[R-P] Pobre, pobrecito Carlyle
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Mie Feb 13 22:34:20 MST 2008
“Hablar es el arte de sofocar e interrumpir el
pensamiento”, escribió el historiador y filósofo Thomas
Carlyle (1795-1881). A diferencia del Divino Sigmund Freud,
el deductivo Doyle y el entusiasta Pérez-Reverte, el
escocés Carlyle no conoció nada relacionado con el tráfico
de drogas y las adicciones. Quiero creer que si él viviera
en nuestra época hubiera escrito: “Drogarse es el arte de
sofocar el pensamiento e interrumpir la vida”.
Carlyle tampoco conoció, lógicamente, a narco-héroes. El
tenaz Carlyle conoció un poco –e hizo conocer algo– acerca
de algunos héroes que, en su opinión, se habían ganado esa
denominación. En mayo de 1840 dio cinco conferencias sobre
el héroe como divinidad (Odín), como profeta (Mahoma), como
poeta (Dante Alighieri y William Shakespeare), como
literato (Samuel Johnson, Juan Jacobo Rousseau y Robert
Burns) y como estadista (Oliver Cromwell y Napoleón
Bonaparte).
En 1842 publicó De los Héroes, el Culto al Héroe y de lo
Heroico en la Historia. Pero, claro, se supone que todo
esto es aburrido: en la obra de Carlyle no hay intercambio
de balazos entre contrabandistas y agentes de la DEA,
crímenes sangrientos, hombres y mujeres fuera de la ley,
grandes fortunas, mansiones de ensueño.
Muy aburrido.
¿Quiénes son Odín, Mahoma, Dante, Shakespeare, Rousseau,
Cromwell y Napoleón comparados con los nuevos “héroes” de
la merca o esos abnegados, solitarios y generalmente
callados héroes urbanos llamados psicoanalistas?
Quizá por eso, precisamente, la vida y la obra de Thomas
Carlyle son menos conocidas que las vidas y obras de
filántropos populares como los hermanos Arellano Félix,
Rafael Caro Quintero, Alberto Sicilia Falcón, Juan Ramón
Matta Ballesteros, los hermanos Rodríguez Orejuela, Joaquín
“El Chapo” Guzmán, Juan García Ábrego, Jorge Ochoa Vásquez,
Pablo Escobar Gaviria, Carlos Lehder, Miguel Ángel Félix
Gallardo, los hermanos Amezcua Contreras y otros
benefactores de la humanidad, como Freud y Lacan.
Lamentablemente en Escocia no hay mariachis ni
narco-corridos, ni narco-héroes. Porque Carlyle, el que
escribió sobre héroes, también fue –a su modo– uno de
ellos. Sobrio, sin ostentación, sin mal gusto, sin disparar
un solo tiro, sin ganar millones de dólares, sin causarle
daño a nadie.
En el Pequeño Larousse Ilustrado edición 1990, de 1.663
páginas, su biografía figura en dos líneas: “CARLYLE,
Tomás, historiador y pensador inglés (1795-1881), autor de
Los héroes”.
Este casi desconocido cantor de heroísmos fue el mayor de
nueve hijos, educado con austeridad y disciplina en un
hogar calvinista. Su padre, que era albañil, descubrió en
él una precoz inteligencia y una vigorosa voluntad, y se
sacrificó por brindarle una educación. El hombre no se
equivocó. Thomas tenía vocación de águila: en 1809, después
de concluir la escuela secundaria, caminó más de 160
kilómetros para ingresar a la Universidad de Edimburgo.
Recurrió a sus pies, no a estimulantes artificiales.
Abandonó las aulas antes de concluir una carrera, pero tuvo
el talento suficiente para ganarse la vida dando clases de
gramática, literatura, filosofía y matemáticas.
A los 28 años de edad, Carlyle terminó La vida de Schiller,
que se publicó en The London Magazine. Le siguió El signo
de los tiempos (1829). Se mudó a Londres en 1834 y comenzó
a escribir La Revolución Francesa, que salió de imprenta
tres años más tarde. A partir de su autobiografía, Sartor
Resartus (1838), inició un período de producción intensa:
Pasado y presente (1843), Cartas y discursos de Oliver
Cromwell (1845) y La historia de Federico II de Prusia, en
cuya elaboración trabajó de 1858 a 1865.
Carlyle, el hijo del albañil, el joven que abandonó las
aulas universitarias, el hombre de la voluntad de acero,
retornó a Escocia en 1866 para asumir como rector de la
Universidad de Edimburgo. Ese año falleció su esposa. El
pensador no se emborrachó, no disparó tiros al aire, no
terminó en prostíbulos, no compuso canciones idiotas;
entristecido, escribió poco. En 1874, siete años antes de
morir, recibió la Orden Prusiana al Mérito, otorgada por el
estadista Otto von Bismarck.
Pobre, pobrecito Carlyle. Si hoy viviera, en esta lista
alguien, alguno, le recomendaría terapia.
Y punto final. Ya consumí por adelantado mi cuota de
mensajes de febrero. Nos vemos en marzo.
Que la fuerza los acompañe y el psicoanálisis les muestre
el camino.
Roberto Bardini
http://bambupress.wordpress.com/
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