[R-P] Fw: Elvio Vitali
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en gmail.com
Sab Feb 16 18:22:45 MST 2008
Elvio Vitali no baila esta noche en El Beso
Por Julio Fernández Baraibar
Solía sentarse en alguna de las mesas de la primera fila que rodea la pista
de baile, junto a otros milongueros con los que conversaba en voz baja.
Había conservado la manera de hablar del barrio de Wilde, donde había
nacido, un poco arrabalera, con una "eses" convertidas en "eshes" que ya se
han ido perdiendo en el habla popular porteña.
Su rostro recordaba increíblemente a Al Pacino -parecido del que era
plenamente conciente- y le encantaba sacar a bailar a hermosas italianas con
las que conversaba en su idioma, heredado por tradición familiar y por una
larga residencia en Italia.
Elvio Vitali, ese buen amigo de voz ronca y de convicciones firmes, amante
de la trasnoche y el whisky, ha muerto, después de darle pelea larga y
cansadora a una enfermedad que lo obligó a alejarse de los largos vasos, del
hielo tintineante y de la noche seductora.
Elvio, el de Juventud Universitaria Peronista, el argentino que en su exilio
en México había creado la Librería Gandhi, que junto con él trasladara a
Buenos Aires, convirtiéndola en un foco de radiación cultural en esa región
de la avenida Corrientes que va desde Callao hasta Libertad, amaba el tango
en todas sus expresiones. Aprendió a bailarlo de grande, en las clases que
se daban en su librería, y había conseguido un estilo especial y distintivo:
un poco encorvado, de pasos lentos, amurado fuertemente al torso de su
compañera de ocasión.
Fue impulsor comprometido del Festival Internación de Tango. Fue uno de los
responsables que la avenida Corrientes se convirtiera una noche en una gran
milonga a cielo abierto, en una babel de idiomas y estilos, donde la
Orquesta Escuela era el atanor que mezclaba a todos los herederos del
Cachafaz del ancho mundo en una sola multitud danzante. Y en la que la
belleza de Geraldine hipnotizó a todos con el negro de su pelo, la desmesura
de sus ojos y la voluptuosidad de su baile. Fue, justamente, Elvio el que
insistió que fuera ella la que, desde un elevado escenario, se convirtiera
por una noche en la Afrodita porteña, ante la cual el Obelisco parecía más
erguido que nunca.
Como ha recordado Leonardo Cofré, convirtió el bar de La Gandhi en un lugar
de encuentro de tangueros que descubrieron, junto a sociólogos, antropólogos
y toda la fauna académica que constituía su clientela, a Luisito Cardei, el
cantor de la voz chiquita, de la entonación casera, de los tangos cantados
en una cocina de extramuros con una enorme mesa de madera con cajones para
guardar los cubiertos.
Lo conocí en la milonga y en la milonga aprendí a quererlo. Siempre con
alguna hermosa mujer a su lado, siempre con la sonrisa de Pacino.
Elvio Vitali no va a caer esta noche de sábado por la Milonga de las
Morochas, en El Beso, de Corrientes y Riobamba. Y todos los tangos sonarán
con más tristeza que nunca.
16 de febrero de 2008
Julio Fernández Baraibar
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