[R-P] [Pelota de Trapo] Más violencia en Tres Arroyos

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Feb 16 09:11:07 MST 2008


Más violencia en Tres Arroyos
12/02/08

Por Oscar Taffetani

(APe).- Poco después del estallido de 2001, los fotógrafos Jorge Pousa
y Rubén Pinella se dedicaron a registrar con sus cámaras los efectos
de las privatizaciones y la desindustrialización en la economía y la
sociedad de Tres Arroyos.

Las fotos de Pousa y Pinella pueden verse en Abandonos, libro que no
necesita palabras para denunciar la brutalidad y extrema violencia de
una política económica que priorizó la "renta" por sobre el trabajo y
la producción.

"Los fotógrafos pasean sus lentes -leemos en el prólogo- como si
registraran las ruinas de una civilización extinta, capturan imágenes
como si estuvieran en una guerra..."

Es que era, efectivamente, una guerra. Una guerra contra el pueblo;
contra los padres que se quedaban sin trabajo y sin posibilidad de
reinsertarse; contra las madres emigradas de las chacras a la ciudad,
sin tarea ni oficio que cumplir; y contra los niños, que se criaban
como podían, remando en el desamparo.

Había en Tres Arroyos, hacia 2002, 36 comedores escolares, que
ofrecían a 2.600 niños la que seguramente era su única comida diaria;
había también 6 centros de contención (otros 400 niños) y dos jardines
maternales (300 chicos más). Eso sin contar -como registraba un
periódico local- los comedores creados por particulares o por
asociaciones barriales.

Pero, claro, los niños crecen. Y además de un plato de comida,
necesitan un hogar, una escuela, un trabajo y un futuro. No un Futuro
con mayúsculas, sino simplemente un futuro.


Hacia un Far West bonaerense

Leemos en los diarios de estos días que "pobladores de Tres Arroyos
resolvieron organizarse con guardias armadas para hacer frente a la
inseguridad reinante". Al mismo tiempo -según la crónica- los vecinos
están pidiendo juicio político y destitución para el juez de Garantías
Rafael Oleaga, el de Menores Alberto Gallardo y el fiscal Carlos
Lemblé. Se acusa a los magistrados de "facilitar la libertad de los
delincuentes" y de "actuar en forma automática".

"Entre los escapes de las motos, los ladridos de los perros y algún
patrullero que pasa veloz levantando el polvo de las calles de tierra
-narra un periodista porteño, dándole a la historia clima de western-
en las esquinas o sobre los techos, los vecinos vigilan todo. Están
conectados con celulares y empuñan revólveres y carabinas. Hasta el
amanecer, algunos disparos sonarán en la oscuridad..."


De aquellas causas, estos efectos

Los nuevos hechos de violencia producidos en Tres Arroyos son
verdaderamente lamentables: delincuentes que intentan saquear una
vivienda a pocas horas del fallecimiento de su propietaria; un menor
que ataca a puñaladas a una dermatóloga porque resiste al atraco en su
propia casa; robo de las campanas de una iglesia, para vender el
bronce, y así.

Sin embargo, esta violencia es la última violencia. La otra violencia
-ésa de la que nadie parece acordarse- sucedió pocos años antes. Y no
fue menos destructiva, ni menos letal.

Los campos del sur bonaerense fueron rematados y vendidos, y se
concentraron en unos pocos consorcios y unos pocos propietarios. Pero
nadie dijo nada.

El tren, ese tren cerealero que hacía vivir a mucha gente de Tres
Arroyos y los pueblos cercanos, fue desmantelado. Y nadie dijo nada.

Las fábricas de silos, de herramientas de labranza y de artículos para
el hogar, los molinos harineros y las fideeras, cerraron, sin que los
bancos de fomento y crédito y sin que el gobierno bonaerense (en manos
de los Duhalde, los Ruckauf, los Solá) hiciera algo para impedirlo.

Ahora nos lamentamos -todos nos lamentamos- por los efectos del
bombardeo privatizador de los '90; por los silenciosos asesinatos
cometidos en nombre de la modernización; por los crímenes
transgénicos; por la desaparición forzada de trenes; por la tortura de
ser padre y no poder alimentar a un hijo.

Pero es tarde para lágrimas. Debió haber habido, después de tanto
dolor, una reparación. Debió haber habido un plan de reconstrucción
del tejido social rasgado. Y no lo hubo. Lo que sí hubo fue más y más
concentración de la riqueza; y "planes" para los excluidos.

Ahora, esa fórmula fracasa. Estalla en pedazos. Y hay guerra de pobres
contra pobres. Y más dolor. Y violencia sobre violencia.

¿Queda alguna esperanza, para Tres Arroyos? Sí, claro. Queda la
esperanza de que un día los gobernantes (y sus votantes) comprendan
que esta violencia recogida hoy es la que ayer fue sembrada.

Y comprendan que para sembrar una paz verdadera y definitiva, y para
conquistar una vida que no sea un triste remedo de las leyendas del
Far West, es necesario atacar las causas profundas del hambre, de la
marginación social y el abandono, imperdonable, de la infancia.


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