[R-P] La psicología del tocador
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Mie Feb 20 03:10:17 MST 2008
No recuerdo si en Argentina "culo" es mala palabra. Si es,
espero que el moderador no se enoje.
Fue un envío grupal de Faustino Velasco, a quien no
conozco, pero entre los destinatarios ví a algunos
conocidos: Julio FB, Carlos Falchi, Gabriel Fernández,
Walter Moore y tres Jorges: Rachid, Savino y Falcone...
Todos buenos muchachos.
En realidad, yo estaba investigando la cantidad de
psicólogos per cápita que existen en Brasil, en Cuba y en
varios países caribeños, y tratando de formular alguna
hipótesis más o menos científica acerca de la relación que
necesariamente debe existir en la ecuación liberación
nacional/salud mental.
En eso estaba cuando llegó el mensaje de Faustino Velasco.
Y salí de mis dudas. Ahora sólo tengo certezas.
El autor del trabajo que copio más abajo no será Borges,
pero enseñó Literatura inglesa y fue seleccionado por un
jurado compuesto por Bioy Casares, Augusto Roa Bastos y
Guillermo Cabrera Infante. Estoy seguro que el tema que
encara, poco tratado por la ciencia política
iberoamericana, también forma parte de los desvelos de
quienes luchan por la construcción de la Patria Grande
desde el sur de Estados Unidos hasta Ushuaia.
El culo de una arquitecta
por Pedro Mairal
(*)http://elseniordeabajo.blogspot.com/2007/02/el-culo-de-una-arquitecta.html
(publicado en Colombia, en la revista Soho, en febrero de
2008)
No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el
mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido
de las modelos flacas. A mí me gustan grandes,
hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que
sobresale y se autosustenta como un milagro de ingeniería.
El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompa
viva y prodigiosa.
Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los
culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que
en realidad son una intelectualización. Las tetas son
renacentistas, pero el culo es primitivo, neanderthaliano.
Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia
invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro
costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas.
Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El
culo, en cambio, es lírico, musical, cadencioso,
indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de
la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema.
Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo,
invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria
de las tetas que siempre vienen y por eso suelen ser
alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las
tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se
disparaban como dos misiles). Las tetas confrontan, el culo
huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma
y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda,
más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con
dulce balance camino del mar.
Las mujeres argentinas tienen orto, las colombianas jopo,
las brasileras bunda, las mexicanas bote, las peruanas
tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen
poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis
amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan
asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi
me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco en
el último Hay Festival de Cartagena de Indias para no tener
que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de
cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros
merecían no este breve artículo sino un tratado
enciclopédico o un poemario como el Canto General.
De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más
ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para
calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una
chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un
rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre
sorprende al tacto esa temperatura, el frescor del cachete
en el primer encuentro con la mano.
Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos
maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un
pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela
impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es
desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo
levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de
pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a
manos llenas. En ese instante se siente que las manos no
fueron hechas para ninguna otra cosa más que palpar esa
felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la
blanda gravitación, el peso exacto de la redondez
terrestre.
Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito
somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por
detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo
contrario: es como acoplarse a una locomotora, como
engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no
es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que
trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno
el que queda sometido a su gran expectativa, absorto,
subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva
de esa mantis religiosa.
Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al
parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es
que era una personal trainer, y las calzas azules de esta
profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado
en glúteos. Como el burro tras la zanahoria, el hombre
corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento
personal. No me sorprendería que a la media hora hubiera un
grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música
de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres,
con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados.
Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en
una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona
(esas narigonas sexys) y con un “tremendo fambeco”. Ella
sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos
pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de
esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el
almanaque cuadriculado, la tabla rectangular del
escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de
archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la
arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la
fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este
edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté
nada (se decía que tenía un novio), pero en una época yo
pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos
que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un
guiño a Greenaway, “El culo de una arquitecta”.
No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos
poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de
verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido
de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus
muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi
ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba y
todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el
teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más rectas,
todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista
medio quedaba bailando. No exagero.
Además era plena crisis del 2002. Todo se derrumbaba, caían
los ministros, los presidentes, caía la economía, la
moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer
mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía,
salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir,
cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más
encabritado en su oscilación por los corredores, pasando en
un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero
no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella
llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me
hizo durante esos dos años con solo ser parte de mi día
laborable pasando con tanta gracia frente al mono de mi
hormona. Y ojalá se entere también que, cuando me echaron,
lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los
pasillos respingando el durazno gigante de su culo soñado.
(*)Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970. Cursó la
carrera de Letras en la USAL donde fue profesor adjunto de
Literatura Inglesa. Su novela “Una noche con Sabrina Love”
recibió el Premio Clarín en 1998 con un jurado integrado
por Roa Bastos Bioy Casares y Cabrera Infante. “Una noche
con Sabrina Love” fue llevada al cine en 2000. Publicó
además el volumen de cuentos “Hoy temprano” (2001) dos
libros de poesía: “Tigre como los pájaros” (1996) y
“Consumidor final” (2003). En 2005 publicó su segunda
novela: “El año del desierto”. Ha sido traducido y editado
en Francia, Italia, España,Portugal, Polonia y Alemania.
Roberto Bardini
http://bambupress.wordpress.com/
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