[R-P] ¿Y entonces...?

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Mar Feb 19 11:37:18 MST 2008


OPINION
¿Y entonces...?
Por Juan Pablo Ringelheim
"Mirá, hay buenos libreros que leen y buenos libreros que no leen. Yo en mi 
casa no tengo biblioteca." Elvio Vitali, dueño de la librería Gandhi, me 
había esperado en la barra del café. Yo tenía veintidós años. Le habían 
dicho que un pibe quería laburar ahí, y justo necesitaba un pibe. Le 
pregunté cuántas horas tendría que trabajar, yo estaba estudiando en la 
universidad. Empezó a sumarlas con los dedos de la mano: "Nunca aprendí a 
sumar". Sin biblioteca en su casa, sin saber sumar, Elvio comandaba la 
librería más importante de la calle Corrientes. Seis años después me contó 
el secreto de su oficio: "Yo soy un observador". Elvio era capaz de 
semblantear a un inspector, un cliente, un chorro, y a cada integrante de su 
propia tropa. Luego sintetizaba en un par de palabras el carácter del 
observado, con precisión milimétrica.
En el noventa y pico, en Gandhi, por tres mangos te podías llevar Crimen y 
castigo, de Dostoievski. También lo conseguías caro: veinte pesos por 
Editorial Alianza. El de tres pesos era importado de México, editado por 
Porrúa. Había una pregunta de rigor que hacían los clientes cuando veían el 
precio de Porrúa: "¿Es una buena traducción?". Una vez la hizo una mujer de 
unos cincuenta años. Elvio intuyó que era profesora de Letras. La mujer 
preguntó si era buena la traducción. Elvio no dudó: "Con esa editorial 
estudió Octavio Paz", inventó, y se fue. La mujer llevó treinta ejemplares, 
para toda la división. Elvio sabía leer.
No pagaba mal. Cuando le fui a pedir un aumento, Elvio contestó: "Yo sé que 
acá ustedes se levantan minas". Era cierto, pero, ¿qué tenía que ver? "Pensá 
en lo que ahorrás de cafecito y boliche." Elvio sabía sumar.
Elvio era peronista. Un miércoles a la noche cayó a la librería el entonces 
hombre de Menem y jefe del Ejército, general Martín Balza. Tres 
guardaespaldas. Estuvo media hora mirando las mesas y compró cuatro libros. 
Cuando se iba con su séquito, sonó la alarma. En esos casos debíamos correr 
hasta la salida, donde estaba el cliente, y pedirle los libros, y chequear 
si la cajera se había olvidado de desactivar la alarma, o si en la bolsita 
había un libro no pagado. Eso hice. No logré encontrar el motivo que disparó 
la alarma, y Balza se fue. Cuando volví al mostrador, Elvio se acercó. Pensé 
que me iba a putear por haber controlado al jefe del Ejército como si fuera 
cualquiera. Entonces me preguntó: "¿Le revisaste la valija a Balza?". Elvio 
era peronista.
¿Y entonces? Elvio no nos decía "hola" cuando entraba a la librería, decía: 
"¿Y entonces?". Como si la charla ya fuese por la mitad y él esperara una 
conclusión, el remate de un cuento. Escribo estas líneas y puedo escucharlo 
diciéndome: "¿Y entonces?". Entonces, Elvio, te digo: Octavio Paz no estudió 
con la Editorial Porrúa. Pero aquella profesora volvió y nos contó que 
treinta pibes de la provincia conocieron a Dostoievski. 


	

	
		
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