[R-P] [patriaypueblo] El librero de la patria
juan maría escobar
escobar45 en infovia.com.ar
Dom Feb 17 08:36:42 MST 2008
“Nuestra historia debe leerse al revés para ser entendida”
Es uno de esos editores de raza que ya no abundan. Durante toda su larga
vida se dedicó, al frente de la editorial que lleva su apellido, a publicar
textos que juzgaba esenciales para comprender la historia argentina. Arturo
Jauretche, Rodolfo Ortega Peña, Jorge Abelardo Ramos, J.J. Hernández Arregui
o Ernesto Palacio fueron algunos de los autores que encontraron en Arturo
Peña Lillo el eco necesario para difundir sus pensamientos.
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Peña Lillo Editor publicó más de cuatrocientos títulos
Por Cristian Vitale
Un cincuentón con barba obrera se para, emocionado, frente a otro hombre de
88 años y le dispara una remembranza. Le dice que él era uno de esos jóvenes
que durante la década del sesenta recorría la avenida Corrientes revolviendo
estantes en librerías viejas buscando “eso” que escuchaba en casas de viejos
peronistas de base, pero que difícilmente encontraba en libros. “Sentíamos
al movimiento nacional porque, como decía papá, era algo que los había
dignificado... pero mucho no lo entendíamos.” El hombre de 88 años lo
escucha, atento, y le da fuerzas para seguir. “Hasta que entré a trabajar en
la Italo y ese empleo me posibilitó poder tener una conciencia clara del
pensamiento nacional. A la vuelta, estaba su editorial y yo podía llevarme
cinco o seis libros a sola firma, y pagarlos cuando pudiera. Esos libros,
hoy, son los que leen mis hijos”, sigue. El encuentro transcurre en el día
de la militancia y termina con un fuerte abrazo entre el hombre de 88 años,
el infatigable editor Arturo Peña Lillo, y el obrero que aprendió a armar el
rompecabezas de la patria grande leyendo libros que Don Arturo se jugó en
editar a contramano de la intelligentzia. Cuando la hegemonía de la historia
era –como casi siempre– mitrista y liberal.
El obrero podía estar hablando de La Historia de la Nación Latinoamericana
de Jorge Abelardo Ramos, o de Baring Brothers y la Historia Política
Argentina, de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde, o del libro de Alberto
Belloni –Del anarquismo al peronismo–. O de cualquiera de los inevitables de
Arturo Jauretche –El Medio Pelo en la Sociedad Argentina, el Manual de
Zonceras Argentinas, Los Profetas del Odio y la Yapa–. Un combo de abordajes
revisionistas que hubiesen quedado relegados si no fuera por la labor de
Peña Lillo Editor. “Yo sentí la necesidad que tenía el país de esclarecer la
situación nacional de un momento –fines de la década del ’50– en el que los
medios de comunicación se burlaban de los trabajadores, mientras la policía
perseguía y encarcelaba. Y los militares fusilaban. Buena parte de Argentina
había sido silenciada, mientras un grupo exquisito de formadores de opinión
dividía al país y callaba a los descamisados, que habían luchado contra el
sistema liberal burgués”, expresa Arturo revisitando su faena. “Nunca fui
afiliado a ningún partido y, sin embargo, siempre me sentí militante.
Expresaba mi militancia a través de la editorial, cuyo objetivo fue el de
sistematizar el pensamiento nacional y popular disperso. Fue sencillamente
lo que hice, y lo hice con mucho fervor. Muy poco sé de administración de
empresas... mi único objetivo era sacar todos los días un libro, costara lo
que costara. No me importaba. Felizmente, estuve recogiendo durante los
últimos 20 años las expresiones que ustedes –el obrero y muchos más– me
brindan. Es el reconocimiento que me justifica seguir viviendo.”
Peña Lillo estuvo al frente de su editorial entre 1954 –cuando debutó con La
historia de Argentina de Ernesto Palacio– y 1982. Editó unos 400 títulos y
fue difusor insoslayable del pensamiento de una generación que intentó
enfrentar a las fuerzas opresoras del establishment tecnocrático y
extranjerizante. A la par, “gerenció” algunas revistas que fueron tribuna y
espacio libre para periodistas y políticos, como Cuestionario y Quehacer
Nacional. Puede decirse que generó las condiciones materiales para dar
vuelta la pedagogía colonialista o que enfrentó las intenciones de las
clases dominantes. O que trocó con su labor paciente una dicotomía que,
pura, poco explica las realidades de los países del tercer mundo
(izquierda-derecha) por otra mucho más eficaz y relevante, en tiempo y
forma: civilización o barbarie. En este reverso del mundo, y Peña Lillo lo
tenía claro, “civilizar” equivale a desnacionalizar. Y por eso actuó en
consecuencia... por eso le quemaron parva de libros durante la dictadura.
“Cuando fue el golpe de 1976, los libreros me empezaron a devolver
muchísimos libros porque les volaban las librerías. Los militares pensaban
que el de José María Rosa –La guerra del Paraguay y las Montoneras
argentinas– aludía a los Montoneros de la época y lo quemaban. Una vez
volaron una librería porque en la vidriera tenía el Medio pelo de Jauretche.
Entonces yo aflojé y me fui acobardando.”
–¿Y qué hizo?
–Le dejé la editorial a empleados que la terminaron fundiendo. Y no pude
disfrutar del dinero porque, la verdad, nunca tuve. Lo que ganaba con los
más vendidos lo usaba para editar otros que se vendían menos. En 1982,
cuando la dictadura estaba debilitada, saqué mi última revista –Quehacer
nacional– y desde sus páginas por supuesto se criticaba a la dictadura, pero
zafé porque en ese momento ya era difícil desaparecer a un conocido.
–¿Cómo empezó su interés por los libros?
–De chico iba a librerías viejas y revolvía libros de Alejandro Dumas,
Víctor Hugo, Roberto Arlt, libros raros. Eran los años 30, cuando la radio
era una cosa experimental y el medio de mayor influencia era el libro. A
través de él se expresaban las grandes teorías políticas. En esa época el
mercado estaba saturado de libros anarquistas, porque los diarios –La Razón,
La Prensa o La Nación– eran completamente anodinos y comerciales. Expresaban
los intereses de los grandes poderes económicos. Entonces, para expresar
ideas al margen del sistema, tenías que escribir un libro.
La infancia de Peña Lillo fue difícil. Su padre, un proletario español
admirador de José Antonio Primo de Rivera y la España reaccionaria,
enloqueció cuando él tenía 12 años y tuvo que salir a ganarse el pan desde
chico. “Yo vengo de origen obrero, mi padre era foguista de la compañía
Mihanovich, hasta que se volvió loco. Entonces, tuve que hacer lo que tenía
que hacer para poder sobrevivir, mientras leía de manera informal, sin haber
llegado a sexto grado”. Trabajó de lavacopas, de zapateador americano hasta
que consiguió un puesto en una imprenta. “Andaba mucho en la calle. Mi
formación fue determinada por las circunstancias. Nunca tuve una vida
ordenada, organizada y sistemática. No tuve la oportunidad de ir al
secundario y menos a la universidad.”
–Era difícil acceder al mundo editorial en esas condiciones. ¿Cómo se
involucró?
–Un día, en 1939, me vestí con carteles llenos de pensamientos. Aproveché,
porque era una época de escritores muy petardistas, que gustaban de la frase
“la historia se escribe con sangre” de Nietzsche. Me puse un sobretodo, salí
a la calle y me lo saqué frente al diario Crítica para llamar la atención.
Al otro día, sacaron un montón de crónicas sobre mi actitud y conseguí un
trabajo en los talleres de la revista Radiolandia. Fui delegado gremial y
tenía participación activa en las huelgas, hasta que un día el dueño me
llamó y me dijo “si el sueldo no le alcanza deje de ir al cine o apriétese
el cinturón” y me rajó. En esa época no existía una organización en la que
el delegado fuera intocable. Al primero que echaron fue a mí.
El próximo escalón de Peña Lillo fue una editorial francesa en la que
también trabajaba Rodolfo Walsh. Permaneció en ella siete años y vio pasar,
desde ahí, la revolución de junio de 1943, el 17 de octubre del 1945 y el
ingreso de las masas obreras a la arena política argentina. Pero él estaba
del lado de la Unión Democrática. “Viví el 17 de octubre ajeno al movimiento
de masas que se estaba gestando. Yo era empleado de la editorial y estaba
comunicado con una organización de editoriales de izquierda. Fue una
desgracia la actitud del Partido Comunista, porque no nos orientaba, no nos
decía la expresión popular que tenía el peronismo. Ellos decían que era la
barbarie que había salido a la calle. El partido estaba completamente
despistado ideológicamente”, evoca.
–¿Cuándo se inscribe dentro del pensamiento nacional, entonces?
–Poco antes de la caída de Perón empecé a tener relación con pensadores del
campo nacional y, cuando cayó, tomé partido. Fue una revelación para mí.
–¿Por qué?
–Porque Perón tomaba medidas que uno veía como macanudas, y sin embargo
había que criticarlas. Era una gran paradoja, porque uno era obrero y estaba
obligado a estar en contra de expresiones absolutamente obreras. Tenía que
alinearse en la ideología liberal y cipaya. Era un contrasentido eso, y yo
empecé a darme cuenta del error. En 1954, al editar la historia argentina de
Palacio, me conecté con Jauretche, adherí a la causa nacional y me aislé de
mis ex compañeros, que nunca más se me acercaron.
–Después vino la Libertadora y, con ella, la persecución a los obreros, la
resistencia, la censura y los fusilamientos. Buena época para editar libros
de esa tendencia.
–(Risas.) Era un desafío porque el peronismo, como vehículo mayoritario de
liberación nacional, no tenía una bibliografía que expresara sus ideas
independentistas. Todo se vivía de una manera muy espontánea, sentimental y
mediante discursos oficiales. Pero intelectualmente era necesario analizar
un fenómeno como ese fuera de los esquemas liberales y de los discursos. Es
una tarea que inician Spilimbergo, Abelardo Ramos, Jauretche. Los análisis
que hace la izquierda nacional son reveladores y apabullantes... son nuevas
ideas que a uno lo apasionan y por eso las apoyé desde mi lugar.
–¿Qué libros podría resaltar de los tantos que editó?
–Uno es el de Palacio. El dato me lo pasó el anarquista español Diego Abad
de Santillán en 1953. Me dijo que en el futuro iba a ser un best seller. Yo
le dije “pero es una nacionalista” y me respondió “no importa, usted léalo
igual”. Entonces fui a ver a Palacio, que no tenía un peso, le anticipé unos
derechos y lo terminó de hacer. De hecho, se transformó en el libro más
requerido durante toda la época que tuve la editorial. Cuando vino Perón en
1973, sacaba una edición por semana. Se agotaba enseguida. Otro podría ser
Los Profetas del Odio y la Yapa, de Jauretche.
–El que habla de la colonización pedagógica y de la traición que llevó a
Bernardo Houssay a ganar el Premio Nobel de Medicina.
–Claro, porque Houssay era uno de los referentes intelectuales y científicos
de la Unión Democrática y Jauretche denuncia que, en realidad, el
descubrimiento real sobre la utilidad de la insulina no le correspondía a él
sino a un integrante de su equipo, el doctor Alfredo Biassotti. Pero había
que hacer figurar a Houssay, porque éste adhería a la UD y su supuesto
descubrimiento dejaba bien parado al frente antiperonista ante el mundo.
Nuestra historia debe leerse al revés para ser entendida. A esto le dediqué
toda mi vida.
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