[R-P] El extraño caso de la jeringa de 221-B Baker Street

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Mie Feb 13 20:22:46 MST 2008


Venerable Druida Canoso:

Ahora se ha puesto de moda realizar documentales
intercalados con ficción. A ver qué le parece este
borrador:

“Isa Whitney, hermano del difunto Elías Whitney, director
del Colegio de Teología de San Jorge, era adicto perdido al
opio. Según tengo entendido, adquirió el hábito a causa de
una típica extravagancia de estudiante: habiendo leído en
la universidad la descripción que hacía De Quincey de sus
ensueños y sensaciones, había empapado su tabaco en láudano
con la intención de experimentar los mismos efectos.
Descubrió que resulta más fácil adquirir el hábito que
librarse de él, y durante muchos años vivió esclavo de la
droga, inspirando una mezcla de horror y compasión a sus
amigos y familiares. Todavía me parece que lo estoy viendo,
con la cara amarillenta y fofa, los párpados caídos y las
pupilas reducidas a un puntito, encogido en una butaca y
convertido en la ruina y los despojos de un buen hombre”.

El párrafo anterior pertenece a El Hombre del Labio
Retorcido, un relato corto de Arthur Conan Doyle
(1859-1930). Doyle, nacido en Escocia, es médico pero se
destaca como escritor. A lo largo de 60 narraciones, da
vida a dos personajes célebres: el detective Sherlock
Holmes y el doctor John Watson. Interesado en temas
esotéricos y espiritistas, Doyle sabe perfectamente quién
es Sigmund Freud y conoce bastante acerca de algunas
drogas.

En la adusta Inglaterra victoriana, el consumo de opio y
haschís se ha extendido a casi todas las clases sociales.
La prescripción médica de la morfina para atenuar el dolor
deriva en la aparición de numerosos morfinómanos. Pero la
droga preferida por artistas e intelectuales en el siglo
diecinueve y comienzos del veinte, es la cocaína.

El neurótico, excéntrico y solterón Sherlock Holmes, famoso
por su capacidad de observación y deducción, es adicto al
opio y al derivado de la coca. En Escándalo en Bohemia,
novela publicada en 1886, Watson relata que Holmes
“alternaba una semana de cocaína con otra de ambición”. 

En junio del año siguiente, en El Hombre del Labio
Retorcido, el investigador privado bromea con el médico
acerca de la cocaína y le asegura que no fuma opio:
“Supongo, Watson, que está usted pensando que he añadido el
fumar opio a las inyecciones de cocaína y demás pequeñas
debilidades sobre las que usted ha tenido la bondad de
emitir su opinión facultativa”. En septiembre, Holmes es un
hombre “que se autoenvenena con cocaína” en Las Cinco
Semillas de Naranja. 

El propio hombre de la pipa, la capa y la lupa explica en
El Signo de los Cuatro (1888): “Mi mente se rebela contra
el estancamiento. Que se me den problemas, trabajo, el
criptograma más abstruso o el más intrincado análisis, y me
encontraré en la atmósfera que necesito. Puedo dejar de
tomar estimulantes artificiales, pero aborrezco la gris
rutina de la existencia”.

En El Problema Final (1891), Holmes desaparece abruptamente
mientras intenta llegar a la frontera con Austria. Todo
parece indicar que ha muerto ahogado en un torrente de
agua. “Tomo la pluma con tristeza para redactar estos pocos
párrafos que serán los últimos que dedicaré a dejar
constancia de las singulares dotes que distinguieron a mi
amigo, el señor Sherlock Holmes”, escribe Watson. 

Cinco años antes, en la vida real, Ernst von
Fleischl-Marxow había muerto intoxicado. Y para entonces,
Sigmund Freud ha dejado de escribir sobre las propiedades
curativas de la cocaína.

Miles de cartas redactadas por lectores llegan al domicilio
de Arthur Conan Doyle: Piden por la vida de Sherlock
Holmes: “¡No lo deje morir!”. “¡Sálvelo!”. “Si es
necesario... ¡resucítelo!”.

No hace falta ser especialista en marketing ni poseer las
virtudes deductivas del personaje para darse cuenta cuál es
el camino a seguir. El detective reaparece en La Aventura
de la Casa Deshabitada (1894). Explica que durante ese
tiempo se dedicó a viajar y a efectuar experimentos sobre
los derivados del carbón en un laboratorio de Montpellier
(Francia). 

“Desde el año 1894 al 1901, ambos inclusive, el señor
Sherlock Holmes fue un hombre muy ocupado”, escribe Watson
en La Aventura del Ciclista Solitario. “Puede asegurarse
que no hubo durante esos ocho años caso seguido por la
policía oficial que presentase alguna dificultad en el que
no se le consultase, y también hubo centenares de casos en
los que él intervino particularmente, desempeñando un papel
destacado. Presentan algunos de esos casos características
intrincadas y extraordinarias. Resultado de ese largo
periodo de continuo trabajo fueron muchos éxitos
sorprendentes, junto con algunos inevitables fracasos”.

Al regreso, Holmes es otro hombre. En The Missing
Three-quarter (1896), asegura que la jeringa es un
“instrumento del mal”. El investigador ha renunciado
definitivamente a inyectarse cocaína y fumar opio. Su único
vicio, ahora, es aspirar tabaco para pipa en su mansión de
221-B Baker Street. 


   
  Roberto Bardini 
  http://bambupress.wordpress.com/




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