[R-P] ARLT;HERNANDEZ;POSSE ;LUGONES

maría Sola mariadelsola en gmail.com
Jue Feb 21 05:45:47 MST 2008


Hablábamos de Arlt y el existencialismo en estos días.Esta nota de
Abel Posse sobre Arlt de 2002 , es mucho mejor que la nota sobre
Lugones que analizamos hace tres días.
Tengo la impresión de que Abel Posse , inteligente y perceptivo sin
duda, siempre se está haciendo perdonar algo.Hasta no hace mucho e
incluso cuando escribió sobre Evita y sobre el Che se estaba haciendo
perdonar .... ¿algún pasado poco claro durante la dictadura?..tal vez
.Fue un buen momento para reivindicar a Arlt y no lo hizo nada mal.De
todos modos en el libro sobre el Che hay cosas bastante sombrías.
Ver nota abajo.
En la nota de estos días sobre  Lugones parece otro tipo. Elogia la
grandilocuencia y lo peor de Lugones. Aparece otra deuda que Abel
desea que olviden : la de la pertenencia social.( Me recuerda un amigo
que Abel Posse es  Abel Parentini Posse, cierto)

Y como la duda es siempre si nuestro gran poeta es Hernández o es
Lugones....entiendo que literariamente no hay duda de que   Hernández
es ,  invulnerable al paso del tiempo .
Lo que sucede con Hernández es que también es invulnerable en su
contenido social y es por eso que no falta quien lo quiera  sacar del
escenario por esas causas y quedar bien con el stabishment..

Ay Abel, Abel...que señor  tan extraño es.


La génesis de una obra maestra
Erdosain, hermano de Roberto Arlt


En octubre de 1931, hace poco más de setenta años, el autor de Los
siete locos ponía punto final a otra de sus grandes novelas, Los
lanzallamas, en la que pinta un Buenos Aires signado por la angustia.
Sus personajes rebeldes, desorbitados, luchan contra el orden burgués
y contra la indiferencia de una ciudad cruel donde la silueta de las
fábricas, los murallones grises y los potreros trazan un paisaje de
desesperanza




Un creador libre, iracundo y de contracultura


Foto: Archivo

¿Por qué Arlt, todavía?
En octubre de 1931 ponía el punto final a Los lanzallamas que, junto
con Los siete locos, es su obra mayor. Había terminado el libro como
un alucinado. El personaje, Remo Erdosain, había absorbido su
existencia, se había nutrido de la angustia del autor como esas
khadomas misteriosas del Tíbet que se posesionan de un ser para seguir
viviendo y hasta para ejecutar ciertos designios. Terminado el libro,
Arlt, en plena exaltación y con la fresca prepotencia del creador que
presiente y siente que tocó esa inefable esencia que llamamos "arte",
nos advierte con cierto candor agresivo: "Crearemos nuestra
literatura, no conversando de literatura sino escribiendo en orgullosa
soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula.
El porvenir es triunfalmente nuestro". "...La Underwood que golpeamos
con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora...". En las
últimas páginas Arlt nos advierte que esta novela se empezó a escribir
en el año 1930 y fue terminada el 22 de octubre de 1931.

Arlt, el solitario, el germano hirsuto del periodismo argentino, de la
gran noche de aquel Buenos Aires perdido, había encontrado un hermano,
se había fabricado un peligroso hermano que bautizó Remo Erdosain.

Arlt, el violento, el sentimental, el revolucionario peleado con su
partido, el insolente con los convencionales, el husmeador del Buenos
Aires sumergido. Temido y hasta rechazado por sus pares. Incapaz de
ingresar en el orden burgués o en las transacciones. Incapaz de saltar
hacia el suicidio o hacia el crimen (sentimientos que endosa
catárticamente a su Erdosain). Nunca alcanzó a pensar que el arte
puede ser goce, camino de sabiduría. Se aferró al privilegio del
dolor, a cierta jactancia del sufrimiento.

¿Por qué Arlt, todavía?

Porque le confirió a la lábil literatura argentina un temblor de
verdad existencial. Porque sus imperfectas narraciones no siguen el
ritmo de "la realidad" sino el de sus alucinaciones. Creía por
momentos que golpeaba por el lado de lo social. En realidad, sin
filosofías ni estéticas, por su propia caverna de angustia, desembocó
en una auténtica indagación y visión de los confines de esa condición
humana condenada a preguntarse por el sentido de la vida. Ese centro
de gravedad existencial no existía en nuestra prosa desde la fuerza
del Facundo. Se trata de un estremecimiento, un temblor, una tensión
dramática que no se sitúa exactamente en la "historia" que se cuenta
ni en la convencionalidad de lo literario. El lector trama una
complicidad distinta con el autor. Es un sentimiento de existencia, de
rebeldía. Por este camino de exclusividad, en Arlt todo se torna
universal. No es para nada "sudamericano". Es como de otra raza, de
otro equinoccio. Tiene la dureza helada de la mañana de invierno de su
infancia, cuando su padre, cumpliendo un atroz mandato de orden, le
hacía bajar los pantalones para azotarlo.

Arlt nos dice después del epílogo: "Cuatro mil líneas fueron escritas
entre fines de septiembre y el 22 de octubre (y la novela consta de
10.300 líneas)".

Hora tras hora, en la redacción de Crítica o en alguna lechería, toma
notas, imagina y escribe. Y al escribir es asistido por su octavo
loco: el de su escritura. Logra que su lenguaje sea su carácter. Que
lo desmañado de su traje arrugado y de su chambergo aludo sean también
su lenguaje. "Escribe mal", se le dijo. Horrorizaba a los del grupo de
Sur y horrorizaba a esa izquierda razonable y entendida en letras que
entonces, como ahora, está más cerca de la gauche divine de Buenos
Aires que de su imaginaria revolución.

Es un Buenos Aires de docks, grúas de Ansaldo (que hoy decoran Puerto
Madero). Murallones con una luz mortecina al final. Potrero con perros
perdidos y un caballo mancado pastando entre oxidadas latas de aceite.
1930-1931. Tiempo importante en la vida argentina. Es la agonía del
yrigoyenismo. Es el ascenso de un intento totalitario cuando "la hora
de la picana" usurpa aquella "hora de la espada" del sueño fundacional
de Lugones.

Sin hablar de estas cosas, Los lanzallamas es también el documento
tácito de una angustia pública y política implícita. Usinas,
chimeneas, elevadores portuarios y quintas suburbanas donde los
rufianes bancan la revolución de un Astrólogo. El barrio íntimo de
Erdosain es indudablemente Flores, donde Roberto Arlt padeció su
adolescencia.

Arlt no cita tangos. Casi no usa esa palabra. Todo él y toda su obra
eran tango. Y Los lanzallamas es el mayor tango de la Argentina. Tango
hard. Sin teóricos radiales ni deslices sentimentales.

Hay en él un resto de pulsión pagana, de idea de otra vida, de la otra
posibilidad, de esos dioses huidos de la nostalgia de Hölderlin. No
puede ser complaciente con ninguno de los dos comisariados que en 1930
ya luchan por arruinar el resto del siglo: el capitalista,
tecnológico-industrial, y el comunista. Sin embargo, inscripto en este
sector, su obra escapa, como su espíritu, al mandato de servilidad
ideológica de estilo.

Es un aristócrata. La vida cotidiana, el aburrimiento pacífico de la
normalidad y de la clase media le causan horror. Aunque peatón de
amaneceres, con zapatos extenuados, es el único caballero andante de
la literatura de su tiempo. El otro, de la generación anterior, es
Leopoldo Lugones. Todos los demás son más o menos previsibles:
escritores no amenazados de alucinación o genialidad. (Borges todavía
no había llegado a El Aleph).

Elías Castelnuovo y Conrado Nalé Roxlo -que fue quien más lo conoció-
me contaron las anécdotas de este cronista que dormía vestido como un
eterno guerrillero urbano, siempre perseguido por el demonio de su
propia ansiedad. Fabricándose utopías, queriendo descubrir valores y
dolores en gente de la calle que, finalmente, lo desilusionaba.
Creyendo con ingenuidad que en los caídos (ladrones, prostitutas,
marginales) hay vetas de nobleza oculta.

Sin sabiduría, sin serenidad, sin redención, terminadas las "últimas
cuatro mil líneas", se convertiría, sin saberlo él mismo, en un
maestro de la intensidad, de la rebeldía sin respuestas fáciles. Fue
como Céline y como Genet para la chatura de la previsible prosa
francesa. Un creador libre, iracundo, a contracultura.

La editorial Claridad le publicó los libros para venderlos en los
quioscos, "a un precio accesible al trabajador". Pronto cayó en las
librerías de viejo y en la venta a granel. Tuvo un largo limbo de
anaqueles polvorientos donde su rabia y su magistral y sublimada
violencia esperaban. (Yo mismo lo compré en los 50, en la calle
Corrientes, en un mostrador, de a peso. En el ángulo izquierdo de la
tapa aparecía su foto, su rostro poderoso de Nibelungo urbano y
emigrante, con su famoso mechón de pelo caído sobre los ojos). La
novela argentina de su tiempo parecía una academia suburbana de artes
y oficios: unos pintan, otros pulen, cincelan, edifican, testimonian,
registran. Nadie da, salvo Arlt, con la voz profunda y auténtica sin
la cual todo escritor fracasa. Es el tiempo de Mallea con sus caídas
en lo cursi, es Marechal que dará el engolado, empalagoso Adán Buenos
Aires. O Güiraldes, con ese gaucho sin fuego, apeonada imagen
nostálgica, vista desde el dueño de la estancia.

Arlt nunca imaginó que sería uno de los pilares de esa novelística
latinoamericana, la más importante del siglo. No tuvo trato ni con
Lugones ni con Borges. (Probablemente negó a ambos desde su
aristocratismo al revés y con el resentimiento de su poca formación.
Con Borges compartieron el auge de Crítica, pero seguramente en las
esquinas opuestas de la redacción). En el panteón de esa gran
novelística continental hay nichos exclusivos donde las grandes
vedettes difuntas van a dejar de vez en cuando su flor de admiración.
Es el rincón que Gide llamaría de "los graves". Allí están Arlt, José
María Arguedas, Juan Rulfo, Graciliano Ramos y otros pocos. Deben de
ser intratables entre ellos, como los Espila de Los lanzallamas, que
están dos años sin dirigirse la palabra en el mismo cuarto.

Arlt no se pudo sacar de encima a Erdosain, esa khadoma se apropió de
todo su ser. Tenido por raro, temido por agresivo, inhábil para que se
le pueda adivinar su infinita ternura, dejó de escribir novela en los
últimos diez años de su vida, cuando su rebeldía se hizo amarga y ya
desilusionada, y se refugió en el periodismo y en su obra teatral.

Erdosain lo mató, finalmente, en 1942, de un ataque al corazón, a los
cuarenta y dos años de su angustia. Erdosain ya tiene setenta años y
está lozano y tan permanente como en 1931.



Por Abel Posse
Para LA NACION - Buenos Aires, 2002




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