[R-P] [José Luiz Muñoz Azpiri] "El precursor"
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Feb 27 03:43:22 MST 2008
"El Precursor"
Francisco Javier Muñiz
(1795-1871)
por José Luis Muñoz Azpiri (h)
"Vivió en su patria precediendo su época en medio siglo"
Florentino Ameghino
Al hablar de los albores de la ciencia argentina, siempre que sea
lícito de hablar de una ciencia "nacional", pues si hay algo que
realmente no tiene patria, eso es la ciencia; la figura de Francisco
Javier Muñiz amanece en el firmamento de la República como el
verdadero precursor de las ciencias naturales en el territorio
rioplatense.
Dice José Babini que "la vida de este estudioso autodidacto tiene
contornos heroicos: nacido en 1795, a los doce años es herido mientras
lucha en la segunda invasión inglesa; ingresa en el Instituto
médico-militar, de donde egresa en 1822 y participa como "médico y
cirujano principal" en la guerra del Brasil; más tarde actúa en Cepeda
donde es malamente herido, y luego en la guerra del Paraguay; muere en
1871 durante la epidemia de fiebre amarilla, que contrae al atender a
un enfermo.", y añade, "aunque Muñiz actuó también después de Caseros
como hombre público, profesor y decano de la Facultad de Medicina, su
labor científica se desarrolló principalmente durante su permanencia
en Chascomús en 1825 y en Luján entre 1828 y 1848".
Curiosamente, cuando en 1885 Domingo Faustino Sarmiento reunió y
publicó los escritos de Muñiz, omitió las principales referencias
sobre el quehacer cumplido por el primer naturalista argentino en el
período de la Confederación, preocupándose especialmente en silenciar
todo indicio que mostrase la filiación federal del personaje. Pero no
fue el único caso en la historia de nuestra cultura, ni siquiera en la
más reciente.
Francisco Xavier Thomás de la Concepción Muñiz nació en San Isidro
(provincia de Buenos Aires) el 21 de diciembre de 1795. Estudió
filosofía, latín, física, matemática y medicina.. En 1821 ejerció como
médico reconocido por el gobierno en la lejana guarnición de
Patagones, distanciada de Buenos Aires por una suerte de
"estado-tapón" indígena que recién en 1833, con la "Campaña al
Desierto" de Juan Manuel de Rosas, encontraría su ocaso. En 1825, por
disposición del general Soler, marchó como cirujano al cantón de
Chascomús donde surgió su vocación de paleontólogo, revelando la
existencia fósil de un armadillo hallado en las orillas de la laguna
homónima. Así inició sus investigaciones sobre mamíferos fósiles
pampeanos que llamaron la atención de Charles Darwin, Germán
Burmeister y Florentino Ameghino, quién, décadas más tarde, confesó
"mis descripciones parecen copiadas de Muñiz.".
Su labor como médico no fue notable: fue simplemente excepcional para
su época. En 1832 la Real Sociedad Jenneriana de Londres le otorgó el
grado de socio correspondiente en mérito a sus estudios, dado que
había descubierto en los pezones de una vaca el cow-pox antivariólico,
marcando un hito en la ciencia médica argentina y ganando para ella
desde entonces un prestigio y un reconocimiento a nivel mundial, que
solo una obstinación historiográfica partidista intentó silenciar por
tratarse de un descubrimiento efectuado en la época de Rosas.
Jenner creía que sólo las vacas de Glowcester tenían el poder de
transformadores del virus y que la humedad del terreno era condición
para que se manifestara. Según Muñiz tales condiciones no eran
esenciales. La eficacia de la vacuna argentina se demostró
especialmente en las 1.847 personas que el Dr. Justo García Valdez,
administrador de la vacuna en Buenos Aires, vacunó en el año 1841 con
material facilitado por Muñiz. El hallazgo argentino fue reconocido
por el doctor Juan Epps, director del la Real Sociedad Jenneriana, con
un elogio al informe de Muñiz: "El presenta también – decía Epps – una
hermosa evidencia corroborativa (respecto a la descripción de La
vacuna según se ha presentado en Buenos Aires) de la perfección de la
descripción de Jenner: y ofrece además el hecho que la Vejiguilla
Vacuna, como toda composición química, tiene la misma constitución
atómica, el mismo carácter, en cualquier parte del mundo que se haya
presentado".
Si las epidemias de viruela hacían estragos entre los europeos y sus
descendientes, que de alguna manera poseían defensas orgánicas ya sean
heredadas biológicamente (los "blancos" que arribaron a las orillas de
América eran portadores naturales de esas defensas porque sus
ascendientes sufrieron en carne propia esos flagelos y otros durante
los siglos XIV y XV en Europa), o por mejor alimentación, en el medio
aborigen estas epidemias eran arrasadoramente mortales, ya que no hubo
ningún tipo de inmunización anterior y la dieta era de subsistencia
(entre los europeos la mortandad llegaba a un 20%, entre los indios un
80%).
Todo esto es por demás conocido, pero no en cambio que la vacunación
antivariólica haya llegado a las tolderías. Jorge Oscar Sulé destaca:
"No sabemos con precisión a partir de que fecha se inició la
inoculación de la vacuna entre los distintos grupos indígenas. Sí
sabemos por el diario "El Lucero" del 4 de enero de 1832 que Rosas
recibió una distinción de la Sociedad Real Jenneriana de Londres,
institución oficial que tuvo entre sus objetivos la divulgación y
propagación de la vacuna antivariólica, el cultivar la memoria del
sabio médico Eduardo Jenner que descubrió y perfeccionó el antídoto,
como así también distinguir a quienes la promovían.
Dicha institución científica, puso en conocimiento del gobierno de la
Confederación Argentina que su gobernador don Juan Manuel de Rosas
había siso designado "Miembro Honorario" de esa Sociedad "en obsequio
de los grandes servicios que ha rendido a la causa de la Humanidad,
introduciendo con el mayor éxito la vacuna entre los indígenas del
país"
Si la información de esta distinción llegó al Río de la Plata en enero
de 1832 es dable suponer que hacia 1831 o antes la introducción de la
vacuna en los medios indígenas ya era una práctica generalizada y un
hecho conocido.
Saldías, refiriéndose a una época inmediatamente después del
parlamento que Rosas tuvo por el Tandil (circa fines de 1825 y
comienzos de 1826), afirma:
"En esas circunstancias se había desarrollado la viruela en algunas
tribus. Como resistieran la vacuna, Rosas citó ex profeso a los
caciques con sus tribus y se hizo vacunar él mismo. Bastó esto para
que los indios en tropel estirasen el brazo, por manera que en manos
de un mes recibieron casi todos el virus".
Es conocida también la información que suministra el embajador inglés
en Buenos Aires Sir Woodbine Parisch y que vuelca en su libro "Buenos
Aires y las provincias del Río de la Plata", cuando relata que en uno
de los tantos parlamentos efectuados por Rosas en la Chacarita de los
Colegiales hacia 1831 suministró la vacuna a muchos indios que
integraban la comitiva de caciques pampas y vorogas. Manuel Gálvez, en
su obra conocida, asienta un número estimativo de ciento cincuenta
vacunados."
Pero fue la permanencia en Luján, donde Muñiz había sido designado en
1828 como médico por el gobernador Dorrego, cuando se desarrolla la
fecunda labor de trabajos paleontológicos, sacando a luz, como dice
Babini "el extraordinario mundo fósil sepulto en las barrancas de su
río". Allí reunió, clasificó y estudió abundante material, en el que
hay restos de megaterios, mastodontes, elefantes, toxodontes,
milodontes y gliptodontes; un material apreciable que en 1841 obsequia
al gobernador Rosas, coleccionado en 11 cajas cuyo contenido dio
cuenta la Gaceta Mercantil (Ameghino insistirá más tarde que no fue
un obsequio, sino un despojo, pues Rosas habría obligado a Muñiz a
hacer la pretendida donación). Y Rosas, magnánimo, obsequió dicha
colección al almirante francés Juan Enrique José Dupotet – jefe de la
escuadra de Francia en el Plata y reemplazante de Leblanc -, lo que ha
dado lugar a severas críticas por parte de los antirrosistas. Señala
Fermín Chávez:
"Coincidimos con Ivern cuando puntualiza que la entrega de tan valioso
material a Francia fue hecha por Rosas, seguramente, con el doble fin
de cicatrizar heridas de guerra y de demostrar la capacidad científica
argentina a una potencia que nos había creído colonizables. Desde el
punto de vista de la ciencia nada se perdió con el obsequio, ya que el
envió fue a poder precisamente de la nación que era el principal
centro de estudios paleo-óseos, con sabios como Paul Rivet. Si hubo
protestas de algunos naturalistas, como Florentino Ameghino, hay que
tener en cuenta que de aquel centro científico provinieron las
refutaciones a ciertas conclusiones de éste último. Por lo demás nadie
se ha roto las vestiduras porque el propio Muñiz ofreciera en venta a
Darwin otra colección, o por la donación de el mismo explorador de
Luján de otros fósiles a la Academia de Ciencias de Estocolmo, hecha
en 1861".
En el Museo de París, a la sazón el centro de estudios paleontológicos
más importante del mundo en ese momento, las piezas fueron estudiadas
por Henri Gervais. La otra parte de la colección fue a Londres por
mediación de Woodbine Parisch. Muñiz prosiguió con sus trabajos y
finalmente depositó, en 1857, sus nuevas colecciones en el Museo
Público de Buenos Aires.
Es de tener en cuenta que el marco de la época no era precisamente
idílico, con guerras y bloqueos internacionales contra el país (casi
dos mil días) y continuos enfrentamientos de dos facciones en pugna.
Eran tiempos brutales, no muy diferentes a los actuales, con la
diferencia que se actuaba sin hipocresía. Si alguien hubiera propuesto
como consigna en alguno de los bandos, algo así como "los argentinos
somos derechos y humanos", se le hubieran descompuesto de risa.
Las batallas entre unitarios y federales solían ser muy cruentas, casi
siempre los pocos sobrevivientes del ejército derrotado eran
ejecutados, luego se les cortaba la cabeza y se la exhibía como
escarmiento. Ambos bandos acostumbraban a castrar a sus enemigos, a
cortarles la lengua, las orejas o arrancarles la barba con piel. Mas
allá de las exageraciones de los relatos, abundaban las cabezas
decapitas enviadas como obsequio, y la pasión por el degüello quedó
reflejada en el cancionero federal:
Al que con salvajes
Tenga relación,
La verga y degüello
Por esta traición;
Que el santo sistema
De Federación
Les da a los salvajes
Violín y violón
Es comprensible que en ese clima la tarea de recoger huesos constituía
ya no una excentricidad, sino directamente una actividad de lunáticos.
En consecuencia, no deberíamos ruborizarnos tanto por la actitud de
Rosas, habida cuenta que a lo largo de toda nuestra historia hubo
personajes que regalaron el país entero.
Tal vez el descubrimiento paleontológico más importante de Francisco
Javier Muñiz fue, según los historiadores de la ciencia, el del "tigre
de las pampas", el tigre fósil por él descrito en 1845, en informe que
publicó la Gaceta Mercantil. Se trata de la especie que él llamó
Muñifelis Bonaerensis, estudiado también por Kaup, Owen, Lund, Cuvier
y Blainville, y que en la actual nomenclatura científica se denomina
Smilodon bonaerensis (Muñiz). El entusiasta naturalista recogió cerca
de Luján, en 1837, un esqueleto imperfecto de dicha especie. Charles
Darwin, al recibir un informe de Muñiz sobre ella, comentó en su
respuesta al médico de Luján: "Su espécimen sobre el Muñiz-felis debe
ser horrible. Sospecho que será un Machaerodus, del cual hay algunos
fragmentos en el Museo Británico, procediendo de las Pampas".
También encontró Muñiz en Luján huesos de un caballo fósil, bajo el
esqueleto de un megaterio. Y otra novedad fue el hallazgo de un árbol
fósil en la pampa, que anunció a diversos naturalistas y museos. Las
determinaciones del sabio argentino eran exactas, según determinó
Germán Burmeister.
En 1833 Darwin pasó por Luján, localidad donde en ese momento residía
Muñiz. No se conocieron personalmente, no obstante, más tarde los dos
naturalistas mantuvieron una correspondencia científica que inició
Darwin al expresar el deseo de poseer mayores informaciones respecto
de la "vaca ñata", curiosa especie doméstica que había observado en
sus viajes y que le había interesado vivamente. Muñiz contestó con
precisión las preguntas de Darwin y las respuestas fueron utilizadas
en la segunda edición del Viaje, así como más adelante en el Origen de
las Especies, de 1859.
"Hace algún tiempo – le dice Darwin en carta del 28 de febrero de 1847
– que Ud. tuvo la fineza de mandarme por Mr. E. Lumb algunos informes
muy curiosos, y para mí de mucho valor, sobre la vaca Ñata. Agradeceré
cualquier otra información sobre cualquiera de los animales domésticos
del Plata, como el origen de algunas razas de aves, chanchos, perros,
ganados, etc.". Durante años las comunicaciones entre ambos sabios
fueron frecuentes, también le hizo llegar una verdadera curiosidad:
la descripción del terremoto que se produjo en la campaña de Buenos
Aires el 19 de octubre de 1845, "extraordinario fenómeno de nuestras
pampas" como lo llamó Muñiz. Con el título de Descripción del fenómeno
y teoría relativa, apareció dicho trabajo en La Gaceta Mercantil del
26 de febrero de 1846. Su autor observó que ella "podría servir algún
día de apéndice a la Historia Física del país".
Por esa época Muñiz dio fin a sus Apuntes topográficos del territorio
y adyacencias del Departamento del Centro de la Provincia de Buenos
Aires, con algunas referencias a los demás de su campaña, con datos
interesante sobre la geología, la geografía, la etnografía y la
medicina social. Respecto a las observaciones geológicas sobre la
formación pampeana, confesaría más tarde Ameghino: "Mis descripciones,
demostrando que los mamíferos extinguidos quedaron sepultados en el
barro de antiguas lagunas, perecen copiadas de Muñiz. Es que ambos,
con cuarenta años de intervalo, hemos escrito sobre el terreno, con el
cuerpo del delito a la vista, que da siempre una idea distinta de la
que se hace el sabio desde el bufete. En el mismo caso se encuentran
muchas otras observaciones de Muñiz exactísimas, pero que sólo se
conocen desde un cortísimo número de años."
En realidad, existe un discurso subyacente en la obra de Muñiz: la
ciencia concebida como articulación entre la labor política y la tarea
de imaginar una nación. Ya desde principios de la emancipación surge
la necesidad de conformar un discurso, una literatura fundacional, que
superara la crisis cultural producida por la expulsión de los
jesuitas, primero, y por el fraccionamiento del espacio colonial,
después. Se impone la obligación de construir un universo simbólico
centrado en el espacio, y en ello, adquiere particular importancia el
elemento telúrico, el paisaje, en particular "la pampa se convierte en
proverbial escenario para el nacimiento del orden nuevo de la nación".
Alejandro Kohl, en una acertadísima interpretación de este período
fundacional, resalta el verdadero propósito de Muñiz: "La
intencionalidad a todos los escritos es poner de manifiesto la
existencia de la nación Argentina. Para ello, el autor apela de
diferentes modos a la reivindicación de lo autóctono y, en especial,
al estudio de la naturaleza. Se trata de una naturaleza concebida como
terruño, como suelo propio; sus descripciones y comparaciones buscan,
en última instancia, resaltar los tesoros naturales existentes en el
propio suelo. Esa simbología consagra el espacio por medio de la
elaboración de una concepción cosmogónica de la nación, en que
realidad se funda con lo natural. El gaucho representa aquí una figura
subsidiaria del paisaje, cuya presencia reafirma ciertos aspectos
entrañables del suelo patrio".
Esta necesidad de destacar la singularidad de la nación, a partir de
detallas descripciones del entorno natural, se expresa claramente en
un trabajo de 1848, publicado en La Gaceta Mercantil, en varias
entregas: El ñandú o avestruz americano, estudio exhaustivo y, al
decir de Fermín Chávez "verdadera joya de fresco estilo hipocrático",
en que nuestro animalito es objeto de toda suerte de minuciosas
observaciones. Sus abundantes descripciones se encuentran enriquecidas
por un tono de polémica permanente, debido a las comparaciones con
animales similares de otras latitudes, mostrando en cada caso algún
elemento distintivo de la fauna local o, lisa y llanamente, su
superioridad.
Incluye los antecedentes de una campería en las pampas bonaerenses y
un estudio sobre la salubridad de la carne de ñandú, y sus
preparaciones. (Actualmente, en los mejores restoranes de Buenos
Aires, es consumida por el turismo como una delikatessen autóctona).
En el capítulo que dedica a la domesticidad del Struthio Americanus de
Linneo propone la cría y conservación de la especie, luego de dar la
razón de su escasez, que no era otra que las "boleadas" o cacería
mediante el empleo de boleadoras.
Esta arraigada costumbre campera fue el origen de numerosas
calamidades, como la quemazón de campo, como modo de enviar una señal
convenida de antemano. Esta práctica adquiría proporciones de
verdadero peligro cuando, por cualquier circunstancia imprevista,
sobretodo por el cambio de la orientación del viento, el incendio
alcanzaba una extensión considerable. Al mismo tiempo las corridas
desenfrenadas de aquel gran número de jinetes, provocaban inquietud y
el alboroto de las haciendas, tal vez aquerenciadas con el trabajo de
años en campos que todavía no conocían el alambre. De ahí las
disparadas, desplazamientos y entreveros de animales de distintos
dueños, cuyo necesario ordenamiento posterior era motivo de grandes
trabajos que ocupaban bastantes días de hombres y caballos. Por eso
las autoridades, tanto por el requerimiento de los propietarios
rurales como por la evidencia que la extinción de la especie
significaba privar a la provincia de una fuente de riqueza, dictaron
varias disposiciones represivas.
Si por su ciencia Muñiz fue universal, por sus creencias es
resueltamente local. El lenguaje de lo autóctono, la lengua gauchesca
entendida como proceso de regionalización de la cultura, también será
estudiada por nuestro autor. En 1848 tenía Muñiz ya reunido el léxico
gaucho, producto de su permanente y largo contacto con el habitante de
la campaña: una especie de apéndice al diccionario de la lengua, que
tituló Voces usadas con generalidad en las Repúblicas del Plata, la
Argentina y la Oriental del Uruguay. En este léxico Muñiz definía las
siguientes palabras: Abajera, Amadrinarse, Aparte, Bagual, Batea,
Bocado, Bolas, Boleadora, Botas de Potro, Cascarrias, Chapín, Charque,
Chiripá, Gaucho, Gauchipolítico, Horquilla, Madrina, Manga, Mangrullo,
Orejano, Ovejero, Pasajero, Palenque, Palo a Pique, Parejero, Payar,
Rancho, Recado, Redomón, Rodeo, Tambo, Tapera, Tirador, Tientos,
Trajinar, Vichador, Vizcachera y Yaguané.
Finalmente, es de destacar un trabajo de particular significado
escrito circa 1822, su Noticia sobre las islas del Paraná, que Muñiz
recorrió probablemente hacia 1822, publicado recién en 1925, con un
mapa que parece también pertenecerle y que sería también el primer
mapa especial sobre esas islas. Aparte de las descripciones
arqueológicas que contiene, en él consigna su fauna y su flora y
destaca que tales islas estaban todavía pobladas por animales feroces.
Habla de nogales, naranjos, yerba mate y lugares "muy propicios para
el cultivo del arroz". Lamentablemente, hasta el momento se dan como
perdidos o extraviados textos suyos con descripciones de las
polvaredas de 1832 y de las inundaciones de Luján en 1838, así como
también estudios sobre el cólera y la fiebre amarilla. Quiera Dios que
alguna vez aparezcan en algún anaquel perdido de un archivo o
biblioteca pública o en el remate de una colección privada.
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Néstor Gorojovsky
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