[R-P] [E. Lacolla] Argentina en tiempo presente

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Feb 13 10:28:36 MST 2008


Argentina en tiempo presente

Por ENRIQUE LACOLLA

/A 26 años del fin de la dictadura y a siete del rechazo a la
experiencia neoliberal, el país sigue atado a un modelo dependiente de
configuración nacional./

Y bien, ¿por qué no? Es hora de echar una mirada sobre nosotros
mismos, a 26 años de reinaugurada la democracia y a seis de haber
empezado a salir del pozo en que nos había arrojado el experimento
neoliberal practicado hasta sus últimas consecuencias durante la
década de los '90, bien que iniciado mucho tiempo antes.

Antes, incluso, del golpe militar del '76; antes del derrocamiento de
Arturo Illia, antes de la expulsión de Arturo Frondizi de la
presidencia.

1955 fue el año fatídico -lo hemos dicho otras veces, pero nunca está
demás subrayarlo-, a partir del cual la incipiente Argentina
industrial y con aspiraciones autárquicas ingresó a una espiral
descendente. Espiral con altas y bajas, que consintió algunos rebrotes
de esperanza, pero que no pudieron revertir la corriente.


Un país sin cabeza

Después de la explosión del 19 y 20 de diciembre de 2001 pareció que
el país se decidía a levantar cabeza. Pero se trataba de una cabeza
vacía de ideas constructivas, donde faltaba la correa de transmisión
que es esencial para condensar y transmitir la energía de un pueblo.
es decir, faltaba la elite dirigente.

El país escapó de la ronda infernal de la megacrisis recesiva gracias
a la simple movida de salir de la paridad con el dólar, expediente
este último que había servido para parar la inflación a principios de
los '90, de la mano del mismo ministro que había nacionalizado la
deuda ilegítima contraída por la dictadura, reduciendo al país, con
ese acto de arbitrariedad suprema, a la condición del galeote que
arrastra una bala de cañón aferrada al tobillo.

El recurso al uno por uno respecto a la divisa norteamericana, acogido
con alivio por muchos argentinos desesperados ante la licuación de sus
activos, terminaría sin embargo de hundir lo que restaba de la
industria nacional, mientras una corte de fulleros, presidida por un
"vivo" de acento cansino, esquilmaba al Estado, privándolo de su
patrimonio y regalándolo, en sentido literal, al capital
transnacional; sin dejar por cierto de extraer pingües beneficios
personales de esa maniobra.

La fuga de capitales, cuando se hizo evidente que el experimento no
daba para más, y la confiscación de ahorro practicada con el
corralito, vinieron a rematar el saqueo.


Con respiración asistida

Ahora, a la vuelta de tantos desastres, estamos sumidos en el reino de
la inconsecuencia. Mientras la oposición se eriza denunciando hechos
de corrupción que no revisten ni la milésima parte de la gravedad de
los consumados en las décadas pasadas -y en los cuales no pocos de sus
miembros estuvieron implicados, por acción u omisión–, el gobierno
despotrica contra la era neoliberal, pero no invierte los datos
fundamentales que la signaron. Ni la oposición ni el gobierno hacen
hincapié en los temas centrales que deberían ocuparlos y que deberían
convertirse asimismo en el meollo del debate nacional.

Mientras la bonanza que consienten las exportaciones de soja siga
aplacando al espectro social y llenando las arcas del Banco Central,
se hace posible seguir divagando sobre problemas que, si no son
falsos, son secundarios, como la inacabable revancha contra los
verdugos del proceso o la reluciente novedad que plantea la portación
del apellido. ¿Será obligatorio llevar los de los dos progenitores?
¿El de la madre deberá anteceder al del padre?

En un país afligido por un problema identitario de larga data, no deja
de ser curioso que este sea referido no a la historia sino a una
especie de pugna de género...

También es posible entretenerse con los tejemanejes políticos
apuntados a la alineación de fuerzas con miras a futuras elecciones.
Que Lavagna, que los Kirchner, que Alfonsín, que Carrió... Y asimismo
con los increíbles dislates de los asambleístas de Gualeguaychú,
piqueteros "paquetes" y saboteadores de la unidad de los pueblos del
Plata.

Nadie se hace cargo (al menos públicamente) de los verdaderos
problemas. Los personeros del Ejecutivo suelen despotricar contra lo
actuado en el pasado y tienen un discurso de orientación nacionalista.
Algunas de sus medidas insinúan un cambio y la orientación de la
política exterior, por fortuna, ha abandonado el seguidismo para con
Estados Unidos que había distinguido a anteriores administraciones.
También se ha paliado la extrema dureza de las condiciones de vida de
los sectores más sumergidos y la reactivación económica, que estimula
al sector inmobiliario y en alguna medida al fabril, produce un cierto
grado de euforia. Se han frenado las privatizaciones que amenazaban a
las plantas nucleares y a los pocos activos restantes del Estado, como
Yaciretá y Salto Grande.

Pero mientras tanto el país sigue viviendo de la exportación de
commodities; las empresas petrolíferas y mineras continúan en manos
extrañas; no hay una reforma fiscal progresiva y no hay signos de que
ello vaya a suceder; se refuerza la concentración de la riqueza en
pocas manos; no hay crédito que fomente las iniciativas estratégicas;
no hay trazados camineros adecuados; no existen una fuerza armada y
una industria de defensa dignas de tal nombre; no se analiza cómo
repudiar la ilegítima deuda externa que nos abruma y los
ferrocarriles, rifados a la manchancha por Menem, siguen desvencijados
y, en vez de ponerse en campaña para reestructurarlos, se prefiere
contraer una importante deuda para construir un "tren bala", que se
supone unirá en un santiamén a Buenos Aires con Córdoba, pasando por
Rosario.

Está muy bien contar con algo tan excelente y que requiere de tan alta
tecnología. ¿Pero no sería más sensato cancelar primero los
concesionamientos a las personas privadas que no han cumplido sus
compromisos y proveer al país de una estructura ferroviaria que sea
eficiente, que alivie la recarga del tránsito carretero y que
consienta el transporte de mercancías y pasajeros en condiciones
convenientes? Pero para eso hay que tocar intereses creados, desde
luego.

No se puede disociar a nadie de su pasado. Aquí no hay inocentes;
cuando mucho, hay quienes son menos culpables que otros, pero la
esencia del espectro dirigencial argentino está viciada por los
renuncios cometidos y por la no asunción de las responsabilidades
graves que tocaron a todos durante el torbellino que envolvió al país
a partir de la implantación de las políticas de ajuste, prohijadas
desde el exterior, que condenaban a este y a otros países a acomodarse
a una globalización económica impulsada desde el centro del poder
mundial.


No hay casualidades

La carencia de una clase dirigente a que aludíamos antes y que
significó que parte del impulso cobrado en 2001 se perdiera en el
aire, no es fruto de una casualidad. Si desde el segundo tercio del
siglo pasado habían comenzado a emerger en Argentina corrientes
intelectuales que se esforzaban en revisar la historia para ponerla
sobre las verdaderas bases materiales y sociales que la habían
conformado, la aplastante experiencia neoliberal que acompañó al
terrorismo de Estado practicado durante la dictadura y que se prolongó
después, dejó al país inerme en el plano intelectual y flojamente
parado sobre sus piernas, como un paciente al comenzar la
convalecencia. Pero en vez de tonificarlo con los remedios que hacen
falta, se ha preferido suministrarle paliativos (aspirinas en vez de
vitaminas, para seguir con el símil médico) y confiar en la madre
naturaleza para que se recupere por sí mismo.

La catástrofe por la que pasó Argentina no se diferencia de la que
devastó a todo el mundo subdesarrollado e incluso alcanzó, con
potencia de huracán, a las potencias del ex-bloque comunista, no bien
estas arriaron sus banderas y se rindieron al espejismo de las
maravillas del libre mercado.

Pero allí las brutales transformaciones fueron seguidas por una
reacción, protagonizada por las fuerzas de reserva del estamento
dirigente: tras Boris Yeltsin y el desastre que perpetró en Rusia, de
la policía política surgió Vladimir Putin, quien la está
reconstruyendo de acuerdo a las reglas de una suerte de capitalismo de
Estado. No es simpático, pero ha frenado el desplome del Estado y
complicado la ofensiva norteamericana para hacerse con la hegemonía.

En China, la transición al capitalismo fue no menos brutal, pero las
riendas del proceso nunca escaparon de las manos del partido, corrupto
o no, y por cierto hasta aquí muy injusto en la distribución que hace
de la renta; pero anoticiado de los riesgos de desintegración nacional
que acompañan a una reversión de la economía centralizada a la
economía de mercado, y decidido a controlarlos.

Aquí, y en la generalidad de los países de América latina, con la
excepción de Brasil (relativamente) y Venezuela, más allá de las
declamaciones no se percibe una intención estratégica clara en el
sentido de escapar del torno globalista, concibiendo a las
agrupaciones regionales -como el Mercosur, por ejemplo- como algo más
importante que un simple club de intercambios comerciales.

No es esta una situación promisoria. El nunca más a la dictadura y a
las prácticas económicas que sumieron al país en la pobreza, más la
bonanza que consiente la exportación de productos agrarios al mercado
asiático, puede que sean por un tiempo más una barrera resistente
contra el retorno de las políticas más crudas del capitalismo salvaje;
pero sin un Proyecto Nacional estas no van a aguantar indefinidamente.

Se nos dice que China es invulnerable a la recesión que despunta en
Estados Unidos y que por consiguiente nosotros podemos quedarnos
tranquilos detrás del "blindaje" sojero, cualquiera sea la devastación
ecológica y las consecuencias sociales de este, como son la
deforestación del bosque nativo, el vaciamiento del campo y la
consiguiente hiperconcentración urbana. Pero esta es una hipótesis que
tiene mucho de expresión de deseos y, de todos modos, no puede
preservarnos indefinidamente de una crisis mundial que está al acecho.

La persistencia de la deuda externa, la destrucción de los recursos
naturales, la incapacidad para transformar a los mass-media en
instrumentos de instrucción y esparcimiento en vez de embrutecimiento,
son datos que no hablan bien del rumbo que llevamos. En lo referido a
los medios de comunicación hay excepciones, a veces notables: el canal
oficial ha recuperado altura y se ubica, por suerte, a una distancia
sideral de la que tenía cuando era comandado, pongamos, por Gerardo
Sofovich; pero está lejos de poder contrabalancear la abulia mental
inducida por la generalidad de los medios, que captan a la abrumadora
mayoría del público.

El cuadro no es alentador. Pero esta visión no proviene del desencanto
ni de la desesperanza. No deriva del pesimismo. Es parte de un
esfuerzo por cobrar conciencia de lo que ocurre para intentar
enmendarlo. En esa tarea todos, desde el puesto que le corresponda a
cada uno, debemos buscar las opciones para reelaborar el discurso
creador y para recuperar la conciencia crítica como fundamento de una
comprensión latinoamericana y argentina de las cosas, lo que nos
permitiría desatar los nudos con  que el discurso sistémico intenta
alienarnos de la realidad.


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