[R-P] [E. Lacolla] Juego de poder: ejercicio de cinismo

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mar Feb 19 12:17:44 MST 2008


Juego de poder

Un ejercicio de cinismo

Por ENRIQUE LACOLLA

Una tragicomedia de Hollywood que exhibe sin vergüenza los  mecanismos
psicológicos que sostienen al Imperio.

Juego de poder o, más exactamente, La guerra de Charlie Wilson, como
reza el título original en inglés, es una película que deja perplejo.
¿Se trata de una sátira a dirigida a criticar a la elite política
norteamericana o es una reafirmación, en clave de comedia, de la
hipócrita combinación de factores que la sustenta?

Mi opinión es que se trata del segundo caso; aunque el filme discurre
por el filo de la demolición irónica del sistema, nunca traspone ese
límite y en definitiva reconfirma la mentira autosuficiente que gran
parte de los norteamericanos se prodigan a sí mismos: Estados Unidos
es un país elegido por Dios, el non plus ultra de la democracia y el
portador de la llama del Bien, con la que está siempre dispuesto a
incinerar a los exponentes del Mal.

Si entendemos al Bien como la sociedad de mercado, la ecuación cuadra;
pero si observamos la fórmula a la luz de lo que dicho tipo de
sociedad significa en términos de sacrificios humanos y de la carrera
de Estados Unidos hacia la fundación de un Imperio destinado a
imponerse sobre el planeta, ese acoplamiento inspira horror.

La dirección de este filme corresponde a un veterano con una larga
ejecutoria: Mike Nichols se distinguió con El gradudado, de 1967, el
filme antibélico Trampa 22, de 1970 y, más recientemente, Closer, de
2004. Ahora, apoyado en los servicios de Aaron Sorkin, el guionista de
The West Wing, la popular serie televisiva dedicada a exaltar la labor
del círculo restringido que se mueve en el entorno de un presidente
demócrata, Nichols aborda un tema grueso como pocos: el final de la
guerra fría como consecuencia de la derrota sufrida por los soviéticos
en Afganistán.

De hecho, sin embargo, este episodio no fue sino el último golpe de
hacha que derribó el árbol; aunque sin duda caracterizó la incapacidad
de la URSS para afrontar un conflicto externo que la llevaba a
antagonizar casi directamente con Estados Unidos.

Pero, ¡oh casualidad!, ocurre que el problema sobre el que versa el
filme no puede ser visto dentro de los exclusivos parámetros de la
guerra fría, sino en el cuadro, mucho más complejo, de la insurrección
de los pueblos coloniales en búsqueda de una modernización
indispensable.

El sistema estadounidense ha usado siempre la veladura democrática
como una cortina de humo para engañar a propios y extraños. Sus
dirigentes se fingen portadores de una verdad revelada y, en la medida
que embriagan a la opinión pública con el relumbrón de sus éxitos,
gran parte de ésta tiende a comulgar con la presunción de que su país
es el mejor que existe y que a los otros habitantes del planeta sólo
les queda asimilarse a sus principios para acceder a las bondades de
una sociedad perfecta, dado que en ella las oportunidades siempre se
están renovando.

El problema es que este punto de vista se funda en un equívoco y en
una trampa psicológica imbuida de autoindulgencia. No es verdad que
las oportunidades sean las mismas para todos, ni adentro ni afuera; la
plétora económica que ha consentido a Estados Unidos progresar en el
mundo, se derivó en gran medida de la explotación de sus clases
pobres, paliada por la amplitud del territorio arrebatado a sus
pobladores originales y a los vecinos más débiles, y por el retorno
dinerario de los capitales distribuidos sobre el planeta y sostenidos
por la panoplia militar del Imperio.

La película de Nichols no hace referencia a estos factores. Escalona
en cambio un crescendo rabelesiano de corrupción doméstica, descarríos
sexuales y tejemanejes turbios para demostrar cómo un político
connotado por su impavidez frente a la corrupción y su disposición a
participar de ella pues esta es parte del juego, se siente súbitamente
iluminado por la necesidad de acudir en socorro del pueblo afgano,
brutalmente sojuzgado por la ocupación soviética y montar así un
frente que permitiría a Estados Unidos lucir su predisposición a
ayudar a los débiles contra la prepotencia de los fuertes. Y a matar
comunistas, de paso, como sostiene el agente de la CIA que se
convierte en su inmediato colaborador. A partir de su acción se desata
un proceso de ayuda a la insurgencia afgana que no tarda en poner en
dificultades a los soviéticos para por fin determinarlos a retirarse.


Brillo y ambigüedad

El filme de Nichols está dotado de unos diálogos brillantes, con los
que se luce en especial Philip Seymour Hoffman (Capote, Perfume de
mujer) y provisto de un ritmo que no da tregua. Pero resbala en la
ambigüedad y, en suma, lejos de provocar una reacción catártica que
devuelva el espectador a la realidad, lo empuja a un estado de alegre
indiferencia ante la cómica combinación de elementos que hacen la
historia. O de irritación indignada, si está al tanto de los
verdaderos datos que subyacen a la trama.

No es verdad, en efecto, que Estados Unidos haya corrido en auxilio de
una población oprimida. La lucha en Afganistán se estaba librando
entre un gobierno central, sostenido por los soviéticos, empeñado en
un programa de reforma agraria y provisto de un importante apoyo
interno, y los clanes tribales que se resistían a los cambios y que
reunían a los grupos fundamentalistas, erizados ante la amenaza de esa
forma de modernismo occidental que es el marxismo. Incluso después de
la retirada rusa el gobierno central siguió siendo fuerte y con toda
probabilidad hubiera podido imponerse a las resistencias integristas
si no hubiera sido por la continua ayuda que éstas recibieron de parte
de Pakistán y Estados Unidos. El resultado fue que los gobernantes
laicos fueron barridos y ejecutados de acuerdo a los ritos más
bárbaros por los talibanes, quienes no tardaron en introducir la ley
de la sharia y otras lindezas por el estilo.

Develar este hecho y ponerlo en conexión con la actual amenaza
terrorista y Osama bin Laden, uno de los productos de ese vivero,
hubiera sido una forma de dotar a la película de un desenlace irónico
que habría al menos paliado la no referencia a las verdaderas
motivaciones del proceso de intervención. No se trataba sólo de frenar
a la URSS, en efecto, sino de hacer pie en un lugar estratégico desde
donde intentar fundar, como el presente lo demuestra, un proyecto
hegemónico dirigido a desarticular el imperio soviético, a amenazar a
China y a hacerse con las reservas energéticas del globo.

Charlie Wilson fue y es un individuo real, con un perfil biográfico
que sumaba su afición al bello sexo, el alcohol y las drogas, descrita
en la película, con el dudoso atributo de haber sido un amigo de
Anastasio Somoza Jr. y ser hoy un lobbysta a favor de Pakistán, con un
sueldo de 30.000 dólares por mes, tras haberse dedicado a la misma
función respecto de empresas israelíes de fabricación de armamento.

Pese a estos deméritos, para llamar de alguna manera a la proclividad
del personaje para ubicarse en el centro de los negocios turbios, no
hay en la película un destello de crítica respecto de su perfil. En
cierto modo se lo describe como un emprendedor muchacho
norteamericano, escéptico más que cínico, que deambula por el mundo
aportando muerte a los enemigos de la libertad  y victoria para el
bando de los buenos.

El filme brinda una sorprendente demostración del sistema de medición
con doble rasero. La película se conmueve ante la suerte de los
cientos de miles de refugiados que huyen de la opresión roja, pero no
expresa una sola palabra sobre los millones que corren la misma suerte
en el resto del mundo, con los castigados palestinos en primer
término.

En cuanto a las secuelas catastróficas que para el mismo público
norteamericano acarreó el aliento al fundamentalismo musulmán como
expediente para liquidar a la Unión Soviética (las Torres Gemelas y el
incremento del terrorismo en el mundo) sólo tienen un pálido
reconocimiento en la frase inserta al final (frase también
autoindulgente, en cualquier caso) de Charlie: "Fuimos gloriosos y
cambiamos al mundo. Y jodimos todo al final", dice, refiriéndose a la
incapacidad de Estados Unidos para"fundar escuelas" y estimular así la
democracia en Afganistán.

Si la finalidad de todo ese sucio negocio hubiera sido fundar
escuelas, podemos estar seguros que de ninguna manera se hubiera
llegado adonde se llegó. Y que los afganos, probablemente, hoy habrían
terminado con el reinado de los señores de la guerra y aventado a los
talibanes. Quienes quizá incluso no hubieran tenido la oportunidad de
haber nacido.

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Néstor Gorojovsky
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