[R-P] Lugones, Borges, Shakespeare et al. El complejo arte de narrar (y 4)

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Dom Feb 24 19:22:54 MST 2008


5. El simple arte de poner las cosas en su lugar

Volvamos al artículo de Garibay y, nuevamente, démosle la
palabra Chandler a través de El Simple Arte de Matar,
redactado en 1944:

“En la actualidad abunda ese tipo de hipocresía moral y
social. Agréguesele una dosis liberal de presuntuosidad
intelectual, y se obtendrá el tono de la página literaria
de su periódico y el sincero y fatuo ambiente engendrado
por los grupos de discusión de los pequeños clubes. Ésas
son las personas que apuntaban a los best sellers, que son
trabajos de promoción basados en una especie de explotación
indirecta del esnobismo, cuidadosamente escoltados por las
focas adiestradas de la fraternidad crítica, y cuidados y
regados con amor por ciertos grupos de presión demasiado
poderosos, cuyo negocio consiste en vender libros, aunque
prefieren que uno crea que están estimulando la cultura.
Atrásese un poco en sus pagos y verá cuán idealistas son”.

Más adelante agrega:

“En cuanto a la literatura de expresión y la literatura de
evasión, pertenece a la jerga de los críticos, es una
utilización de palabras abstractas como si tuvieran
significados absolutos. No hay temas vulgares; sólo hay
mentalidades vulgares. Todos los que leen escapan de algo
hacia lo que hay detrás de la página impresa: puede
discutirse la calidad del sueño, pero la liberación que nos
ofrece se ha convertido en una necesidad funcional. Todos
los hombres tienen que escapar en ocasiones del mortífero
ritmo de sus pensamientos íntimos. Ello forma parte del
proceso de la vida entre los seres pensantes”.

Y luego viene una conclusión, no como las soberbias
pontificaciones de Garibay o de los especialistas en
“análisis literario”, sino de ésas que hacen que uno se
muerda los codos y exclame: “Carajo, ¿cómo se hace para
escribir con esa puntería  y, al mismo tiempo, con esa
sencillez franciscana?”. Dice Chandler:

“No tengo predilección especial por la novela detectivesca
como evasión ideal. Simplemente digo que todo lo que se lee
por placer es una evasión, se trate de un texto en griego,
de un libro de matemáticas, de uno de astronomía, de uno de
Benedetto Croce o de El Diario del Hombre Olvidado. Decir
lo contrario es ser un esnob intelectual y un principiante
en el arte de vivir”.

Años más tarde, en sus Apuntes Sobre la Novela Policíaca
(1949), Chandler plantea algunas líneas, que resumo:

1. Las buenas novelas policíacas son releídas, y en
ocasiones repetidas veces. Es evidente que eso no se
produciría si la única fuente de interés para el lector
fuera el enigma. La novela policíaca que resiste el peso de
los años posee invariablemente las cualidades de una buena
novela.

2. Se trata de un género que nunca ha decaído. Y a ello se
debe el error de los que anuncian su decadencia y su
desaparición. Los académicos nunca se han metido con ella.
Sigue siendo demasiado fluida y variada como para admitir
una fácil clasificación, y su influencia sigue siendo aún
muy extensa.

3. La novela policíaca ha dado la mayor cantidad de mala
literatura que cualquier otra forma de ficción, y
probablemente mayor cantidad de buena literatura que
cualquier otro género literario de tan amplia aceptación y
estima.

En abril de 1949, Chandler le escribió a Hamish Hamilton,
su editor en Gran Bretaña, unas líneas que, desde mi
iletrada perspectiva, deberían figurar en todos los
frontispicios de facultades de letras, revistas culturales,
secciones literarias dominicales y clubes de papagayos
propensos al “análisis literario”. La modestia, el tono
bajo, la sencillez y la austeridad también tienen una
grandeza mayor que la que ocupa lugar por su estridencia.
En esas líneas memorables, Chandler opina, como quien se
reclina en el sillón, se toma un whisky y se fuma una pipa:

“A Shakespeare le hubiera ido bien en cualquier generación,
porque se hubiera negado a morir en un rincón; habría
tomado a los falsos dioses y los habría hecho de nuevo;
habría tomado las fórmulas corrientes y las habría
convertido a la fuerza en algo que a hombres de menor talla
les hubiera parecido imposible de lograr. Si hoy viviera,
no cabe duda de que hubiera escrito y dirigido películas,
obras de teatro y Dios sabe qué. En vez de decir: «Este
medio no es bueno», lo hubiera usado y hecho bueno. Si
alguna gente hubiera dicho que parte de su trabajo era
barato (y parte de él lo es), le habría importado un pito,
porque a él no se le hubiera escapado que, sin alguna
vulgaridad, no hay hombre completo. Hubiera detestado el
refinamiento como tal, porque siempre implica una retirada,
un encogimiento, y él era demasiado bravo como para
encogerse ante nada”.

Y –agrego yo–  como para desdeñar en despectivos términos
absolutos cualquier otro género un podo distinto al de La
Gran Literatura Gran, como demandan “las focas adiestradas
de la fraternidad crítica”.

Supongo que Shakespeare, como Sófocles o Pirandello, eran
hombres que se limitaban a pensar y hacer pensar a los
demás o simplemente a entretenerlos con obras acerca de lo
que sucedía en sus respectivas épocas. O, para decirlo con
una fórmula muy manoseada, que eran hombres comprometidos
con los temas de su tiempo. Hay escritores actuales –y
pienso en Borges, no en Arlt o Marechal– que, por el
tratamiento de sus temas y sus gustos en inclinaciones,
parecen más comprometidos con el tiempo de Sófocles,
Shakespeare y Pirandello que con el que les ha tocado
vivir.

Porque esta etapa, no nos engañemos, no es un tiempo de
leyendas nórdicas, mitologías célticas, malevos trágicos y
gauchos que parecen centauros que galopan sobre la estepa y
entre la tundra. Es un tiempo de poderes implacables,
corrupción política, negociados, escándalos financieros,
auge de los servicios de inteligencia, sofisticación en los
métodos de vigilancia y control, mafias, tráfico de drogas,
prostitución forzada, comercio de armas, violencia e
injusticia. 

Y para terminar, que una vez más tome la palabra Chandler,
a quien le basta y sobra para defenderse solo en el Simple
Arte de Matar: “Que se me muestre a un hombre o a una mujer
incapaz de soportar una novela policial: se tratará, sin
duda, de un tonto; un tonto inteligente –es posible– pero
de todos modos un tonto”.

No es el caso, afortunadamente del escritor y profesor de
literatura Ricardo Garibay: en los últimos veinte años él
ha soportado ochenta o noventa de estas novelas.


   
  Roberto Bardini 
  http://bambupress.wordpress.com/




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