordenado la misión, y la 
Liga Nacional de Defensa Canina británica llegó a pedir a los propietarios 
de perros que guardaran un minuto de silencio por Laika. Nadie consideró 
que, entre 1948 y 1957, cinco chimpancés habían sido inmolados en vuelos 
experimentales en EE.UU, muertos por asfixia, estallido o estrellándose al 
aterrizar. Pero Laika había sido enviada al cosmos a sabiendas que no había 
esperanzas de retorno. Gazenko luego reconocería la muerte innecesaria de la 
perrita, ya que los conocimientos adquiridos por la misión no los 
justificaban, que lamentaba lo sucedido, que no había que haberlo hecho y 
demás vaguedades al uso. Una vez más, había sido una cuestión de prestigio.
Desde entonces, el mundo entero la recuerda. Sellos conmemorativos -tengo 
varios- se imprimieron en varios países. En el monumento a los 
conquistadores del espacio, en Moscú, Laika es la única que figura con 
nombre propio al lado de Lenin. Laika es también el nombre de una 
irregularidad de Marte. Muchos grupos de rock se llaman Laika o escribieron 
e interpretaron canciones con su nombre, como Massacre Palestina y el grupo 
español Mecano. La muerte noble del animal inspiró novelas fantásticas. 
Julian May escribió Intervention,  una novela donde la perrita es rescatada 
por extraterrestres; en otra -Weight, de Janet Winterson, quien se nota sabe 
mitología-, el titán Atlas encuentra la cápsula en órbita, rescata a Laika y 
la adopta. También alcanzó la plástica; en el reciente aniversario, se 
inauguró una estatua de Laika en una de las estaciones del renombrado Metro 
de Moscú. Este 50º aniversario, la primera semana de noviembre, fue 
conmovedoramente recordado en muchos lados. Es sintomático que en la 
Argentina pasara desapercibido; claro que se eligió nuevo gobierno.


Incorrecto

Hasta aquí los datos que -más allá de  algunas observaciones propias- se 
pueden encontrar en innumerables libros, artículos y sitios web. Ahora 
nuestro aporte. Laika es uno de los más claros ejemplos de los alcances, 
límites y validez del mesianismo tecnológico, de hasta donde puede llegar la 
técnica desencadenada. No se trata de ideologías. La carrera espacial, con 
sus grandezas y miserias -basta recordar los muertos del Challenger- la 
emprendieron por igual comunistas y demoliberales, y no hubiera sido posible 
sin aprovechar los previos avances de la tecnología nazi en ese plano. Ernst 
Jünger señalaba que el trabajador, arquetipo de la sociedad industrial, 
llega a ser "persona absoluta" sólo en la medida en que se integra a la 
técnica y se subsume en ella.  Claro que se objetará que no puede darse a 
Laika categoría de "persona". Pero podemos ir más lejos: el objeto de la 
técnica trasciende en la medida  en que es subordinado a la ley tecnológica 
inherente, encuentra su sentido en tanto forma y es parte de la cultura 
tecnomaquinista.
La misma máquina encuentra su sentido y se ennoblece en tanto conforma el 
arquetipo, en tanto es máquina. Será duro decirlo, pero es una realidad: en 
una Ferrari como en un tanque Panther o un helicóptero Apache encontramos la 
belleza, la armonía y el ritmo, independientemente de su cometido. Laika no 
pudo ser  una perrita guardiana de una dacha, capaz de parir y cuidar 
amorosamente sus cachorros; quizá hubiera muerto de privaciones, enfermedad 
y maltratos en las heladas calles moscovitas. La técnica -omnímoda, 
devoradora e inmoladora- hizo inmortal y convirtió en símbolo y heroína a 
una simple y pobre perrita rusa callejera.
Más allá de eso, Laika es un congénere, porque nosotros también somos 
animales. Dotados de inteligencia, animales políticos según la clásica 
definición aristotélica, pero seguimos siendo animales. Sólo existen tres 
reinos, mineral, vegetal y animal; por una gratuita infatuación de 
superioridad, debida a nuestra comúnmente mal utilizada inteligencia, nos 
creemos un cuarto reino. En la escala y el orden natural, debemos respeto y 
consideración a nuestros congéneres menores.
Uno de las expresiones más relevantes de la voluntad en la naturaleza lo 
constituye la amistad. La philia griega, del verbo philein (permiso Alberto 
y gracias) en los textos aristotélicos -como en la Etica a Nicómaco- señalan 
claramente que, aunque traducimos philia como amistad, esta palabra tiene un 
campo de aplicación mucho más amplio: abarca todo tipo de relación o de 
comunidad basado en lazos de afecto, cariño o amor. Por eso Aristóteles 
incluye bajo esta denominación relaciones tan dispares como el cariño entre 
pares e hijos, maestros y alumnos, relación apasionada entre amantes y 
concordia civil entre ciudadanos, más lo que se considera la estrecha 
relación de la amistad en general. Fue el cristianismo, con su dualismo, el 
que complicó las cosas, pero no es tema de esta reflexión. Pero vayamos por 
más: desde Dante en La Divina Comedia hasta la Eudemonología de 
Schopenhauer, la amistad implicó la fuerza que nos une en lo natural y con 
el cosmos. La palabra rusa wolja -a propósito de Laika- significa el amor no 
sólo con Dios y entre los hombres, sino con las plantas y los pobres 
animales de la tierra. Todos los seres vivos pueden ser amigos y estar 
hermanados, no importa la categoría ni la función ni la relación, ni el 
lugar ni la época.
 Laika se convirtió en mi amiga, al igual que la palmera de Juana de 
Ibarbourou, el Emperador Juliano, Federico II, Mozart, Nietzsche, Mishima, y 
otros contemporáneos que mejor no nombrar para evitar controversias. Laika 
fue también el triunfo de un nombre. Encontré muchas Laikas en muchos 
sitios, grandes y pequeñas, lanudas y ralas, guardianas y fiaquentas, 
tranquilas y agresivas, y por suerte aún sigo encontrándolas. Recuerdo 
particularmente una perrita, en el campo de unos amigos en San Francisco de 
Córdoba, en los dorados sesenta; cada vez que llegábamos, Laikita salía a 
nuestro encuentro con su ladrido inconfundible. De algún modo también fue 
una víctima del progreso; cayó bajo una trilladora.
En aras de esta reflexión, para aclarar malentendidos y que no parezca mero 
ejercicio de tiempo libre -del cual afortunadamente dispongo mucho- quiero 
hacer el relato aún más conmovedor, si me es posible. Laika no es mi único 
recuerdo tan conmovedor. A los quince años conocí, por lecturas, a otro 
personaje femenino inolvidable, Sadako Sasaki. Esta chica japonesa, 
capricorniana como yo, del 7 de enero de 1943, vivía en las afueras de 
Hiroshima, es decir tenía sólo dos años cuando cayó la bomba atómica. Como 
Sadako era deportista, fuerte y enérgica, parecía una sobreviviente que 
milagrosamente resultó ilesa. Pero a los once, participando en una carrera, 
cayó exhausta. Le diagnosticaron leucemia, el "mal de la bomba".
Su íntima amiga, Chizuko, recordó una leyenda de las muchas hermosas de la 
tradición del Japón: si alguien consigue hacer con sus propias manos mil 
grullas de papel, los dioses le confiarán un deseo. Chizuku hizo con sus 
manos un origami en papel dorado y se lo entregó a su amiga: "aquí tenés tu 
primera grulla". Sadako comenzó penosamente su obra; febrilmente hacía una 
figura tras otra, repitiendo:"si con mis manos alcanzo a  hacer mil grullas 
de papel, estoy segura que no moriré". Pero en el hospital consideró, con 
tantos chicos muriendo de leucemia a su alrededor, que era injusto pedir 
solamente por ella, así que rogó a los dioses que su acción alcanzara a 
todas las víctimas y trajera la paz definitiva al mundo.
  Sadako murió a los doce años el 25 de octubre de 1955, luego de catorce 
meses de dolorosa internación, antes de lograr los mil origamis de papel. 
Con las cajas de las medicinas y el papel que encontraba alcanzó a realizar 
644 grullas; luego de fallecer, sus compañeros de escuela completaron las 
1000. En 1958 se inauguró la estatua de Sadako en el Parque de la Paz en 
Hiroshima, en ella la nena sostiene en sus manos una grulla. En su memoria, 
todos los años los chicos japoneses -al menos así lo hacían al enterarme de 
esta bella historia y supongo y espero lo sigan haciendo- confeccionan y 
envían miles de grullas de papel blanco a ese organismo discursivo, 
hipócrita e inútil que son las Naciones Unidas. Sadako, al igual que Laika 
víctima inocente del mesianismo tecnológico y la hybris humana, seguirá 
viviendo siempre, en cada grulla de papel. Y cada una será una denuncia.
Desde los orígenes, se dice que los seres queridos que ya no están a nuestro 
lado sí están en el cielo, donde siguen guiándonos y velando por nosotros. 
Entonces estará mi padre en primera fila -aquí huelgan las palabras-, y 
tanta gente amiga invalorable. Y porqué no Topacio, compinche durante 
dieciocho años; aún recuerdo su felina presencia lanuda, su actitud atenta y 
exigente, su inigualable enseñanza de economía de fuerzas. Laika, por 
razones generacionales, fue la primera, acompañando innumerables noches. Era 
un sentimiento que no se puede compartir con nadie, porque nadie 
comprendería.
Noches de beatitud y de paz, noches amargas en que se quiere morir, noches 
absurdas como las de Omar Kahyyam, reducido al final a camellero que conduce 
la caravana a donde empieza el alba, a ninguna parte. Noches alegres y 
quietas, radiantes y mustias, misteriosas y bulliciosas, cálidas y gélidas. 
De Río a París y de Cuzco a Roma, de Miami a Damasco y de Atenas a Londres y 
Munich.  Especialmente, las trasnochadas de Madrid y Barcelona, nuestra 
mejor época. No importa dónde. Y noches de la propia terraza, en una de las 
ciudades -si se siente realmente el tango- más nostálgicas y solas del 
planeta. Particularmente, las noches insomnes de los largos viajes nocturnos 
por tierra y aire, cuando se contempla horas el firmamento y la reflexión 
apenas vence al tedio. Cualquiera fuera la latitud y la circunstancia, 
bastaba alzar la vista para que el recurso a la compañerita cósmica 
contribuyera a conjurar la soledad y la tristeza.
Quizá son pensamientos baratos, un simple juego de la mente, el lastre de 
recuerdos. Prefiero decir que es una vivencia; los alemanes -como siempre- 
tienen una palabra exacta: Erlebniss, vivencia como totalidad, auténtica, a 
la vez sentida y pensada. Y, no importa donde, toda vez que se necesite 
apoyo y consuelo, cuando haya que conjurar la finitud de todo humano 
referente frente a la inconmensurabilidad de lo absoluto, cuando se intente 
encontrar explicación a la cantidad  de actos existenciales sin aparente 
sentido que pueblan nuestros días, se dibujará en lo alto, en la noche de un 
cielo tachonado de diamantes, una presencia vívida. Una presencia afable, 
blanda, suave. 




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